A causa del desplome de la escultura Esperanza que coronaba la Catedral Metropolitana de México, la obra de Manuel Tolsá vuelve a estar en el centro de la discusión sobre cómo debemos entender y conservar nuestro patrimonio cultural. El siguiente texto revisa las aristas más espinosas del tema.

Dos esculturas de Manuel Tolsá, Fe y Caridad, fueron removidas del cubo del reloj de la Catedral de México después de que otra de ellas, Esperanza, cayera y se estrellara en el suelo durante el temblor del pasado 19 de septiembre. Se recogieron los fragmentos de la escultura y actualmente están en restauración. Pero a partir de ese suceso, el INAH tomó la decisión de remover el conjunto de las “Virtudes teologales” del sitio en el que fueron colocadas por el arquitecto y escultor valenciano en 1813.

El director de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura, Raúl Delgado Lamas, dijo que bajar las esculturas era una medida preventiva; en las semanas que vienen se evaluará el estado de conservación y la restauración que necesiten las piezas. La propuesta de la institución es resguardar las esculturas originales en la curia de la Catedral y colocar réplicas en su lugar.

Llama la atención que sea de nuevo el legado de Manuel Tolsá el que protagonice la discusión pública sobre la conservación del patrimonio. Recordemos que, en 2013, se inició un escrutinio público de las decisiones asociadas a su obra tras la restauración de la Estatua Ecuestre de Carlos IV, conocida como “El caballito”, después de los errores cometidos en la elección de su tratamiento. Años después podemos acceder finalmente a las acciones y procedimientos que ha tomado  el INAH a través del portal: http://www.elcaballito.inah.gob.mx, que contiene información abierta para ser consultada por la sociedad civil.

Para los estudiosos, tanto “El caballito” como el conjunto de las “Virtudes”, constituyen grandes exponentes del estilo neoclásico en México, leídas como generadoras de formas que se inscribieron en la identidad nacional por su diálogo con el criollismo, el levantamiento independentista y la configuración de una academia de artes. Pero no hay que olvidar que la ubicación de las obras en la ciudad, y su papel en la configuración del espacio público, también son razones por las que se han vuelto un símbolo importante en el imaginario nacional y capitalino.

Desde su origen, todas estas esculturas han permanecido en la intemperie, sujetas a las eventualidades ambientales naturales y a las producidas por el hombre. Esto lleva a pensar que el monumento histórico-artístico no solo es el objeto, sino también su disposición: el lugar que construye.


William Henry Jackson, Estatua de Carlos IV en Paseo de La Reforma y Bucareli, ca. 1880-1897.

Es en ese sentido que, en la segunda mitad del siglo XX, se originó el concepto de patrimonio cultural entre los estudiosos preocupados por la protección legal, nacional e internacional, de los monumentos, sitios y obras considerados relevantes por su valor histórico. La Carta de Venecia de 19641 y la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la Unesco, que se llevó a cabo en 1972 (y que México aceptó hasta el 23 de febrero de 1984),2 son quizá los primeros documentos en los que se definió al patrimonio cultural no solo como monumento (arquitectónico, escultórico, pictórico, arqueológico), sino también como aquellos sitios que tienen valor universal desde el punto de vista estético, histórico, etnológico o antropológico.3

Muchos periódicos consignaron la decisión del INAH de remover las esculturas de Tolsá, algunos con ánimo crítico; las fotografías recorrieron las redes. Pero para entender mejor el porqué se toman las decisiones que corresponden al patrimonio de manera aparentemente arbitraria, es necesario explorar la legislación mexicana en torno al mismo.

Durante el sexenio de Luis Echeverría se promulgó la Ley Federal sobre zonas y monumentos arqueológicos, artísticos e históricos. En ella se establecieron tres tipos de monumentos: arqueológicos, artísticos e históricos. Los monumentos arqueológicos son los bienes muebles e inmuebles “producto de culturas anteriores al establecimiento de la hispánica en el territorio nacional”; los artísticos son obras que “revisten valor estético relevante” (generalmente del siglo XX) y los monumentos históricos son los bienes muebles, inmuebles, manuscritos, documentos, impresos y colecciones científicas de los siglos XVI al XIX.  En esta ley, el Estado dotó al INAH con la capacidad para declarar monumentos (en conjunción con la Secretaría de Educación Pública y ahora con la Secretaría de Cultura), así como la posibilidad de definir las necesidades y tomar decisiones en relación a la conservación y restauración de estos bienes. Mientras tanto, el INBA tiene a su cargo la protección, conservación, restauración y recuperación solo de los denominados monumentos artísticos. Así pues, son estos institutos los encargados de proporcionar y obtener asesoría profesional, y de realizar las acciones necesarias para la conservación de los bienes inmuebles declarados como monumentos; el INAH, a través de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC), y el INBA, a partir de las decisiones convenidas en el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (CENCROPAM).

La pulsión por conservar el patrimonio no trata solo de su restauración, del respeto al principio de procedencia, a la discusión sobre el original o sobre la pátina; también consiste en su control, selección, catalogación e interpretación. Hasta dónde conservar, restaurar y recordar, es un problema político en el que debemos participar todos como sociedad civil. Como describió Jürgen Habermas, la configuración de la esfera pública es producto de la conformación del individuo político, como ciudadano con derechos y puntos de vista sobre aquello que lo rodea. Lo público es el ámbito en la que se discuten las cosas del Estado.4 Por ello, es elemental informar y permitir la participación de la ciudadanía en las acciones que se realizan alrededor de los objetos que configuran el espacio público y que pertenecen al patrimonio cultural. El pasado importa, como bien demuestra el movimiento actual contra de la Ley General de Archivos, por ejemplo.

Después del sismo de septiembre, esta pulsión por conservar ha tomado importancia crucial y renovada. El INAH y otras instituciones están llevando a cabo acciones de reconocimiento y mapeo del estado actual de los monumentos, llámense iglesias, zonas arqueológicas, casas populares, entre otras construcciones en las partes del territorio nacional que resultaron afectadas por el desastre. Es un trabajo avasallador que debe realizarse por especialistas en el campo con apoyo de las instituciones y la sociedad, ya que, al seleccionar un monumento sobre otro, se juega con sus posibilidades de ser recordado u olvidado.

Cuando Tolsá llegó a México trajo consigo algunas copias en yeso de esculturas clásicas y del renacimiento europeo que han servido como material para las clases de dibujo en la Academia de San Carlos. Hoy en día estas copias forman parte del patrimonio cultural y la memoria visual mexicana mientras que los originales permanecen en Europa. En este caso, serán otras copias —las del conjunto de las “virtudes teologales”—, las que miren a la ciudad desde lo alto, mientras que las esculturas originales configurarán un nuevo espacio en la Catedral.

No cabe duda de que la gran circulación de las fotografías del retiro de estas esculturas y las precauciones que se tomaron para realizarlo sientan un precedente para que la ciudadanía vigile estos procesos. Esperemos que pronto se abra un portal en el que se informe continuamente sobre las decisiones que se tomen.  Solo así podrá participar la sociedad y mantenerse activa en el rescate y resguardo del patrimonio que configura su pasado.

Rebeca Barquera
Maestra en Historia del Arte por la UNAM


1 http://bit.ly/2B6BjsK

2 http://bit.ly/2A8wYWO

3 http://bit.ly/2AqRGns

4 Jürgen Habermas, Historia y critica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Barcelona: Gustavo Gili, 2009.