La semana pasada tuvo lugar en México el II Encuentro Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola, que agrupó durante tres días a los exponentes más significativos de este género en ambos lados del Atlántico. Ofrecemos una selección hecha por Armando Alanís de estos fósforos que condensan ingenio, sabiduría y literatura.


Las minificciones o micorrrelatos (comprimidos narrativos que se resuelven en una página, en unos cuantos párrafos o, en ocasiones, en una sola línea) han tenido en el siglo XX, y en lo que va del XXI, un auge cada vez más notable en el ámbito de la literatura escrita en español, de este y del otro lado del Atlántico. Autores de la talla de Borges, Cortázar, Gómez de la Serna, Monterroso, Arreola o Torri la han abordado, y hoy son muchos los autores, lectores, estudiosos y académicos interesados en este género novísimo —y a la vez tan antiguo como los cuentos chinos de las tradiciones budista y taoísta— que se roza y con frecuencia se mimetiza con otras modalidades de la brevedad extrema como el aforismo, el epigrama, la greguería y el poema en prosa. De ahí la relevancia del II Encuentro Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola, organizado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y el Seminario de Cultura Mexicana, que tuvo lugar en la Ciudad de México del 7 al 9 de octubre de este año, en el Centro Cultural El Rule. La organización y realización del mismo deben mucho a los escritores Marco Antonio Campos y Javier Perucho.

En el marco del encuentro —en el que participaron autores de España, Perú, Argentina, Colombia, Venezuela, Uruguay, Ecuador, Chile, Puerto Rico y México— se entregó el Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola al argentino Raúl Brasca. El jurado, integrado por Violeta Rojo, Caroline Lepage y Ana María Shua (ganadora de este reconocimiento el año anterior), subrayó que “sus minificciones no solo han logrado renovar el género en su búsqueda temática, sino que interrogan sobre las formas, estructuras-arquitecturas y técnicas de la literatura breve”. Brasca realiza desde hace años una incansable actividad como impulsor y difusor del microrrelato. Por su parte, Marco Antonio Campos apuntó que el tema por excelencia del argentino es el tiempo: “El tiempo lineal, el paralelo, el eterno retorno y la reencarnación. Continuamente en sus minificciones Brasca juega con el tiempo y, a veces, con los tiempos. En varias de ellas no se excluyen visiones apocalípticas. Él sabe que si el mundo, en el pasado o en el presente, tuvo o tuviera un vacío de segundos, la historia cambiaría del todo.” En México, la editorial Ficticia publicó su libro Minificciones. Antología personal (México, 2017).

Es natural que se piense que la actual popularidad de la minificción tiene que ver con las redes sociales, en particular Facebook y Twitter. Antes, un autor escribía brevedades narrativas entre un libro y otro, mientras que ahora hay autores que consideran la escritura de minificciones como parte fundamental, si no exclusiva, de su trabajo literario.

Pero mucho antes del advenimiento de internet y de las redes sociales, Julio Torri dio a conocer Ensayos y poemas (1917), el primer libro publicado en México de minificciones, que entonces no se llamaban así. En su conferencia magistral, los españoles Ana Calvo Revilla y Ángel Arias Urriata recordaron que este año se celebra el centenario de la aparición de ese primer libro del saltillense: “Con la perspectiva que da el paso del tiempo, hoy puede apreciarse plenamente el valor inaugural del volumen, en varios sentidos: la deliberada adscripción a una estética de lo mínimo, el otorgar un papel activo y dinámico al proceso de recepción de los textos, las continuas referencias —veladas o explícitas— a la tradición artística y literaria (con el consecuente juego intertextual que las acompaña), y el cuestionamiento de los límites genéricos por medio de diversos fenómenos de hibridación.” Arreola y Monterroso son también pioneros de la minificción en nuestro idioma. Baste recordar el Bestiario, de Arreola, textos híbridos tan sabios como hilarantes, que lo mismo han sido incluidos en antologías de microrrelatos que de poesía; y las fábulas pletóricas de ingenio y un fino sentido del humor del guatemalteco.

Ofrecemos al lector algunos de los textos que forman parte de la antología, próxima a publicarse, de este II Encuentro Iberoamericano de minificcionistas.


