Paul Auster.
En el nombre del padre

Hoy, la apertura del Salón Literario de la FIL Guadalajara le corresponde a Paul Auster, el gran novelista americano que, después de siete años de silencio, regresa a la novela con 4 3 2 1 (Seix Barral) que será presentada el día de mañana en el auditorio Juan Rulfo.
A propósito de ambos actos, compartimos con nuestro lectores este ensayo que aborda una de las obesiones que han atravesado la vida y obra del autor de la Trilogía de Nueva York: la relación con su padre.

En 1979, cuando Paul Auster tenía 32 años, recibió la noticia de la muerte de su padre, hombre con quien siempre estuvo distanciado y con el que en realidad no tenía un vínculo afectivo. Como lo dice en su novela La invención de la soledad, nadie llama a las 8 de la mañana en domingo para saludar; era evidente que se trataba de una mala noticia. Curiosamente una noche anterior a ese día, el narrador confiesa que dedicó tiempo escribiendo sobre su progenitor, acaso como una especie de ejercicio para tenerlo cerca porque en realidad nunca lo tuvo.


Paul Auster. Fotografía cortesía de Milenio.

Auster escribe desde la orfandad. El viaje interior que inicia por la casa y la memoria personal lo acerca a un hecho traumático que podría explicar la naturaleza desapegada y gélida de Samuel Auster, una disociación con el mundo y con él mismo que encontró  representada en una foto, la cual terminó siendo la portada del libro: una imagen que reproduce al padre multiplicado por seis, con la mirada perdida. Es el padre clonado, solo, encerrado en un universo casi impenetrable que únicamente su muerte logró revelar y transformarlo en un ser más nítido.

No se trata del padre represor como en el caso de Kafka o de Mario Vargas Llosa, sino de un hombre desconocido, ausente. Si se tendría que definir la relación del señor Auster con su hijo, podría remitirse a una palabra: indiferencia.

En la conciencia del escritor existe una idea latente que, aunque no la dice explícitamente, deja entrever en el desarrollo de su libro: Auster no merece al hombre que le tocó de padre. Aunque nada puede hacer para cambiar esa situación, recurre a la escritura para convertirlo en un interesante personaje con una serie de claroscuros.

La muerte del padre aparece en la prosa de Auster y, acaso sin premeditarlo, se convierte en un punto medular de su escritura. ¿Podría pensarse en un parteaguas de su narrativa, antes y después de que la figura del padre emergiera en su escritura? 

A Auster lo persiguen esas historias de filiación y paternidad, esos hijos y esos padres que se buscan, al modo del “no busco, encuentro”. Padres ausentes y culpables, e hijos abandonados a sus interrogantes. Conviene recordar que en La trilogía de Nueva York, el padre misterioso está presente como amenazado, ausente o muerto. En El palacio de la luna se cuenta la historia de un huérfano que se cría con su tío, un músico frustrado, y que a través de sus peripecias descubrirá con él a su abuelo y a su padre; Effing, padre ausente-presente le dicta sus memorias a Marco Stanley Frogg, para que cuando Effing muera lleguen a manos de ese hijo desconocido. Mientras que en Smoke, película basada en un guion de Auster, el personaje de Raschid también acaba por descubrir al padre que rastrea.

Averiguar quién fue en realidad su padre se convierte en una misión narrativa, dotada de un sinfín de especulaciones. En eso consiste la primera parte de La invención de la soledad, en algo que él ha definido como el “retrato de un hombre invisible”. Precisamente esa condición, la invisibilidad de su padre, es analizada por Auster. Su padre muere a los 67 años, en una casa que habitaba como si fuera un hotel y no un lugar para sentirse cómodo con su estilo de vida y su entorno.

Hay autores que continúan el camino horadado por Rulfo, van a Comala en busca de su padre, lo desdibujan para recrearlo con sus mejores cualidades o lo describen tal como era. En esta vertiente se inscribe la principal motivación de Auster al unir pistas sobre la vida de su padre. ¿Quién es ese hombre que aparece en la ficción y no ficción austeriana? Es un desconocido, un extraño, un hombre gris en la vida de su primogénito. La muerte de su padre es una suerte de vacío que lo sumerge en otro vacío, el de la escritura misma. Como no tuvo un padre, mejor lo inventa; no obstante, opta por ser una especie de detective e une las piezas de un rompecabezas en medio de una caterva de recuerdos, fotografías, desencuentros, actitudes, polvo y objetos personales.

