El movimiento #MeToo ha desatado una serie de discusiones de importancia capital en torno al apremiante problema del acoso y el abuso sexual. Una de las más sonadas fue la carta que se publicó la semana pasada en el influyente diario francés Le Monde, en la que un grupo de escritoras, periodistas y actrices advertía de los excesos a los que puede llegar la búsqueda de igualdad y justicia.
La carta dio pie, a su vez, a diversos posicionamientos, algunos más mesurados que otros, por parte se amplios sectores de la intelectualidad internacional. Con el afán de mostrar un panorama inicial lo más completo posible, ofrecemos un recuento de los publicado en diversos medios.


1) La carta publicada en Le Monde el 8 de enero de este año y abanderada por el ícono del cine francés Catherine Deneuve, argumentaba —entre otras cosas— que el ligue torpe no debe confundirse con acoso, que la libertad sexual necesita del poder de “importunar” y que las campañas que han denunciado a acosadores son injustas y están cerca del puritanismo. Esta misiva fue problematizada inmediatamente por un colectivo de francesas para las que, si bien los argumentos de Deneuve y compañía no son nuevos, no por eso son menos peligrosos. Caroline de Haas escribió en Franceinfo que planteamientos sonados como “corremos el riesgo de ir muy lejos”, “ya no se puede decir nada”, “es puritanismo”, “ya no se puede coquetear”, “la culpa es de las mujeres”, equivalen a formas de minimizar algunas de las posturas históricas del feminismo que, sobre todo, demuestran la preocupación de “los acosadores y sus aliados” de que el mundo al que están acostumbrados esté en proceso de desaparición, “lento, muy lento, pero inexorablemente”. Con ironía, estas militantes feministas provocaron a sus lectores: “Vaya, francamente las cosas estaban mejor cuando se podía tratar de zorra a una mujer tranquilamente, ¿no?”.

2) Frente a esta respuesta, Cathérine Deneuve pidió perdón a las que se sintieron ofendidas por la tribuna de Le Monde en un texto publicado enLibération, >y lamentó que tergiversaran su postura con respecto a la violencia sexual. En particular, se deslindó de la forma en que la comentadora Brigitte Lahaie manipuló la carta al decir que se puede “gozar una violación”.

En su disculpa, Deneuve argumentó lo siguiente:

Sí, me gusta la libertad. No me gusta esa característica de nuestra época en la que cada quien siente que tiene derecho a juzgar, a arbitrar, a condenar. Una época en la que simples denuncias en redes sociales engendran castigo, renuncia, y a veces y a menudo linchamiento mediático. Un actor puede ser borrado digitalmente de una película, el director de una gran institución neoyorkina puede ser empujado a renunciar por haber puesto sus manos en unas nalgas hace treinta años sin ningún tipo de juicio. No perdono ni justifico nada. No hago sesgos en torno a la culpabilidad de esos hombres porque no estoy calificada para hacerlo. Y pocos lo están.

Por otro lado, en la carta explicó su preocupación por la censura que el movimiento pueda desatar en el mundo de las artes, un tema que cobró particular relevancia en el debate después de las acusaciones a actores y directores de cine. Continua Deneuve: 

Finalmente, firmé ese texto por una razón que me parece esencial: el peligro de la limpieza en el arte. ¿Vamos a quemar a Sade en La Pléiade? ¿Señalar a Leonardo da Vinci como un artista pedófilo y borrar sus pinturas? ¿Descolgar los Gauguin de los museos? ¿Destruir los dibujos de Egon Schiele? ¿Prohibir los discos de Phil Spector? Ese clima de censura me deja sin aliento y me preocupa por el futuro de nuestras sociedades.

3) Hace un par de meses, la escritora Claire Dederer se hizo la misma pregunta en su texto “What do we do with the art of monstrous men?” publicado en The Paris Reviewy traducido al español la semana pasada en El País. En una compleja reflexión motivada por Woody Allen y su película Manhattan, Dederer concluye que hay algo que hace indisociable a las creaciones de muchos hombres de sus comportamientos “monstruosos”: recuerda a Cosby, Burroughs, Wagner, Picasso, Hemingway, “y si empezamos a enlistar a atletas, la lista nunca terminaría”. Sin embargo, en un afán de problematizar qué hacer con las creaciones producto de “la barbarie” (retomando la idea de Walter Benjamin), dice que la monstruosidad no se circunscribe al género masculino y explica:

