En esta entrevista, el ganador del Premio FIL conversa sobre los temas que lo han obsesionado durante décadas: los universos de la ficción y la no ficción, el célebre asesino Jean-Claude Romand, su relación con la psique, la depresión, la muerte y el sufrimiento.


Emmanuel Carrere, Premio FIL de Literatura 2017 en rueda de prensa después de recibir el galardón de la XXXI Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México. Sábado 25 de noviembre de 2017. Foto: Cortresía © FIL / Eva Becerra

Nexos: Tanto en entrevistas como en su discurso de aceptación del Premio FIL de este año, usted ha establecido una clara distinción entre los dos universos que pueblan su obra: la ficción y la no ficción. Ha establecido que el uso de los nombres propios es una marca fundamental en esa frontera entre géneros. ¿Ese compromiso con la verdad y con los personajes reales implicados en sus historias viene de su experiencia como periodista?

Emmanuel Carrère: En parte sí. Justamente el primer libro de no ficción que escribí, llamado El adversario, sobre un asesinato muy famoso, no era verdaderamente un trabajo periodístico, aunque sí publiqué reportajes sobre el tema y durante el juicio. De hecho, empecé tiempo antes a hacer bastantes artículos sobre juicios y procesos judiciales para periódicos. El hecho de pasar de eso, de ese tipo de experiencia en el periodismo, a un libro, era algo que me parecía muy natural. En realidad, la diferencia natural entre los dos, entre los artículos y los libros sobre el mismo tema, es casi nula. Al mismo tiempo, todo esto tiene que ver también con que tuve bastante suerte en haber podido trabajar en periódicos que me daban mucha libertad. No solo mucha libertad sino bastante espacio para artículos largos. Es una cuestión muy concreta y trivial. Es un lujo cada vez menos frecuente en prensa. Pero pude sacarle provecho y estoy muy agradecido con esos periódicos que me acogieron.

Nexos: Dejó que los interesados leyeran De vidas ajenas antes de publicarlo. Ya lo había hecho con Jean-Claude Romand, pero advirtiéndole que El adversario ya estaba terminado y que ya no cambiaría ni una línea. No sometió Una novela rusa a la aprobación de su madre. ¿Cómo ha procedido en otros casos?

EC: Sí, a Romand le mandé el libro un poco antes de la publicación, pero sin darle derecho alguno de modificar nada. Fui muy claro con él y esa fue la regla. Mientras que los personajes, los héroes de De vidas ajenas, eran gente con la que tenía una relación de amistad. Y podría decir que, de cierto modo, ellos fueron los que me encomendaron el libro, diciéndome: “mira, esta historia te puede interesar”. Había una relación muy diferente, algo que no volví nunca a encontrar en otro libro. Por ejemplo, días antes de entregar el manuscrito estuvimos charlando con, digamos, las dos o tres personas principales del libro y lo recuerdo como un momento muy muy emotivo. Lo curioso es que De vidas ajenas relata sucesos de una tristeza inmensa, pero honestamente yo no lo escribí con esa tristeza. El hecho de haberlo escrito con el acuerdo de las personas implicadas en él me dejaba en una situación de gran confort psicológico. Claro que era doloroso y triste, pero me sentía llevado por esa especie de encomienda que me habían dado. Tenía la impresión de estar absolutamente en el lugar en el que tenía que estar. Eso es poco común y por eso era precioso. Muy reconfortante. Tanto en El adversario como en Una novela rusa tenía muchas dudas sobre mi legitimidad, sobre mi derecho a contar todo aquello: un malestar, una inquietud. En cambio, de este libro, De vidas ajenas, guardo un bello recuerdo del tiempo que me tomó escribirlo. Tenía realmente la impresión —aunque parezca algo tonto decirlo así— de estar haciendo algo bueno. “Bueno” en el sentido artístico y moral. Entonces me sentía bastante cómodo. Y Una novela rusa no se lo mostré a mi madre, aunque a Sophie [su amor de aquel entonces] sí. Pero Una novela rusa fue un caso muy extremo para mí, por ir en contra de la voluntad de las personas implicadas. Y eso me costó mucho desgaste psicológico. Tengo la impresión de que De vidas ajenas es un libro que se volvió posible gracias a Una novela rusa, que había sido publicado antes y que era verdaderamente un libro catártico.

