Tras el sismo del 19S, el estado en que se encuentran edificios icónicos de nuestra arquitectura moderna como el centro SCOP, el Conjunto Aristos o el Conjunto Unidad Presidente Alemán, ponen en la mesa una discusión urgente sobre los riesgos que corre en nuestro país el imaginario arquitectónico del siglo XX.

Muchos edificios construidos entre las décadas de los cuarenta y sesenta del siglo pasado —representativos de una arquitectura de corte funcionalista y pertenecientes a la corriente de Integración plástica en México—, sufrieron grandes daños estructurales durante el sismo del 19 de septiembre. Aunque teóricamente un edificio debería perdurar para siempre y cumplir la función para la que fue construido, varias de estas edificaciones fueron empleadas para usos distintos a los originales, o desgastadas por el paso del tiempo y descuidadas en medio del crecimiento de la ciudad. Todo esto puso en peligro de desaparición obras representativas de la arquitectura y el arte del México moderno.


Conjunto Aristos, s/f, fotografía ubicada en el fondo José Luis Benlliure del Archivo Arquitectos Mexicanos.

Para entender el estado en el que se encuentran actualmente algunos edificios icónicos de la arquitectura moderna nacional, es necesario reflexionar sobre el empleo de materiales y técnicas utilizadas en aquella época, mismas que respondían a parámetros internacionales más que a necesidades locales. Al mismo tiempo, se trata de edificaciones que fueron creciendo de manera vertical sin considerar los peligros latentes, que incluían sobre todo el complejo tipo de suelo de la Ciudad de México. Ejemplo de esto es el Conjunto Aristos, levantado entre 1959 y 1961 por el arquitecto José Luis Benlliure y el ingeniero Manuel Klachky , ubicado en Insurgentes Sur 421, en la colonia Hipódromo Condesa. En su construcción se empleó alambre de cobre para los cimientos y muros bajos, una técnica llamada electro-ósmosis que se utilizaba en Suiza para combatir la humedad de suelos pantanosos. El historiador del arte y arquitecto Marco Polo Juárez explica que este método se basaba en la propiedad capilar del agua y la salinidad que tiene esta o el suelo en cuestión. En la actualidad ya no se recomienda usarla, dada su inefectividad, pues el agua termina subiendo por otros medios y debilitando las estructuras. Los niveles del manto freático de la ciudad, por ejemplo, hacen que esto suceda desde el propio contacto con los materiales de la edificación.

Al problema de los materiales y técnicas utilizadas en la construcción de las edificaciones de la arquitectura moderna, se suman los estudios de suelo que se hacían a mediados de siglo XX, mismos que no atendían todas las condiciones de construcción en la Ciudad de México que hoy conocemos. Como explica Juárez, si además se considera el uso de tecnologías novedosas que no habían sido probadas en las características de esta superficie, la mala praxis en las construcciones —había ocasiones en las que la edificación quedaba en manos de algún albañil experimentado y no precisamente del ingeniero o arquitecto responsable— y el mal manejo de fondos que siempre ha existido en el país, resulta obvio que los problemas saldrían a la luz tarde o temprano. De ahí la urgencia actual de estudios más rigurosos y la incorporación de geólogos en los equipos de arquitectos, entre otras necesidades.

Si se sistematizan estas observaciones, la arquitectura de la época moderna no solo tendrá el valor simbólico dentro de la historia del arte que ya la caracteriza, sino que pasaría a ser un elemento de aprendizaje en términos prácticos. Hoy se sabe que se deben considerar mínimo tres tipos de suelo distintos cuando se habla de la ciudad y Juárez recomienda que, a partir de este conocimiento y con las evidencias recientes, se incrementen los estudios de mecánica en los suelos, los análisis que entiendan la química, el revenimiento de la tierra y el nivel de humedad.

Conjunto Unidad Presidente Alemán. Fotografías extraídas de la revista Arquitectura México N°118, año 40, 1978.

