La inminente inauguración del nuevo Louvre en Abu Dabi impone varias preguntas sobre nuestra relación con el arte y los museos espectaculares. ¿Nos interesan menos las obras y más la imponente arquitectura? ¿La moda y el turismo de las selfies están creando un nuevo mecenazgo, una nueva mercadotecnia del arte? De Catalina de Médici hasta Guggenheim y los millonarios emires árabes, los museos parecen convertirse cada vez más en marcas exportables, franquicias multiplicables que proliferan sin control.

La Revolución francesa hizo posible uno de los sueños de Catalina de Médici. Si bien a la reina florentina la separaban varios siglos de tal evento, lo cierto es que la esposa de Enrique II de Francia imaginó la creación de un palacio donde pudiera alojar la colección de arte que le llevó más de tres décadas juntar. Ese palacio es el Louvre, un antiguo castillo medieval cuyas labores originales fueron de defensa y que, más tarde, durante el reinado de Luis XIV, se convertiría en la sala de exhibición anual de la Real Academia de Pintura y Escultura. El 8 de noviembre de 1793, cuatro años después de la toma de la Bastilla, se inaugura el Museo del Louvre; abriría entonces sus puertas al corazón de París, es decir al mundo, como el gran museo que hoy conocemos. Su colección es tan famosa como el museo mismo, destacando la que tal vez sea su joya más preciada, la pintura de otro hijo de Florencia emigrado a Francia: la famosísima Gioconda de Leonardo Da Vinci.


Imagen de Gabriel Jorby, bajo licencia de Creative Commons

Más allá de hablar de pinturas famosas, hay que considerar los espacios que las alojan. Con el pasó del tiempo la popularidad de los museos ha crecido. Casi cualquier conocedor de arte sabe que, además de la Gioconda, en el Louvre se encuentran también la Victoria alada de Samotracia, la Venus de Milo o La balsa de la Medusa de Théodore Géricault, por solo mencionar alguna obras maestras. Así como la colección que ostenta el Louvre, también otros museos muestran sus tesoros como cartas de presentación: la galería Uffizi en Florencia tiene El nacimiento de Venus, de Sandro Boticelli; el Museo del Prado en Madrid aloja en su interior varios cuadros de Francisco de Goya y de Diego Velázquez, entre muchos otros. Así los viajeros aficionados a las artes tienen su propia wish list de edificios y obras por conocer. Pero, ¿qué pasa cuando el viajero, o mejor dicho el turista, va en busca de este safari artístico y museístico con el único fin de obtener la selfie del momento? Una suerte de “miren, yo también estuve aquí”.

Además del conocimiento del arte o la experiencia de ver un cuadro, la cacería de museos famosos en el mundo ha dejado a las obras en segundo plano y ha puesto a las galerías en la misma casilla que un parque, un estadio de fútbol o un mall, es decir, un espacio por visitar. Lo anterior ha hecho que los museos se conviertan en un espectáculo más por explotar y, por ende, ha generado una saturación de galerías en el mundo. Gilles Lipovetsky afirma que antes de 1920 en Estados Unidos había apenas mil 200 museos. Para inicios de los años 1980 la cifra superaba los ocho mil. Asimismo en la Unión Europea están registrados más de treinta mil pinacotecas en la actualidad. Pero, ¿qué exhiben estos museos? Según el pensador francés, “con el capitalismo artístico el pequeño mundo del arte a la antigua ha sido desplazado por el hiperarte, sobreabundante, proliferante y globalizado, y donde se borran las distinciones entre arte, negocio y lujo”.1