Mucha de la ficción en Auster parte de la realidad. Es un autor al que le interesa jugar con las posibilidades del azar y la memoria. Alguien que ha asimilado premisas de poetas —Hölderlin, Leopardi, Celan, Mallarmé— , del padre del ensayo —Montaigne— y de narradores —Cervantes, Kafka, Beckett—.

Al hurgar en la vida de su propio padre intenta dilucidar el vínculo existencial que une a un padre con su hijo. “Cuando el padre muere, el hijo se convierte en su propio padre y en su propio hijo, mira a su hijo y se ve a sí mismo reflejado en su rostro. Imagina lo que el niño es cuando lo mira y se siente como si interpretara el papel de su propio padre.”

El auténtico reto en la paternidad ejercida por Auster, quien se mira como padre a través de su primogénito, Daniel, consiste en ser otro, cualquier otra persona menos su padre. Porque “era un hombre invisible, en el sentido más profundo e inexorable de la palabra. Invisible para los demás, y muy probablemente para sí mismo”, refiere el novelista. En realidad, el novelista adquiere de su abuelo materno la figura paterna que tanta falta le hizo en la infancia.

En la casa de su padre se topa con un álbum que su madre mandó a hacer con la siguiente leyenda: Los Auster. En ese libro debía haber escenas familiares de él y su hermana con sus padres. Y está vacío. Se nota que nadie de ocupó de colocar esas imágenes. Con esa anécdota queda retratada la manera de ser de su padre y la distancia irrecuperable que estableció entre los miembros de su propia familia. Tal vez la persona que más interés despertaba en el padre de Auster era su hermana, aquejada por crisis nerviosas, quien necesitaba de una revisión psiquiátrica a la que su progenitor siempre se opuso categórico.

“¿En qué momento una casa deja de ser una casa?, ¿cuándo se cae el techo?, ¿cuándo le quitan las ventanas?, ¿cuándo las paredes se desmoronan?, ¿cuándo se convierte en un montón de escombros?”, se pregunta el narrador.

El escritor describe y ensambla estampas de su infancia. Queda latente la necesidad de ese niño por ser tomado en cuenta, la falta de afecto y reconocimiento que nunca tuvo de su progenitor. Sin embargo, la mejor manera de exorcizar a un fantasma es, al parecer, convocándolo y recordarlo como fue y lo que nunca logró ser.

Con el dolor de quien siempre quiso tener el afecto de su padre pero siente que jamás lo consiguió, se ocupa de distintos eventos de su vida que compartió o no con su padre, en los cuáles su huella es inevitable, como cuando siendo niño le pidió que lo llevara a un partido de futbol y su padre lo sacó durante el medio tiempo para evitar el tumulto y reunirse con más personas congregadas en el evento. Justo en el momento de mayor emoción, el niño Auster debió abandonar el estadio y hacer lo que decía su padre, un hombre que “ocultaba su verdadera edad con una vanidad digna de una mujer, inventaba historias sobre sus negocios y hablaba de sí mismo de forma indirecta, como si se refiriera a un conocido”.

Otra situación que rescata el narrador es cuando su padre sostiene un encuentro casual con su esposa y su hijo, su único nieto, Daniel. Lo mira como si fuera un bebé ajeno, como si nada tuviera que ver con su familia: “Hermoso bebé, que tengan buena suerte con él”. Auster no deja de sorprenderse y, acaso, mostrarse un tanto indignado por la reacción tan fría que tuvo su padre y se pregunta: “Y si podría demostrar afecto por su nieto, ¿no sería una forma indirecta de expresar su afecto por mí?”.

Pero no la tuvo. Con la indiferencia del padre de Auster hacia su nieto, queda claro que tampoco le interesa mantener una relación afectiva con su propio hijo. El padre de Auster solo se ve a sí mismo y dado que se mira desdibujado, tampoco es una garantía de que posea rasgos en su personalidad muy definidos; tal vez su gusto por jugar tenis es lo que más lo caracteriza, su parecido con Abraham Lincoln y su manera peculiar de caminar de una forma un tanto atropellada.

