Pese a las dificultades físicas que padeció durante sus últimos años, Ricardo Piglia (Adrogué, 1940-Buenos Aires, 2017) trabajó doce horas diarias, siete días a la semana, con la colaboración de un equipo de cinco asistentes encabezado por Luisa Fernández. Ante la perspectiva de lo inevitable, el gran escritor argentino quiso terminar varios proyectos literarios. Uno de ellos es el tercer y último tomo de Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama, 2017), con los que el autor cierra el ciclo de su personaje y álter ego. Ofrecemos aquí una selección de fragmentos que versan sobre la perturbadora idea del suicidio.

Ricardo Piglia
Los diarios de Emilio Renzi III. Un año en la vida
Anagrama
Barcelona, 2017
296 páginas.


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Una carta de mi hermano con la noticia de la muerte de Helena D., lo primero que pensé fue que se había suicidado. La belleza de los excesos que siempre busca la muerte como culminación, eso era ella. El gran tema romántico de las vidas “no escritas”, pero en cierto sentido “leídas” por ella misma. Tendría, sin embargo, que escribir sobre mis sentimientos, pero lo que vuelve es la experiencia en mi lejana juventud, cuando empezamos una pasión que duró casi un año. Solo la sensación de peligro, aquella noche que viajamos en el mismo auto en el que ahora se mató y por la misma calle, cuando de pronto se extravió y entramos por un tramo de tierra sin saber cuál era la dirección. Metáfora, o mejor, mujer metafórica a la que uno podría atribuirle todos los sentidos. De todos modos, persiste aquel gesto al bajarse del auto la primera vez que nos vimos, el modo en que me tocó la cara.

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Trabajo en la Biblioteca Nacional (cartas y documentos de Lafuente) sin pretensiones, buscando definir el material antes de escribir.

Aislado, sin amigos, sin futuro.

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Bellas ideas sobre el suicidio. Más abajo no puedo llegar. Nunca una crisis tan profunda, sin embargo, en medio de la oscuridad logro escribir un borrador del capítulo de Arocena.

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La historia del suicida colombiano que se encierra con un grabador: “Esta es mi última grabación. Después de esa canción, se va a terminar todo”. (Está escuchando música.) Se podría usar esa historia para escribir una pequeña obra de teatro en un acto. Una especie de versión más extrema del Krapp de Beckett.

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Un cuento. “Heroico Paysandú, yo te saludo.” Buena frase para escribir una carta final. El suicida. Alcohólico. La soledad en ese rincón de Buenos Aires. No sabe cómo vivir, efecto de las determinaciones políticas. Soledad y ascetismo para nada. Bancarrota total. Tiene treinta y siete años. Una vida inútil.

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Piensa en el suicidio una vez más, es un modo como cualquier otro de pasar el tiempo, dijo. No piensa en la muerte sino en la forma de morir, ahogado en un río; colgado del cinturón en el baño; arrojarse al vacío desde la terraza del edificio. Evitar las pastillas y el estruendoso revólver. El pensamiento siguiente es sobre los momentos preliminares al acto final. Rápidamente desiste del plan. “Antes de matarme, iría a la peluquería”, dice Iris.

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El día antes de escribir lo que se lee arriba sobre el suicidio, se mató Silvia Ahumada, una alumna de mi grupo de los sábados. No dijo nada, ninguno de sus amigos o conocidos pudo imaginarlo. En la reunión del sábado anterior a su muerte, hizo una presentación muy inteligente sobre Felisberto Hernández. Se tiró por la ventana, sin dejar notas ni cartas. Tenía veintisiete años.

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La vida de Lafuente. Trato de evitar la biografía. Por eso decido cambiar, armar pequeños bloques, un mosaico, una suerte de conjunto sin orden. Él también es un suicida.

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Clases. Monotonía. No escribo pero tampoco puedo pensar. Anoche soñé que me suicidaba inyectándome veneno en una vena de la mano izquierda, que es mi mano buena.

