La FIL es sinónimo de literatura, pero también de tumulto. Es un espacio de libertad pero también de protocolo, como lo atestigua nuestro cronista de guardia, quien acompañó a la plana mayor en el recorrido inaugural de la feria.

En el aeropuerto de la Ciudad de México no había más que acercarse a la sala de embarque para darse cuenta de que estaba uno rodeado de españoles. Cómo dudarlo, si a las 6 de la mañana ya estaban hablando a voces y discutiendo; discutían y reñían con una pasión de taberna sobre todos los temas a la vez: la transferencia de Neymar, sobre si el tutor de Puigdemont es Cantinflas, sobre si la FIL es un lugar espantoso. “Los españoles hablan como regañando, y los mexicanos como temiendo”, decía Alfonso Reyes, pero a estas horas de la mañana mi memoria es borrosa. Amanece y el sol diminuto aún despunta sobre las pistas de aterrizaje. Una franja de luz anaranjada parece dispersar la bruma de la ciudad: una bruma que no es sino contaminación. A mi lado, una pareja lleva chamarras rojas: “La familia melodías”. Ella, “la señorita corchea” según el logo cosido a la espalda y él, el “señor melodías”, le muestran el rojo vivo del sol al niño. No han parado de hablar ni un segundo estos animadores de una feria que este año podría superar los 800 mil visitantes: el gran escaparate literario de México que nos hace olvidar, por unos días, cómo cada mes superamos otro récord más ominoso, el de homicidios.


Color dentro de la XXXI Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, sábado 25 de Noviembre 2017. ( © Cortesía FIL Guadalajara/Nabil Quintero Milián)

 

Ya en Guadalajara un taxista me comenta que la violencia ha bajado, que todo está tranquilo, que esa época en que dejaban cuerpos en las calles se acabó, que los narcos solo se matan entre ellos. Prefiero no discutírselo y no robarle su tranquilidad ni su alegría por el trabajo que viene con todos los traslados que le permitirá la FIL. Entro a la Feria a la una en punto, a esas naves industriales maquilladas con sus largas alfombras y sus inmensos paneles publicitarios por doquier, en un intento por embellecer lo que no son sino hangares gigantescos. Qué otra cosa esperar al comienzo más que largas colas, mares, ríos, avalanchas de gente. En el maremágnum inicial ocurre una extraña procesión. Acaba de terminar el discurso de Emmanuel Carrère y sus presentadores siguen un estandarte que marca “Recorrido inicial”. Sin seguir el flujo, la gente se amontona a los lados, hace barreras hombro con hombro como quien ve pasar San Fermines o vírgenes sevillanas. Luego entiendo: ahí va Marisol Shulz, el góber de Jalisco, míster Padilla, las autoridades españolas, María Cristina García Cepeda y un séquito de chismosos, periodistas, reporteros y fotógrafos, entre los que me incluyo. Me uno a la corriente y busco aproximarme a ver bien las caras de tanto famoso, pero a cada vez me cierran el paso tres paramédicos, inseparables del núcleo, y unos veinte hombres corpulentos, de traje negro y ese audífono típico que lleva un cable grueso, blanco, en espiral, como de teléfono prehistórico para mayor discreción. Parecen mandados a hacer, villanos intocables de Matrix. Hacen muros humanos para proteger al góber. En el recorrido, Marisol Shulz explica una a una la importancia de las editoriales. Hacen paradas, en Porrúa y Colofón (que distribuye a Anagrama), un poco más veloces que en Artes de México, donde sus editores reciben a la multitud, improvisan al micrófono un discurso apenas perceptible en semejante bullicio. Detrás de Shulz, un hombre carga una bocina enorme y la levanta. Avanzamos apretujados, empujados por los guaruras, de pronto detenidos por el asalto de mil cámaras que no quieren perderse la pose protocolar de la inauguración.

Acabado el paseo, nos acercamos a un embudo humano que pronto tapan los cuerpos de seguridad. Han entrado las autoridades al enorme cilindro negro, el Pabellón de Madrid. Rodeo la mole gigante para buscar otra de las cuatro entradas, pero ya hay una multitud formada, asomándose adentro, a la que no dejan pasar. Al acercarme, un hombre de seguridad me pregunta “¿va a entrar?” y, atónito, respondo “pues claro”, ante lo cual grita “¡abran paso!” como quien abre mares y mágicamente estoy dentro gracias al gafete que llevo. Un coro de aplausos recibe a las autoridades. La gente está sentada en el graderío circular y arriba, donde están los anaqueles de libros, el circo de mil cámaras. Loas al arquitecto Baeza que construyó el hermoso cilindro “oscuro por fuera pero lleno de luz por dentro”, según Carmena, la alcaldesa de Madrid. Los libros traerán la luz (pero las ventas iluminan más). Sigue Carmena… “para que ustedes se sientan plácidamente aquí dentro como en un cuarto de estar” y siguen los aplausos. Para terminar, tres músicos pasan al centro. Apenas les asoma alguna cana, barbudos y muy hípsters. Entonan con guitarra y ukulele —no podía faltar— una balada rock a contratiempo. Sin amplificadores en medio de ese barullo, a duras penas los oigo y estoy a dos metros. Adentro del cilindro, todo el mundo guarda el silencio más absoluto, pero conforme ese silencio reina el cantante también baja el volumen y, de pronto, toda la solemnidad y protocolo del asunto se caen al suelo por una falsa intimidad y un espectáculo con pretensiones acústicas obviamente imposibles. Pronto las autoridades se diluyen entre la gente, excepto Padilla y el gobernador, que se ven a distancia porque al desplazarse mueven un río de guardianes a su alrededor. He visto caminar meditabundo a Volpi, por allá anuncian una entrevista en vivo con Arturo Pérez Reverte —al que veo en la tarde, con tres personas alrededor—, camina perdido con un grupo de personas Fernando Savater, pero aquí todos o casi todos, a excepción de los booktubers, son anónimos. Aquí empieza la FIL y a mi lado dos españoles con gafete dicen: “Este lugar es una puta mierda, joder”.

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.

 

 

Un comentario en “Las horas del tumulto: primer día en la FIL

  1. Que interesante crónica, tan llena de contrastes con mi vivencia. En el momento justo que ocurría lo que describe en el pabellón Madrid, yo estaba disfrutando de un un delicioso capuchino mirando ese cilindro negro en un estado de gozo y admiración pues fue mi primera vez en la FIL. A diferencia de esos españoles, mi expresión fue algo así como: !Qué chingonería¡ Esta FIL está padrísima. Mientras lo expresé a quien me acompañaba, veía salir el tumulto de hombres de negro corriendo para alcanzar a alguien, jamás vi a las figuras importantes que estaban allí dentro.