Nexos: En cuanto a sus personajes, hay una gran cantidad de ellos (en El adversario, en Fuera de juego o en Una semana en la nieve, entre otros) que viven con esa “gangrena de la mentira”. Los atrae el vacío: renuncian a sus vidas, rozan el abismo y la muerte, llegan incluso a cometer crímenes. ¿Cómo nació su fascinación y sus ganas de trabajar en torno a este tipo de personajes y sus profundidades psíquicas?

EC: Yo mismo me hice mucho esa pregunta cuando estaba escribiendo El adversario. Me preguntaba: “¿por qué estoy tan fascinado con esto?”, y me perturbaba, me decía: “qué mierda debo tener en la cabeza para estar tan apasionado con esta historia”. Luego, como El adversario es un libro que tuvo mucho éxito, uno siempre se alegra de que un libro tenga éxito. Y en cierto modo eso me tranquilizaba, porque me daba cuenta de que no estaba yo solo en un rincón y que esa historia le atraía a muchísima gente. Eso me reconfortó. Creo que todo reposa en que el tema tratado en El adversario es, en cierto sentido, algo muy corriente, muy común, muy compartido. Obviamente no es normal que un tipo mate a toda su familia después de haber mentido durante dieciocho años; eso por fortuna es poco frecuente, pero ese desajuste, esa distancia, entre la imagen que le queremos dar a los demás y la imagen que tenemos de nosotros mismos en momentos de soledad, de insomnio, de depresión y cosas así, creo que ese intervalo entre ambas imágenes es algo que todo el mundo experimenta tarde o temprano en la vida. Incluso creo que si alguien no lo ha sentido nunca es porque es un imbécil. Entonces, en el fondo me tranquilizó mucho saber que el tema del que yo hablaba en El adversario le interesaba a mucha gente, y conmovía a muchísima gente. A pesar de todo, uno piensa que en nosotros habita algo que nos puede conducir a hacer una cosa así. Por ejemplo, en un momento me propusieron darle seguimiento al juicio de un asesino serial. A mí no me interesó: me asusta, como a todos, pero, aunque pueda explorar mi conciencia hasta lo más profundo, no veo en mí mismo ninguna tendencia que me pueda transformar en asesino serial. Francamente, no tengo el placer de infligir dolor. Mientras que el caso de El adversario no solamente me conmueve a mí íntimamente, sino que conmueve íntimamente a mucha gente. En cuanto a Fuera de juego, es un libro del que guardo un recuerdo muy lejano. Hace casi treinta años que lo escribí y nunca lo he releído. Mi recuerdo es que no me gusta mucho: me parece de un realismo un poco burlón.

Nexos: ¿Hay alguna obra o algún otro escritor, además de Truman Capote, que lo haya llevado por la senda de los personajes criminales?

EC: Para empezar, creo que el modelo de Capote es algo con lo que tiene que enfrentarse, en algún punto, cualquier escritor que trabaje sobre nota roja (fait divers). Es el gran libro en ese ámbito. Hay otro libro que me encanta que se llama El periodista y el asesino de Janet Malcolm; no sé si está traducido al español. Malcolm es una periodista estadunidense, ya mayor, de The New Yorker. Ese libro es estupendo. Es verdaderamente interesante: ¿quieren que les cuente la historia? Es un tipo acusado de haber asesinado a su esposa y se sospecha que a sus hijos también. Se espera su juicio y en el sumario parece ser que sí es culpable. Un periodista, un escritor especialista de esas historias criminales, decide entonces hacer un libro sobre el caso y firma un contrato de publicación. Se pone en contacto con el presunto asesino. Empiezan a trabajar juntos y, mientras el acusado está en libertad condicional, no deja de repetirle a la prensa cómo se va a escribir un libro para defender su inocencia. Luego condenan al tipo, sale el libro, y el presunto asesino descubre horrorizado que el libro lo describe como un psicópata perverso y que el escritor está absolutamente convencido de que es culpable. El asesino, desde los bajos fondos de la cárcel, demanda al escritor; no por difamación sino acusándolo de haberlo engañado, de haber traicionado su confianza. Entonces, la periodista de The New Yorker sigue muy de cerca el caso y escribe El periodista y el asesino, un libro corto de unas cincuenta páginas, de una inteligencia extraordinaria y brillante. Se los recomiendo.

