Un 10 de enero de 1998 fallecía el ya mítico poeta infrarrealista Santiago Papasquiaro, que aparece bajo la máscara del personaje de Ulises Lima en Los detectives salvajes, novela que lo empezó a inmortalizar. Para los que aún no conocen a esta versión entrañablemente mexicana del poeta maldito, las siguientes líneas son la ocasión propicia para entender los verdaderos aportes del llamado “infrarrealismo” y sus pretensiones a la luz de otras vanguardias, así como el lugar que ocupa Papasquiaro en él y el color de su sello poético.


Infrarrealismo: valoraciones al vuelo

El escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) definió al movimiento infrarrealista como una fusión de surrealismo francés y dadaísmo a la mexicana.1 Lamentablemente sus miembros cometieron el desacierto de gestarse como una reacción política más que como una vanguardia estética. Se proponían, en primerísimo lugar, “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”,2 en vez de concebirse como una innovadora y profunda apuesta literaria. A tal grado sucumbieron ante su propio desacierto que hoy en día se les recuerda más por su anodina invasión a una lectura de Octavio Paz que por los estropeados versos de Mario Santiago Papasquiaro, quien al buscar la esencia del grupo siempre obtuvo como resultado la descripción de sí mismo:

— ¿Qué es el infrarrealismo?
— 1 fantasma que horada el aire
acondicionado del mundo
— El hoyo negro que te da ñáñaras tocar
Bebop & locas noches
— La vorágine refulgente que empuja al alma del asfalto

Después de cuatro décadas de haberse fundado, el infrarrealismo se abrió paso en el universo de la literatura como una anécdota —casi una leyenda— gracias a la trascendencia de Bolaño. En cada entrevista que ofrecía, en la médula de Los detectives salvajes, La pista de hielo, en los estertores de Amuleto y en uno que otro ensayo, las referencias del autor de La literatura nazi en América a sus años en México caminaban recurrentemente por la historia del movimiento que él personalmente nombró y creó. La obra de Bolaño está incompleta si no pensamos en la marginación y disidencia autoimpuesta derivada de protestar contra la intelectualidad establecida, aderezada de secuencias seudo beats que tenían por escenario calles cotidianas del entonces Distrito Federal.

Cuentan que a principios de los años setenta varios miembros del taller de poesía de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, entre los que se encontraban Ramón y Cuauhtémoc Méndez, Héctor Apolinar y el propio Mario Santiago, armaron una pequeña revuelta para destituir a quien lo dirigía, el poeta chiapaneco Juan Bañuelos. Se deshicieron de él y, de paso, obtuvieron una que otra prebenda por parte de la universidad, lo que constituyó una victoria pírrica que los animó a más. De alguna manera, esta circunstancia fue el detonador para que estos jóvenes escritores construyeran lazos de amistad y afinidades literarias. De ahí surgiría la idea —que nunca se concretó— de fundar el Vitalismo: otra vanguardia poética mexicana.

A la luz de otras vanguardias

No fue sino hasta 1976, con el impulso de Roberto Bolaño, que se creó el infrarrealismo, un movimiento con ínfulas de rebeldía, subversión y bastante dosis de descaro. Emulando a André Breton y a Tristan Tzara, el autor de 2666 se encargó de redactar el correspondiente primer manifiesto, aunque el resultado, desordenado y poco convincente, fue muy menor al de sus ancestros dadaísta, surrealista y futurista. Tampoco se compara a la revelación poética que significó décadas antes el manifiesto estridentista escrito por el poeta mexicano Manuel Maples Arce (1898-1981).

Estas vanguardias gestadas en el primer tercio del siglo XX3 pugnaban por una reinterpretación (o recreación) del arte, la moral y la verdad, denostando a los clásicos y condenando la razón a la pena de muerte (“Chopin a la silla eléctrica”, diría Maples Arce). Había un olor a novedad en todos ellos y una necesidad primordial de trastocar la estética y sus valores eminentemente burgueses.