 Hay una cuestión interesante relativa a la muerte de su abuelo paterno, de la cual surgen tres versiones imprecisas. El padre de Auster primero contó que había tenido un accidente cuando salió de cacería, luego que se cayó de una escalera y la tercera historia de su defunción remite a que perdió la vida durante la Primera Guerra Mundial. “Sabía que esas contradicciones no tenían sentido, pero las atribuí al hecho de que ni siquiera mi padre conocería lo sucedido. Como era tan pequeño cuando ocurrió —solo contaba con siete años—, supuse que no le habrían contado la verdad”.

La verdad sale a la luz cuando Paul Auster comienza a indagar y se da cuenta que ninguna de las tres versiones acerca de la muerte de su abuelo paterno es cierta. Su abuelo murió asesinado por su abuela. Lee en un periódico: “Harry Auster asesinado. Su esposa detenida por la policía.” Hay otra nota que menciona a un niño de 9 años como testigo de lo ocurrido.

La imagen del padre que cae de una escalera, la segunda versión de la muerte de Harry Auster, tendrá repercusión más adelante. La caída también se presenta en su padre, quien tuvo un incidente cuando Paul Auster era un adolescente: “Todas esas caídas están relacionadas con la de mi padre que se cayó de un tejado cuando yo era joven. En el Cuaderno Rojo hago referencia a ese hecho dramático, yo no estaba presente, pero me contaron el accidente. La idea de ese padre que cae de pronto del cielo me impresionó profundamente. Se trata en una imagen fundamental en mi formación que no ha dejado de perseguirme”, revela.

Al pensar en la escena de un padre que cae, es posible que el hijo se percate de que si no puede cuidarse a sí mismo, menos puede o ha podido hacerlo de su familia.

Auster recuerda que la historia de sus padres remite más a un desencuentro que a un encuentro. Cuando regresan de la luna de miel, la madre de Auster se da cuenta que el hombre que eligió como esposo no es para ella e intenta regresar a la casa de sus padres. Pero en ese momento, se percata que está embarazada y vuelve con su marido. Después toca el turno a una serie de elucubraciones del narrador cuando piensa en el momento en que fue concebido y prosigue con la historia de la familia con el padre ausente.

En un momento de su vida, pese a su alejamiento, el escritor siente que debe mostrarle a su padre que ya tiene independencia y que finalmente dedicarse a traducir y a escribir libros sí ha resultado algo redituable. Eso lo hace para buscar su aprobación. Justo esa necesidad de contar con la aprobación del padre, es lo que decepciona a Kafka y lo motiva a escribir Carta al padre; ahí rememora un pasaje de su niñez, cuando Kafka de niño descubre su cuerpo enjuto y débil frente al torso robusto de su progenitor, y la ocasión en que el padre descalifica a un actor de apellido Löwy, lo llama insecto como solía decirles a los empleados que no cumplían con sus deberes. Ese desprecio del padre hacia él, el sentirse minimizado y la palabra insecto, serán un detonante de recursos literarios que años más tarde Kafka incorpora a su prosa.

La obra de varios escritores de la tradición occidental parece haberse forjado bajo la estela dominante de los rostros del padre. La primera imagen que Gabriel García Márquez tuvo de su padre estuvo asociada a la aparición de un extraño, un hombre esbelto y moreno vestido de dril blanco que caminaba grácilmente por las calles de Aracataca, y a quienes los demás saludaban porque ese día cumplía 33 años. Gabriel Eligio García y su mujer, Luisa Márquez, dejaron a su hijo en casa de su abuelo, el coronel Gerineldo Márquez, cuando tenía apenas meses de nacido para buscarse un futuro en Barranquilla. El niño fue criado por el exmilitar. En Vivir para contarla, García Márquez refiere cómo estableció una imagen paterna con su abuelo, en pos de lograr una relación que ahuyentara de él la soledad y la orfandad

“Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta”, puntualiza Auster en La invención de la soledad.

Paradójicamente la muerte de su padre le salvó la vida y también su prosa se vio beneficiada. De manera inesperada, recibió una herencia que le ayudó a solventar problemas económicos y, al mismo tiempo, encontró que era posible rescatar el hombre que te tocó ser su padre, explorar en los laberintos de la memoria y ordenar, a través de la prosa, los conflictos y contradicciones que todos llevamos dentro.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.

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Publicado en: Ciudad de libros
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