En Cinco meditaciones sobre la muerte es decir sobre la vida (Siruela, traducción del francés de María Cucurella Miquel, 2015) François Cheng —calígrafo, novelista, traductor y poeta nacido en China en 1929 y miembro de la Academia Francesa desde 2002— “nos invita a considerar la vida a la luz de nuestra propia muerte”. El escritor plantea que el acontecimiento de la vida es una aventura única que nada podría reemplazar. Los siguientes fragmentos del libro esclarecen rasgos de su reflexión sobre el tiempo, el lenguaje, el universo, la existencia y el acabamiento.


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A partir de este instante, el lenguaje que nos es común tejerá un hilo de oro entre nosotros para intentar dar a luz a una verdad que pueda ser compartida por todos.

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¿No es verdad que estamos perdidos en un universo enigmático en el que, según muchos, reina el puro azar? ¿Por qué el universo está ahí? No lo sabemos. ¿Por qué la vida está aquí? ¿Por qué estamos aquí? No sabemos nada, o casi. Según la teoría más extendida, el universo aconteció por azar. Al principio, algo extremadamente denso explotó en millones y millones de fragmentos. Mucho más tarde, sobre uno de estos fragmentos apareció un día la vida también por azar. Se produjo el encuentro improbable de algunos elementos químicos y “¡aquello” prendió! Una vez desencadenado el proceso, “aquello” no cesó de empujar, de crecer en volumen y en complejidad, de transmitirse y transformarse, hasta el advenimiento de los seres que llamamos “humanos”. ¿Qué importancia tienen estos últimos en comparación con la existencia gigantesca, por decirlo así, sin límites, del universo? El fragmento sobre el cual apareció la vida, ¿no es acaso un grano de arena en medio de otros incontables fragmentos? Según una concepción bastante conocida, un día el hombre se borrará, la vida misma se borrará, sin dejar otra huella que una corteza desecada perdida en la inmensidad del universo. Desde esta perspectiva, ¿no resulta un poco irrisorio, es decir, completamente ridículo, que nos tomemos en serio nuestra existencia, que nos reunamos esta noche y aquí, doctamente, nos propongamos meditar sobre la muerte, y a partir de ella sobre la vida?

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La muerte, sin darnos tregua, nos empuja hasta la última trinchera.

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Digamos desde ahora sin rodeos que formo parte de aquellos que se sitúan decididamente en el orden de la vida. Creemos que la vida en modo alguno es un epifenómeno de la extraordinaria aventura del universo. No nos conformamos con la visión según la cual el universo, no siendo más que materia, se habría creado de principio a fin durante millones de años sin tener en cuenta su propia existencia. Incluso ignorándose a sí mismo, ha engendrado seres conscientes y actuantes, los cuales, aunque fuese durante un lapso de tiempo ínfimo, lo habrían visto y sabido, y amado, antes de desaparecer. Como si todo aquello no hubiera servido de nada… No, nos oponemos radicalmente al nihilismo que se ha convertido en la actualidad en un lugar común. Otorgamos, por supuesto, todo su valor a la materia sin la que nada existiría. Observamos también su lenta evolución y su despertar a la vida. Pero para nosotros, el principio de vida está contenido desde el comienzo en el advenimiento del universo. Y el espíritu, que lleva este principio, no es un simple derivado de la materia. Participa del Origen y, por ello, de todo el proceso de aparición de la vida, que nos sorprende por su increíble complejidad. Sensibles a las condiciones trágicas de nuestro destino, dejamos sin embargo que la vida nos invada con toda su insondable espesura, flujo de promesas desconocidas y de indecibles fuentes de emoción.

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La Vía, esa marcha gigantesca orientada del universo viviente, nos muestra que un Soplo de vida, a partir de la Nada, ha hecho acontecer el Todo. Como el materialista para quien “no hay nada”, también nosotros hablamos de la Nada, pero esa Nada significa el Todo. Así, podemos decir, por retomar la expresión de Lao Zi, padre el taoísmo, que “lo que es proviene de lo que no es y lo que no es contiene lo que es”.

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He aquí un misterio que parece sobrepasar nuestro entendimiento. Quizá no del todo, pues, a nuestra modesta escala, tenemos una experiencia bastante íntima de la Nada, del hecho mismo de ser mortales. La muerte nos hace palpar el increíble proceso que hace bascular el Todo en la Nada; nos hace concebir el estado del No-Ser. En el curso de la vida, cada uno de nosotros se ha visto confrontado, directa o indirectamente, con la muerte de seres queridos o de desconocidos, y en otro plano, hemos “muerto” en más de una ocasión nosotros mismos. Esto nos hace tomar conciencia de la omnipresencia y del poder de la muerte (muerte individual, muerte de la especie). Pero curiosamente, una vez más, una intuición nos dice también que es nuestra conciencia de la muerte la que nos hace ver la vida como un bien absoluto, y el acontecimiento de la vida como una aventura única que nada podría reemplazar.

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Sí, esto es la vida: algo que adviene y que deviene. Una vez acontecida, entra en el proceso del devenir. Sin devenir, no habría vida; la vida no es más que deviniendo. De este modo, comprendemos la importancia del tiempo. Es en el tiempo donde esto se desarrolla. Ahora bien, ¡el tiempo es precisamente el que nos ha conferido la existencia de la muerte! Vida-tiempo-muerte es un todo indisociable, salvo que sea muerte-tiempo-vida. Por muchos malabarismos que hagamos, no podemos escapar a estas tres entidades concomitantes y cómplices que determinan todo fenómeno viviente. Ya que si el tiempo nos parece un terrible devorador de vidas, es a la vez el gran proveedor de ellas. Soportamos su dominio y es el precio que hay que pagar para entrar en el proceso del devenir. Este dominio se manifiesta a través de incesantes ciclos de nacimientos y muertes; fija la condición trágica de nuestro destino, una condición que podría ser también el fundamento de una cierta grandeza.

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Siguiendo el ejemplo de Heidegger, nos fiamos, más allá de la especulación filosó­fica, de las palabras de los poetas, no por su lirismo sino a causa de la fulgurante intuición que las ha suscitado, de su formulación eminentemente encarnada. Pensamos en Ovidio, Dante, los poetas metafísi­cos ingleses, Milton y Eliot, y por el lado francés, en Lamartine, Baudelaire, Péguy, Valéry o Claudel. Pero el punto de vista más original es sin duda el de Rilke. Desde su célebre poema de juventud “Señor, da a cada uno su propia muerte” hasta las Elegías de Duino, su última obra, la muerte fue el tema central de su vida. Propongo que nos demos un poco de tiempo para escuchar su voz. Me resultaría imperdonable si no lo hiciera, ya que estoy esencialmente de acuerdo con él, acuerdo que se me apareció como una evidencia desde mi primera lectura de “Señor, da a cada uno su propia muerte”.

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Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

 

 

Un comentario en “François Cheng y el enigma de la vida y la muerte