La primera vez en mi vida que supe de Claribel Alegría fue por una carta de Julio Cortázar fechada el 12.8.1979 y remitida desde Deyá, Mallorca, donde estaba de vacaciones, justamente en la casa de ella: “Quisiera saber si en la radio alemana habría posibilidad para colocar algún texto radiofónico de ficción (radioteatro). Hay aquí dos amigos, la poeta Claribel Alegría y su marido Bud Flakoll, que se interesaron por una posibilidad. Bud hizo textos en inglés en U.S.A., y Claribel escribe novelas y cuentos, además de su bien conocida poesía. Si puedes conectarlos con alguien o darles alguna información para guiarlos, te quedo desde ya muy agradecido. Son amigos de talento, a quienes quiero y respeto”.

Willy y Diny Hansen, Claribel, el escritor brasileño Ignácio de Loyola Brandão y su esposa Marcia, y Ricardo Bada, en Ámsterdam, 1987.

Recuerdo que les escribí a los Flakoll Alegría y que el material del que me hablaron no era uno que yo pudiese ayudarles a colocar en emisoras alemanas, mucho menos en la nuestra.

Sin embargo, y puesto que había otra petición de ayuda hacia otra poeta latinoamericana, aproveché la ocasión para preguntarle a Claribel si le importaría que Cristina Peri Rossi la entrevistara para una serie que yo estaba iniciando y que se titulaba “Latinoamericanos en Europa”.

Mi idea era crear una galería de autorretratos acústicos desde la cual nos contasen sus vidas —con su propia voz, de viva voz— escritores, pintores, poetas, biólogos, cantantes, bailarines, ecologistas, músicos, humoristas, dramaturgos, escenógrafos, directores de cine y teatro, incluso políticos…, todos ellos, todos, latinoamericanos, y todos ellos, todos, residentes en Europa. Para “edificar” la galería sería necesario disponer de unas largas entrevistas, de dos o tres horas, a partir de las cuales destilar los treinta minutos del autorretrato, en el cual tan solo se oiría la voz del personaje en cuestión, audiobiografiándose (si se me permite el neologismo), y si acaso, con una sola frase (como firma), la voz del entrevistador.

La idea fue aceptada, y pasados dieciséis años, cuando se canceló la serie, su catálogo era una especie de apéndice al Almanaque Gotha: la aristocracia espiritual de América Latina había plantado algunas de sus mejores carpas en el asendereado camping del Viejo Continente.

El cual, por obra y gracia de este trasvase de aguas freáticas, casi podía llamarse Nuevo Contenido. Y entre esos autorretratos estaba el que hice en 1980 a partir de la entrevista de CPR a Claribel, pero también, en 1986, el que obtuve a partir de la charla de Claribel con el malogrado Ernesto “San” Avilés, pintor salvadoreño de muchos quilates, prematuramente muerto en París, en 1991.

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1982, 29 de mayo al 20 de junio, en Berlín, Festival Horizontes, Claribel es uno de los escritores invitados a esa que ha sido, con absoluta seguridad, la mayor muestra de cultura y de arte latinoamericanos que se haya celebrado nunca jamás, dentro y fuera de América Latina: literatura, pintura, fotografía, ballet, coloquios intelectuales, teatro, cine, música clásica, salsa, tango, folkore… nada faltó en aquél irrepetible acontecimiento.

Me acerqué a Claribel —y conversé brevemente con ella, apenas si presentarme— al término de un recital donde el 3 de junio, en la Biblioteca Municipal, leyeron poemas la propia Claribel, Cristina Peri Rossi, Antonio Cisneros, Pedro Shimose y Ferreira Gullar. Dos días antes la había visto por primera vez en mi vida, en un coloquio sobre “Mujer y literatura” cuyo panel integraba, junto a Cristina Peri Rossi, Elena Poniatowska y las alemanas Anna Jonas y Ute Stempel. Y el día anterior la vi en otro coloquio, sobre “Literatura y compromiso”, al que además del suyo aportaron sus testimonios Arturo Arias, Augusto Monterroso, Manuel Pereira, Ernesto Mejía Sánchez y Luis Rafael Sánchez. (Si me detengo en estas enumeraciones es para resaltar que la organización del festival no escatimaba esfuerzos, llevó hasta la orilla del Spree a la crème de la crème, a la flor y nata de la intelectualidad del colectivo latinoamericano).

