En 1955 Vladimir Nabokov creo un personaje que desde entonces no ha dejado de perturbarnos: Lolita. Sin embargo, los antecedentes de esta seductora nínfula pasan por fábulas populares como la Caperucita Roja, o por otros clásicos como Alicia en el País de las Maravillas. En su más reciente libro, Territorio Lolita, la escritora mexicana Ana Clavel traza la genealogía de la enfant fatale.

Territorio Lolita,
Ana V. Clavel,
Alfaguara, México, 2017


Lolita. Uno de los personajes femeninos más inquietantes de la literatura, el cine, la fotografía y la pintura; de la vida de todos los días. La nínfula de trece o catorce años, la niña despierta, lista, pero a la vez medio ingenua, la que conquista —tal vez sin darse cuenta— a un hombre que es muchos años mayor que ella y que, al mismo tiempo, es conquistada por él. Pervertidora y pervertida, seductora y seducida. Objeto vivo del deseo, fetiche, arquetipo. ¿Cómo es realmente Lolita, más allá o más acá de la mirada masculina? ¿Qué piensa, qué sueña, qué desea?

En Territorio Lolita, Ana Clavel explora con agudeza y amplitud el mito creado para la literatura por Vladimir Nabokov en 1955, y llevado al cine en 1962 por Stanley Kubrick. Empieza por sus antecedentes. En primera lugar, Alicia. Como sabemos, Lewis Carroll se inspiró para su personaje de Alicia en el País de las Maravillas en su amiga-niña Alice Liddell, a quien fotografió una y otra vez. Es este personaje real, y no el literario, el verdadero antecedente de Lolita, del mito de la enfant fatale. Carroll tuvo muchas amigas-niñas a las que conquistaba con regalos y con cuentos para después fotografiarlas vestidas o desnudas. Gracias a esas fotografías, atrapaba en el tiempo —como un cazador de mariposas— la inocencia y la belleza fugaz de las niñas, que pronto crecerían hasta transformarse en adolescentes y mujeres adultas, y dejarían de interesarle.


Lewis Carroll

La autora de Las Violetas son flores del deseo y Las ninfas a veces sonríen, aborda también a otras antecedentes de Lolita como Caperucita Roja. El cuento popular fue llevado al papel por Charles Perrault en 1697 y por los hermanos Grimm en 1812. Pero en su versión oral, transmitida de boca en boca, es más antiguo. En alguna versión, el lobo induce a la niña a comer la carne y la sangre de su abuelita, y luego le pide que se desnude, que arroje sus ropas al  fuego porque ya no las va a necesitar, y que se meta a la cama con él. Perrault elimina los detalles que considera de mal gusto, y suaviza el erotismo del cuento original. De cualquier forma, y no obstante la intención moralizante del escritor francés, estamos ante una niña cuya inocencia y belleza seducen a un lobo-pederasta. Por su parte, los hermanos Grimm introducen al leñador justiciero para proporcionarle al cuento un conveniente y tranquilizador happy ending. La moraleja, en verso, de Perrault es clara: niñas, no se dejen engañar por los hombres lobos, que entre más zalameros son más feroces.

Ana Clavel profundiza en el análisis de las diversas Lolitas, a las que llama nínfulas, y que tienen su contraparte masculina en fáunulos como Peter Pan y, más tarde, en personajes como el adolescente Tatzio de La muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann llevada al cine por Luchino Visconti. Las Lolitas abundan en la fotografía y el cine, pero casi siempre enfocadas desde la mirada masculina. La interioridad de la nínfula es un territorio casi inexplorado, señala la autora. Una novela que presenta a una Lolita que nos permite asomarnos a su interioridad es El amante, de Marguerite Duras. La nínfula de quince años es recordada por la mujer adulta en que se ha convertido. “Como el relato es en buena medida autobiográfico, es decir que Marguerite Duras hace de su vida materia de autoficción, podemos suponer que, a pesar de la distancia temporal, hay fidelidad en la voz que nos confía los mundos interiores de esta niña-mujer particular. Así la vemos verse a sí misma y no ser vista desde la mirada distante de otro.” La chica se da cuenta de que el hombre, desde el momento en que se acerca a ella, está en sus manos, y que como él, otros hombres podrán en el futuro también estar en sus manos. Esto nos remite a la escena memorable de la película de Kubrick, donde, al mismo tiempo que aparecen los créditos, la mano de Humbert pinta cuidadosamente, con devoción, las uñas de los pies de la irresistible Lolita: la nínfula tiene al hombre maduro literalmente a sus pies.

En Territorio Lolita, Ana Clavel no piensa en Lolita como solo una niña sino como un ser femenino que nada entre dos aguas: la niñez y la adolescencia núbil. Alicia no es una Lolita sino su hermana menor. Lolita, en cambio, es una enfant fatale seductora frente al deseo de Humbert Humbert, dibujada en la novela de Nabokov desde el punto de vista del deseo masculino. La chica, que tiene entre nueve y catorce años, es objeto del deseo, pero el sujeto deseante se convierte, a su vez, en su juguete.

Para la película de Kubrick, el propio Nabokov se encargó del guión, pero el cineasta llevó a cabo los ajustes que consideró pertinentes. “En sus adaptaciones cinematográficas, Lolita es un tanto maléfica, una criatura ambigua, tiránica del poder que ejerce sobre Humbert Humbert, con tintes malévolos, en vez de ser el objeto del deseo de un ‘hombre degenerado’.” Tal vez se intenta así responsabilizar un poco a la joven y descargar un poco de culpa al personaje masculino.

Vladimir Nabokov

Tanto como el propio Nabokov, “en el que el espécimen Lolita es la primera hembra conocida de la variedad Lycaides sublivens Nabokov, el cineasta contribuyó a fijar un estereotipo poderoso: el de la nínfula desalmada, la mariposa Lolita sublivens Kubrickensis, como una marca indeleble que transmitió a sus sucesoras”. Como las mariposas que le gustaba cazar y coleccionar al narrador ruso nacionalizado estadounidense, Lolita es una belleza efímera, revolotea en el aire por unos instantes para después desaparecer como una hoja dorada, resplandeciente, casi mágica, que se desprende de la rama de un árbol.

Armando Alanís
Académico y escritor. Autor de Las lágrimas del Centauro.