Semana con semana, nuestro equipo de reseñistas busca sugerirle al lector propuestas escénicas y plásticas que sean poco convencionales. Con el fin del año llega el momento de hacer el balance de todo lo visto en salas y escenarios y escoger lo mejor del 2017. Aquí el verdicto.

Multimedia. Migración virtual.

Estrenada en mayo en Cannes, Carne y arena (Iñárritu, 2017) llegó al CCU Tlatelolco en septiembre. Los casi siete minutos de realidad virtual transportaban a la ficción sobre el cuerpo. Se experimentaba totalmente solo. El frío inicial de los congeladores, la orden de quitarse los zapatos, el peso de la mochila, la arena debajo de los pies, la incertidumbre, los paisajes y los testimonios te sumían a la experiencia desgarradora de los migrantes en la frontera norte. El espectador podía sentir a qué se exponen y cómo son deshumanizados en tantos sentidos. La experiencia virtual anclada en los soportes que la enmarcan y remiten a la realidad: los zapatos, presencias tangibles, las entrevistas, las voces y los rostros. Generar una experiencia interactiva e inmersiva ya es un proyecto bastante ambicioso, pero apostar por la realidad virtual como un dispositivo capaz de reconfigurar la subjetividad responde a un anhelo más profundo, y quizás más urgente.

Paulina Morales
Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.


Arte. Dos anfitriones.

Son dos las exposiciones que considero las mejores del 2017. La primera es la de Philippe Parreno, La levadura y el anfitrión, que expone el Museo Jumex, y la segunda, Una casa más pequeña de Lucy Skaer.

El artista francés concibe la exhibición como un espacio escénico, como un sistema “que produce diferentes temporalidades, un ritmo, un viaje, una duración”. En el Museo Jumex, Parreno instaló un biorreactor que cultiva levaduras en tiempo real, que su vez activan el sonido, el video y la iluminación dentro de la sala para crear una atmósfera misteriosa y onírica. Para ver la muestra completa hay que permanecer más de una hora, pero vale la pena quedarse y ser parte de un sueño que se desenvuelve lentamente: un personaje de manga cobra vida, escuchamos las reflexiones existenciales de una criatura marina, sobrevolamos paisajes inhabitables y somos testigos de una multitud reunida sin motivo aparente.

 

Vista de instalación Philippe Parreno: La levadura y el anfitrión. Foto: © Andrea Rossetti.

 

Por otro lado, en el Museo Tamayo, Lucy Skaer presentó una de las exposiciones más modestas y memorables del año. El suyo fue un ejercicio poético, en el que reciclaba los materiales de la casa donde creció para convertirlos en objetos de una belleza extraña y cautivadora. Recorrer Una casa más pequeña permitía conocer un lado muy íntimo de la artista inglesa, a través de esculturas, fotografías y ensamblajes impregnados de recuerdos y vivencias desconocidas, pero no por eso menos tangibles.

María Emilia Fernández
Historiadora del arte.


Arte. “El Kínder” en el museo.

La primera vez que el artista alemán Gregor Schneider presentó su trabajo en México con motivo del año dual México–Alemania 2017, significó una nueva experiencia museística en la Ciudad de México. Schneider es uno de los pioneros del arte en los llamados “espacios construidos” —trabaja con esculturas arquitectónicas y constructivistas, y con instalaciones que buscan apropiarse de un sitio particular al crear un nuevo espacio—. Para su exposición Kindergarten en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), Schneider reconstruyó una serie de habitaciones mediante el desmantelamiento, traslado y reconstrucción de piezas; la experiencia del espectador era fundamental en el desarrollo de la muestra, pues cada visitante entraba a los cuartos reconstruidos para apropiarse de ciertos espacios: habitaciones de niños, baños, fragmentos de casas, entre muchos otros. En la segunda parte de la exposición, el artista alemán recreó un parque de diversiones prácticamente inútil: ningún juego podía utilizarse porque la reconstrucción del mismo no lo permitía. Con cada obra, Schneider ponía en tela de juicio el significado de los espacios y la experiencia de visitar un museo. Al salir de la muestra, el debate sobre los límites entre lo público y lo privado se desarrollaba desde el desconcierto y la resignificación. Finalmente se estaba transgrediendo la solemnidad del museo.


