Cada 8 de diciembre, día del natalicio de Jim Morrison, el mítico cementerio parisino de Père-Lachaise recibe una enorme cantidad de visitantes de varias generaciones movidos por una motivación ampliamente conocida: rendir tributo al Rey Lagarto, el músico, cineasta y poeta que cultivó en vida un peculiar misticismo que lo volvería inmortal dentro del imaginario popular.

La escena describe a Jim Morrison (en la piel de Val Kilmer) y a la periodista Patricia Kennealy (en la piel de Kathleen Quinlan) desnudos y envueltos en un aura de velas, perfumes que se adivinan y drogas de todo tipo. Es 1991 y el filme de Oliver Stone, The Doors; la famosa escena se podría repetir casi en cualquier encuentro sexual “ideal” o cachondo que se precie de serlo. Sin embargo, según la propia Patricia, de lo que se trata es de una boda. Patricia Kennealy, quien prefiere que la llamen Patricia Morrison, se considera a sí misma la esposa legítima del Rey Lagarto; según la tradición Wicca, ella lo es o al menos así lo hace constar en su libro de 1992 Strange Days: My Life With And Without Jim Morrison. Pionera en el periodismo rock, Patricia se niega a hablar de su relación con Morrison o con la principal afectada por ello: la pareja sentimental de Morrison, Pamela Courson, quien muriera en 1974; “¿Disculparme?, lo siento, pero no respondo preguntas sobre mi marido. Dije todo lo que voy a decir en Strange Days”.

Sobre el rock & roll se dicen muchas estupideces, muchas. Según los entendidos, aquellos que han sido convidados de manera temprana al banquete de la muerte dejaron en su legado una serie de claves y signos mágicos mimetizados entre sus canciones, frases, acciones, discursos y hasta pertenencias. Para algunos iniciados en las artes ocultas, como Michael A. Hoffman II, autor de En las sociedades secretas y la guerra psicológica, el poder mágico de los sacrificios humanos existe y ha sido reconocido y documentado por los rituales de muchas civilizaciones antiguas. “La cuestión de la humanidad con el control de las palabras esotéricas y símbolos codificados dentro de un juego, un espectáculo televisivo o ritual, es una de las cosas más difíciles de comprender para las personas. Es por eso que la mayoría de la gente es vista con total desprecio, como ‘cowans’, ‘profanos’, ‘gentiles’ y ‘goyims’ por los iniciados en sociedades secretas”, apunta Hoffman II.

Los amigos de lo mágico crean una enorme serie de rituales aquí y allá, aprendidos en diversas (y dudosas) fuentes de información que van desde manuscritos antiguos hallados en internet hasta recetas “mágicas” adquiridas en el Mercado de Sonora por la módica cantidad de cincuenta pesos mexicanos. La superstición y la magia son un bien al alcance de todos, pero adquieren mucho más valor cuando algún miembro del Olimpo de la fama las pone en práctica. Un magnífico párrafo de Umberto Eco en El péndulo de Foucault describe esa inmensa necesidad que tenemos los seres humanos de buscar explicaciones más o menos mágicas en todo lo que existe: “les invito a que vayan a medir aquel kiosco. Verán que la longitud del entarimado es de 149 centímetros, es decir la cien mil millonésima parte de la distancia entre la Tierra y el Sol. La altura posterior dividida por el ancho de la ventana da 176/56 = 3,14. La altura anterior es de 19 decímetros, que corresponde al número de años del ciclo lunar griego. La suma de las alturas de las dos aristas anteriores y de las dos aristas posteriores da 190 x 2 + 176 x 2 = 732, que es la fecha de la victoria de Poitiers. El espesor del entarimado es de 3,10 centímetros y el ancho del marco de la ventana es de 8,8 centímetros. Si reemplazamos los números enteros por la letra alfabética correspondiente tendremos C0 H8, que es la fórmula de la naftalina”. Guiseppe Belbo, alter ego de Eco, explica que “con los números se puede hacer cualquier cosa”; con los símbolos también.