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Cuatro meses después del encuentro en Berlín, el jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción, en Colonia. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo armar –“sobre el pucho” (es decir: ¡ya!)– un programa especial de media hora, ad hoc

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé con prisa pero sin pausa: a Madrid y Barcelona, a Toulouse y Buenos Aires, a París de la Francia y Deyá de Mallorca… 

Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, el único paisano de Gabo al que logré alcanzar ese día; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y last but not least con Claribel, a quien fui yo quien le dió la noticia del premio y le pedí que me hablase del papel de la mujer en la obra de García Márquez. Lo que hizo sin la más mínima vacilación y demostrando que ya tenía la tarea hecha desde antes del Nobel.

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Nicaragua. Tras haber participado en 1983 con otros internacionalistas en la mota del algodón, Diny, mi esposa neerlandesa, viajó una vez más allá para volver a echar una mano, en 1984, construyendo una escuela, en León. Después fue a pasar unos días en Managua, en la casa de mi amiga Alenka Bermúdez, entonces alta funcionaria del ministerio de Comercio Exterior. De repente llega Claribel y le explica a Alenka que tiene un problema que no sabe cómo resolver, un problema con el vestido que iba a ponerse esa noche para acudir a una recepción oficial. Alenka le pide que lo deje ahí, que luego vendrá alguien que tal vez pueda solucionarle el problema, y en efecto, cuando Diny llega a la casa, Alenka le explica, Diny agarra tijeras, hilo y aguja, y en un santiamén arregla el traje de la buena Claribel.

Este, por cierto, es un episodio que no sabemos si Claribel conecta con nosotros, aunque Alenka se lo haya contado, diciéndole que el trabajo lo hizo esa amiga que estaba en su casa de visita, y aunque Claribel le entregó un hermoso bordado indígena para ella, como agradecimiento. Pero no tuvo por qué relacionarla necesariamente conmigo, a quien, por otra parte, conocía muy poco en aquel entonces, solo por un par de cartas, un encuentro fugaz en Berlín y, como simple voz, uno más de los periodistas que la entrevistarían cuando el Nobel a Gabo.

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El próximo encuentro no lo tengo localizado en ninguna fecha concreta, pero sé con seguridad que es posterior a los anteriores. Un día, en Madrid, leyendo El País (hubo tiempos remotos en que leía El País), me enteré de que Claribel estaba en la ciudad y logré averiguar en qué hotel, uno cerca del Retiro. Así es que acudimos allí, sin esperanza de encontrarla, pero sí que la encontramos y sí que pudimos saludarla, aunque al despedirnos lo hicimos con la impresión de que no tenía muy en claro quiénes éramos. Lógico.

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La siguiente vez fue en París, y para aquel entonces ya éramos amigos de sus mellizas, Karen y Patricia, y nos encontramos en casa de Karen, en el 5 de la rue Alexandre Cabanel, en el distrito XV, y ahí sí, ahí sí que ya sabía quiénes éramos. Además, ahí fue cuando conocimos a Bud, el vikingo en son de paz, qué gran tipo. Y desde entonces estuve peleando años porque se tradujese al alemán una obra maestra como es Cenizas de Izalco, escrita al alimón por ellos dos; y entretanto, aunque no a causa de mi empeño, ya se ha traducido. (Dicho sea de paso: al hablar de Cenizas de Izalco, no siempre se cita el nombre de Bud Flakoll como coautor, y es de rigor hacerlo. Claribel y Bud escribieron ese libro a cuatro manos, ella en castellano la parte de la protagonista, y él en inglés la del protagonista, y después los dos se tradujeron recíprocamente, por lo que ambas versiones pueden considerarse originales).

