Imaginamos Edimburgo como una apacible ciudad europea. Sin embargo por sus calles transitó la peste y las brujas; en sus edificios se acuñó la Enciclopedia Británica y la saga de Harry Potter. En la siguiente crónica, Iván Ríos Gascón nos conduce por los recovecos de la capital escocesa.

Pocas ciudades como Edimburgo ofrecen una llegada espectacular. Si vienes del aeropuerto, el tranvía con destino a Princes Street te otorga la misma perspectiva que pasma la mirada de Mark Renton (Ewan McGregor) en las primeras escenas de T2 Trainspotting (Danny Boyle, 2017), cuando el mal amigo vuelve a su ciudad natal por la muerte de su madre. Ese tranvía conecta a los suburbios con el New Town de la capital escocesa (erigido en el siglo XVIII), hoy un conjunto de tiendas y restaurantes, comercios para turistas y edificios públicos separado del Old Town por los Jardines de Princes Street y la vía ferroviaria, el otro gran puerto de entrada, porque si sales de la estación de Waverley al atardecer, es imposible no ceder al hipnotismo que provoca el viejo palacio de Castle Rock en la cumbre de esa zona de aliento poético, sombrío, nostálgico, e incluso, siniestro: la historia del Old Town, que es la propia historia de Edimburgo, es inseparable de un amplio anecdotario de lo insalubre, las plagas, las epidemias y la caza de brujas, de la explotación laboral y los asesinatos en serie. En este fuerte creado por los ingleses en la Edad Media y luego recuperado por los escoceses hacia el siglo X, la supervivencia era un serio desafío y no solo por la amenaza constante de las tropas británicas (razón, dicho sea de paso, por la que ese territorio urbano es un laberinto de callejones, traspatios, túneles, desniveles y escalinatas que facilitaban la movilización en tiempos de batalla), sino porque durante años, el hacinamiento creó una extraña forma de vida (Daniel Defoe comentó esa incomodidad en uno de sus textos). “¡Gardy loo!”, por ejemplo, es una exclamación inherente a la aglomeración poblacional y que se grita ahora con cierto regocijo (la oyes principalmente en la Royal Mile y en boca de los guías de tours temáticos que dirigen caminatas a lo largo de esa vieja avenida en la que se apostaron las primeras construcciones de piedra, columna vertebral del Old Town), y que refiere el famoso “agua va”, o sea, la advertencia de que los cubos de meados y excrementos iban camino a la explanada desde lo alto, una deplorable costumbre que durante décadas marcó a Edimburgo como la gran metrópoli de las enfermedades e infecciones aunque, ahora que recuerdo, también solían verter la porquería en las aguas del Lago Norte (un estero artificial creado al pie de la Flodden Wall y que más tarde abriría el camino a los Jardines de Princes Street), al tiempo en que también arrojaban a las brujas para que en la profundidad purgaran su condena.


Castillo de Edinburgo, c. 1581.

Dicen que J. K. Rowling imaginó las aventuras de Harry Potter en una mesa de The Elephant House, un híbrido de café, pub y boutique de té situado en el número 21 de George IV Bridge, y que puso punto final al libro en una habitación del Balmoral Hotel, el imponente edificio que reposa encima de la estación de trenes de Waverley. Dicen que la Rowling escribió a un ritmo frenético, totalmente hechizada por los recovecos del Old Town, pero quizá el encantamiento surgió de la caza de brujas desatada por Jacobo VI en 1590, una época alucinante en la que se sacrificaron a cientos de personas en dos periodos: el referido de 1590–1597 y otro posterior, de 1661–1662. ¿Cómo fueron esos procesos? Tras la denuncia, las víctimas, en su mayoría mujeres, eran sometidas a torturas despiadadas y si la confesión no resultaba satisfactoria, los inquisidores determinaban el último castigo: lanzarlas al Lago Norte. Si se hundían eran inocentes. Si flotaban, era indudable que el demonio las impulsaba a la superficie. Lo demencial de esos juicios y sus aún más demenciales expiaciones, era que si los cuerpos llegaban a flotar, se debía a los faldones o los holanes de las blusas que hacían resistencia con el agua y, por tanto, no solo la bruja sino el resto de su familia, quedaban sujetos a juicio inmediato. Entonces, para evitar más sufrimiento, las mártires hacían un último sacrificio: llevaban peso entre las ropas, piedras u objetos de hierro, para mantenerse en la sima del pestífero estanque.

De cualquier modo, el Old Town es un espacio que no solo evoca la geografía de Hogwarts sino que posee un aliento creativo y bohemio. Al recorrer las callejuelas o matar el tiempo en un pub, es imposible no pensar en Robert Louis Stevenson, en Arthur Conan Doyle y Sherlock y Watson o en ese clon detectivesco que es el inspector John Rebus de las novelas de Ian Rankin, o en seres–mito de la vida real como John Gray (modelo en que se basó el Dorian Gray de Oscar Wilde) o en los bribones como William Brodie, el concejal y cerrajero del siglo XVIII que aprovechaba las dotes de su oficio y se hacía con juegos de llaves de las casas más prósperas para desvalijarlas con tranquilidad, o los tristemente célebres Burke y Hare, un par de irlandeses que en el siglo XIX asesinaron a 16 de sus clientes del hostal que regentaban, para vender los cadáveres al doctor Robert Knox, quien usaba los despojos para impartir sus clases de medicina.

Improbable no reparar en que Edimburgo fue la cuna de la Enciclopedia Británica y que el arrabal de Leith, ese antiguo nido de ratas que Irvine Welsh recrea no solo en Trainspotting sino en Acid House, Las pesadillas del marabú, Cola y Escoria, ahora es un barrio pobre pero tan apacible y pintoresco que hasta parece una postal. Y hablando de Irvine Welsh, se me ocurre que sus personajes se volvieron yonquis de puro aburrimiento porque, a decir verdad, Edimburgo es hoy una ciudad avara, perezosa, una urbe en la que el vértigo es lo más escaso.

 

Iván Ríos Gascón
Escritor. Entre su obra destaca la novela Luz estéril y el libro de relatos Broadway Express.