Hans Magnus Enzensberger
El panóptico de Enzensberger. Veinte ensayos fulminantes
Traducción de Richard Gross
Malpaso Ediciones
Barcelona, 2017
142 páginas.


El panóptico de Enzensberger. Veinte ensayos fulminantes (Malpaso Ediciones, traducción de Richard Gross, 2017) es un mapa de reflexiones disímiles de Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929). En el libro, múltiples destellos de inteligencia deslumbran al lector y ayudan a entender el mundo. Presentamos diez meditaciones del escritor alemán incluidas en el volumen.

La abolición del libro impreso

La abolición del libro impreso no es una idea completamente nueva. Fue anunciada hace tiempo. Ray Bradbury la describió en 1953 en su superventas (¡!) Fahrenheit 451, en cuyas páginas la plasmó hasta sus últimas consecuencias. En su relato utópico la tenencia de libros incluso se considera un crimen capital. Las visiones de futuro de los grandes pesimistas son propensas a la exageración. Que sean refutables no las invalida, todo lo contrario. Esto vale tanto para Bradbury como para Orwell o Weber. A toro pasado, cualquiera.

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El derecho de autor y el negocio de masas

Conviene, sólo por mor de exhaustividad, echar una mirada a un escenario mediático de segundo orden, a saber, el derecho de autor y los intentos de abolirlo. Se trata aquí de un logro tardío obtenido en el siglo XIX. Hasta entonces, leer libros era el privilegio de una reducida minoría. Cuando la novela se convirtió en un negocio de masas, los escritores se percataron de que la literatura servía incluso para ganar dinero de verdad, puesto que se los hizo participar de las tiradas y las traducciones. Por desgracia, la alegría les duró poco. Hoy en día, la imprenta, ahora llamada print, es considerada un modelo en extinción por parte de los consorcios punteros.

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La incompatibilidad entre religión y ciencia no puede tener mucho fundamento

El tráfico fronterizo intelectual entre la religión y las ciencias naturales no acabó con la Edad Media. Isaac Newton se dedicó varias décadas a la teología, la mística y la alquimia; Leonhard Euler defendía la Biblia contra los librepensadores; la genética debe sus primeros hallazgos al monje agustino Gregor Mendel; Georg Cantor, autor de la teoría de conjuntos, creía que fue Dios quien le reveló los números transfinitos; Max Planck era profundamente religioso y se tomaba muy en serio su cargo de mayordomo de fábrica, y Kurt Gödel, el lógico más grande de la modernidad, puso, en los últimos años de su vida, todos los medios para aportar la prueba definitiva de la existencia de Dios.

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Alexander von Humboldt: investigador cosmopolita

Por un lado, tenía sus convicciones y, muy a diferencia de los hábitos propios de su clase social, no hacía concesiones en lo que a ellas se refería. No era partidario de la religión consagrada constitucionalmente; como republicano convencido era un claro marginado; estaba en pie de guerra con el nacionalismo emergente, y, por último, defendía la autonomía del pensamiento y de la acción, autonomía que no se dejó regatear bajo ningún concepto. Rehusó los cargos de embajador o ministro que se le ofrecieron porque prefería la vida de investigador cosmopolita. […] Gozaba de fama universal, pero estaba solo. Y se produjo una última y existencial paradoja: el hombre del que había emanado un torrente de comunicaciones y publicaciones a lo largo de su vida, que había escrito unas cincuenta mil cartas y trabado una red de contactos de dimensión mundial, terminó por replegarse a una zona a la que nadie pudo seguirlo. En la última fotografía, tomada por Julius Siegmund Friedländer dos años antes de su muerte, aparta la vista de quien lo mira, cual viejo jefe indio que ya no se hace ilusiones sobre su propia tribu ni sobre los políticos. El retrato muestra a un hombre que sabía más de lo que decía y que pensaba lo suyo: lo que verdaderamente le importaba y lo que la posteridad nunca descifrará del todo.

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La droga cotidiana

La droga cotidiana de muchos es el crucigrama de puntual aparición. Quien aspira a cotas más elevadas puede, por ejemplo, cavilar sobre el teorema de Fermat. Así le sucedió al matemático británico Andrew Wiles. A los diez años topó con aquella vieja y nunca demostrada afirmación. Treinta y dos años después pudo, tras duros reveses, presentar la prueba definitiva que le dio fama mundial. Otros, numerosísimos, que en el decurso de los siglos buscaron la cuadratura del círculo fueron menos afortunados. Porque la solución de ese problema consistía en que no tenía solución. Se la debemos al señor Von Lindemann, de Friburgo, que en 1882 aportó la correspondiente prueba. Eso también supuso un triunfo. Ahorró a aficionados posteriores embestir hasta el agotamiento, cual avispa que se ha extraviado por la sala de estar, un obstáculo insalvable.