La llamada magia y su patrón, el diablo, no son otra cosa que el cúmulo de creencias y religiones tasadas como ajenas al buen orden cristiano de los dos últimos milenios. De todos es conocido que el amplio, amplísimo, panteón del dios de los cristianos está habitado por seres que bajo otras religiones gozaron de otras jerarquías. Así Dôn, también conocida como Anna, Anu, Ana o Dana (por cierto, uno de los nombres más comunes en los países del norte de Europa) es la Diosa-madre de los antiguos celtas. Fue cristianizada bajo la figura de Santa Ana, madre de la Virgen María; y Tonantzin, la Madre Tierra de los mexicas, es hoy la muy Virgen de Guadalupe, madre de todos los mexicanos, por mencionar dos de los ejemplos más emblemáticos. ¿Los ritos paganos son diabólicos o simplemente se encuentran alejados del orden católico?

La superstición es el camuflaje bajo el que juega a la supervivencia la llamada “brujería” de las religiones de otros tiempos a las que recurrimos cuando Dios no es suficiente. Gerald Brosseau Gardner, famoso ocultista inglés de inicios del siglo XX, afirmaba que las divinidades veneradas en la tradición Wicca eran en realidad antiguos dioses originarios de las Islas Británicas: un dios astado de la caza, la muerte y la magia, que gobierna en el Otro Mundo; y una Gran Diosa Madre, que otorga la vida y la regeneración después de la vida. Si atendemos a las palabras de Gardner, el matrimonio de Jim y Patricia Morrison es totalmente legítimo: al menos lo es para otras religiones, de las llamadas paganas. El propio Jim era muy amigo de las religiones antiguas y modernas. Su inteligencia lo llevaba a adorar a ese otro paganismo insuperable que es la poesía, como lo plasmó en el nombre de su mítico grupo The Doors, tomado de un texto del pintor de demonios y poeta favorito de Morrison, William Blake: “If the doors of perception were cleansed, every thing would appear to man as it is: infinite”. El Rey Lagarto creía también en la brujería, muy a su manera.

Lo anterior viene al caso porque cada 8 de diciembre, día del natalicio de Morrison, el mítico cementerio de Père-Lachaise recibe una enorme cantidad de visitantes de varias generaciones movidos por una motivación ampliamente conocida. El cantante, poeta y cineasta James Douglas Morrison abandonaría su cuerpo mortal mientras tomaba un baño en su departamento del barrio del Marais en París, Francia. Era 1971 y, con ello, daría inicio a una de las leyendas más sólidas en el de por sí muy adoquinado camino de las historias míticas del rock. Al cementerio más grande de París llega constantemente una cantidad considerable de curiosos. “Es como un parque más de la ciudad”, dicen los vecinos del Distrito XX de la Ciudad Luz. Sin embargo, cada inicio de julio miles de hippies, rockeros, neo hippies, hippies de prestado y amantes de la música y sus relicarios hacen que las tumbas de Edith Piaf, Franz Liszt, Georges Sand, Honoré de Balzac, Maria Callas, Miguel Ángel Asturias, Frédéric Chopin, Pierre Bourdieu, Guillaume Apollinaire, Auguste Comte, Isadora Duncan, Alfred de Musset, Paul Éluard, por solo mencionar a algunos cuantos, se vuelvan una escenografía en donde una larga lista de flores, poemas, botellas, cigarros de marihuana, fotografías y demás ofrendas tengan que descansar antes de ir a rendir tributo al Rey Lagarto.