Kindergarten, Gregor Schneider. Foto cortesía del MUAC

 

María Olivera
Estudiante de Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.


Teatro. Dos sobre “el otro”.

Un año para hacer denuncia, conciencia y acercarnos más al otro. Cuando se habla de lo mejor del teatro este año destacan las obras La Prietty Guoman y La divina ilusión.

El espectáculo de César Enríquez, La Prietty Guoman, es la paráfrasis que hace la protagonista de la obra sobre la película Pretty Woman: quien espera a que “Richard Gere” llegue, la suba a su coche y juntos tengan un final “de película”, en donde no tenga que seguir el guion que se le ha impuesto y más bien trace su propia historia. En esta obra, de estilo cabaret, Enríquez hace hincapié en los temas de la identidad y la lucha por ser diferentes. Por medio de una comedia inteligente y osada, y la gran ejecución de su protagonista, esta obra denuncia los crímenes que causan la homofobia, la transfobia y la misoginia; nos demuestra todo lo que nos falta avanzar como sociedad para evitar este tipo de transgresiones. Por fortuna, el montaje se exhibió a lo largo del año en los espacios más variados: el teatro Sergio Magaña del Sistema Nacional de Teatros de la CDMX, el Foro Lucerna, el Festival Poéticas Jóvenes de Pachuca, la Muestra de Teatro de la Ciudad de México y el Encuentro Dramaturgia y Teatro Tijuana. Recientemente se presentó en el IX Encuentro de las Artes Escénicas y fue la obra que clausuró, con ovación de pie, la Muestra Nacional de Teatro de León, Guanajuato.

 

Fotografía de la obra La Prietty Guoman, tomada de Diario de México.

 

Por otro lado, próximo a terminar el  año, se estrenó en el teatro La Capilla La divina ilusión, un texto de Michel Marc Bouchard bajo la dirección de Boris Schoemann. En esta obra se retrata al Quebec de 1905, en donde tiene lugar el encuentro entre un joven interesado en la magia del teatro y la mítica actriz Sarah Bernhardt. En el ambiente en el que viven, el clero tiene un poder excesivo sobre la sociedad y las condiciones de trabajo en las fábricas son inaceptables. La historia pone sobre la mesa el siguiente cuestionamiento: en una sociedad decadente llena de explotación y censura, ¿qué papel juegan el teatro y el arte? El dramaturgo, el director y los actores tratan de responder justamente haciendo teatro, reflexionando sobre cada tema y exponiéndolo al público en el contexto de la ficción. Este montaje contó con una gran producción, un talentoso elenco y el interés del público que llenó cada función. La puesta en escena formó parte de las actividades del teatro La Capilla para recaudar fondos para las personas afectadas por el sismo del 19 de septiembre, y también ayudó a demostrar que el teatro es necesario en los tiempos difíciles. La divina ilusión confirmó que el teatro sigue de pie.

Jorge Viñas
Licenciado en Literatura Dramática y Teatro por la UNAM.


Teatro. Fuera de escena.

El teatro es el contenedor perfecto de lo efímero. Su posible permanencia está intrínsecamente ligada a la memoria y a la mutación. En un intento por hacer un recuento de las mejores experiencias teatrales que viví en el 2017, apelo al performance de los recuerdos y consigo atrapar destellos que juegan entre sí en un presente desaparecido. Rescato del olvido la revitalizada y contemporánea versión de la ópera La voz humana, a cargo de Alonso Ruizpalacios; la atmósfera, el auténtico convivio escénico dentro de un riguroso ejercicio ficticio y la magistral actuación de Boris Schoeman en Mi cena con André, (Dir. Manuel Ulloa y el mismo Schoeman); el montaje, los matices y el universo creado por Alonso Íñiguez en Noche de reyes; la actuación comprometida de Daniela Schmidt como Lucha Reyes en La Tequilera (Dir. Antonio Serrano); la generosidad actoral y la sabiduría de una vida en escena puesta en praxis en cada instante de Julieta Egurrola como Raquel en Después del ensayo (Dir. Mario Espinosa); el placer y la técnica actoral que Pilar Boliver derrochaba en La divina ilusión (Dir. Boris Schoemann); la poiesis de Guillermo Calderón en el montaje de teatro político Mateluna; el poder transformativo y la performatividad de Ricci Forte en Still Life; la elegancia y vibración de Las lágrimas de Edipo en el montaje original de Wajdi Mouawad; el evidente amor creativo sobre una investigación histórica y artística que Martin López Brie y su equipo pusieron para El sapo y las minas de mercurio. Este fue un año en el cual, dentro de las modas escénicas, se instauró el uso de proyección de diapositivas. Cómo aprendí a manejar de Conejo con prisa, y La descarga aún no se ha completado de Teatro Entre2, son dos obras en particular que exploraron de manera interesante y exhaustiva este recurso.

