Desde la noche de los tiempos, el crimen ha sido parte fundamental de la sociedad. Tal y como lo vislumbró Émile Durkheim, es imposible que no exista en cualquier tiempo y civilización. El arte, en todas sus manifestaciones, da testimonio de ello. La siguiente es una pesquisa, no libre de anacronismos, de asesinatos célebres ocurridos en distintas épocas cuyo testimonio ha sido conservado, recelosamente, en el museo más famoso del mundo. Las siguientes estampas demuestran lo que atrevió De Quincey, que el asesinato puede ser considerado una de las bellas artes.

Estigma y complicidad femenina

El cuerpo habría sido el de un hombre joven, bien parecido, de estatura mediana. La herida mortal en su abdomen hubiera delatado un arma blanca. Su túnica seguramente habría quedado bañada en sangre, ahogando la pureza nívea de su alma. Es posible que también hubiéramos hallado, en el lugar del crimen, su lira, tirada a su lado, desafinada y con alguna cuerda rota tras el impacto. Ahí tendríamos la evidencia de no ser porque su asesina, también joven, lo decapitó después del estoque definitivo. Sin deshacerse aún de su cuerpo mutilado, decidió, con la anuencia de muchas testigos, arrojar su cabeza y su lira río abajo. El curso de esas aguas es ahora el cauce de una atrocidad colectiva. Aquel río olería por siempre a venganza, a celos, a crimen pasional.

Se trataba de un poeta y un músico, aunque en esos tiempos la música era esencialmente canto y poesía, y la poesía era esencialmente el fruto de la lira. Dicen que el muchacho llevaba días errando por las tierras boscosas de Tracia, cantando su tristeza a los cuatro vientos. Tras haber sufrido una pérdida amorosa, solo supo rodearse de versos melancólicos. Se alejó de cualquier mujer. Su simple presencia le devolvía el recuerdo desolador de lo irrecuperable como una punzada en el centro del corazón. Si se extraviaba en las fugas de su lira no era para evocar dulzura ni belleza femenina alguna. Jamás volvió a contemplarlas ni a trastocarlas con su arte. El paisaje del deseo parecía extinto para él. Así anduvo, encantando a los hombres y acercándolos, hipnotizados con sus notas, unos a otros, apartados de sus mujeres, lejos de sus cuidados. Devoradas por el fuego de los celos, aquellas decidieron perseguirlo, apedrearlo y finalmente asesinarlo. Esa fue la suerte de él y ellas lo lograron, no sin penitencia. Los maridos de Tracia tomaron una decisión: hacer justicia, pero duradera, mediante un signo que revelara la ignominia. Marcaron como al ganado a cada mujer con un hierro al rojo vivo. Los brazos de todas lucieron esa vistosa cicatriz, una V oscura y grotesca. Fue aquel el primer tatuaje (“stigma” en griego) para consignar la infamia y la desgracia ante los ojos de todos los mortales. La víctima se llamaba Orfeo y su lira ascendió a los cielos por obra de las musas. 

Pintor de la fiala. Muerte de Orfeo, Atenas, hacia el 445-440 A.C.

El ánfora representa el instante anterior al crimen. Las figuras, de sorprendente dinamismo, marcan la posición de ventaja y desventaja que resultará de la relación verdugo-víctima.


Infanticidio masivo

Pocos habían imaginado algo semejante. Si arrebatarle la vida a un hombre ya es un espanto, qué puede ser darle muerte a un niño. Ahora digamos una cantidad indecible de niños. El mismísimo infierno. El reinado de las tinieblas que devoran la luz; su gesto sagaz para mover los hilos de los hombres, orillarlos a la más ominosa locura. Los que han bebido el cáliz del poder lo intuyen. Algunos lo saben. Aquel rey lo supo, y su desconfianza se convertía en vigor para no titubear. La sospecha del engaño y el aviso de la posible amenaza habían sacudido el báculo de su sed sanguinaria. Dio la orden y sus verdugos obedecieron como cualquier súbdito que salva su vida. Salieron de madrugada en busca de todos los niños del reino.

En todo el territorio de Belén, los niños menores de dos años debían desaparecer. Con esa limpia masiva que iba a repercutir por los siglos de los siglos, el rey buscaba asegurarse de no dejar vivo al elegido. Al masacrar inocentes, se sometía, sin saberlo, al augurio de un futuro de guerras y éxodos. Exponía su flaqueza al vislumbrar el peligro de una semilla cuya germinación podía destronarlo. No estuvo ese día en Belén, pero con la mano alzada autorizó desde su fuerte en las alturas la matanza.