Por su parte, Lourdes Cruz, arquitecta e investigadora del Centro de Investigaciones en Arquitectura, Urbanismo y Paisaje de la UNAM, considera que los materiales representativos de la construcción en la arquitectura moderna —el hierro y concreto—, el desgaste de sus estructuras y cimientos, sumados a la falta de mantenimiento, son los responsables del estado en que quedaron estos edificios después de las últimas catástrofes naturales. Por ejemplo, cuando las varillas de hierro quedan expuestas por el deterioro del concreto, se van debilitando y generan probabilidades de resquebrajamiento de algunos de los elementos de las construcciones. Este es el caso del Conjunto Unidad Presidente Alemán (C.U.P.A.) en donde, con el paso de los años, elementos como las trabes y las columnas han quedado desnudas. Si bien el conjunto sigue en pie y no tuvo daños estructurales durante el reciente sismo, ya muestra un deterioro alarmante, el cual debería prevenirse antes de que sea demasiado tarde. Otra constante en los patrones de deterioro según Cruz es el reúso constante de los edificios. Es el caso concreto del centro SCOP, el cual inicialmente fue pensado para ser un hospital, y al fracasar este proyecto se convirtió en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes; el edificio contaba con reglas específicas para la ubicación de cargas de peso que no fueron atendidas por las sucesivas administraciones. Un caso comparable es el del edificio Aristos, que fue pensado para ser un espacio habitacional con oficinas, pero el uso de espacios laborales se impuso para albergar al INAH. La falta de mantenimiento aunado a su ubicación en una zona de gran peligro son las causas de su estado actual.

Cabe señalar que estos dos conjuntos se encuentran bajo el uso de dependencias de gobierno: el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, mismas que no han atendido el valor cultural e histórico que tienen sus propios edificios. El centro SCOP es uno de los mayores representantes del movimiento de Integración plástica, caracterizado por la unión entre la pintura y la arquitectura —un sello propio de la arquitectura de nuestro país —, mientras que el Conjunto Aristos fue uno de los primeros edificios en México en mostrar formas curveadas, no solo en el plano ornamental sino como parte de su estructura.

Ver en retrospectiva las nociones sociales y políticas que defendía el funcionalismo nos lleva a repensarlo, no solo en términos de su innovaciones, sino sobre todo como una ideología rebasada por el tiempo. Los conjuntos Aristos y el C.U.P.A fueron diseñados para ser centros habitacionales y al mismo tiempo cumplir los deseos de comercio y trabajo de sus habitantes. Se estructuraban con la idea de ser células capaces de funcionar casi de manera autónoma y volverse engranajes de la gran máquina: la ciudad. Pero la idea de ciudad moderna fue rebasada por la propia modernidad. En ambos casos, las nuevas técnicas permitieron la integración del arte y la arquitectura, pero parecería que el factor fundamental de ambos fue olvidado: se trataba de obras de arte insertadas en la vida cotidiana, y en la memoria solo permanecieron sus épocas de esplendor.

Paradójicamente, es muy difícil conservar la arquitectura del siglo XX en comparación con  los edificios prehispánicos y virreinales. Esto se debe a que los segundos cuentan con lineamientos claros para que sean considerados como parte del legado de nuestro pasado; así, se conservan y mantienen bien en su mayoría.  La arquitectura moderna, por su parte, es vista como una “etapa de transición, que contó con elementos urbanos y arquitectónicos de continuidad en los diferentes periodos” que la antecedieron,1 pero no cuenta con la suficiente potencia en nuestro imaginario histórico como para considerarla fundamental. Una explicación de esto es la que da la arquitecta Lourdes Cruz, quien considera a la cercanía temporal de estas obras como un factor para que aún no se les considere como parte de nuestras raíces culturales: un mal que afecta a varias producciones artísticas del siglo XX.


Conjunto Unidad Presidente Alemán. Fotografías extraídas de la revista Arquitectura México N°118, año 40, 1978.