Delirium nominans

Davida Baizabal (México, 1989)

Siento tu nombre deslizarse por mi lengua, resbalarse por mis labios; deja un rastro de astringente tristeza, un amargor avinagrado. Beso tu nombre cuando está a punto de desprenderse de mi boca, pero su lánguida dulzura, por tu recuerdo, se fermenta. Constante alcohol es tu nombre en mi boca, bebo de él porque tu imagen ya no basta, a nada sabe; me sirvo las letras precisas que te llaman, tus exactos mililitros, para despertar siempre al día siguiente con la convicción de que habré de encontrar, por fin, algún vestigio tuyo por la casa, el mínimo indicio de que no eres solo parte de una eterna resaca.


Los rinocerontes y el amor

Alberto Barrera Tyska (Venezuela, 1960)

Un rinoceronte enamorado es casi una tragedia. Nunca sabe qué hacer.

Raspa, durante años, su lomo contra los árboles más viejos. Con frecuencia se equivoca. Suspira demasiado, gruñe, espera a que salga la luna y se empeña en demostrar que puede mojar con su lengua la punta de su cuerno.

Un rinoceronte enamorado es siempre un homenaje a la estupidez. Olvida su tamaño, su furia, su fuerza.

Y es capaz de repetir el tonto gesto de las serenatas, el suicidio de las simples margaritas. Pasa meses sentado frente a Hiroshima (mon amour, por supuesto).

Un rinoceronte enamorado no asusta a nadie. Tal vez por eso, siempre fracasa.


Felinos

Raúl Brasca (Argentina, 1948)

a mi hija, María Paula

Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca llena de plumas.


Un hombre de costumbres

Héctor Carreto (México, 1953)

La esposa de Neptuno confiesa que todas las noches el dios, antes de meterse a la cama, se da una ducha para quitarse la sal del mar.


Esta noche quiero recordarla

Emilio del Corral (Puerto Rico, 1959)

…repetía Lot mientras le indicaba a su hija que le echara otro dedo de la estatua de sal, al potaje de lentejas.


Historia vera

Alberto Chimal (México, 1970)

Los cramre (“Los Que Sabemos”) fueron el primer pueblo en adoptar la religión del Profeta de Gogonoso, aquel que orinaba y cagaba en sus propios altares y predicaba algo un día y su opuesto al siguiente, “con lo que los fieles se reían y ultrajaban a partes iguales, pero no dejaban de venerarlo”, como escribió la historiadora Russcht de Morrst. Cada adepto tomaba lo que le convenía de los sermones cambiantes, y además el de Gogonoso mudaba en todo salvo en el odio de los extranjeros y de toda autoridad que no fuera la suya. Fue él quien puso su nombre a los cramre, supliendo otro ya olvidado.

Tampoco se recuerda si los cramre habían sido simples, o pobres y sufrientes, o llenos de odio o aun las tres cosas a una. Sus reyes, viles y corruptos según muchos testimonios, fueron sobrepujados por la secta del Profeta, que entonces gobernó desde el templo con tino tan destructor que perdió cada guerra a la que lanzó a los suyos, alentó la quema de cosechas enteras y, al sobrevenir hambres y pestes, acusó primero a enfermos y emaciados de ser traidores a sueldo de una fe enemiga, y luego a los sanos, si no colaboraban deprisa en expulsión o exterminio.

El Profeta de Gogonoso huyó de entre los cramre al empezar la guerra fratricida que mató a los últimos de ellos. Los fieles actuales de su culto niegan que aquel pueblo desventurado haya existido siquiera y llaman a estos hechos “invento de traidores, que envidian el genio y la potencia viril de nuestro Profeta”.


Espacio disponible para cualquier diosa

Ana Clavel (México, 1961)

En ese entonces me daba por tocarme todo el tiempo. Fluía. Me desbordaba. Jugueteaba con mis aguas. Claro, era una fuente. Pero no se crea que hablo en sentido figurado. Era transparente. Inmediata. Entera. Rotunda. También era una diosa. En plenitud de poderes. Decía “viento” y los céfiros mecían el aire. Decía “belleza” y las aguas me devolvían mi imagen. Por supuesto, tuve que ir entendiendo cada cosa en su momento. Mis hermanas mayores me reñían: “Te miras demasiado, terminarás por descubrir la muerte.” Las desoía y entonces volvía a tocarme. Me envolvía en mis pétalos, me gozaba sintiéndome. Aspiraba mis olores. Respiraba. Latía. Bullía. Y vuelta a fluir. Yo era mi Paraíso.