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“Otra vez la idea del suicidio”, escribió. “No hay salida por motivos diversos y simultáneos. Hablo y soy otro, estoy alejado de mí, alguien anota lo que escribo. Sensación de estar desdoblado.”

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Última clase de los grupos. No sé cómo hice para escribir una novela sin tener una trama, ni cómo hice para vivir sin tener el dinero necesario. Esas preguntas prácticas me han sacado, o mejor, me han rescatado de las ideas suicidas, que son un conglomerado confuso de situaciones reales e imaginarias. Entre dos mundos igualmente próximos y lejanos: mis encuentros con Elías y Rubén, víctimas de la dictadura, y una novela escrita en una isla desierta.

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Escribir un libro que consista en la aventura de leer mi propio diario. Narrador anónimo. Investiga las causas del fracaso (o del suicidio).

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La soledad en medio de las dolencias que se mantienen y crecen. Aislado, sin ver la salida.

El fracaso es la historia secreta de mi vida, eso es el diario que escribo desde hace veinticinco años. ¿Toda vida es un proceso de demolición? Externamente (si eso pudiera ser dicho) existen acontecimientos que no alcanzan a mitigar la lúcida percepción del derrumbe que se aproxima. El suicidio sería el cierre lógico de esa vida. Porque nunca he vivido nada con tanta intensidad como la certeza del fracaso. Todo ha sido precario (adentro), más allá de lo que se vea en la superficie.

Había decidido matarme (y escribir esa frase es idiota) en 1955 y en 1979. Quizá ahora podría intentar otro camino, cambiar de vida, de identidad, de trabajo, escapar.

A la vez, pienso que iré a Adrogué a buscar mis diarios, que comenzaré a pasar en limpio, y que quizá de ese modo pueda encontrar una salida. La relación entre el suicidio y la escritura de un diario es íntima (ver esto: Pavese, Kafka, etc.).

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Anoche una pesadilla tenaz. Como siempre, la idea del suicidio.

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El suicidio de Antonio Calvo, encargado de la enseñanza de la lengua española en Princeton University, ha producido una conmoción en la comunidad académica. Tres días antes de su trágica muerte, Calvo había sido cesanteado por la administración, que no solo decidió la suspensión inmediata de sus clases sin mediar explicación alguna, sino que envió a un guardia de seguridad a bloquearle el acceso a su oficina, como si se tratara de un merodeador peligroso.

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Hay una tradición de libros incompletos, sin fin, no terminados, proyectos que llevan la vida entera, las obras de Macedonio Fernández, las novelas de Kafka, Bouvard y Pécuchet, El hombre sin cualidades. Representan los intentos más radicales de alterar la lógica tradicional que ve en el equilibrio de la forma (es decir, en la elegancia del final) la clave de una buena narración. Escritas justamente para quebrar ese orden armónico, o escritas con una voluntad de totalización imposible, esas obras inconclusas son leídas por nosotros con fervor, como si pudieran hacer ver la imposibilidad de cerrar el sentido; el borrador entendido como texto siempre reescrito e inestable, mal fechado y que no tiene fin.

Algunas obras han sido escritas siguiendo ese criterio azaroso y fugaz: los Cahiers de Valéry, La tumba sin sosiego de Connolly, Los cuadernos de Malte de Rilke, incluso el espléndido libro de Borges El hacedor. Parecen no tener forma o no tener otra forma que el desorden y la fragilidad. El oficio de vivir de Pavese es un caso especial: el suicidio es el fin deliberado del diario (“basta de palabras, un gesto, no escribiré más”), le da un aire de conclusión inevitable.

 

Ricardo Piglia
Escritor. Fue profesor emérito de la Universidad de Princeton. Publicó Respiración artificial, La ciudad ausente, Plata quemada, Blanco nocturno, El camino de Ida, La invasión, Prisión perpetua y Formas breves, entre otros libros.

Nota y selección: Alejandro García Abreu.