Los seres humanos somos amigos de las tumbas, de los lugares sagrados, de los ritos autoimpuestos. Creemos que aquellos que han alcanzado la iluminación tienen alguna especie de deuda con el mundo de los mortales y, por lo mismo, sentimos que el estar en contacto con un ser que consideramos inmortal, aunque sea a través de su obra, nos hará partícipes de la Gloria. Más allá de los famosos lugares de peregrinaje religioso (la Meca, la Villa, Asissi, Roma, Jerusalén, los ejemplos sobran), buscamos entre los que nos son comunes, entre los humanos, alguien que nos aproxime a una realidad que se parezca a un sueño. Un texto de Michael Ende contenido en el libro El espejo en el espejo cuenta cómo es que los elegidos alados para salir de la Ciudad Laberinto portan una red de pescador y cada desgraciado con quien se topan por la calle les da un trozo de su desgracia. “A ti no te pesará, pero a mí me aliviará mucho. Tú eres un hombre dichoso y escaparás del laberinto. Pero yo permaneceré aquí para siempre, porque nunca seré feliz. Por eso te pido que te lleves una pequeña parte al menos de mi desdicha. Así participaré un poco en tu evasión. Eso me daría consuelo”. Casualmente todos estos semidioses del Olimpo inventado no han gozado de un final feliz en vida. ¿Será que la muerte temprana otorga un halo de misticismo que se asocia con la inmortalidad? Una frase de John Derek erróneamente atribuida a James Dean afirma: “Live fast, die young and leave a good looking corpse”; al parecer, este es el lema de batalla que dicta la inmortalidad.

Durante una visita a París, como resulta obvio, yo tenía interés por conocer Père-Lachaise y ese interés tenía nombre y ese nombre era Jim Morrison. Este joven poeta y músico de Florida fue capaz de reunir en su breve vida una serie de elementos que lo volvieron mítico: hijo de una buena familia norteamericana (el padre era almirante de la Marina), estudiante de cine y perteneciente a una generación dorada de la cinematografía americana (la misma que Francis Ford Coppola, Harvey Keitel, Martin Scorsese, Steven Spielberg y George Lucas), apariencia hippie (cosa de la que siempre renegó), yonqui, músico y devorador de libros, lo mismo recitaba poemas de Baudelaire y William Blake que textos de Nietzsche o Kerouac, e incluso adaptaba en vivo e improvisando pasajes de Sófocles, como consta en esa portentosa versión de Edipo Rey contenida en la pieza The End que lo lanzara a la fama.

Se rumora que algunos de sus profesores iban a la Biblioteca del Congreso para constatar que los libros que Jim citaba realmente existían: “Parecía como si él mismo hubiera escrito esos libros; la mayoría de los otros alumnos no llegaban a comprenderlos como él”, decían los profesores de la universidad según las versiones de sus compañeros del grupo. Además, juntó a tres músicos extraordinariamente talentosos, Ray Manzarek, Robby Krieger y John Densmore, quienes parecían moverse a voluntad de los impulsos de Morrison, todos conocidos por un nombre que no necesita presentación y extraído del verso de Blake citado arriba. El propio Morrison era una especie de Père-Lachaise viviente que traía a cuestas a todos sus muertos, que acaban por cobrar vida a través de su boca y su música y, para colmo, era guapo. Su capacidad de reinventarse era tal que incluso negó esa belleza física al final de sus días siendo un remedo de ese semidiós, un viejo en un cuerpo de veintisiete años de edad que buscaría no solo esa muerte temprana, sino que en ella arrastraría más tarde a su amada Pamela Courson. Eso me hace recordar una frase que sí dijo James Dean: “Dream as if you’ll live forever. Live as if you’ll die today”. Jim Morrison eligió París para morir, por algo será, como lo dicta su epitafio escrito en griego: “Kata ton daimona eaytoy” (cada quién es su propio demonio).

La superstición es de quien la trabaja, la brujería también.

 

Alfredo Peñuelas Rivas
Escritor. Autor de La orfandad de la muerte (Jus/Conaculta, 2014). Es investigador y profesor en la UAM-Cuajimalpa.

 

 

Un comentario en “Brujería y rock’n roll en el natalicio de Morrison

  1. Muy buen artículo. Siempre se recuerda a quien desborda talento pero sobre todo a aquellos que dejaron huellas profundas para su generación y las posteriores. Felicidades Alfredo.