Nexos: ¿Ese libro lo leyó antes o después de haber escrito El adversario?

EC: No, ese libro lo leí hace tres o cuatro años. Y antes no sabía de su existencia.

Nexos: Después de haber escrito El adversario, Jean-Claude Romand, el asesino, reaparece en muchos de sus libros, por ejemplo, en De vidas ajenas y en El Reino. Parece ser alguien central en su literatura. ¿Se ha imaginado usted el momento en el que salga de la cárcel y le devuelva usted sus archivos, los archivos del caso y del juicio?

EC: Ha sido central en mi trabajo. Fue con ese libro que pasé a la no ficción, al uso de la primera persona: ha sido un paso decisivo para mí. Sí he pensado en el momento en el que salga de la cárcel. No estoy seguro de que me pida sus archivos, pero sí sé que debo guardarlos y dejarlos a su disposición. Siendo francamente honestos, si él me quiere ver pues aquí estaré, pero no seré yo el que lo espere al salir de prisión. No tengo ninguna relación amistosa con él. Mantenemos una relación cordial porque pienso haber sido honesto con él. Después del juicio nos seguimos escribiendo un poco, pero todo se detuvo rápidamente. Es un hombre por el que no pasa ningún asunto emocional.

Nexos: En De vidas ajenas escribió: “Es una situación bastante extraña la de contar no solo lo que se ha vivido, sino expresar quién eres, lo que hace que seas tú y ningún otro, a una persona a la que apenas conoces”. ¿Cómo se ha enfrentado a esa situación?

EC: Ah, ahí me refería sobre todo a la relación con el juez Étienne, que es uno de los personajes principales del libro. No fue muy complicado porque Étienne es justamente lo contrario de Jean-Claude Romand. Tuve rápidamente una fuerte amistad con él. Es un amigo cercano, siempre estaba completamente cómodo con él. Curiosamente, es un hombre que es una mezcla de neurosis y de sabiduría, como si su sabiduría fuera una forma de reconocer completamente su neurosis y vivir con ello sin querer cambiarlo. Es algo que me gusta mucho de él. Por eso, de inmediato mantuvimos un diálogo muy consciente que aparece mucho en el tono del libro.

Nexos: En ese mismo libro reinan el dolor y la muerte. Aborda la pérdida de un hijo de un amigo suyo y la muerte de una amiga después de la lucha contra la enfermedad. Comienza con un suceso de muerte masificada, el tsunami que arrasó Sri Lanka, y luego aborda un deceso por cáncer. ¿Cómo vincula ambos tipos de muerte: los decesos masivos por el desastre natural con la intimidad de la enfermedad?

EC: A decir verdad, no creo que sean fundamentalmente distintos. Se trata, para los vivos, de enfrentar la muerte de sus prójimos y sus seres amados. No fue algo que yo escogí distinguir. En un momento la vida y sus circunstancias me pusieron enfrente los dos tipos de muerte: la catástrofe del tsunami y la muerte de la niña y, luego, la enfermedad de mi cuñada, Juliette; y el encuentro con Étienne, que quiso en verdad hablarme de ella. Nunca concebí todo esto como en una composición. En el fondo poner en escena una catástrofe colectiva y la desgracia individual fue algo que vino a mí de manera natural. No es algo deliberado, solamente las cosas ocurrieron así.

Nexos: En Conviene tener un sitio adonde ir se encuentran dos textos que detonaron De vidas ajenas: “La muerte en Sri Lanka”, escrito con Hélène Devynck, y “Habitación 304, Hôtel du Midi en Pont-Évêque, Isère”. ¿En qué momento decidió que los relatos confluyeran?

EC: De hecho, cuando estuvimos en Sri Lanka durante el tsunami y en las semanas que siguieron, no había en lo absoluto imaginado que escribiría algo sobre lo ocurrido. Si me hubieran pedido que lo escribiera, me hubiera parecido un poco obsceno. Sin embargo, la historia de los jueces, Juliette y Étienne, otra vez me fue encomendada, en cierto modo. Y empecé a trabajar en ella sin pensar para nada en el tsunami, pensando nada más en la historia de estos jueces, su trabajo, la enfermedad a la que se habían afrontado los dos, y luego, varios meses después, cuando retomé el hilo me puse a escribir la historia del tsunami, un poco como si fuera un prólogo. Pero no sabía qué lugar iba a ocupar y ni siquiera si tendría lugar alguno. No lo tenía nada claro hasta que en un momento las dos historias se unieron con toda naturalidad.