De aquella velada, lo que más y mejor recuerdo, siempre, es la anécdota de la escolarización de los niños en Francia. Estaba Bud entonces desempeñándose como diplomático, lo destinaron a París y llegaron él y Claribel, con sus cuatro criaturas, y una primera tarea por hacer: buscarles escuela. Fue en la misma embajada americana donde les recomendaron una dizque buenísima en las cercanías del piso donde iban a vivir, y del Métro Passy, y Claribel los inscribió allá. Y vinieron las primeras notas, y los niños eran los primeros de sus respectivas clases. Y vinieron las segundas notas, e ídem de ídem. Y Claribel recapacitó que sí, que sus hijos no eran torpes, pero no tan inteligentes como para copar los primeros puestos en una escuela en un país extraño y empezando a aprender su idioma. De manera que fue a ver qué estaba pasando, y gracias a ello se enteró de que había matriculado a sus hijos en una escuela para niños retrasados mentales, como se decía entonces. Por supuesto, se llevó los suyos a casa, inmediatamente, y les echó una bronca: “¡¿Pero cómo es posible que ustedes no se hayan dado cuenta?!”, clamó desesperada, y entonces la respuesta grandiosa de Karen: “¡Pero mamá, es que nosotros pensábamos que los franceses son todos así!”. Todavía me río, y Diny conmigo, cuando evocamos ese momento estelar de la Humanidad.

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1985, febrero o marzo. Vamos Diny y yo a Mallorca, a pasar unos días con Claribel y Bud en esa casa de Deyá desde la que Julio Cortázar me había escrito seis años antes, presentándome a estos dos entretanto amigos entrañables. (Ya para aquel entonces, cuando les escribía, lo hacía nombrándolos “ClariBud”, porque nadie que los haya conocido y visto juntos podría negar que eran en verdad un águila de dos cabezas).

Son tres los principales recuerdos que atesoro de aquellos días mallorquines, con independencia absoluta de los periplos turísticos que nos brindaron (incluyendo la obligada visita a la cartuja de Valldemosa y toda la parafernalia chopiniana), y también con absoluta independencia del hecho de que Robert Graves, su vecino y amigo, traducido por Claribel al español, se hallaba ya tan postrado que hubiera sido un dolor innecesario conocerlo personalmente.

El primer recuerdo tiene que ver con la primera noche que dormimos en la casa, y fue que al ir a acostarme constaté que no tenía ningún sentido hacerlo en la cama donde ya reposaba Diny, por la sencilla razón de que tendría que plegarme casi como un 4 si quería quedar dentro de la cama, razón por la cual me aovillé en el sofá enfrente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, le pregunté a Claribel que cómo hacía Cortázar, harto más largo que yo, para dormir en esa cama donde yo mismo no cabía. “Se plegaba en dos”, o algo así, fue lo que me respondió.

El segundo recuerdo está relacionado con una correspondencia inédita entonces (y creo que aún hoy) entre Juan Ramón Jiménez, Zenobia y la madre de Claribel, y Claribel misma, que ella me confió, con el encargo de depositarla en los archivos de la Fundación JRJ, en Moguer. Como es lógico, puesto que se trataba de documentos tan valiosos, decidí que los llevaría personalmente a la Casa Museo, y lo cierto es que en varios años no se dio la ocasión. Tan no se dio la ocasión que, años más tarde, Claribel me escribió preguntándome si yo tenía todavía ese epistolario en mi poder, le contesté que sí, y me pidió que, por favor, se lo entregase a Karen o Patricia en nuestro próximo viaje a París, porque había decidido depositar todos sus archivos creo recordar que en el MIT de Boston, o en Princeton. Pero me dijo que, para premiar mi fiel custodia, me podía quedar en propiedad con el sobre de una de las cartas. Y así, uno de los mayores tesoros de mis archivos es ese sobre de una carta dirigida a Claribel por Juan Ramón, desde el n° 2430 de la calle 16 NW en Washington, escrito de su puño y letra con aquella inconfundible que puebla el manuscrito de Platero y yo. Y de tantas otras obras maestras.

Y el tercer recuerdo, ah, el tercer recuerdo es una epifanía del ridículo personal propio y el savoir faire de un amigo. Va de alcachofas, y sépase que yo no había comido una sola alcachofa en mi vida, hasta esa noche en Deyá donde ClariBud nos invitaron a cenar una comida cocinada por ellos. Y el primer plato, la entrada, era alcachofa. Aquí se requeriría la pluma del Cronopio Mayor en sus más inspiradas Instrucciones para subir escaleras o pirámides o cucañas o lo que fuese. Pero lo intentaré, lo intentaré.

