Autor de obras clásicas, voraz coleccionista de libros y maestro ejemplar, José Luis Martínez fue también y ante todo un hombre generoso. Ofrecemos a continuación el recuerdo de cuatro escritores, para quienes “el hombre de todos los libros” constituye una de las figuras  imprescindibles de nuestra historia.

Creador de lectores

Héctor Aguilar Camín

José Luis Martínez, hombre de todos los libros, fue un lector.

Le dio su tiempo al mundo como diplomático, a la literatura como amante y a los libros como coleccionista. No hubo en su mirada de lector furias ni penas. Recogía con rigor lo bueno de los libros y dejaba pasar lo demás, con equilibrio clásico.

Coincidí con él unos días en Madrid, como jurados del premio Cervantes de 1987. Comimos y caminamos por el sinuoso y entonces maloliente barrio madrileño de Lope y de Cervantes, atrás del Hotel Palace.

Lo acompañé a comprar tomos que le faltaban de colecciones de literatura hispánica en librerías de viejo. Hablamos mientras caminábamos. Con suave dirección me llevó a buenos restaurantes y a buenas librerías. En cada lugar, fingiendo suerte de primerizo, escogía el plato bueno , el mejor vino, la edición superior.

No era elocuente, en el sentido de que no hablaba de corrido, pero era exacto en sus palabras, luego de titubear para encontrarlas. Ocupaba lo mejor de su turno en la charla para oír. Ya era el autor de una obra magna y el portador de una historia emblemática. Había sido legendariamente guapo y un amante diverso, discreto y decidido.

Cuando nos vimos en Madrid, investigaba lo que después fue su libro necesario, que el tiempo hará imprescindible, sobre nuestra historia profunda: el libro sobre Hernán Cortés y los documentos cortesianos que le siguieron, un asalto minucioso y razonable , minuciosamente razonable, a uno de los más difíciles personajes de la historia de México y uno de los más ignorados de la de España.

De las páginas maestras del Hernán Cortés de José Luis Martínez, hechas con el cuidado de quien tiene la verdad, Cortés sale lavado de sus mitos, natural, admirable, terrible, comprensible, incomparablemente humano.

José Luis Martínez fue un lector creador de lectores. Dedicó la mejor parte de su vida a editar y antologar lo mejor que había leído. Pasó por el mundo literario sin envenenarse con los cenáculos. Tuvo puestos públicos sin contaminarse de la política. Y no postergó nunca lo que le parecía, humilde y decididamente, lo esencial: el mundo de los libros que llenaban su vida y los anaqueles de su casa.

Sus últimas palabras pedagógicas llegaron a mí hace mucho tiempo. El autor de un libro sobre el 2 de julio se acercó para entregárselo.

“¿De qué se trata tu libro?”, preguntó José Luis Martínez.

“Del 2 de julio”, contestó el autor.

“¿Qué es el 2 de julio?”, preguntó José Luis.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor, con Jorge G. Castañeda, de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.

José Luis Martínez, fotografía de la Academia Mexicana de la Lengua


Réquiem por José Luis Martínez

Margo Glantz

Mi queridísimo José Luis Martínez, a quien conocía desde mis épocas de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México: joven apuesto, guapísimo, todas suspirábamos al mirarlo. Amigo de mi padre, solía decirme con cariño que era una de las hijas del capitán Grant.

Un director como José Luis en Bellas Artes, fue y es un lujo casi irrepetible.

José Luis era a veces púdico, lo demostró cuando les puso brasier a las bailarinas africanas que bailaron en Bellas Artes y cuando un libro mío le pareció un poco inconveniente por haberlo escrito una mujer: Apariciones.

A veces iba a visitarlo a su muy ordenada y acogedora casa, donde albergaba su enorme biblioteca de más de 50 mil volúmenes, uno de los tesoros bibliográficos más importantes que México posee en relación con la historia y la literatura mexicanas.

La curiosidad de José Luis era enorme y gracias a ella tenemos libros fundamentales que nadie se había tomado el trabajo de elaborar: la biografía de Hernán Cortés, los viajeros de Indias, las correspondencias de mexicanos ilustres, Reyes y tantísimas cosas más.

