La noche del martes 24 de septiembre de 1985, el edificio de la Lotería Nacional estaba casi desierto. En el salón de sorteos donde la gente se abarrotaba para escuchar el anuncio de la fortuna, había apenas treinta asistentes de rostros más tristes que esperanzados, como si en lugar de ir en busca del futuro, intentaran olvidar, agazapados en las filas intermedias, lo que ocurría detrás de esas paredes.

Afuera, los altavoces que solían llegar a decenas de curiosos apiñados en la banqueta en espera de la combinación ganadora, apenas exhalaban un tenue hilo sonoro al que nadie puso atención: “Treintayseismildoscientostreintayunoooo, premio mayor, premio mayor”.  Incluso la voz de Rafael Arce Ruiz, el mofletudo “niño gritón” de turno, sonaba apagada. Sin embargo, tras unos instantes de pasmo, la noticia empezaría a esparcirse como pólvora: el ‘gordo’ de la lotería, 800 millones de pesos, había caído en la Ciudad de México.

A cinco días de los terremotos que cimbraron la ciudad, las zonas afectadas parecían un hormiguero. Miles de personas se reunían alrededor de lo que hasta hace poco habían sido casas, hoteles, escuelas, oficinas, hospitales; se movían entre el polvo y los escombros, soportando el olor a muerte que entumía el aire.  Unos, los más, intentaban hallar sobrevivientes; otros, los bautizados por Leopoldo Rodríguez de Excelsior como “los gambusinos del temblor”, eran hordas de pepenadores provenientes de las zonas más pobres y alejadas del centro en busca una olla en buen estado, una radio a medio servir, algo de ropa para vender: lujos súbitos derivados de la tragedia. El resto, las setenta familias entre las que se había repartido el Premio Mayor de la lotería, levantaba con la misma ansiedad que los demás restos de concreto y varillas retorcidas, afanados en reencontrar su porvenir.

La ciudad, que de pronto se había convertido en un enorme cementerio, se transformaba también en la gigantesca posibilidad de encontrar un tesoro. Separando el cascajo del edificio situado en Lázaro Cárdenas y Victoria, el soldado de transmisiones Heraclio Peña Rodríguez se topó con un libro de recetas médicas que contenía 1,700 dólares y 53,500 pesos. El dinero fue remitido a Los Pinos, en espera de que fuera reclamado por su dueño. Bajo los restos del Edificio Nuevo León, los socorristas encontraron un millón de pesos en efectivo: 426, 650 pesos en billetes; 189 pesos en monedas de plata, 4,294 pesos mexicanos del año de 1962; 4,100 monedas de 100 pesos, 2,600 de 50 y 3,800 de 20; una moneda conmemorativa de las Olimpiadas del 68; billetes y monedas de diversas nacionalidades.

 Además de la desolación, la rapiña comenzaba a apoderarse de la capital. Las autoridades tenían ahora otro problema: controlar a la gente que, con el pretexto de ayudar en las tareas de rescate, intentaba encontrar una pequeña mina de oro.

Por esos días, Joel Campayo de El Diario de Monterrey, había leído en El  Universal una escueta nota arrumbada en las páginas interiores donde se consignaba que las cuatro series del billete ganador de la lotería habían sido vendidas por la Casa Alfaro, ubicada en República de Chile. Olfateando  una noticia que podía colarse entre el caos informativo hasta la primera plana, Campayo decidió ir en busca de los ganadores. Bastaba contestar dos preguntas elementales: ¿Habían sobrevivido? ¿Tenían en su poder los boletos?

Las primeras pesquisas del reportero lo llevaron a una pista falsa. Al parecer, el Premio Mayor no había salido del expendio de República de Chile sino del número 51, ubicado en Isabela Católica. En este, José Luis Alfaro Manzano, el dueño, aseguró que el gordo fue repartido por sus empleados.  Alfaro tenía una edad incalculable y un record impresionante: en 50 años había repartido 500 Premios Mayores; tan sólo en 1964 repartió el gordo del 5 de mayo, 14 de septiembre y 31 de diciembre.

Ese mismo día, Campayo se entrevistó con Consuelo Maza, una de las vendedoras del expendio 51. Maza le reveló que le había vendido 9 “cachitos” a un oficinista de la Secretaría de Asentamientos Humanos y Obras Públicas. El “joven” le comentó que iba a repartir cinco de ellos entre los compañeros de la oficina. Otros empleados de esa dependencia compraron el resto de la serie. El edificio había quedado en ruinas, pero la señora Maza aseguró que sus clientes se habían salvado porque reconoció a varios de ellos buscando entre los escombros: “Habían guardado los billetes en sus escritorios”.

Campayo localizó a otro de los billeteros adscritos al expendio, Jesús Sánchez Hernández, quien recordó que una persona “de buen vestir” compró 5 cachitos y se los guardó sin mirar siquiera el número: “Esa persona quizá no lo sepa y tal vez perdió todo en el temblor, incluso los 42.5 millones de pesos que le corresponden del premio”, le aseguró, casi incrédulo, el vendedor.

El día del sorteo aún faltaban cinco fracciones sin vender, y viendo la demanda que por aquellos días de crisis poseía a la ciudad, el señor Hernández las colocó frente a su aparador. Una señora se llevó tres. “Decía que caminó hasta acá buscando la terminación en uno. Dijo que estaba segura de que se iba a sacar la lotería”.

Buscando su propia fortuna, Campayo se dirigió rumbo a La Merced, en busca del vendedor Fernando Medellín. El temblor había castigado mucho esa parte de la ciudad. Las imágenes se ensombrecían conforme el periodista se adentraba en el barrio. Estaba a punto de saber que bajo los restos de algunas de las casas que veía a su paso, una serie completa estaba diseminada en varias casas de la zona. Ubicó a Medellín. El billetero, huraño, solo le confió que todos sus clientes estaban sanos y salvos, pero que sus casas se habían desmoronado. No quiso dar nombres, pero exaltó su bondad: todos le repartieron buenas propinas, después de todo, gracias a él eran virtualmente millonarios.

El rastro se perdió ahí. Campayo no logró localizar a las personas o tuvo que regresar a Monterrey. Con esa información, redactó una nota que se acumuló entre tantas otras historias que se sucedieron los días del temblor.

Veinte años después, el Archivo Histórico de la Lotería Nacional no arroja ninguna certeza. El expediente H-866, correspondiente al sorteo 199 del 24 de septiembre  no existe, o más bien, se perdió en algún cambio de administración. En cuanto al Archivo de Reclamaciones por Mal Pago, no figura ninguna reclamación en ese mes; al parecer, nadie solicitó el cobro de un billete en mal estado.

No hay registro que lo compruebe. Salvo aquellos que salieron premiados esa noche, no se sabe a ciencia cierta qué fue del oro del temblor*.

 

César Blanco.
Editor y traductor.

*Este texto fue publicado originalmente en 2005 en el suplemento confabulario de El Universal. Lo reproducimos con autorización del autor.