Bajamos al comedor, y la mesa ya estaba servida. Cuatro puestos, una alcachofa en cada plato. Y cuando Bud empezó a escanciar el vino, sonó el teléfono. Era una de las mellizas, llamando desde París. Claribel nos pidió que empezásemos sin ella, y Bud, conocedor de lo que eran los diálogos de Claribel con sus hijas, nos animó a hacerlo. Todo un caballero, y además anfitrión, esperó a que comenzáramos nosotros. Lo que pasa es que, ya lo dije, yo no había comido una sola alcachofa en mi vida y no sabía cómo hacer. De manera que (todo un caballero) esperé a que fuese Diny quien comenzara. Con la esperanza de que Diny, campesina de lo más profundo de los Países Bajos, sí supiera cómo se come una alcachofa. Pero la mirada semi en pánico de Diny hablaba por sí sola. Y Bud esperando. Así es que hice de tripas corazón, arranqué una de las hojas (ahora sé que se llaman brácteas) y sin decir palabra empecé a masticar a lo Buster Keaton aquella masa coriácea, sintiendo al mismo tiempo algo semejante al terror mientras miraba la alcachofa y contaba en silencio las hojas que me quedaban por masticar, suponiendo que llegase a deglutir la primera, al mismo tiempo que maldecía al malparido que descubrió las posibilidades alimenticias del alcaucil. Una mirada a Diny, quien enseguida me había imitado pensando que yo sí sabía cómo se come una alcachofa, me dejó en claro que sus pensamientos eran paralelos a los míos. Y en ese momento, Bud, que fue diplomático de carrera y abandonó el servicio diplomático por amor a Claribel y solidaridad con su lucha por los derechos humanos en El Salvador, sin decir palabra y sin mirarnos, pero sabiendo que nosotros sí lo mirábamos como los discípulos de Jesús al Paráclito el día de Pentecostés, tomó una de las hojas de su alcachofa, la llevó hasta sus dientes entreabiertos, y con ellos rastrilló la parte comestible, que ahora sé que se llama cabezuela. Y Diny y yo pudimos por fin respirar aliviados, sabiendo que Dios es grande en el Sinaí, y que al día siguiente no amaneceríamos con un cólico inevitable o quién sabe si una perforación de estómago. ¡Ah Bud, cómo agradecerte esa lección impartida sin decir palabra!

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Al año siguiente del encuentro en Deyá, así pues en 1986, volvimos a vernos y fue en Alemania, cerca de Tubinga, en casa de los suegros de Maya, la hija mayor de ClariBud,  casi recién casada con Friedly (en realidad Friedemann —el hombre de la paz—, un nombre bien alemán, que los Flakoll Alegría anglosajonizaron por mor de la facilidad fonética). Y aquí debo dejar constancia de que, curiosamente, hemos tenido y tenemos una relación estrecha con toda la familia, menos con el hijo varón, Erik, a quien todavía no conocemos, jamás nos hemos encontrado con él, a pesar de los tres viajes de Diny, y uno mío, a Nicaragua. Se diría que son asimetrías cronopiales, se diría.

De aquel viaje al pueblito que ya no sé cómo se llama, también conservo un recuerdo imborrable debido a nuestro paso, camino de Tubinga, por un lugar llamado Bebenhausen.  Un recuerdo que no tiene nada que ver con Claribel, pero sí con la poesía en lengua española.

Bebenhausen fue construido alrededor de una abadía del Císter y se conserva en un estado perfecto, casi como si el Tiempo hubiera pasado de puntillas por allí, sin quererlo despertar. Una aldea perdida, ínfima, en la inmensa geografía habitacional de Alemania, uno de esos pueblos que parecen construidos para provocarles orgasmos a los fabricantes de tarjetas postales. Y era tan de cuento de hadas, visto de lejos, que quisimos entrar en él aunque se retrasase nuestra llegada a la ciudad de Hölderlin.

Y como siempre, la atracción que ejercen sobre mí los cementerios. El de Bebenhausen está al pie de la antigua muralla medieval. Penetré en él y caminé por entre las tumbas. Nombres alemanes, suabos, badenses; la historia del pueblo contada por la piedra de las canteras vecinas. Pero la luz se estaba poniendo y mis compañeros de viaje me instaban a salir del cementerio y seguir camino de Tubinga, habíamos perdido (¿perdido?) ya mucho tiempo.

