Evocando los días en que los modernistas imaginaban la creación de una identidad literaria y nacional, el siguiente texto elogia las dotes ensayísticas de quien ha sido llamado “el curador de las letras mexicanas”.

Quiero pedirles que imaginen estar parados en la esquina de San Francisco y la calle del Nuevo Coliseo. Para hablar según la cartografía actual, me refiero a la calle Madero esquina con Bolívar. El aire huele a una mezcla de orines y anís. Estamos justo en frente del edificio de la Revista Moderna, una publicación que nació en 1898 con un espíritu de irreverencia frente a la cultura conservadora mexicana. Contraria, en principio, a la lógica positivista, se manifestó afín al decadentismo que emergía, principalmente, de la obra de Charles Baudelaire en Francia y de Oscar Wilde en Inglaterra.


Portada de la Revista Moderna.

Nadie sabía en qué momento los escritores de la revista escribían. Cuentan que se les veía siempre en el salón Bach, conocido como el bar “preferido de los alemanes y de los artistas”. Como si les diera vergüenza que se les viera trabajar, los modernistas pasaban la mitad del tiempo, según Rubén M. Campos, en el bar, y la otra mitad recostados en los divanes de la Revista Moderna para descansar de las arduas y fatigosas tareas realizadas frente a las copas.

Así que imaginemos, frente a esta construcción que alberga cómodos sillones, a un grupo de escritores que escribieron abundantes ensayos sobre la poesía y la delicada labor de traducción, que señalaban la necesidad de orientar la interpretación y la escritura, no solo hacia los contenidos, sino también hacia los instrumentos y que señalaban que “morirá la rima y el porvenir será del ritmo”.

Es fácil pensar que los modernistas eran unos holgazanes que no se enteraban de lo que pasaba a su alrededor, mucho menos en el mundo. Con unos cuantos tragos se les mantenía contentos, pero nada más lejano. Opuestos a la moral porfiriana, sin creer en la aparente bonanza y en contra de la represión, lucharon por crear espacios públicos y utilizaron el arte contra el porfirismo. No vivían, como se ha dicho, en una torre de marfil; participaban activamente en la construcción de un proyecto de nación, buscaban cultura y educación, estaban a favor de la democracia. Contrario a la esperanza que mostraba Gutiérrez Nájera, alrededor de la Revista Moderna se percibía pesimismo, mas no apatía. Tomemos en cuenta que la idea de mexicanidad nació después de concluida la Revolución, es decir, después de 1910. Antes era realmente difícil sentirse mexicano en una sociedad tan heterogénea como lo era, y lo sigue siendo, la nuestra.

Traigo esto a colación porque el anhelo de los modernistas por crear una identidad literaria y nacional, lo comprendí gracias al historiador y ensayista José Luis Martínez, bautizado por Gabriel Zaid como “el curador de las letras mexicanas”, y cuyo nacimiento conmemoramos hoy. 

Cuentan que Martínez quiso ser poeta (igual que los escritores de la Revista Moderna), pero que con su primer libro, Elegía por Melibea (1940), se percató de sus limitaciones creadoras y se dedicó a la crítica. A Cristina Pacheco le dijo: “Confieso que llegué a sentir envidia, pero nada que me amargara…”. Martínez parecía resignado a ejercer “una literatura menor”. Y quiero hacer énfasis en eso: el ensayo considerado “literatura menor”.

He de admitir que cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico tengo que valorar si decir “soy ensayista” o únicamente que escribo. Si opto por lo primero, puede suceder que me vean con lástima o que no sepan de lo que estoy hablando.

Lo que puedo asegurar es que, más que un género literario, el ensayo es un temperamento. Se nace ensayista cuando, como Alicia en el país de las maravillas, se tiene una curiosidad insaciable que se vuelve mayor entre más cosas se saben («Curiouser and curiouser…”). No es necesario ser escritor: para ser ensayista basta con saberse contradictorio y formularse una y otra vez las preguntas que la humanidad se hace desde que surgió: “¿Para qué y por qué la vida? ¿Cuál es el sentido de esto que llamamos existencia?”. Y lo único que uno consigue es —precisamente— ensayar, aventurar respuestas en múltiples formatos: el discurso filosófico, el rito religioso, la investigación científica, todas las variantes del arte (pintura, literatura, música…).

Por fortuna para todos nosotros, José Luis Martínez nació ensayista. Se sabe que, a manera de chascarrillo, en su juventud Martínez aseguraba que estudiaba para ser como Alfonso Reyes, como si tal cosa fuera menor.

Gracias a su curiosidad respecto a las letras mexicanas, al desarrollo de la crítica literaria y del ensayo, y los rescates que hizo, nos ha legado lo que los modernistas tanto desearon: una literatura nacional.

 

María Emilia Chávez Lara
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y miembro de la Asociación UC-Mexicanistas (Intercampus Research Program). Su más reciente libro es Estética del prodigio.


Nota editorial: Una versión de este texto fue leído durante el homenaje “José Luis Martínez, curador del ensayo mexicano”, el pasado martes 16 de enero, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. En la mesa redonda participaron Rosa Beltrán, María Emilia Chávez Lara, Leticia Romero Chumacero y Lilian Weinberg.