Al menos en México, la obra de Miguel Ángel Asturias parece relegada al ámbito académico o al polvo de las bibliotecas. Sin embargo, también forma parte de una herencia que puebla la historia de la literatura en español, como lo demuestran estas dos breves evocaciones de escritores de generaciones alejadas.


Una mina difícil

Alberto Ruy Sánchez

Sus Leyendas de Guatemala me encantaron en la escuela secundaria. Toda la poesía inesperada que lo habita me hizo ver distinta a la lluvia, los olores del bosque, las mutaciones de la luz. Los brotes mitológicos mayas y la complejidad del mundo indígena me enseñaron por primera vez cómo un texto puede ser un textil tradicional. El léxico final de palabras y símbolos era una invitación perfecta para seguir pistas de lecturas interesantes. Pero mi profesor era muy crítico de los lugares comunes que habitan al fundamentalismo latinoamericanista del libro. Asturias fue entonces una iniciación a discernir la literatura de la demagogia.

Tanto Hombres de maíz como El señor Presidente me interesaron como imanes y me desilusionaron en la misma proporción que otros las idolatraron. De nuevo, una especie de fundamentalismo lationamericanista ahogaba cada posible encanto. Me resultaron, en mi postadolescencia, insoportables ejemplos del peor realismo, incluso cuando es mágico por decreto del lugar común. Me parecieron coherentes después con su fascinación por el estalinismo y hasta con su elogio al dictador Ceausescu. Murió veinte años después de Stalin, como encarnación de las ilusiones del siglo.

Me siguen interesando muchas de sus experimentaciones y sus léxicos, sus hallazgos de imágenes, sus estructuras complejas. Sus escenas realistas son más débiles pero pueden siempre volverse de moda.

Su vigencia radica en la que le demos cada uno a fragmentos elegidos. Su obra es una mina difícil, sumergida en el lodo de las ideologías y las facilidades realistas de todo tipo.

Alberto Ruy Sánchez (Ciudad de México, 1951).
Ensayista y narrador. Su más reciente novela, Los sueños de la serpiente, acaba de ser publicada por Alfaguara.


Herencia obligada

César Tejeda

Mi familia solía viajar a Guatemala cada tres o cuatro años durante las fiestas decembrinas, y en uno de aquellos viajes, cuando yo tenía quince años, una tía me regaló El señor Presidente. Me dijo que debía leer aquella novela con atención porque en sus páginas se retrataba la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, el tirano que había perjudicado a mis abuelos muchas décadas atrás. Me parece que el difícil —por enigmático— umbral de la novela, impidió que continuara con su lectura entonces. Debieron pasar unos cinco años hasta que, como estudiante universitario de ciencias políticas, traté de leerla otra vez. Fue un parteaguas, sin duda. Aunque un parteaguas difícil de asimilar. Por un lado, allí estaba la comprobación de que las novelas cuentan con mejores herramientas que las ciencias sociales para hablar del fenómeno del poder —por lo menos del poder autocrático, por lo menos en Latinoamérica—. Por el otro, yo había decidido estudiar ciencias sociales en vez de literatura, y tenía en las manos un libro que cimbraba aquella decisión. Desde entonces es la novela que más veces he leído.

Cuando decidí escribir una novela sobre la dictadura de Estrada Cabrera, comencé a leer a Asturias intimidado por su manera de trabajar con el lenguaje. Creo que su mayor virtud (o una de sus mayores virtudes) reposa en ese aspecto. Es un artista plástico del lenguaje, y sus estructuras narrativas constituyen en realidad formas —como figuras— narrativas. En la Avenida Reforma de Ciudad de Guatemala hay una escultura de Asturias que evoca, creo, lo que digo. El escritor camina con los brazos extendidos hacia atrás, y los libros que lleva en las manos comienzan a deshojarse, como una manifestación de lo táctil que resulta su obra.

A Asturias, me parece, le debemos el asombro con el que vio las cosas que lo rodeaban, un asombro que heredó y seguirá heredando a los escritores que lo frecuentan y también a quienes frecuentan a quienes lo frecuentaron. Es una de esas influencias inevitables, en el sentido de que ya forma parte de nuestro bagaje y lo hace más allá de nuestra voluntad. Afortunadamente.

César Tejeda (Ciudad de México, 1984).
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.