¿Por qué me negué, por qué sentí que algo me hacía continuar vagabundeando hasta el final del camposanto, hasta la última tumba? Sobre ella arrojaba su sombra una estela rectangular, grande, con numerosas inscripciones. Di la vuelta por detrás, de regreso a mis impacientes compañeros, y en el lado de la piedra que da a la muralla, invisible por completo si no se llega expresamente allí, unas palabras talladas: “Fue tan bella la vida que viviste…”. Debajo, el nombre del autor: Pablo Neruda.

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Llegamos así a la última vez que vi a Claribel, y también fue un año después, en Róterdam, 1987, donde ella era uno de los invitados de honor del gran festival Poetry International, del 30 de mayo al 6 de junio, y Diny se desempeñó como su intérprete. Y Claribel y sus hijas (Maya y las mellizas, que se alojaban con Diny en el apartamento de una amiga nuestra, del que teníamos la llave) como “carabinas”. Sí, porque entre los poetas invitados se contaba uno chileno que se apasionó por Diny y se le insinuaba de la manera más lírica posible (“En mi habitación del hotel tengo algo que me gustaría enseñarle”), pero Diny no se despegaba ni un milímetro del paraguas protector Flakoll Alegría.

Era la X edición de Poetry International, por primera vez con una organización independiente, dirigida por Martin Mooij, y una programación despampanante. Dentro de la misma, el día que viajé allá, hicimos todos juntos un recorrido en autobús por los lugares más pintorescos de los alrededores, con visita incluida a un molino de viento en actividad, y a una antigua báscula del tiempo de las tasas y aranceles internos, y luego, de vuelta en Róterdam y antes de regresar a Colonia, acudí al recital donde Claribel se lució con sus poemas, flanqueada por colegas de docenas de nacionalidades e idiomas, una fiesta para los ojos y los oídos, y para el alma.

Uno o dos días más tarde, en petit comité, volvimos a encontrarnos en Ámsterdam. En una foto que tengo ante mis ojos, exactamente enfrente de ellos, en la pared, por encima del borde del monitor, aparecemos mi cuñado Willy (crítico, traductor y editor), Diny, Claribel, y entre ella y yo Ignacio de Loyola Brandão y su esposa Marcia, recién casados, que estaban pasando parte de su luna de miel en Colonia, se alojaban en nuestra casa e hicimos juntos esa escapada hasta Ámsterdam, con la intención, ellos, de conocer la casa de Ana Frank y encontrarse con la amiga Claribel. Fue una jornada que recuerdo como inolvidable, por más de una razón.

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Diny volvería a encontrarse una vez más con Claribel, ese mismo año 1987, cuando del 21 a 25 de julio se celebró en Managua el Primer Festival Internacional del Libro. Nuestra amiga Béa Mandeau convenció a Diny para que la acompañase allá y la ayudara en su tarea de intérprete, entre otras razones porque como parte del programa cultural en torno a la feria del libro iba a actuar el conjunto de Wolfgang Niedecken, de Colonia, que hace música rock en el dialecto de la ciudad. ¡Por Dios, como diría el maestro Mutis, cantarles en kölsch a los nicas!  Pero es que, kölsch o no kölsch, hacen muy buena música (Niedecken ha traducido al alemán el repertorio de Bob Dylan, dicho sea de paso). Y durante los días del festival Diny encontró el hueco para ir a visitar a Claribel en su casa del limes entre Altamira y Pancasán. Y treinta años ya de entonces acá, pero la amistad y el cariño mutuos no han sufrido merma, antes al contrario.

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¡Le debemos tanto, tantísimo, a ClariBud! Desde el sobre manuscrito de una carta de nada menos que todo un Juan Ramón Jiménez, pasando por milyuna anécdotas compartidas que llegan al nivel de las carambolas cronológicas (nuestro primer nieto, Paul Louis, nació como Claribel un 12 de mayo), ¡¡¡hasta el arte de comer alcachofas!!!

Cómo no quererlos, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. ENTER.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.