Al margen de filias y fobias a estos extravagantes movimientos, es imposible negar la contribución que hicieron al arte: desde la pulsión destructora del dadaísmo hasta la obsesión onírica del surrealismo, pasando por la apología del vértigo y la tecnología del futurismo (que llevó a Marinetti a escribir “un automóvil rugiente, que parece correr sobre la ráfaga, es más bello que la Victoria de Samotracia”) y la escritura del herrero estridentista, que privilegia el golpe a la lírica. Siempre buscaron escamotearle el lugar de honor a una cierta estética, establecida y preponderante, burlándose de ella y atacándola.

Todos ellos sostuvieron una rebeldía y una audacia tal que lograron cimbrar los edificios del arte en su momento. En cambio, más de medio siglo después, los llamados infrarrealistas formaron una argamasa de esas vanguardias, le añadieron un halo de cultura beat y la presentaron al mundo como una idea original. Por inconsciencia o ingenuidad (no por ignorancia, pues conocían el canon literario) trataron de engañar y sólo se engañaron a ellos mismos. Privilegiaron la confrontación política y no la estética: su sedición fue contra Octavio Paz y no contra la poética que ejercía; pretendieron abrirse espacios a punta de patadas y no a punta de estrofas.

Entretanto —y al más puro estilo darwiniano— el movimiento infrarrealista sucumbió a la selección natural. De todos ellos, sólo Roberto Bolaño trazó una carrera literaria de dimensiones que todavía no terminamos de conocer: se convirtió en el escritor latinoamericano capaz de romper con el mito de que ya no había lugar para la renovación de la literatura en esta región. Y en un sitio aún marginal, abierto sin duda a lecturas y relecturas, se presenta Mario Santiago Papasquiaro: muy probablemente el único poeta del movimiento que vale la pena descifrar. Este poeta aparentemente marginal, socialmente marginado, virtuoso del desmadre y la provocación, poeta chilango y, a veces, poeta místico fue un desaseado iconoclasta, fue autor de Beso eterno (1995) y Aullido de Cisne (1996).

La poesía infrarrealista: Eme Ese Pe

José Alfredo Zendejas Pineda (como se llamó al nacer) o Ulises Lima (en Los detectives salvajes), ha cumplido veinte años de muerto. Un día de enero de 1998 escribió un poema que tituló con sus iniciales dedicado al pulque de ajo y a la vieja Hija de los Apaches, en la pulquería “del buen Pifas”, instalada en la esquina de Avenida Cuauhtémoc y Puebla (en la colonia Roma). Se cuenta también que, al día siguiente por la noche, saliendo precisamente de ahí, Mario Santiago fue atropellado de por vida por un taxista.

Juan Villoro, quien lo conoció en 1973, dice de Papasquiaro que era “el más brillante alumno del taller de poesía de Juan Bañuelos”, “que a los 18 años había leído todos los libros, visto todas las películas, escuchado todos los discos”, y que “el alcohol y el riesgo formaron parte inseparable de su experiencia estética”.4

Fue por allá por los setenta del siglo pasado —narra Daniel Zalewski para The New Yorker—que, cuando Bolaño visita por segunda vez la Ciudad de México, conoce en el mítico café Bucareli a Papasquiaro: “un poeta de origen indio, desafiante y de ácida inteligencia”.5 Con el tiempo se convertiría en su “mejor amigo de lejos”.

La poesía de Mario Santiago parece desquiciante, como si estuviera escrita al margen de las reglas, fuera de los cánones de su propio oficio. Los versos están hechos con un desaseo sintáctico. A veces da la impresión que construyó una escritura que prefiguraba las formas que ahora vemos en redes sociales y en las conversaciones de jóvenes millenials y eternos cuarentones, haciendo caso omiso de la gramática y la ortografía para concebir nuevas formas de comunicación.

Al leer la manera en la que Papasquiaro estropea —adrede— la poesía, también se va uno dando cuenta que trae consigo velices intelectuales, formales y emocionales dignos de apreciar. Es, literalmente, un libro abierto. Desde la transparencia de su voz el lector se puede ir enterando de cuáles son sus influencias literarias, sus experiencias vitales y sus neurosis. Esta combinación aparentemente contradictoria entre desdén de la poética canónica y el homenaje casi fanático a grandes escritores tiene algo de rebelde y de cariñoso al mismo tiempo.