Serial

Esteban Dublin (Colombia, 1983)

En medio del zumbido de las libélulas y del cargante sopor tropical, una anciana se balancea sobre su mecedora de encina mientras teje a punto de cruz. A tan solo metros de su balcón, unos negros descamisados y azotados por el sol juegan al futbol con una pelota de trapo. El que funge de portero desvía su atención hacia una muchacha de biquini rosa que usa la playa como pasarela y a quien le grita un soez piropo. Indiferente, la mujer va dejando las huellas de sus pies descalzos sobre la arena, arrastradas en segundos por el mismo mar en el que se adentra un chiquillo que acaba de encontrarse una gargantilla de plata enterrada en sus profundidades. En el crucero recién aventurado hacia el Atlántico, una extranjera acusa del hurto de su joya a un grumete que está pasando inadvertido al lado de su habitación. Y en la bodega del navío donde se presenta la discusión, viaja de contrabando un cargamento atiborrado de hilos, uno de los cuales quedó en las manos de una anciana que ahora cose desde su casa litoral y del que penden todos los sucesos.


Ménage à Deux

Marcial Fernández (México, 1965)

Al contratar al doble para que lo supliera en las reuniones multitudinarias o peligrosas, no se supo más cuál era el original y, cuál, la copia. Ambos bebían whisky, fumaban cigarros caros y hacían el amor con la primera dama.


Prisión

Azucena Franco (México, 1961)

Después de viajar años luz, sin encontrar el retorno, la tripulación comprendió que no volvería a la añorada Tierra. Luego de meditarlo Zukkon, la bella capitana, se ofreció a engendrar a la nueva generación que viviría en la nave; como contaban con alimento y combustible suficiente, los pequeños serían adiestrados por todos, entonces en 30 o 40 años cabría la posibilidad de hallar el camino a casa. Los ocho varones trataron de preñar a Zukkon, al principio fueron actos casi asépticos; sin embargo, la capitana era estéril.

Con el paso del tiempo a nadie le importaron ya los nuevos tripulantes, la comunidad vivía en un orgasmo infinito. A final de cuentas, los navegantes sabían que no regresarían, seguirían ahí hasta que cada uno fuera muriendo.


Tejido

Ana García Bergua (México, 1960)

La araña María del Socorro decidió que ya no trabajaría más y puso a tejer su tela a un grupo de arañitas maquiladoras que laboraban día y noche, mientras ella contaba cuántas telas vendería con las hebras que hilaban y tejían sus trabajadoras con sus cuatro pares de patitas hora por hora, día por día, año por año, hasta que en su mente se fue entretejiendo otra tela infinita de cuentas, hilos y patitas, tan apretada y tormentosa que la terminó asfixiando antes de que pudiera estrenar su bolso Louis Vuiton.


El pasatiempo

Martín Gardella (Argentina, 1973)

En la plaza de un pueblo desértico hay un extraño carrusel en el que el tiempo avanza misteriosamente a medida que el círculo se mueve en el sentido de las agujas del reloj. Cada vuelta sobre su eje equivale a un año calendario.

Al principio es divertido ver cómo los niños se transforman en adolescentes. Es incluso emocionante para algunas madres poder ver que sus hijos conservan esas alegres sonrisas juveniles a pesar de las canas. Es aterrador, en cambio, cada vez que aparece algún caballo de madera dando la vuelta, ya sin su jinete.


Incógnita

Enrique Ángel González Cuevas (México, 1986)

¿Qué es el mar para el perro? ¿Y qué es el perro para el mar? Lo preguntamos por la indiferencia con la que el perro caminaba por la playa y la naturalidad con que la marea nos devolvió su cadáver.


Futbolito

Rogelio Guedea (México, 1974)

