Mark Zuckerberg dio la nota de la semana al pasearse de manera virtual por un Puerto rico devastado. Las editoriales, siempre tratando de rizar el rizo para hacer caja, hablan de un nuevo subgénero de la ciencia ficción: la climate fiction.


Realidad virtual: el mundo feliz

El afamado Mark Zuckerberg sigue construyendo, desde sus humildes 33 años, su muy feliz mundo feliz. Este año, Huxley y Nostradamus se pitorrean de los de abajo y descorchan costosas champañas celestiales al coro de “se los dije”. Además de entregarnos un millón de amigos en Facebook (bueno, 5000, límite de cada perfil) como en una canción de Roberto Carlos, Mark está ahora asomado a los dulces abismos de la realidad virtual. Sobra decir que es un adulto risueño y entusiasta. El lanzamiento de dos nuevas versiones de los lentes Oculus (hombre que sabe latín) asienta el camino para la startup del mismo nombre, cuyo propósito es democratizar (sin comillas) este tipo de tecnologías. “Democratizar”, en la lengua vernácula de Silicon Valley, significa alcanzar los mil millones de usuarios.

Uno se pone los lentes, ahora ligeros como un celular, y en ellos podrá conducir su próximo Audi, o bien tener videoconferencias íntimas con sus colegas. Ante todo, el feliz Zuckerberg constata que “la realidad virtual pone al ser humano en el centro de todo” (gracias Mark, esto del heliocentrismo ya se estaba volviendo soporífero), y se defiende contra los estudios de sociólogos, psicólogos y neurólogos,1 no tan felices como él, que han señalado los comportamientos adictivos, el aislamiento y la depresión de los adolescentes que viven pegados a su smartphone: “Pensamos que el mundo puede ser mejor. Esto no reemplaza estar juntos pero podemos paliar algunas carencias” (ay, mis hijos, esas carencias como tener que soportarnos, mirarnos a los ojos, jugar canicas o hacer el esfuerzo de levantarnos del sillón).

El miércoles supimos que Mark, luciendo larga sonrisa, dio un tour muy atinado por las zonas devastadas de Puerto Rico. Bueno, no fue él, sino su avatar, su otro él, pero eso es lo de menos. El objetivo era mostrar que todo es casi tan real como la realidad misma. De paso, el avatar de Mark aprovechó para promover su plataforma de realidad virtual, Facebook Spaces, mientras su él-él, de carne y hueso, usaba unas Oculus VR desde el sillón de casa (por cierto, de una piel curtida muy esponjosa, según fuentes fidedignas consultadas por todos los redactores de esta columna).

 


Ciencia-ficción climática

A finales de septiembre, el New York Times publicó una lista de novelas en las que las catástrofes climáticas son el corazón de la trama. La lista empata con el título de una antología de cuentos que se publicó en mayo: Cli-Fi. Canadian Tales of Climate Change (ed. Bruce Meyer, Exile, 2017). Acorde a los tiempos que vivimos y las distopías que acechan, parece que la cli-fi (climate fiction en la lengua de los vecinos) será un nuevo género vendedor: una literatura de jeremiadas que incluyen huracanes categoría 6, sequías, desertificación, extinciones masivas, inundaciones colosales y otros eventos no muy deseables en el horizonte del futuro (que por fortuna no nos toca a nosotros sino a nuestros hijos y nietos). “Las imaginaciones de hoy pueden convertirse en los datos duros del mañana”, apunta Bruce Meyer en su prólogo. Nada nuevo bajo el sol congelado; más que una nueva forma de ciencia ficción, estos subgéneros son una derivación algo retorcida de la literatura ecologista que empezó a prosperar en los años setenta y que ha dado, también en castellano, obras tan variadas como las de Luis Sepúlveda, Óscar Hahn o José Emilio Pacheco.

Fuentes: El País, Hipertextual, The New York Times, Publisher’s Weekly.


1 Ver, por ejemplo, el reportaje de Jean M. Twenge, “Have smartphones destroyed a generation?”, en The Atlantic, 3 de agosto 2017.