Lo sucedido no consta en actas, sino en relatos vertidos en ecos una y otra vez, de Siria a Bizancio. Fueron acaso tres mil, catorce mil o sesenta y cuatro mil recién nacidos los que perecieron. El silencio de los historiadores es confuso. También manifiesta el carácter inenarrable del crimen, un crimen sin pausas, un ejercicio de tabula rasa del que solo creíamos que era capaz la naturaleza o la ira de los dioses. Así lo reporta el evangelio según San Mateo; también el testimonio de Flavio Josefo, anonadado ante la furia de Herodes.

Anónimo. La masacre de los Inocentes, Limoges, último cuarto del siglo XII.

En la parte frontal del relicario en forma de cofre, a la izquierda, el trono, el báculo y la corona identifican a un Herodes que ordena la masacre levantando el índice. A su lado, tres verdugos ejecutan a los niños.


Asesinato político

Solía sumirse en las aguas de una bañera para calmar el ardor en la piel. Como remedio le habían aconsejado llenarla de hojas de menta. Solo eso lograba apaciguar los abscesos que le ocasionaba esa maldición cutánea que luego conocimos como eccema. Aunque interrumpía sus discursos en la Convención, no dejaba de trabajar. Mientras el agua tibia perdía sus facultades curativas, pensaba en la siguiente purga, en la inestabilidad del gobierno revolucionario, en la bravura de los nobles que no querían sucumbir a la voluntad del pueblo. Al pie de la bañera, un alto cofre de madera le servía de escritorio improvisado. El siguiente artículo de su periódico, El amigo del pueblo, renovaría el encono necesario para amedrentar a sus adversarios políticos. 

En esa misma bañera lo halló la muerte. Su escritorio era la premonición de una lápida, colocada en el espacio más íntimo y resguardado de la casa. Con medio cuerpo inclinado hacia afuera, la llaga apenas sangrante a unos centímetros de la clavícula, su rostro lívido muestra reposo, una paz que contradice sus actos en vida. La mano derecha pende y sostiene aún una pluma. El tintero también revela que posiblemente estaba escribiendo cuando le llegó el instante aciago. La mano izquierda sostiene la carta de un remitente imposible, la muerte: “A 13 de julio de 1793, Marianne Charlotte Corday al ciudadano Marat. Basta con que yo sea infeliz para merecer su indulgencia”.

Días después las autoridades todavía no daban crédito de que hubiera actuado como un lobo solitario. No era instrumento de ninguna maniobra política. Nadie la había usado. La conspiración no había obrado en la voluntad general, sino en el espíritu de una sola joven fatal. Luego vinieron los rumores, las conjeturas, las comprobaciones científicas: no podía ser una mujer; ellas solían asesinar con veneno, nunca acuchillando a la víctima. La sangre fría no podía correr por sus arterias. Otros la hicieron mártir, símbolo de una nueva revolución triunfante contra la Convención.  El ángel de la muerte tenía 25 años. Había sellado el último baño con la sangre del predicador de la guillotina. Parece ser que consiguió entrar a su casa con una oferta irresistible: una lista de los girondinos de Caen, esos mustios enemigos que caprichosamente hacen peligrar las trabes de la revolución. Esa misma mañana, en un mercado de París, había comprado el puñal. Su juicio expedito la condujo al cadalso a los cuatro días de haber cometido el crimen. Ahí proclamó: “He matado a un hombre para salvar a cien mil”. 

Jacques-Louis David (taller del pintor). Marat asesinado, 1794.

El cuadro original, pintado por David, no se encuentra en el Louvre sino en el Museo Real de Bellas Artes de Bruselas. Fue directamente encargado por la Convención para representar al mártir. El cofre de madera en el cuadro original reza: “Para Marat, David”. La versión del taller dice: “Sin haber logrado corromperme, me asesinaron”. David, que fue amigo de Marat, decidió darle un aura mística al momento de su agonía. Bañado en una dulce luz, el cuerpo del político se asemeja a una Pietà. Decidió dejar fuera a la asesina, que se encontraba en la escena del crimen esperando ser aprehendida. La pintura posterior la representa como a una mujer liberadora. El cuadro de David es una de las imágenes más conocidas del arte pictórico francés.

 

Fuente: Christos Markogiannakis, Scènes de crime au Louvre, Paris-Nueva York, Le Passage editions, 2017.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.