Una vez en París, me dijo consternado: “¿Me compraré un impermeable que necesito o ese libro raro que acabo de encontrarme?”.

Con algunos sobresaltos, nuestra amistad fue constante —¿qué amistad no los tiene?— durante nuestra convivencia en la Academia Mexicana de la Lengua. José Luis murió como vivió, amando a los libros. Lo vi por última vez en el homenaje que nuestra Academia le dedicó; al verlo, comprendimos que estaba cerca de su muerte.

 

Margo Glantz
Escritora. Ha publicado El rastro e Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, entre otros libros. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez jr., José Luis Martínez y Antonio Malo”, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La obra como un medio de construcción

Vicente Quirarte

Quienes no tuvimos el privilegio de escuchar en el aula las legendarias lecciones de José Luis Martínez, nunca acabaremos de agradecer el magisterio proporcionado por sus letras: mapas para la conquista de rutas, monografías sólidas y claras, la recopilación bibliográfica como obra de arte y aventura apasionada. Bitácora para navegar a Afonso Reyes se titula uno de sus libros que mejor denotan la clase de crítico e historiador de nuestra cultura que José Luis Martínez decidió ser: cortés y agudo en sus descubrimientos, sensible y generoso en sus argumentaciones, honesto y exigente en la obra que ofrece siempre como un medio de construcción.

José Luis Martínez inició el estudio de la literatura mexicana cuando, paradójicamente, no era, entre los propios nacionales, un sujeto de moda. Actualmente, son numerosos los individuos, grupos e instituciones que la examinan desde diferentes perspectivas: el seminario de empresarios y editores del Instituto Mora, el Centro de Estudios Literatios en el Instituto de Investigaciones Filológicas, el de Bibliografía Mexicana del Siglo XIX en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, la especialidad en Literatura Mexicana de la Universidad Metropolitana Azcapotzalco. Por diversas vías, todos concuerdan en reconocer a José Luis Martínez como el decano de los estudiosos de la manera en que nuestro país construyó su imagen en el tiempo y en el espacio.

 

Vicente Quirarte
Escritor, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez, Wolf Ruvinskis, Arthur Miller y Salvador Novo”, 1968, fotografía de Pérez Zahuita, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La presencia real de mi deuda con él

Antonio Saborit

El domingo 14 de junio de 2015 M. A. Campos publicó en La Jornada Semanal una nota a partir de cinco documentos relacionados con Ramón López Velarde, fechados entre diciembre de 1918 y enero de 1919, atados al deseo de dotar al novísimo Museo del Estado de Jalisco con obra del pintor Saturnino Herrán. Debió ser un domingo luminoso y húmedo de finales de primavera. Me pareció que estos documentos, cuya recuperación se debe a Luis Alberto Navarro, ampliaban el elenco vital de López Velarde al sumarle dos personajes. Uno de ellos inmenso: Ixca Farías, director del Museo del Estado de Jalisco; y el otro hasta ahora invisible: Joaquín Aguirre Berlanga, diputado por Jalisco. El despacho que gastaba López Velarde en Madero no solo lo compartía con Francisco Martín del Campo, sino también con el citado Joaquín, quien pudo haber sido albacea del malogrado Herrán, lo que lo convertía en el enlace natural para adquirir obra suya. Joaquín, por cierto, era hermano de Manuel Aguirre Berlanga, alto funcionario en el gobierno de Venustiano Carranza.

Al acabar de leer los documentos recuperados por Navarro y la nota de Campos lamenté la imposibilidad de comentar su publicación con José Luis Martínez, quien dedicó mucho de su tiempo y talento a estudiar la vida y obra de López Velarde. Y ahí mismo reviví, con ayuda de la pena que en ocasiones nos desprende el silencio de los nuestros, la presencia real de mi deuda con él y la incalculable dimensión de su ausencia.

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor y ensayista. Es autor de Diario de las cigarras, entre muchos otros libros.