Para ser escritor o artista, una persona debe poseer muchas cualidades. Talento, inteligencia, tenacidad. No viene mal contar con padres ricos. Es decididamente conveniente. Pero el ingrediente más necesario es el egoísmo. Un libro está hecho de pequeños egoísmos. El egoísmo de cerrar la puerta a la familia. El egoísmo de ignorar el cochecito que aguarda en el pasillo. El egoísmo de olvidarse del mundo real para crear otro distinto. El egoísmo de robar historias a personas de carne y hueso. El egoísmo de reservar lo mejor de uno mismo para ese amante anónimo y sin rostro, el lector. El egoísmo de decir lo que uno tiene que decir. 

No sin la conciencia de que es un argumento polémico, Dederer recuerda que el epítome de la monstruosidad de las mujeres recae en aquellas que abandonan a sus hijos para dedicarse al arte, como Doris Lessing o Sylvia Plath, y sugiere que quizás lo problemático sean los procesos creativos y no sus protagonistas.

4) Y hablando del problema de “juzgar duramente”: Margaret Atwood, una de las escritoras feministas más reconocidas de las últimas décadas, y de fama renovada tras el lanzamiento de dos series basadas en sus novelas (The Handmaid’s Tale y Alias Grace), ha recibido numerosas críticas recientemente por comparar el proceso de acusación  de abuso al que se enfrentó un catedrático de la Universidad de British Columbia (que al parecer no obtuvo suficientes pruebas en su contra), con los antiguos juicios por brujería. En un texto publicado en The Globe and Mail titulado “¿Soy una mala feminista?”, la escritora subraya los problemas de asumir como culpable a alguien que en principio solo ha sido acusado y enfrenta un proceso. De paso hace un llamado a que el descontento a propósito del acoso se dirija a las instituciones legales y no solo a los individuos:

El movimiento #MeToo es síntoma de un sistema legal roto. [El internet] ha sido muy efectivo, y ha significado una llamada de atención masiva. Pero, ¿qué sigue? El sistema legal puede arreglarse, o nuestra sociedad puede decidir prescindir de él. Instituciones, corporaciones y ambientes laborales pueden hacer una limpieza a su interior, o las estrellas seguirán cayendo, y entre ellas muchos asteroides.

Con esto, Atwood le dio un giro a la serie de esfuerzos por “matizar la discusión” que empezó a poblar las redes y que ofendió a quienes consideran que el debate de ninguna manera ha ido lo suficientemente lejos.

5) Laura Kipins, autora de un libro sobre el acoso en universidades estadounidenses, quien se opone abiertamente a los procesos que parezcan “cacerías de brujas”, atendió el debate en The Guardian. Afirma que el movimiento #MeToo —y sus variantes— “ha ido muy lejos, y al mismo tiempo no ha ido lo suficientemente lejos”. Explica que acusar a alguien sin pruebas efectivamente puede destruir vidas y que esto debe evitarse. Sin embargo, cree que el problema de “me tocó la rodilla” trata de algo más profundo:

En la medida en que los hombres sigan tratando el cuerpo de las mujeres como propiedad pública, sin importar si ello significa que nos manoseen o que decidan qué podemos hacer con nuestros úteros, las mujeres no gozaremos de igualdad. Olvidar ese punto es olvidar la importancia y linaje político del movimiento #MeToo: es el último paso en una batalla política de siglos por que las mujeres podamos controlar nuestros cuerpos.

6) Y aquí entra un tema que es fundamental: el consenso. De este lado del mundo fue discutido en televisión por las feministas Marta Lamas y Catalina Ruiz Navarro. En resumen, ambas coincidieron en que es difícil perseguir penalmente todas las conductas relacionadas con lo que se considera “seducción”, pero difieren en cuanto a las licencias que los hombres se pueden tomar en el proceso de querer conquistar a una mujer. Mientras Lamas cree que sí hay lugar para la sorpresa, y que puede ser agradable que te “roben un beso”, Catalina Ruiz dice que hay algo problemático en el hecho de que los hombres actúen priorizando su deseo y no lo que quiere la mujer en cuestión.