El Conjunto Aristos, el centro SCOP y C.U.P.A, cuentan con obra de artistas como José Clemente Orozco,2 Juan O’Gorman, José Chávez Morado, Luis García Robledo, Guillermo Monroy, Arturo Estrada, Rodrigo Arenas Betancourt y Francisco Zúñiga, todos representantes fundamentales del imaginario del México moderno. Frente a los problemas estructurales de los edificios que albergan estas obras, ¿qué pasará con ellas en cuestiones de patrimonio y conservación? Se puede suponer que los costos de retirarlas de las edificaciones, en el caso del SCOP y el Conjunto Aristos, serían elevados, lo mismo que su eventual conservación. Por otro lado, si se les resguarda en bodegas de dependencias culturales y artísticas del gobierno, perderán su carácter público, aquella esencia con la cual fueron planeadas.

Frente a esta situación particular surgen varias interrogantes respecto a cómo proceder en términos de patrimonio cultural. Para Lourdes Cruz, hay una cuestión de fundamentos de la arquitectura que no se puede dejar de lado: cuando un edificio ya no es habitable, también pierde el sentido de ser conservado. Sin embargo, no debemos perder de vista la existencia de problemas de índole social al momento de concentrarnos en atender lo cultural y artístico:

Cuántos bienes patrimoniales se perdieron en el Estado de Morelos, cuatrocientas capillas o más; mil y tantos edificios entre Oaxaca, Chiapas, Morelos. Son  más (…) los edificios patrimoniales dañados y el pueblo dice: “no nos reconstruyan las casas, reconstruyan la iglesia”. Ante estos panoramas, ¿quién va dar dinero para rescatar una escultura? ¿la dependencia encargada? ¿el INBA, el INAH? Toda esta destrucción rebasó al gobierno, a todas las instancias (…) Es muy difícil cegarse (…) Cuántas personas se quedaron sin casa y sin edificios que les dan identidad, como en el caso de las iglesias. La situación rebasó al FONDEN, al INAH, al INBA, a todas; y sin dinero y con corrupción, ¿por dónde empiezas? Desde luego tienes que empezar por el ser humano, que tenga donde vivir.

Si estos problemas se llegaran a solucionar a mediano plazo (recordemos que en 2017 algunas personas apenas estaban recibiendo su nueva vivienda después de perderla en el sismo de 1985), ¿cuáles deberían ser los esquemas de valoración de las obras arquitectónicas del siglo XX y de sus elementos plásticos? ¿En qué lugar de la escala de prioridades deberían estar? Existe un vacío enorme en cuestiones patrimoniales y no se puede atender el descuido de obras icónicas del auge de la arquitectura en México cuando no hay recursos para su conservación ni espacio suficiente y adecuado en bodegas. Por otro lado, en el caso concreto de que conservación de las obras del centro SCOP: ¿serán reubicadas en otros edificios? ¿qué escenas murales serán las elegidas? En suma: ¿cómo resignificar nuevos espacios a partir de los discursos que transmiten estos murales?

Las dependencias a las cuales les pertenecen los conjuntos de este tipo, tan importantes para nuestro patrimonio, tendrían que cuestionarse y considerar la recimentación y reestructuración de los inmuebles en sus presupuestos, para hacerlo a tiempo y sin esperar a que lleguen las tragedias. Al mismo tiempo, la ciudadanía que aprecia estos símbolos culturales y artísticos, y que se rehúsa a despedir a los edificios, tampoco puede esperar al punto crítico en el que ya se encuentran dañados para preguntarse por los malos manejos de su mantenimiento.

Nadia Ximena López
Historiadora del Arte y Productora de Teatro.

Viridiana Zavala
Maestra en Historia del Arte. Actualmente realiza su investigación de Doctorado en el Posgrado de Historia del Arte de la UNAM.


1 Pablo Vázquez Piombo, Arquitectura contemporánea en contextos patrimoniales, (Jalisco: ITESO, 2016), 28.

2 La arquitecta Louise Noelle menciona que este mural, ubicado en la Unidad Habitacional diseñada por Mario Pani, es quizá el último que Orozco preparó antes de su muerte.