Cuando mi hijo y yo empezamos a jugar futbolito, me puse como firme propósito dejarlo ganar de vez en cuando. Pensé que dejándolo ganar hoy sí y mañana también se le arreciaría el interés. De manera que empezamos a jugar apenas regresaba de la escuela, un juego o dos, y a veces la revancha. No encuentro la forma de describir la expresión de su rostro cuando ganaba, sabiendo yo que en realidad lo había dejado ganar. Levantaba ambas manos en señal de triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices. Todos los días, regresando de la escuela, nos encerrábamos en su habitación para jugar. Conforme pasó el tiempo, empecé a darme cuenta de que cada vez era más fácil dejarlo ganar y más difícil hacerlo perder, hasta que llegó el momento en que ganarle se me hizo prácticamente imposible. Pasaron semanas o meses para que pudiera realmente adquirir la destreza que me permitiera darle la batalla. Sudaba mares para conseguir meterle un gol, pues sus defensas eran murallas infranqueables y sus medios tenían la habilidad de conectar muy bien con sus delanteros, que no había forma de hacerlos errar. Sin embargo, aproveché una debilidad en su portero para hacerme al triunfo, y fue entonces que las partidas empezaron a emparejarse y pude conseguir ganarle hoy sí y mañana también. No encuentro la forma de describir la expresión de mi hijo cuando yo ganaba: levantaba ambas manos festejando mi triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices, tal como si desde algún remoto día se hubiera puesto justamente como firme propósito dejarme ganar —nunca he sabido si por amor o por piedad— de vez en cuando.


Dos puntos

Mónica Lavín (México, 1955)

Sedúceme con tus comas, con tus caricias espaciadas, tu aliento respirable y tus atrevimientos continuos; colócame el punto y coma para cambiar las caricias por largos besos y frases susurradas boca a boca. Haz un punto y seguido para desatarte de mí y contemplar mi desnudez sobre tu cama, ahora interrumpe con guiones para soltar un halago sobre mi cuerpo y su huella en el tuyo —recorrer con la mirada el talle y el hundimiento en la cintura, el ascenso en la cadera, la larga prolongación de las piernas rematadas por un pie que no resistes besar—. Embísteme sin mi rechazo y tortúrame con la altivez de tu deseo arrastrándome muy lejos (al borde del abismo entre paréntesis y sin comas por favor), ahora desenvaina tus puntos suspensivos… —maldito trío de puntos— ese espacio sin nombre no se alcanza.

Un punto y aparte para calmar el temblor de mi cuerpo y sonreírte al tiempo que me das a beber del vino espumoso en una copa. Borro mis interrogaciones. Toda una antesala para retomar tus comas y regalarme la humedad de tu boca y la suavidad de tu respiración en mis orejas, cuello, nuca, hombros. Atacar con puntos y comas, nuevamente, para buscar con tu dedo un clítoris congestionado. Pasar tu lengua entre esos labios escondidos y saborear mis secreciones —robármelas entre guiones— y atizar de nuevo en mi centro ardiente ocupándolo, sosteniendo el ascenso ¡inminente! con signos de exclamación, la eyaculación inevitable… hasta acabar con los puntos suspensivos y vaciarte todo en mí y desplomarte extenuado, aliviado y amoroso en mi cuerpo complacido.

De nuevo un punto y aparte para dormir sobre mi pecho y poner punto final al entrecomillado “acto” que en este caso es un hecho amoroso sin ningún viso de actuación.

Si estoy equivocada, felicito tu dominio de la puntuación.

Punto final.


Los lobos de mica (II)

Miguel Maldonado (México, 1976)

Los lobos de mica envidian a los lobos de pelo, envidian que estos lanudos puedan saltar, correr delirantes hacia el campo sin sufrir una sola rotura. En cambio, si los lobos de mica se deciden a morder, saben que en ello les iría la vida, siempre se rompen a media furia. ¡Ay! los lobos de mica, qué terrible resquebrajarse al dar el golpe. No poder seguir una huella bajo la lluvia sin que su cuerpo de sal se desvanezca.

Pero los consuela un trágico heroísmo: deben elegir por cuál mordida vale la pena morir, es la dentellada más justa de todas las especies lobinas.


Ildiko y yo

Ildiko Nassr (Argentina, 1976)

A Ildiko es a la que le pasan las cosas. Yo cruzo los puentes de San Salvador de Jujuy distraída en el hilito de agua de uno de los ríos, o en las piedras blancas que los adolescentes utilizan para declarar su amor. De Ildiko tengo noticias por los portales de internet, me llegan noticias de su glamour y encantos. A mí me gusta desayunar sola en un puesto callejero y a las apuradas. Ella, en cambio, goza de los placeres de confiterías y hoteles en las ciudades a las que va como invitada de honor. Me gustan las minucias, acaso, encerrarme en un libro para viajar por otras psicologías. Ella es el centro de su universo y ríe encantando a todos. Ildiko y yo casi nunca nos encontramos. Somos diferentes. Yo soy simple y ella, excéntrica. Odio las cámaras y ella las busca. Yo pierdo todo y ella escribe que todo lo pierde. Ninguna tiene rencores o memoria. Y, como Borges, todos dudamos acerca de quién es el que verdaderamente escribe.


