En esta cuarta entrega de la crónica de la colonia Condesa de Luis Miguel Aguilar, un perfecto rectángulo para jugar a las canicas se convierte en el lugar propiciatorio para el más grande chantaje de infancia jamás registrado en esos rumbos.

El gran chantaje

Mi guerra siempre perdida contra Matilde se continuó por otros medios más diplomáticos. La miscelánea El Cisne de Parras 4 era el lugar de reunión para el refresco y la plática. Lalo, el Pelón y el Nene se habían ido a vivir a otra parte y yo poco a poco me fui acercando a los rivales de Parras. Junto a El Cisne había un exacto rectángulo de tierra ideal para jugar a las canicas. Matilde era una especie de Ivy League de las clases populares mexicanas: un gran pugilista —ya lo dije—, un muy buen jugador de futbol, incluso de futbol americano —“tocado”— y un maestro de las canicas. Sobre todo, tenía un cañón brutal entre los nudillos para mandar la canica del contrincante a calacas y palomas. Lo único que yo había logrado perfeccionar era un lento pero eficacísimo calambre. En canicas, calambre es el tiro que toma un efecto de curva; la canica se desplaza así de un modo ideal sobre la tierra y tiene muchas más posibilidades de dar en el blanco que un tiro recto.

Ilustración: David Peón

De modo que una tarde prolongada hasta la caída de la noche Matilde y yo nos enfrentamos en un duelo —o varios— de canicas. Ya lo habíamos hecho otras veces. Pero ahora la apuesta no era de canicas sino de dinero. Juego por juego, sin testigos y hasta el anochecer, perdiendo uno y ganando dos, le gané a Matilde veinte pesos que en aquel entonces eran una fortuna para un niño de doce años. Al extenderme los billetes Matilde me dijo, típicamente, que era un dinero que su mamá le había dado para otra cosa. Le dije que él lo había apostado, peso por peso, juego por juego. Ya no teníamos tiempo ni luz para la revancha pero le dije que al día siguiente volveríamos por la tarde. Matilde me dijo que su mamá y su padrino —en realidad el amante de su mamá— lo iban a matar. Yo sabía en efecto de las golpizas que le daban a Matilde. A Matilde se le empezaron a humedecer los ojos, y a mí también, menos por el posible destino de Matilde que por la situación. Nos rodeó un mismo miedo pero por motivos distintos: a él, porque debía enfrentar a su mamá y a su padrino; a mí, porque después del atractivo del juego y el deseo de derrotar a Matilde, el regusto de la noche y la sensación de lo prohibido recaían sobre mí.

—¿Pues para qué apuestas? —le dije, tratando de quitarme la culpa de encima y buscando que otra cosa ocurriera, algo que me dejara disfrutar el triunfo sin estorbos.

—Se me fue —dijo Matilde la única vez que lo vi lacrimoso.

—¿Y si yo hubiera perdido, qué? A ver —le dije en un último intento de evitar que el problema de Matilde pasara a ser el mío. Un último intento de frenar lo inevitable: que yo le acabara regresando el dinero.

—No, pues nada —dijo Matilde sabiendo que estaba a punto de lograrlo.

—No, pues ten —y le devolví el dinero menos por bondad que por miedo a la culpa que me seguiría hasta la cama y por los días siguientes.

—No, pero te lo debo. Yo te lo pago —dijo Matilde, recibiendo el dinero y contándolo antes de doblarlo y metérselo a la bolsa.

—No, ¿pues cuándo me lo vas a pagar? Esto ya se quedó así —dije, tratando de que ahora él sintiera culpa, como si me hubiera desgraciado.

—Yo te lo pago. Te lo prometo.

