Recién aterrizada en México, la editorial Caballo de Troya apuesta por los nuevos narradores mexicanos con cuatro novelas de altos vuelos. Las siguientes líneas revisan una de las más prometedoras: Mi abuelo y el dictador, de César Tejeda.

César Tejeda
Mi abuelo y el dictador
Caballo de Troya
México, 2017
408 páginas.


Caballo de Troya nació en España como una suerte de editorial independiente bajo el paraguas del gigante Penguin Random House. Desde 2004, el sello ha tenido como principal objetivo servir de plataforma a nuevas voces literarias, mismas que, sin su apoyo, difícilmente hubiesen encontrado espacio en el catálogo de un conglomerado internacional. Desde entonces, la editorial conjuga virtuosamente la intrepidez literaria de un sello independiente con la capacidad de distribución, difusión y promoción de un gran grupo.

Este 2017, Caballo de Troya hace su presentación en México con cuatro potentes y originales novelas: El emisario o la lección de los animales, de Alejandro Vázquez Ortiz; Matagatos, de Raúl Aníbal Sánchez; Mi abuelo y el dictador, de César Tejeda; y Algunas margaritas y sus fantasmas, de Paulette Jonguitud. En esta dirección, bajo la curaduría de un editor invitado cada año, el sello publicará las obras de noveles escritores convocados a renovar el panorama de las letras mexicanas. La selección de este año corrió a cargo de Rodrigo Castillo, quien otrora encabezara el Fondo Editorial de Tierra Adentro. Para 2018, el editor responsable será el escritor Emiliano Monge.

Caballo de Troya es ya un sello de referencia entre los autores más jóvenes y literariamente ambiciosos. Una editorial para nuevas voces, nuevas narrativas, nuevas literaturas. Desde su creación y difusión en Latinoamérica, ha impulsado las carreras de escritores como Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Fernando San Basilio, Lolita Bosch y Iosi Havilio.

La llegada a México de Caballo de Troya es una buena noticia. Es además doblemente celebrable cuando debuta con la publicación de un libro como Mi abuelo y el dictador. No es frecuente que un escritor tan joven (Tejeda nació en 1984) acuñe una voz distintiva desde su primera novela, Épica de bolsillo para un joven de clase media, y que esta ya esté plenamente consolidada en su segunda empresa literaria.

En Mi abuelo y el dictador, esta voz nos traslada de México a Guatemala en búsqueda de una verdad atávica. Por los caminos de Antigua, Tejeda persigue un mito familiar: ansía recuperar el rastro perdido de su abuelo, acusado de supuesta complicidad en el intento de asesinato del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, pero se topa con los desatinos de la memoria y los caprichos del recuerdo.

A la famosa sentencia de Tolstoi “cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, Tejeda agrega: cada familia, sea feliz o infeliz, es profundamente injusta con sus antepasados. Sea de manera propositiva o inconsciente, toda familia edita su historia y asigna arbitrariamente roles de héroes y villanos mediante de la construcción de leyendas y medias mentiras. En su ruta hacia “la verdad”, Tejeda se topa una y otra vez con anécdotas exageradas, eventos oscurecidos y acontecimientos inventados.

La alquimia fabricada a través de múltiples generaciones le impide desentrañar el misterioso suceso que lo perturba. Nos advierte: conforme más acudimos a un recuerdo más lo alteramos. Las trampas de la memoria agregan y omiten detalles a discreción. Aquello que nos relatan los abuelos, ¿verdaderamente sucedió? No hay forma de saberlo. ¿Por qué hay personajes idealizados en las familias? ¿Por qué otros son relegados a un segundo plano? ¿De qué depende ser promovido —o exiliado— del árbol genealógico?

Los testimonios y pistas que reúne terminan siendo insuficientes para recrear el episodio. En consecuencia, Tejeda es forzado a escapar de la “tiranía de la verosimilitud” y apuesta por la especulación para completar el rompecabezas. La imposibilidad de sostener cierto rigor histórico, empero, no hace menos valiosa su versión. La imaginación nutre armoniosamente esa voz que nos lleva de paseo por las vidas de bisabuelos y primos lejanos. Como menciona Javier Cercas en Anatomía de un instante, una novela debe derrotar a la realidad precisamente reinventándola. Tejeda coincide en que, frente a la ausencia de información, las licencias no son solo necesarias sino justas. Confirma Cercas, ahora en El monarca de las sombras, que es válido mezclar la realidad con la ficción para rellenar con esta los huecos dejados por aquella. Con este ejercicio creador, curiosamente, Tejeda incurre en el vicio que critica en sus ancestros: la invención, con la que nutre una inagotable y maleable epopeya familiar.

Poseedor de un ingenio perspicaz, Tejeda nos recuerda que en toda familia hay anécdotas prohibidas, personajes de los que es mejor no hablar, preguntas incómodas —incomodísimas—, tabúes. Sobre ellos se agrega, además, la adulteración que provoca la inviabilidad de atenerse a una realidad estricta al momento de transmitir historias de generación en generación. Mi abuelo y el dictador es, ante todo, una reflexión sobre la fragilidad de los sucesos a través del tiempo.

La novela resalta, además, por la relectura de una obra y un autor fundamental de las letras hispanoamericanas, que hoy día están más bien olvidados: El Señor presidente, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Mientras que la mayoría de novelistas jóvenes suelen aplicarse en otros ámbitos, Tejeda no solo relee su pasado familiar, sino que al hacerlo revisita la historia de nuestra literatura.

Recibimos con agrado la novela de Tejeda; no es fácil brindar luz y frescura a dos temas que algunos creían agotados en la literatura latinoamericana: las genealogías y la dictadura.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

 

 

Un comentario en “Renovar la historia genealógica

  1. Querido César, es muy estimulante, para mí, leer y sentir el orgullo que, seguramente comparte mi mejor amigo -tu Padre- desde donde se encuentre. Recibe mi testimonio de admiración por abordar este tema. Abrazos.