En relación con el manifiesto, Lamas rescata el que no se presente a todas las mujeres como víctimas y a todos los hombres como victimarios, que hay mujeres que se benefician del patriarcado, y que en Estados Unidos existe un proceso de linchamiento excesivo que no considera la responsabilidad que tienen las mujeres. Por su parte, Ruiz Navarro dijo que no hay que perder de vista las desigualdades de poder que acompañan al acoso y que si no se denuncian casos aparentemente intrascendentes (o que parecen exagerados) como el de Kevin Spacey, entonces la cultura no va a cambiar. ¿Por qué? Porque “el poder está concentrado en los hombres”.

7) Para ampliar el debate en México, el Huffington Post entrevistó a una serie de mujeres con respecto al manifiesto de las abajo-firmantes francesas. Aquí se pueden leer las opiniones de nueve mujeres con trayectorias asociadas a los temas de género. De la lectura en conjunto de estos testimonios sobresale un punto en particular: más allá de sus argumentos, parecería que el problema principal con el manifiesto es que se publicó en un “mal momento”, pues la visibilización del acoso sistemático estaba agarrando mucha fuerza. Esto habla de un tema viejo en el avance de las causas: ¿es más importante matizar que conquistar, aunque la conquista sin matices sea aparentemente dogmática?

Margaret Atwood expresó la misma preocupación en su texto: “Una guerra entre mujeres, al contrario de una guerra sobre las mujeres, siempre complace a aquellos que no les desean lo mejor a ellas. Este momento es muy importante. Espero que no se desperdicie”.

8) Por otro lado está el argumento de que los detractores del movimiento #MeToo no han reparado, además, en su amplitud y su capacidad para cosechar empatía más allá de las fronteras de clase. Eso lo subrayó Lucía Melgar en su columna de El Economista titulada “Se nos acabó la paciencia”. Melgar da cuenta de la carta “Time’s up” que firmaron más de 300 actrices, escritoras y productoras de Hollywood dirigida a la Alianza Nacional de Campesinas, agrupación de mujeres que desde noviembre se había solidarizado con el movimiento de denuncias. Dice Melgar:

Al reconocer como “hermanas” a las trabajadoras del campo, latinas muchas de ellas, las estrellas de Hollywood han dado un paso significativo hacia la creación de un verdadero movimiento de mujeres que trascienda las barreras de clase. Como bien lo expresaron las trabajadoras, el acoso sexual ha sido normalizado en los sectores mal pagados y marginales, pero afecta a mujeres de todas las clases sociales. […] Ambas, denuncian, han padecido a individuos que tienen el poder de “contratar, despedir y poner en listas negras”, y de afectar su bienestar en todos los sentidos. Desde esa condición común, aseguran a sus compañeras privilegiadas que “No están solas”.

9) Parecería que algo efectivamente está cambiando, pero, ¿lo estarán notando los hombres? ¿Se pueden medir los efectos de un cambio de mentalidad en los hombres a raíz de las denuncias? El periódico Le Monde está, en estos momentos, preparando un reportaje a partir de una encuesta en línea. Las preguntas para tratar de aprehender el sentir masculino son las siguientes: “Como hombre, ¿qué ha cambiado para usted el movimiento de liberación de las voces femeninas? ¿Los testimonios de esas mujeres han cambiado su forma de ver las cosas? ¿Su comportamiento en el trabajo o en los espacios públicos ha cambiado?”

10) Para terminar, recomendamos un texto de la escritora peruana Gabriela Wiener publicado en The New York Times (en español) que reflexiona en torno al tema del antipuritanismo y la libertad sexual. La escritora identifica el uso de estas categorías producto de una interpretación muy particular —y conveniente, para las francesas en cuestión— del pensamiento de “la otra Catherine”: Catherine Millet, autora del bestseller La vida sexual de Catherine M., que se ha consolidado como uno de los libros más importantes en la tradición de la literatura erótica francesa. En su lectura, la libertad sexual que defienden estas francesas es una muy particular: “la del hombre, no la nuestra”. Weiner reprocha a quienes defienden ese tipo de erotismo el no considerar las desigualdades que existen entre las mujeres. Defenderlo así le hace un flaco favor a la discusión: “Aún más sabiendo que la que pesa sobre una indígena pobre en Latinoamérica no es la misma violencia que puede ejercerse sobre las chicas de #MeToo, o las fundadoras de influyentes revistas de arte, como Millet, o las leyendas del cine galo, como Deneuve”.

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.