—Ahí nos vemos —le dije y me di la media vuelta rumbo a mi casa. Alcancé a oír un “gracias” que no me bastó al rato, cuando metido en las cobijas y sin poderme dormir me culpaba de idiotez: Matilde me había roto la cara varias veces y ahora lo dejaba ir cuando lo tenía por primera vez en mis manos. Recordé, sin embargo, que yo había entrado a la apuesta con un solo peso. De haber perdido en el primer juego, no habría seguido más. Como gané el primero, no le dije nada a Matilde y seguí apostando con lo ganado. Yo le había dicho a Matilde que de entrada tenía cinco pesos. Pero volvía a recriminarme al pensar que, de haberle dicho que solo llevaba un peso en caso de que yo hubiera perdido los cinco primeros pesos, Matilde se habría desquitado con los puños.

Este rectángulo de las canicas fue el lugar propiciatorio para el más grande chantaje de infancia en la colonia Condesa. El afectado fue el Petunio, el hijo de una de las señoras tabasqueñas que administraban la miscelánea El Cisne. Las cosas ocurrieron en el mismo edificio de Parras 4 del que la mamá de Matilde era portera, y en cuyo piso bajo estaba precisamente El Cisne. Por ese tiempo todos nos entregábamos a juegos sexuales, como dice Octavio Paz en Pasado en claro, “diversos, polimorfos y perversos”. Pero Memo y el Petunio no contaron con la avidez monetaria de un chihuahueño más vivido que nosotros y recién llegado a la ciudad de México. En su casa le decían el Chepis.

El Chepis los había espiado desde arriba, a veces inclinándose sobre el barandal y a veces mirando entre las barras metálicas de la escalera espiral de servicio. Abajo, junto a un grifo de agua y con los pantalones en el piso, el Petunio y Memo tiraban un volado para ver quién haría primero de socio pasivo. Luego fueron turnándose hasta que empezó a oscurecer. Aparte de la función, el Chepis tenía intereses empresariales. Memo no tenía nada que ofrecer al respecto, al contrario del Petunio y la caja registradora de la miscelánea El Cisne.

El Chepis amenazó al Petunio con decirles a su mamá y a su tía que lo había visto con Memo si no le pasaba regularmente cincuenta pesos de la caja. Yo no sabía esto. Tampoco Pedro Ventura, que después de las disputas iniciales se había hecho mi amigo; tampoco Pepe Santos, que se había unido a nosotros aunque vivía un poco más lejos, en la calle de Nuevo León, y tampoco mi primo Nando, que había venido de Chetumal a estudiar el fin de la primaria en México. Junto con el Chepis, hicimos una especie de equipo. Así, a su atractivo de ser mayor, de batear durísimo —en una temporada en que nos dio por el beisbol—, el Chepis añadía ahora invitaciones sultanescas para Pedro, Pepe Santos, Nando y yo. Nos invitaba a comer helados “Tres Marías” en la fuente de sodas El Pireo que un griego administraba en la calle Huichapan, o a comprar cientos de gramos de pistaches en Sears de Insurgentes —oh Insurgentes, madrastra del corazón de asfalto—: lujos faraónicos en un mundo de chicles Motitas, Delawares Punchs, pepitas saladas y gansitos como horizonte de consumo.

El primer gasto de veras escandaloso ocurrió una tarde en que el Chepis nos dijo que formáramos un equipo de beisbol, pero en serio. Nada de pelota de esponja y cualquier tabla como bat. Iríamos a Sears a comprar todo lo necesario. Pedro le soltó entonces la duda que había ventilado a solas conmigo: de dónde sacaba el dinero. Chepis nos dijo entonces que no nos había querido decir, pero que su tío —mejor dicho su padrastro, el amante de su madre con el que vivían en México a su llegada de Ciudad Juárez— se lo estaba dando por ayudarlo en las mañanas —Chepis en efecto no iba a la escuela— a acomodar coches en un estacionamiento de la colonia Cuauhtémoc que él manejaba.

—¿Acomodar? ¿A poco tú ya sabes manejar? —le preguntó a Chepis un Pedro escéptico.