Imagen de Gabriel Jorby, bajo licencia de Creative Commons

Uno de los primeros en entender esta suerte de protagonismo arquitectónico fue Solomon R. Guggenheim y su serie de sucursales museísticas repartidas por todo el mundo, creadas por la Fundación del mismo nombre, algunos con gran éxito y otros que han tenido que ser clausurados, como el Guggenheim Hermitage Museum de Las Vegas, Nevada. El primero de ellos fue el de Nueva York, más tarde le seguiría el Peggy Guggenheim de Venecia y por último el Museo Guggenheim Bilbao, tal vez el más famoso de todos por su particular arquitectura, creación de Frank Gehry. Si bien el museo tiene en su colección obras de varios artistas contemporáneos muy destacados, como Jean-Michel Basquiat, Louise Bourgeois o Yoko Ono, además de los españoles Antoni Tàpies y Miquel Barceló, lo que resulta más relevante del Guggenheim de Bilbao es su llamativa arquitectura. ¿Será acaso que estamos en un tiempo donde los museos son más importantes que las obras? Al parecer así es; según Lipovetsky, “estamos en una época en la que se confunde, se entrecruzan diversos universos antes separados, como la moda y el deporte. Armani se exhibe en los museos de Nueva York y Gautier está en una sala al lado de Rembrandt”, lo que nos llevaría a pensar que las fronteras entre arte y moda se han difuminado gracias a la inmediatez del consumo y la importancia del “yo aquí” como centro de todas las cosas.

Pero hablábamos del Louvre y su fama. A inicios de 2007 se comenzó a construir una nueva sede del museo parisino en la ciudad de Abu Dabi, ese paraíso del dinero en los Emiratos Árabes Unidos, particularmente en la isla artificial de Saadiyat (“felicidad”, en español). El nuevo museo se inaugurará por este 11 de noviembre. Tendrá casi la misma superficie que su hermano mayor francés, cerca de 24,000 metros cuadrados, y su costo será mayor a los 100 millones de euros. Además, el gobierno árabe pagó 525 millones de dólares por usar el nombre “Louvre” y una suma adicional que asciende a 747 millones de dólares por concepto de préstamos de obras de arte y gestión de las mismas, aunque aún nadie sabe qué es lo que se va a exhibir en el Louvre del desierto. El diseño del nuevo museo no acepta adjetivos menores a espectacular; destaca en él una impresionante cúpula “flotante” que cubrirá todo el inmueble y dejará filtrar los rayos del sol a manera de palmeras de dátiles, según las palabras de su creador, el arquitecto francés Jean Nouvel. Lo cierto es que el museo parece más un capricho de jeques árabes que un intento genuino por exhibir obras de arte. Entre los acuerdos financieros para la construcción del museo está el que una de las salas del Pavillon de Flore en el Louvre llevará el nombre de una personalidad eminente de los Emiratos Árabes Unidos a manera de mecenazgo.


Imagen de Gabriel Jorby, bajo licencia de Creative Commons

Entre Catalina de Médici, Solomon R. Guggenheim y los emires de Abu Dabi hay dos ingredientes comunes: su amor por las artes y su inmensa capacidad para adquirir obras. Habría tal vez un tercer elemento: su interés por crear lugares para que estas obras tuvieran exhibición pública. Tal vez lo que había que replantear entonces es el concepto de lo que es público y lo que no, el acceso de estos espacios para que los museos recobren su función de galería donde se muestren las obras artísticas más trascendentales de la humanidad, en lugar de que los edificios sean los protagonistas y el arte no tenga que volver a su función decorativa primigenia. Volviendo a Lipovetsky, hay cinco aspectos que distinguen al capitalismo artístico en el mundo actual: el triunfo del diseño, la diversificación de estilos, la escalada de lo efímero y lo espectacular, la lógica de la hibridación y las actitudes y los gustos de las sociedades actuales. Al parecer, en la nube de la posmodernidad la batalla del arte la gana la inmediatez del “yo aquí” que vuelve efímero todo lo que lo rodea, incluyendo el arte mismo.

Por cierto, la Fundación Guggenheim proyecta también otro museo para 2017. ¿En dónde? En la mismísima isla de la felicidad artificial, la isla de Saadiyat en Abu Dabi. El proyecto de nuevo corre a cargo del canadiense Frank Gehry. Al parecer el nuevo Louvre tendrá competencia en las selfies.

Alfredo Peñuelas Rivas
Escritor. Autor de La orfandad de la muerte (Jus/Conaculta, 2014). Es investigador y profesor en la UAM-Cuajimalpa.


1 Lipovetsky, Gilles y Jean Serroy, La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico, Barcelona, Anagrama, 2015, p. 47.