Hoy se cumplen cien años de la muerte de Émile Durkheim, el padre de la sociología moderna. El autor de libros capitales como El suicidio, Las reglas del método sociológico y Las formas elementales de la vida religiosa, libró desde muy joven una batalla académica en contra de “la brillantez literaria”: para estudiar los fenómenos sociológicos, eligió el tono plomizo de la ciencia. Presentamos aquí el recorrido de una vida dedicada al estudio de las ciencias sociales, cuyo legado es innegable.


Me he acercado a Durkheim después de algún tiempo lejos de él y de las ciencias sociales. He abierto mi viejo ejemplar de El suicidio y he revisado las notas que hice hace unos quince años. He descubierto que solía subrayar mis libros con lápices de punta gruesa —o lo que tuviera a la mano, supongo—, y que lo hacía con impunidad y altanería, redactando largos párrafos en los márgenes en los que peleaba en contra de la precisión de los conceptos. La concisión conceptual solo servía para privar a las palabras de su uso común, para cerrar las discusiones epistemológicas.

He revisado la introducción de El suicidio, me ha sido difícil comprender el significado de mis notas al margen, o me ha sido difícil reconocerme en ellas, y he releído aquella polémica concepción, categórica, ausente de toda lírica:

“Diremos, en definitiva, que se llama suicidio todo caso de muerte que resulte, directa o indirectamente, de un acto, positivo o negativo, realizado por la víctima misma, sabiendo ella que debía producir este resultado”.

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David Èmile Durkheim, descendiente de una larga tradición rabínica en línea paterna, y de una familia de comerciantes en línea materna, nació el 15 de abril de 1858 en la provincia de Lorena. Estudió los primeros años en una escuela de rabinos de acuerdo con la tradición familiar, cuando parecía que aquél era su destino. Uno de sus biógrafos, Alpert Harry, asegura que Durkheim decidió interrumpir el camino religioso “debido a la influencia que en el muchacho ejerció una institutriz católica”.1 Como fuera, el futuro sociólogo no olvidaría que la religión constituye el más primitivo de los fenómenos sociales; que de ella emanan todas las manifestaciones colectivas.

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En el primer capítulo de la serie de televisión Mindhunter, el protagonista, Holden Ford —agente del FBI— conoce en un bar a Debbie Mitford, estudiante de posgrado en sociología. Una conversación entre los dos, en apariencia anodina, conlleva a la fundación de un área dedicada al estudio de las ciencias de la conducta en la agencia federal, que pretende responder a la pregunta, ¿por qué hay gente que asesina a desconocidos?

Debbie (recargada en la pared mientras escucha una banda de punk): ¿Qué te parece la teoría de la desviación de Durkheim?
Holden: ¿Qué es eso?
Debbie (incrédula): ¿No conoces a Durkheim?           

Holden (sarcástico): Sé qué es la desviación.
Debbie (irónica): Apuesto a que sí.
Holden (irónico): Es un gaje del oficio.
Debbie: Lo estudiamos en una de mis clases. Durkheim dice que toda desviación es un cuestionamiento a la represión normalizada del Estado.
Holden: Es un anarquista
Debbie: No. Fue el primero en sugerir que la delincuencia es una reacción a lo que hay de malo en nuestra sociedad.
Holden: Bueno, quizá si algo puede considerarse como mal en nuestra sociedad, es precisamente la delincuencia.
Debbie: Yo tengo la perspectiva sociológica. Tú tienes la perspectiva de un agente federal.

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Después de obtener los mayores honores como bachiller, Durkheim trató de ingresar en la Ecole Normale Supérieure en 1877 y 1878, fallando en las dos ocasiones; su padre se hallaba enfermo y él intranquilo por la inseguridad económica de su familia. Vivía en una pobre pensión, con escasos recursos, en donde, además de todo, se veía obligado a estudiar latín y retórica en vez de ciencia, tal cual y como hubiera preferido. Entre aquellos libros de literatura que debía leer a la fuerza pudo surgir su animadversión en contra del lenguaje afectado. En su tercer intento, fue admitido en la Escuela Normal. Era 1879 y tenía 22 años.

En algunos retratos sobrevivientes de aquella época, el joven Émile destaca por su actitud seria, una cabellera entrecana y prematura y una barba cuantiosa, la causa de que sus compañeros —que conformaron una generación brillante— lo apodaran, sin ironía de por medio, como el Metafísico.

El Metafísico, pues, libró su primera batalla académica en contra de “la brillantez literaria”. Para estudiar los fenómenos sociológicos prefería el tono plomizo de la ciencia. Una vez despojada la sociología en ciernes de su tufo literario —o de las aspiraciones literarias de quienes la practicaban— debía incorporar un método propio; es decir, autonomía respecto al resto de las ciencias.

