A cien años de su nacimiento, este lúcido ensayo explora las múltiples facetas de la labor humanista de José Luis Martínez (19 de enero de 1918-20 de marzo de 2007). Sin dejar de lado un balance crítico de su presencia en el monolítico bloque de la cultura nacional de su tiempo, ahonda también en la contundencia de su rigor documental, su mirada universalista y su elección por una pluma depurada como ideal de objetividad histórica.

Es ambiciosa la obra de José Luis Martínez Rodríguez, al igual que docta y colorida como para evaluarla a quemarropa desde una sola perspectiva. Su exploración demanda atención y arrojo, gusto por el refinamiento y afición por el dato erudito. Encarna una secuencia de intereses hilados por un acto a un tiempo cerebral y apasionado: catalogar. Su modo de actuar en la cultura fue sintético y arraigado en principios de orden. Nunca la disciplina generó tantos frutos. El producto cultural, pensaría él, no puede ofrecerse desmadejado y parcial. Debe ser parte de un todo y ese “todo” es la construcción de un historiador o de un crítico.


Portada de La expresión nacional.

Su labor se alarga en las décadas y lo mismo hunde los brazos en la historiografía y en la crónica, la edición de obras de humanidades y la biografía puntual, casi manierista, de personajes fundacionales, el comentario de obras y, como si no fuese ya suficiente, la gestión documental histórica. Es el homme de lettres más cercano al ideal de los países occidentales, en donde toda labor cultural se encamina a proveer a una sociedad con otra idea posible del hombre como sujeto de la Historia, y no solo a ser otro espectador pánfilo de la producción cultural. Al bordear los confines de su obra brota la impresión de que vivió muchas vidas, hiladas alrededor de mantener la confianza en las posibilidades de la cultura como mecanismo de transformación del hombre. Esto que se enuncia fácil es la totalidad de la acción por parte del Estado Cultural.

Por una vocación adolescente, lo leí con interés desde antes de hacer estudios de letras, en especial desde la óptica de la crítica literaria que figura en sus obras. Mi deuda, debo decirlo, es grande. Fue una lectura de cabecera y pese a que tanto el método como el gusto ya nos aleja en el tiempo, aún acudo a sus mapas críticos en busca de esbozos que me permitan avanzar en mis tareas. Es una voz que me acompaña pese a que no lo conocí, ni me interesó buscarlo. Sí recuerdo, no obstante, que durante años pasé frente a su casa de la colonia Anzures (Rousseau 53, si la memoria no me falla), siempre cubierta por un denso hierbal de piso a techo hasta su fallecimiento, solo para envidiar la posesión de las colecciones completas que anhela cualquier devoto de la crítica literaria, y que yo únicamente conocía por imágenes.


Fotografía: Luis Bugarini

Pienso, por ejemplo, en las revistas de la década de los treinta y cuarenta que editó en formato facsímil para el Fondo de Cultura Económica, y en esos libros vueltos inconseguibles sobre las culturas del mundo impresos por millares, ilustrados profusamente y que hoy nada más es posible adquirir con libreros especializados. Para mí, entonces, tal era el objetivo de la crítica: indagar el mundo a partir del hecho cultural sin importar en dónde hubiese sucedido. La cultura sin límites y sin fronteras como una experiencia del hombre y no apenas como patrimonio cultural de las naciones. Aquello me parecía más cercano al paseo que a construir otra imagen del mundo en su totalidad. Ya habría tiempo de ampliar sus alcances.

Cierta vocación universalista impregna la totalidad de la obra de José Luis Martínez. A su modo, continúa la obra alfonsina con igual tino, pero evade con soltura el amaneramiento erudito en el que Alfonso Reyes halló solaz para su propio disfrute y de los enterados y, al paso, mantiene el aliento social —si bien lejos del populismo— que se requiere para ser un dispersor a gran escala de la pasión por el hecho cultural. Es mucho lo que hay en su gestión, a lo largo de los años, como para espigar un mérito específico. Las biografías de Hernán Cortés y Nezahualcóyotl mantienen su condición como obras de referencia desde su publicación, no solo por el nuevo análisis documental sino por la certera reconstrucción de las épocas históricas de ambos. Son libros que admiten la lectura de cualquier interesado en la historia de México y de Hispanoamérica, y asimismo del especialista más recalcitrante. Se leen como una puesta al día con el pasado del país desde dos personajes fundacionales, fatalmente contrapuestos por el hallazgo más grande de la historia moderna del mundo.

A este momento, sería fácil mantenerse en la línea de reconocer los grandes méritos y otorgar la natural admiración por las obras de largo aliento. Pese a ello, encuentro piezas muy necesarias en la obra que parece menos significativa, como su monografía de José Rubén Romero o la canónica antología sobre el ensayo mexicano moderno. Obras que se han mantenido como un estamento de la producción literaria reciente y que no han sido reemplazadas por otras aparecidas con posterioridad, sea porque aún no es tiempo de publicar una versión con autores más recientes o porque la de José Luis Martínez mantiene la vigencia que tuvo al ser publicada.

A un lado de lo anterior, igualmente es necesario subrayar la escasa obra crítica personal o teórica sobre su propia labor. Quizá se encuentra dispersa en toda su obra y hace falta un ejercicio de subrayado que deje ver a los lectores, en una edición sintética, sus ideas sobre el ejercicio de la historia, la crítica o la profesionalización de las humanidades. José Luis Martínez actuó en la crónica o la historiografía, pero apenas le importó exponer cómo entendía su ejercicio. He buscado en sus páginas este “detrás de cámaras” sin suerte. Lo que a mi juicio pudo haber hecho y eligió no hacer, fuera por pereza o mera falta de interés, fue una obra de creación desde la crítica capaz de generar una marca personal. En su necesaria objetividad con aspiración científica, no pocos de sus libros se leen como si hubiesen sido redactados por un cónclave de especialistas, tal como se lee una obra colectiva en donde cada capítulo lo escribe un especialista en esa rama del conocimiento. La pluma de José Luis Martínez carece de visibilidad fuera de la contundencia de la argumentación o el hallazgo documental. Desapareció tras los hechos de lo que eligió historiar. Esto, imagino, es un mérito para el historiador en busca de la objetividad, pero no lo es para la crítica moderna.

La necesidad de su obra está fuera de discusión debido al analfabetismo casi generalizado de la población, por aquel entonces. En el balance, es de lamentarse que optó por guarescerse bajo la sombra del monumentalismo de sus obras. En perspectiva, es admirable el resultado de su labor, pero debe decirse que tuvo a su alcance los medios para lograrlo. No es difícil subrayar al paso que su obra se lee parcialmente oficialista al ofrecer una sola versión de la historia del país y literaria, con la cual vertebrar un modo unitario de entender a México. Tener al alcance los medios para obrar sobre el aparato cultural ofrece ventajas de primer orden, las cuales admiten capitalizarse para lograr beneficios grupales y con ello cerrar las fronteras. Basta con asomarse a su correspondencia.

José Luis Martínez eligió la historia y también ejercer la crítica autocontenida y nos legó obras de referencia sin un sello personal. Son elecciones, son destinos.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.