Gente de cine

César Abraham Navarrete Vázquez (México, 1981)

Ante la envidia y la incredulidad de los fatuos estudiantes de cine, el mendigo al que contrataron para caracterizarse a sí mismo en la película, se orinó encima de los cables, ¡creando así su primer “corto”!


Ancla

Luis Bernardo Pérez (México, 1962)

Varios años después del naufragio, la vieja ancla de hierro seguía aferrada con uñas y dientes al fondo marino. Así de ejemplar era su sentido del deber.


Calaveritas

Sofía Rodríguez Pappe (Ecuador, 1976)

Para tener algo de calor, en este agujero olvidado donde estamos, por el que no pasa ni el viento, frotamos las tibias, las falanges y los tarsos. Pegamos las mandíbulas y estrechamos lo que nos queda de los dientes. Ponemos uno contra otra las costillas y un vaivén maravilloso y antiguo de caderas, de nuestros esqueletos apagados se hace la luz y por breves instantes, amado mío, compartimos bajo tierra un día luminoso de verano.


Élant vital

Juan Carlos de Sancho (España, 1956)

Abstraído como un cangrejo me recupero lentamente en el escritorio, escalo la silla de madera, bato mi cabeza, vuelo sobre el ventilador, reboto en el suelo y voy directo a estamparme contra la pared. Antes de volver a caer en picado me cuelgo de la lámpara que balancea como un remo alocado.

Estoy a punto de salir despedido por la ventana pero tomo aire, soplo hasta la exhalación y planeo en círculos concéntricos.

Pierdo el control y me golpeo la espalda contra la librería. Caen muchos libros al suelo pero me quedo empotrado entre La Montaña Mágica de Thomas Mann y Esperando a Godot de Samuel Becket. Aturdido, empujo y desplazo de un lado a otro mi ira.

Caigo de canto y en picado sobre El inconveniente de haber nacido de Cioran y pierdo el último aliento.

Milagrosamente me repongo saltando como un canguro sobre las ruinas de mi desolación. Me levanto magullado y camino con gran dificultad por el pasillo. Me dirijo hacia la cocina. Están todas las luces encendidas. En la mesa, aguardando mi regreso aéreo, me esperan Cioran, Becket y Mano. Godot sigue sin dar señales de vida y probablemente no llegará nunca. Un pollo horneado y un buen cava catalán perfuman el mediodía insular.

“La nada es al menos la mitad de la existencia, así que vamos a estudiarla, tratemos de disfrutarla” —comenta Norman Mailer que aparece disfrazado de polilla y planeando sobre nuestras cabezas desarticuladas. Alguien toca con insistencia el timbre pero a ninguno de los presentes se nos ocurre abrir la puerta.


El recuento de nunca acabar

Óscar Tagle (México, 1964)

De haber sido primero el Bang que el Big, el concepto del tiempo habría sido distinto, le dijo Tac a Tic.


Celoplastía

José Urriola C. (Venezuela, 1971)

Mis amigos, quizá hartos de los lamentos por mi más reciente despecho, me regalan una muñeca inflable. Me la encuentro al regreso del trabajo, desnudísima, acostada sobre mi cama, con una flor plástica en la boca y una nota sobre el pecho: “Me llamo Juliana, de ahora en adelante seré tu nuevo amor.”

Me produce una extraña combinación de risa, ternura y desagrado. Pero la tomo con cariño y la pongo sentadita en una silla del cuarto. Recibo una llamada telefónica. Mi ex, que me quiere ver, tomar algo, charlar un rato. Me visto y salgo, dejando a Juliana con la puerta cerrada bajo llave.

Regreso tarde en la madrugada a casa. Juliana me espera en la sala fumando un cigarrillo, nostálgica, mirando por la ventana.

—¿Estabas con la otra, verdad? —me dice sin dignarse a voltear. Y adivino una lágrima sintética que se le escurre mejilla abajo.

Yo, más que asustado, me quedo francamente preocupado. Porque a esta también, a pesar del plástico, tendré que inventarle buenas excusas.


(Sin título)

José Luis Zárate (México, 1966)

En sueños había creado una Utopía tan perfecta que el despertar tenía el sabor amargo del exilio.

 

Armando Alanís
Académico y escritor. Autor de Las lágrimas del Centauro.