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La conducta desenfrenada de la Grecia antigua

Allí, la bella Helena nace de un huevo porque Zeus preñó a su madre, Leda, tras haberse metamorfoseado en cisne; Atenea, diosa de la sabiduría, brota completamente armada de la cabeza de su progenitor después de que Hefesto le partiera a éste el cráneo con un hacha; a Dánae, el padre de los dioses la asalta en forma de lluvia dorada; el hijo de Hermes y Afrodita se une en un abrazo con una ninfa, de modo que sus cuerpos se funden dando origen a un ser con genitales masculinos y femeninos. Existen más casos en que los protagonistas no saben si son hombre o mujer. Pasífae, la mujer del rey de Creta, encarga a un deferente ingeniero llamado Dédalo una vaca de madera porque se ha enamorado de un toro. Éste se deja engañar de buen grado y monta a la dama, acomodada en el interior de la añagaza. El fruto de esa cita es una quimera, el Minotauro. Esto no deja de ser ingenioso, pero no es ni de lejos todo lo que brinda la Antigüedad. Vamos a ahorrarnos, ya por razones de espacio, las diversiones, preferencias, castraciones y violaciones de egipcios, indios, islandeses y otros pueblos, pero nuestros sexólogos reconocerán, espero, que comparados con los poetas del Majabhárata y las Metamorfosis, ellos son unos meros pardillos.

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La impotencia del informado

Ahora bien, la atención, la empatía y la indignación son recursos que se vuelven tanto más escasos cuanto más se explotan. Prácticamente nadie es capaz de aprehender, “asimilar” o incluso “asumir” lo que se le comunica. La impotencia del informado aumenta con el volumen de información.

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La nulidad de los valores

Culturas anteriores a la nuestra preferían ponerse de acuerdo sobre vicios y virtudes, tabúes e imperativos. Aquellas viejas normas podrán parecer anacrónicas, pero obedecían a un código claro y transparente que permitía saber a cualquiera a qué atenerse. La consistencia gelatinosa de nuestros “valores”, en cambio, produce un efecto repulsivo. Nunca fueron tan nulos como ahora. De ninguna manera deberían depositarse en el contenedor de los residuos recuperables. Correríamos el peligro de verlos reutilizados una y otra vez y de que la palabrería no acabe nunca.

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Los servicios secretos

Bajo el raudal de revelaciones sufren también, y no en último lugar, los servicios secretos. La compasión del público es limitada, puesto que infinidad de veces han quedado en evidencia. Durante demasiado tiempo se han divertido montando sainetes de tres al cuarto. Fidel Castro alardea hasta hoy del papel de gala que le ha correspondido en ese reparto. ¡Cuántas veces agentes estadounidenses han tratado de colarle un puro explosivo o una suripanta armada de pastillas venenosas! En una ocasión quisieron privarlo de sus barbas con un depilatorio, en otras llevarlo a la locura con ácido lisérgico o, al estilo clásico, quitarlo de en medio con bombas, escopetas y revólveres. Todo sin éxito, como se sabe, todo ya debidamente documentado, todo muy banal y sin secuelas.

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George Orwell y los regímenes totalitarios

Un hombre con mirada de futuro Eric Blair, más conocido bajo el seudónimo de George Orwell. Entendía de regímenes totalitarios mucho antes de que el concepto entrara en el lenguaje de los historiadores. Ya en 1943, cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en Teherán, vio avecinarse el antagonismo de las superpotencias y la Guerra Fría./ Pocos años después de la Segunda Guerra Mundial publicó su famosa novela 1984. El porvenir que vislumbraba no era de su agrado. Auguraba el panorama de un régimen del terror que, en plena Europa, perfeccionaría los métodos de Stalin y Hitler en un tiempo previsible: con un partido único liderado por un “Gran Hermano”; un idioma llamado “neolengua” que invertía la semántica de las palabras; la abolición de la esfera privada; la vigilancia total, la reeducación y el lavado de cerebro de todos los habitantes, además de una omnipotente policía secreta que tenía el cometido de aplastar, mediante la tortura, el asesinato y la reclusión en campos de concentración, el germen de cualquier impulso opositor.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.