La literatura de Papasquiaro trasluce desde los títulos su admiración por la generación de escritores beat, y su idiosincrasia, como en “Bebop”, “Aullido de cisne” o en “San Juan de la Cruz le da 1 aventón a Neil Cassady / En la frontera entre el mito & el sueño”. También muestra, como un adolescente que quiere presumir a sus ídolos, la afinidad con el escritor de Bajo el volcán y su desenfrenada dipsomanía en “Las últimas palabras de Malcolm Lowry”.

Como poeta se erige, sin pudor, en un místico secular que le hace la competencia al “muero, porque no muero”de San Juan de la Cruz desde el fin de siglo atormentado de la monstruosa Ciudad de México: “La muerte es el fuego que revive / al cochambre en bruto de la cacerola / la muerte no es muerte / su eterna cicatriz florea”; imita descaradamente al porteño Girondo (y su Masmédula) en la creación de neologismos y la expulsión de versos intachablemente rítmicos: “Lengua no hay / que paladee mi dióscura levitación / Navaja al sinsusto / que alumbra las ruinas de mi pellejo zángano”; retuerce, reconfigura y alimenta, con una fraternidad indudable, el “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, de Bolaño, por medio de su “Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger” (y, además, se lo dedica al chileno).

Papasquiaro se regodea como un chico de quince años escribiendo versos para hablar del Rey Lagarto: “En el radio: Jim Morrison traga esporas crecidas / en la cicatriz del diluvio”; de su banda mítica: “Los Doors con los dientes hacen realidad su voltaje”; de la psicodelia: “Todo ser & hasta en zancos escupe ovnis bordados / con las alas de las más locas luciérnagas” solo para provocar un estado de ánimo entre el misticismo y la alucinación, entre un viaje en ácido y un viaje por la Route 66. Al mismo tiempo admira a su querido José Revueltas, cuya ciudad natal, Santiago Papasquiaro, Durango, dio pie al extraño seudónimo: “De los días terrenales al apando / 1 mandrágora transforma su veneno en aroma de mujer”.

A fin de cuentas, el valor de la poética de Papasquiaro no reside solamente en haber sido mentado una y otra vez por su entrañable amigo Roberto Bolaño. Reside en la búsqueda alevosa por estropear las palabras y los versos; dotarlos de imperfección y humanidad al mismo tiempo que eleva al olimpo de los dioses a sus queridos y admirados poetas. La poética de Papasquiaro es una contradicción fundamental: boicotea a la literatura (a sus reglas y sintaxis) mientras nos dice que la literatura (y su canon) es lo mejor del mundo.

Juan Cepeda
Politólogo y escritor.
@juancepeda


1 Dichas vanguardias detonaron con los siguientes manifiestos: Manifiesto del futurismo (1908); Primer Manifiesto Dadá (1918); Manifiesto Actual No 1 [estridentismo] (1921); y Primer Manifiesto Surrealista (1924). 

2 Daniel Zalewski, “Vagabonds”, The New Yorker, 26 de marzo de 2007.

3 Ramón Estrada Méndez, “Como veo doy, una mirada interna del Movimiento Infrarrealista”, La Jornada Morelos, 9 de marzo 2004.

4 Juan Villoro, “Un poeta”, La Jornada Semanal, núm. 152, 1º de febrero de 1998. 

5 Ibidem.

 

 

2 comentarios en “Los estropeados versos de Papasquiaro: a veinte años de su muerte

  1. Desde que se considera obra de arte algo debido a una supuesta voluntad del creador y a las justificaciones teóricas para su ineptitud (“es arte porque se me pega la chingada gana”), todo es poesía.

    ¿Y si el tal Papasquiaro ni quería romper nada ni quería hacer una poética basada en la ineptitud y solo era un poeta malito más? Si en verdad lo quería… pues no logró nada.

    El arte estriba en la obra, no en los caprichos, los objetivos y las exculpaciones de quien le da cuerpo.

  2. A 20 años de la muerte de eme ese pe, el infrarrealismo le sigue doliendo a la cultura oficial. En sus sesudas críticas literarias no analizan la literatura sino descalifican muchas veces por erratas -que muestran su franco desconocimiento y su mala leche como decir que Mario “retuerce, reconfigura y alimenta”, los “Consejos… de Bolaño y Porta (1984), los “Consejos… de Mario Santiago son de 1975-. Mario Santiago vive es su poesía “desquiciante”. ¡Hurra!