El fin de año suele anunciar el comienzo de un nuevo ciclo cubierto de un aura de esperanza; pero detrás de ese barniz palpita una profunda melancolía, sentimiento que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra humanidad.

Tras su máscara de felicidad por decreto, estos días de fin de año son más bien magros y melancólicos. La epidemia depresiva de las fechas está bien documentada en los anales de la medicina. Recordaba Marcelino Perelló que es por eso que desde tiempos paganos se acostumbraba llevar un abeto a casa: tener a la vista el “verde árbol de la vida” en tiempos grises y fríos. E inevitablemente pensamos más, y si pensamos más nos volvemos más melancólicos.

Es muy probable que en esa melancolía palpite el recuerdo nostálgico del Edén perdido, porque la expulsión del Paraíso es una “caída en el pensamiento”. De ahí viene la conciencia del pecado, la noción de la culpa: fuimos expulsados de la inconsciente inocencia, condenados a luchar contra las tentaciones que antes ni siquiera imaginamos. ¿Es esto lo que nos pone melancólicos cada fin de año? En eso he pensado ahora que releo el primer libro que conocí de George Steiner, Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, (Siruela-FCE, Madrid, 2007, traducción de María Cóndor) cuya primera edición en español, curiosamente, cumple diez años este 2017 que yace agonizante.

¿Por qué el pensamiento es melancólico? ¿Por qué está preso de una irrevocable tristeza? Siendo imponente, el pensamiento es impotente, parece decirnos George Steiner. Pensar es lo que nos hace humanos, pero el pensar tiene limitaciones flagrantes que nos deberían volver seres más humildes, menos apostadores al confort racionalista, ese que, como quería decir el Nietzsche de aquella Intempestiva, nos provoca mecernos en el plácido columpio de la fe positivista. De aquí viene, acaso, “La profunda e irrevocable melancolía de toda la vida” (Schelling).

En este escrito, Steiner ensaya diez tesis que permiten comprender las limitaciones del pensamiento: desde su incapacidad para dar respuestas satisfactorias o concluyentes ni desde la ciencia, ni desde el arte, ni desde la religión, a las grandes preguntas acerca de la muerte, de nuestro destino como especie o de nuestro destino individual, hasta su incompetencia como instrumento de comunicación. No contamos con ninguna manera segura de comprender los pensamientos ajenos: “el pensamiento puede hacer que seamos unos extraños los unos para los otros”. Somos soledades en constante y permanente negociación.

De ahí también la decepcionante paradoja. Nuestra singularidad está en la impenetrabilidad del pensamiento, pero, “Aunque expresados, manifiesta o tácitamente, en diferentes formas léxicas, gramaticales y semánticas, nuestros pensamientos son, en una medida abrumadora, un universal humano, una propiedad común. Han sido pensados, están siendo pensados, serán pensados millones y millones de veces por otros. Son interminablemente banales y trillados. Artículos usados. Los componentes del pensamiento, aun en los actos y momentos más personalizados de nuestra existencia —en el sexo, por ejemplo—, son clichés interminablemente repetidos” (cursivas mías).

Y sin embargo, estamos condenados a pensar, aunque los pensamientos verdaderamente originales sean radicalmente raros. El pensar hace posible “entrar en sentido”, otorgar un significado a la vida. Necesaria y básica ficción: “el pensamiento humano parece aborrecer el vacío. Genera, arquetípicamente, ficciones más o menos consoladoras de supervivencia. Como un niño asustado que silba o grita en la oscuridad, nos esforzamos por evitar el agujero negro de la nada. Lo hacemos incluso cuando los escenarios resultantes son ofensivamente pueriles y mero kitsch”.

A diez años de su primera edición en español (la edición original inglesa es de 2005), leer este opúsculo nos incita a atisbar eso que desde el pensamiento intuimos todos los días, ese fundamento oscuro del conocimiento que nos atraviesa y que, siendo pensamiento, no nos es jamás propio ni inalienable: “Los vientos del pensamiento —un símil antiguo—, sus fuentes más allá de la recuperación, soplan a través de nosotros como por innumerables grietas. Kafka oyó ‘grandes vientos de debajo de la tierra’” (cursivas mías).

Feliz año nuevo, aunque nuestros pensamientos serán inevitablemente viejos y repetidos.

Ronaldo González Valdés

Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia.

 

 

4 comentarios en “Fin de año con George Steiner

  1. Ronaldo: No hay que ponerse melancòlicos en este fin de año, menos si se tiene salud, que es la mayor riqueza que puede poseer el ser humano, lo demàs es lo de menos, no hay que amargarse la existencia y menos cuando ya se està viejo, hay que vivir siempre con el optimismo encima, alcabo mundo hay te quedas, al diablo los achaques, nadie se muere sano a menos que sea por un accidente. Felìz Año y vivan los Candidotes a la grande. Vale.

  2. Cómo vieja es el alma estudiada por los hombres desde la antigüedad y que hoy con nuevas corrientes de lo transpersonal volvemos a entender que somos energía que fluye, y se mueve con esos vientos que sigamos, sólo con los que alcancemos a atisbar