—A güevo, güey —dijo un Chepis irritado—. Que tu papá me preste un coche y les enseño —me dijo.

—Yo no tengo papá ni coche —le dije.

—Entonces —a Pepe Santos— el tuyo.

—Tampoco.

—Yo tengo papá pero no tengo coche —dijo Pedro Ventura, mientras intercambiaba conmigo una mirada de extrañeza por la explicación del Chepis sobre la procedencia del dinero.

Pepe Santos dijo entonces que fuéramos ya a comprar las manoplas. Y en efecto, más fuerte que la duda era para todos la idea de las manoplas, las pelotas y los bats que Chepis compró en Sears esa misma tarde.

Pedro volvió a preguntarme en otra ocasión de dónde sacaba Chepis el dinero, mientras lo veíamos venir hacia nosotros por el parque, en el regreso a la temporada futbolera, botando un balón soñado después de comprarlo en Deportes Ledesma de la calle Teotihuacán. La vista del balón me hizo decirle a Pedro que no sabía, como quien le dice a otro que no estorbe, y en todo caso le repetí, levantándome de la banca del parque para ir hacia Chepis, la historia del tío y el estacionamiento.

Una vez estábamos jugando canicas en el rectángulo de tierra junto a El Cisne y Chepis nos dijo que después del juego iríamos a Deportes Ledesma a comprar musleras y muñequeras elásticas, rodilleras y guantes de portero, y que le encargaríamos al señor Ledesma la confección de unas camisetas con números y colores iguales para hacer un equipo serio y retar debidamente uniformados a nuestros rivales del Parque España. Pedro y yo le dijimos que de una vez. Chepis dijo que no, que al rato. Insistimos y Chepis dijo que siguiéramos con las canicas para más emoción.

En lo que jugábamos, Chepis miraba con insistencia a la miscelánea. Mientras llegaba su turno de tirar se dirigía ahí con un “¿qué pasó?” hecho con la cabeza y las manos. O hacía el numero 5 con los dedos, o amenazaba con el índice y volvía a hacer el 5. Deshacía el 5 y tronaba esos mismos dedos para indicar impaciencia y ordenar celeridad. En una de esas volví la vista a la tienda y vi adentro al Petunio; el Petunio me desvió la mirada y se fue a la trastienda. Vi a Chepis y Chepis, riéndose, me dijo: “¿Qué, ya me va?”. De vuelta al juego, Chepis se emocionaba desusadamente, elogiaba un tiro de calambre de Pedro, señalaba peligros en las posiciones y distancias de las canicas, se frotaba las manos más de lo necesario a la hora de tirar, temía hasta la exageración por un tiro que pasaba cerca de su canica, amenazaba con dar lo mejor de sí en lo sucesivo y nos decía “se les acabó el veinte” a cada momento.

El Petunio salió de la miscelánea y caminó hacia la puerta metálica que daba al zaguán del edificio. Puso las manos en el borde de la puerta, inclinó el cuerpo y lo sostuvo sobre un solo pie, como un perro al orinar o como lo hace un patinador sobre el hielo en la suerte giratoria que requiere la posición de las piernas en noventa grados. El Petunio justificó su postura gritando, hacia lo alto del edificio, el nombre de algún inquilino al que según esto le hablaban por teléfono. Yo seguí estos movimientos del Petunio en lo que pasaron dos turnos de tiro.

El Petunio regresó a la miscelánea, el Chepis hizo el tiro correspondiente y dijo que iba al edificio a tomar agua en el grifo que estaba junto a la puerta, cerca de la banqueta. Vi al Chepis agacharse contra la puerta, en un movimiento parecido al del Petunio, y luego comprobé lo que pasaba cuando el Chepis nos dijo a su regreso que fuéramos ya a Deportes Ledesma a comprar lo convenido. Ahora Nando dijo que acabáramos el juego de canicas; Chepis dijo que no porque iban a cerrar Deportes Ledesma. Mientras nos íbamos, vi cómo el Petunio nos miraba desde el interior de la miscelánea.