Nexos: En El Reino habla del dolor, la depresión, la crisis, el suicidio y la visita al psicoanalista François Roustang con la esperanza de que le propusiera otra solución. ¿Cómo vincula la literatura con esos estados de ánimo?

EC: No lo sé. Esos estados de ánimo, mejor dicho, tendencias depresivas, son algo con lo que estoy familiarizado. Vivo con ello. Soy alguien que tiene más bien una buena salud física y, sin embargo, muy vulnerable a la depresión. No sé bien qué relación tiene con lo que escribo. De manera general, suelo pensar que escribir no es solo producir algo bueno, también es una forma de mejorarse a sí mismo, de hacer que la vida sea más llevadera. Y eso también pasa por examinar cómo estoy familiarizado con esos estados depresivos.

Nexos: Justamente en una entrevista [con Nelly Kaprièlian1], declaró: “Durante mucho tiempo, la escritura ha sido para mí un territorio de la depresión, de la angustia más absoluta. Era un reto desmesurado y paralizante”. ¿Cómo ha sobrellevado esos sentimientos al escribir?

EC: No he sobrellevado realmente esos sentimientos. Bueno, sí, muchas veces en la vida me he dicho que escribir tiene un efecto catártico, como si liberara. Pero en realidad no es cierto. Pienso que estaré la vida entera con ese asunto depresivo porque creo que se trata de mi conformación psíquica.

Nexos: Usted mencionó también en “Nueve crónicas para una revista italiana”,2 al salir de una tremenda ruptura amorosa, que “nunca más intentaría controlar la realidad”. Escribe ahí sobre la ineptitud humana para controlar las cosas y los sentimientos. ¿La escritura no le parece una forma de controlar la realidad o, al menos, aprehenderla en cierto modo, tener los pies sobre la tierra?

EC: Tengo a menudo la impresión de que ocurre lo contrario. En el mejor de los casos, para mí, el trabajo de la escritura es algo que me ayuda a deshacerme del control o de la tentación del control. Siento que escribir es algo que tiende a mostrarnos lo contrario: es donde descubrimos a nuestro yo más vulnerable, al más frágil, al que menos tiene asidero sobre su vida o sobre los hechos. Mi tendencia es buscar que el trabajo con la escritura sea una forma de mejorar. Todo lo que está del lado del control me indica una dirección a la que no quiero ir. Al revés, trato de alejarme de ese deseo o esa tentación del control.

Nexos: En la entrevista ya citada usted cuenta que, desde hace años, escribe relatos biográficos y que muchas personas le escriben cartas para contarle sus vidas, no vidas estupendas, sino vidas atroces. ¿Cuál ha sido su experiencia a raíz de esos cruces de cartas con sus lectores?

EC: Es una mezcla de sentimientos. A la vez el sentirme muy conmovido por esa demostración de confianza de los lectores hablándome de asuntos muy personales, muy íntimos. Me ha pasado que muchos de esos lectores me hacen un poco la misma encomienda que me había hecho Étienne. Es decir: “por favor, cuenta mi vida, hay cosas interesantes”. Pero no me ha pasado, hasta ahora, que alguien me convenza de contar su vida, porque así no se puede hacer. Lo que hace que en algún punto tengamos la impresión de que valga la pena contar una historia, un tema, una personalidad, es un proceso verdaderamente misterioso. Un proceso que no se puede entender en los términos de la voluntad.

 

Nota editorial: esta entrevista fue concebida a cuatro manos por Alejandro García Abreu y Álvaro Ruiz Rodilla.

Traducción: Álvaro Ruiz Rodilla

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.


1 Para la revista Les inrockuptibles.

2 Estas crónicas se encuentran en el último libro de Carrère, Conviene tener un lugar adonde ir, una vasta y rica recopilación de sus artículos, reseñas y crónicas periodísticas.