Sin embargo, debo decir que, en términos performáticos, lo que más me conmocionó fue cuando el motto del teatro “El show debe de continuar”, fue puesto en suspenso. A causa del sismo del 19 de septiembre, muchos teatros cerraron y el verdadero convivio sucedió en las calles. La representación se detuvo y la acción (significado original de la palabra drama), tuvo lugar. En las calles, incluso los que preferían asumirse como espectadores, no podían ser indiferentes ni pasivos. Otros, muchos, cruzaron la tierra de nadie para convertirse en actantes, en los sujetos que cargan la acción, llevando escombros, víveres, cubetas, palas, carretillas, sobrevivientes y cadáveres. Esto ciertamente no es teatro, pero es digno de los estudios de performance. En cualquier zona cero del sismo, el tiempo, el espacio y los objetos se desdoblaron, como sucede en el ritual o el teatro. La noche dejó de funcionar para el descanso, el paso de un minuto a otro era de vida o muerte. Lo extracotidiano explotó en cuestión de segundos. Las avenidas, lo mismo que los callejones, se vistieron de cinta peligro si lo requerían. Los objetos y las instalaciones se reconfiguraron. Algunos hogares se convirtieron en ruinas, los colchones para el descanso en tumbas; los edificios colapsados solo conservaron a salvo los autos de sus conductores desaparecidos. La ironía, el trauma, la incertidumbre, fluían tan rápido como la oferta que no cesaba para los brigadistas —chocolates, tortas, quesadillas, espagueti, Gatorade, Red Bull, gotas para los ojos—. Los teatros reabrieron con esta consigna: “El teatro es un lugar de encuentro en donde es posible transformar conciencias. Reunirnos para ver o hacer teatro, especialmente en momentos difíciles, permite abrir las puertas al afecto, al compañerismo y a la sanación de nuestro espíritu”. La deuda del teatro con el acto de la comunión se mantiene.

Nadia Be’er
Investigadora y crítica de artes escénicas.


Danza. Desplazamiento.

Sin duda alguna, este año estuvo lleno de propuestas escénicas que no solo demostraron calidad artística sino también la capacidad reflexiva de todos aquellos que dejaron el cuerpo en el escenario. Uno de estos casos fue el de Malevolence, diferentes formas de salvarse a sí mismo, una propuesta interdisciplinaria presentada en el Teatro Helénico por Udâna Plataforma de creación escénica bajo la dirección de Sandra Milena, y que fue ganadora de MIC Género 2017.

Malevolence es un grito desde el cuerpo, producto de la intensa investigación de artistas, sociólogos, historiadores y politólogos sobre el fenómeno del desplazamiento forzado a causa de la violencia en los contextos de Colombia y México. El propósito de la pieza era romper con la normalización de la violencia que sufren miles de personas cada día a causa de conflictos locales que en realidad derivan de la crisis que vive el mundo. Se trata de una propuesta en la que el arte no funciona como un mero acto contemplativo, sino como un dispositivo que se activa. Algunas de las propias bailarinas tienen experiencias de desplazamiento forzado y se invita al público a hacer preguntas y dialogar en torno a los problemas de violencia, por lo que cada función es distinta. Finalmente, se encienden una serie de velas que se comparten con los espectadores en un ejercicio por crear conciencia sobre los cuerpos afectados e incluso desaparecidos en estos procesos. Considero que esta fue una de las mejores piezas del año y los invito a seguir el trabajo de esta compañía que en cada oportunidad refleja la calidad artística de quienes la integran y su contundente propuesta desde el cuerpo.

Berenice Quirarte
Cursa la maestría en Estudios del Arte en la Universidad Iberoamericana y es miembro de Giroscopio: Danza + Filosofía.