Un día doblé la esquina de siempre para encaminarme a El Cisne y vi mucha gente en y rodeando el local. Supe enseguida de qué se trataba. Pensé regresarme pero pensé también en las posibles sospechas. De modo que seguí hasta la miscelánea y fingí naturalidad al abrirme paso entre la gente. Mientras bajaba un gansito del armazón metálico que lo sostenía y destapaba un refresco sin gas, oí a la mamá de Matilde, la portera del edificio: decía que ahí estaban los dos muchachitos (me recargué en una de las hieleras para mirar a la mamá de Matilde); decía que tiraban volados para ver a quién le tocaba dejarse, y que también estaba Chepis, debajo de ella y encima de ellos, viéndolo todo. La mamá del Petunio me preguntó qué sabía yo —yo solo había descubierto el chantaje pero ignoraba el motivo, que ahora la portera me revelaba—, y yo dije que nada y pregunté qué había pasado.

La mamá y la tía del Petunio me contaron —y a todos los parroquianos de El Cisne, nuevamente— que de pronto notaron pérdidas considerables de dinero en dos cierres de caja. Le preguntaron a Roberto (el Petunio) y el Petunio, obviamente, dijo que no sabía nada. Entonces ellas empezaron la vigilancia estricta del Petunio y esto coincidió con un aumento de treinta pesos en la cuota regular que el Chepis le exigía. El Petunio protestó y alegó las sospechas de su madre y su tía, pero el Chepis no quería saber nada: los había visto parchando ahí a él y a Memo y se lo diría a las administradoras de El Cisne.

El Petunio se agilizó para burlar la vigilancia pero en alguna ocasión su madre y su tía le comentaron a la portera las sangrías sucesivas de la caja, y la portera, quien voraz había observado a quien mudo espiaba, armó perfectamente su conjetura, que era cierta. Las señoras de El Cisne llamaron al Petunio y lo hicieron confesar mientras lloraba. El Chepis llevaba ya tres meses de extorsión. ¿Y Memo? Se había cambiado de casa en el ínterin y nadie del rumbo había vuelto a verlo.

La mamá y la tía del Petunio esperaron el momento. Una vez en que el Chepis merodeaba por la miscelánea ellas lo agarraron de la camiseta (suéltenme, yo qué hice, pinches viejas) y le dijeron que lo iban a mandar a la Correccional para Menores. El Chepis se zafó y se fue corriendo. Ellas llamaron luego al tío del Chepis y tuvieron un encuentro lleno de insultos. El tío acabó pagando la mitad de lo que el Chepis había extraído de El Cisne mediante las manos del Petunio. Chepis se fue un año a Ciudad Juárez: más o menos el tiempo que tardó la portera en dejar de referir la historia. A mí, esa tarde en la miscelánea, me tocó la primera entrega.

Un día el Chepis regresó y me encontró sentado en una banca del parque. Chepis venía vestido de domingo y con los zapatos boleados, incluso pasó una mano sobre la banca antes de sentarse. Dirigía miradas a la miscelánea, que estaba a la vista desde nuestra banca, pero no hablamos del asunto. Luego me propuso que fuéramos a caminar por el parque. Ante mi negativa el Chepis dijo que, en ese caso, tenía que irse, omitiendo que podían verlo desde El Cisne y que sería incómodo para él. Entonces me paré, dije vamos y el Chepis se reintegró a nuestro circuito condesero. En ese entonces no había nada que no se disolviera en el aire del Parque México.

 

Luis Miguel Aguilar
Poeta, ensayista y narrador. Entre sus libros, Las cuentas de la Iliada y otras cuentas, Pláticas de familia. Poemas y prosas y Nadie puede escribir un libro.

Este texto, que aquí publicamos en siete episodios semanales, apareció originalmente en el libro Suerte con las mujeres, Ediciones Cal y arena, 1992.