Gracias a la influencia del filósofo Émile Boutroux, Durkheim llegaría al principio de que los hechos sociales debían tratarse socialmente. De otro filósofo, Charles Renouvier, la idea de que debía construirse una ciencia de la moral. Del psicólogo Theodule-Armand Ribot, la certeza de que aspectos no conscientes influyen en la actividad humana.

En unos años, Durkheim había armado un sistema metodológico con base en influencias e ideas propias. En 1887 fue nombrado como profesor de pedagogía en la Universidad de Burdeos, cargo que aceptó bajo la condición de que pudiera enseñar al mismo tiempo ciencias sociales. Aquella concesión, en apariencia anodina, representaba el ingreso oficial de la sociología al sistema universitario francés.

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El suicidio, libro que, por su fama, funda la sociología moderna, pudo surgir como una provocación. O como una sentencia en contra del utilitarismo británico, que solía explicar los fenómenos de la sociedad partiendo de motivos individuales. Hasta el suicidio, dijo Durkheim, una de las decisiones en apariencia más individuales, es un hecho social.  

¿Qué es un hecho social? Si las lentes microscópicas permitían el estudio de microorganismos, y las lentes telescópicas la observación del universo, la sociología necesitaba de un marco de referencia —de un aislante fenomenológico, por llamarlo de alguna forma— que permitiera la observación magnificada de “lo que el espíritu no puede llegar a comprender más que a condición de salir de sí mismo por vía de la observación”.2

A través del hecho social, Durkheim desechó las prenociones del sentido común y describió todo fenómeno social que fuera exterior a los individuos pero que, al mismo tiempo, constriñera sus acciones. La ley, por ejemplo.

 “Las causas de la muerte, en su mayor número, están fuera de nosotros más que en nosotros, y no nos afectan hasta que nos aventuramos a invadir su esfera de acción”.3

Como sociólogo, se encontraba dispuesto a transformar los paradigmas, a transformar las humanidades: “El crimen no es solo normal en toda sociedad, sino incluso necesario”. “El suicidio no es una decisión individual, es un hecho social”.

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En 1902, Durkheim fue llamado a La Sorbona para impartir la cátedra en educación. Debieron pasar once años para que, en 1913, las autoridades académicas reconocieron que Durkheim impartía, en realidad, la materia de “Ciencia de la educación y sociología”. Dicen que sus alumnos lo veían como a Aristóteles.

Cuando comenzó la Gran Guerra, dirigió sus esfuerzos a su país, y lo hizo de manera entusiasta. Creó y fungió como secretario del Comité para la publicación de estudios y documentos de la guerra, comité que tenía la misión de enviar panfletos a los países neutros para contrarrestar la propaganda de los alemanes. “Publicó un estudio sobre la mentalidad alemana, en el que intentaba una explicación del carácter mórbido y patológico del sistema ‘moral y espiritual’ resumido en el famoso lema de Deutschland über Alles (Alemania, sobre todo)”.4 Incluso como panfletista, Durkheim resaltaba como teórico social. Una cruel ironía fue que, a pesar de su nacionalismo, fue acusado de deslealtad por ser un nativo de Alsacia y Lorena, y también por tratarse de un judío con nombre alemán.

Hacia enero de 1916, recibió la noticia de que su hijo André, un lingüista destacado, a quien Durkheim consideraba como su principal discípulo y sucesor, había desaparecido en el frente de Bulgaria, y en abril recibió la confirmación de su muerte. Aseguran que la pena del padre fue tan grande que prohibió a sus amigos que hablaran de André en su presencia. La salud de David Émile Durkheim, ya de por sí disminuida por exceso de trabajo, se volvió aún más precaria. Ordenó sus papeles, y casi dos años después de la muerte del hijo, precisamente el 15 de noviembre de 1917, falleció, a la edad de 57 años. 

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Veinte años antes, en su magno tratado ya referido, había escrito:

“El soldado que corre a una muerte cierta, por salvar a su regimiento, no quiere morir y no es el autor de su propia muerte”.

“No es suicida —escribió también— el apático que, no interesándose vivamente por nada, no se impone el cuidado de conservar su salud y la compromete con su negligencia”.

Es como si hubiera acuñado uno de sus conceptos más importantes de cara al futuro, consciente de lo que iba a pasarle tanto a él como a su hijo. Cuidándose de que los dos quedaran fuera de él.

 

César Tejeda 
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.


1 Alpert, Harry. Durkheim. FCE. 1945

2 Durkheim, Émile. Las reglas del método sociológico. Ediciones Morata. 1974

3 Op. cit.

4 Alpert, Harry.