Hoy se celebran 90 años del nacimiento de Jorge Ibargüengoitia, el narrador, periodista y dramaturgo de ingenio afiladísimo cuya obra rezuma un aliento crítico incomparable en nuestras letras.

Jorge Ibargüengoitia no sabía conducir; era un flâneur. Calzaba alpargatas —nunca zapatos ni calcetines— y con ellas daba largas caminatas: desde la sede del periódico Excélsior hasta su casa ubicada en Coyoacán, por ejemplo. En la cocina, su especialidad era mezclar la gastronomía mexicana con la italiana. Aseguraba que escribía un libro cada vez que quería leer un libro de Jorge Ibargüengoitia, su escritor predilecto. Fue boy scout de niño y joven. Elena Poniatowska cuenta que los veía a él y a su gran amigo Manuel Felguérez “parados en la calle Obrero Mundial enfundados en sus pantaloncitos cortos azul marino, su cabeza cubierta con sombreros de fieltro”. Estudió algunos semestres de ingeniería, a través de un “plan tetramestral”, diseñado por él mismo, que consistía en estudiar solo cuatro meses al año, tiempo en teoría suficiente para aprobar los exámenes. Cuando su plan fracasó, decidió trabajar en una hacienda perteneciente a su familia, ubicada en Guanajuato; no pudo sacarla adelante y decidió venderla. Era huérfano de padre; Alejandro Ibargüengoitia murió cuando Jorge tenía ocho meses. Vivió siempre con su madre Luz Antillón y una tía, quienes lo llamaban, como sus amigos más íntimos, Coco. De acuerdo con Víctor Díaz Arciniega, en las cartas que Jorge envió a su madre durante un viaje que hizo a Europa a los 19 años, no había “barruntos del futuro escritor, porque ni la sintaxis, ni la ortografía ni, mucho menos aún, la composición general […] correspondían a eso que ilusoria y típicamente se toma como el germen de un escritor”. Cuando la madre murió, él y su pareja, la pintora inglesa Joy Laville, pensaron enviar a la tía a un asilo de ancianos, aunque finalmente no lo hicieron; un gesto que solía enorgullecerlos. Practicó la autobiografía a través de su libro de cuentos La ley de Herodes y sus columnas bisemanales: “Porque un día puedo hablar en contra de Echeverría y al día siguiente en contra de Carlos Fuentes. Después se acaba el material y tengo que hablar de mí mismo”. Según Luis García Guerrero, “Jorge era de trato muy difícil, porque era muy cáustico y no perdonaba nada”. Juan García Ponce escribió: “Jorge era delgado y serio hasta parecer triste”. Según algunos no era un buen conversador, como si careciera de facilidad de palabra. Según Poniatowska sus palabras y juicio brotaban “como cohetes en un brillante fuego de artificio mental”.

Inició su carrera como escritor en la dramaturgia; decía que la chispa de la vocación literaria se había encendido en él un día de 1951, en el Teatro Juárez de Guanajuato, a donde acudió a ver Rosalba y los llaveros de Emilio Carballido: “Confieso con un poco de vergüenza que ninguna representación teatral me ha afectado tanto como aquella”. Estudió, junto a Luisa Josefina Hernández —su musa de juventud y con quien tuvo una relación tormentosa— en el taller de Teoría y Composición Dramática de Rodolfo Usigli. Su primera obra fue una comedia titulada Susana y los jóvenes que escribió a los 25 años, y en donde, según Vicente Leñero, se anunciaban las características de su obra posterior: “una dominante ironía, una aparente simpleza de conflicto y una soterrada amargura en sus personajes derivada de sentimientos de frustración”. Después de leer la obra con entusiasmo, Rodolfo Usigli puso en la espalda del joven dramaturgo una losa que tendría que cargar toda la vida: “posee usted virtudes humorísticas que habrá de ahondar”, le escribió en una carta. Jorge Ibargüengoitia aseguraba que no era humorista ni payaso, que no trataba de hacerse el gracioso, que solo decía lo que veía como lo veía. Le molestaba su fama de ingenioso y agudo. “No me halagan cuando me dicen: ‘Ay, me reí como una loca o un loco al leer su obra’”. Consideraba que la clase media —aborrecible— no tenía sentido del humor, ya que este es lo contrario de la cursilería. Si sus artículos eran ingeniosos es porque tenía ingenio y si eran arbitrarios es porque era árbitro, “y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni defecto, sino particularidad”. No tuvo el éxito que esperaba como dramaturgo y comenzó a escribir narrativa, sin olvidar su “deformación profesional de dramaturgo”, que lo hacía escribir novelas cortas. “El medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa”. Consideraba que Pedro Páramo no era una novela: “no es más que un tanteo en cierto sentido”. Y que “la única novela que era una maravilla en México” era de Luisa Josefina Hernández, pero cuando lo dijo, en junio de 1957, la novela no se había publicado todavía. Sus escritores de cabecera eran aquellos que veían el mundo como él: Evelyn Waugh y Celine.

Solía quejarse de su situación económica, aunque, más que por quejarse en sí, lo hacía para hacer bromas de sí mismo. “Cuando empezaba a preocuparme muy seriamente por mí manutención y la de mi tía y mi mamá (que solo comen pathe foigrass), me ofrecieron un trabajo en una compañía de publicidad que me proporcionará dinero para vivir ampliamente. Tuve que aceptar. Escribiré robándole tiempo al sueño, al alcohol o al amor”. Solía terminar sus artículos periodísticos, según Vicente Leñero, “de cualquier modo, sin remate alguno”.

 

César Tejeda 
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.