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Última escala en ninguna parte.
Ignacio Padilla.
Fondo de Cultura Económica.
México, 2017.


Hoy se cumple un año de la muerte de Ignacio Padilla (Ciudad de México 1968-Querétaro 2016), uno de los autores más propositivos de su generación. Padilla no se mostraba tan interesado en la escritura de novelas sino de cuentos. Si la historia finalmente se alargaba y adquiría tonalidades de una novela, permitía que el género se abriera paso, acaso con la persistencia y prodigalidad de una enredadera que se empeña en crecer y desarrollarse por donde pueda.

Recientemente se publicó Última escala en ninguna parte, novela póstuma juvenil de Ignacio Padilla, editada por el Fondo de Cultura Económica. Un volumen inesperado porque no se trata de una antología o de las historias que nunca pasó por su mente publicarlas, sino de un libro que le pudo entregar a Socorro Venegas, su editora, semanas antes de que ocurriera el trágico accidente automovilístico donde perdió la vida.

En la década de los 90, Ignacio Padilla era colaborador en el suplemento Sábado de unomásuno, que dirigía Huberto Batis. Padilla publicaba reseñas de libros, cuentos, fragmentos de novela y ensayos. Ian McEwan era uno de los autores que en ese momento contaba con Ignacio Padilla como su atento lector, en particular le interesaba su libro de relatos Primer amor, últimos ritos (1975). Escribía de manera regular una columna “El baúl de los cadáveres”, en donde daba se ocupaba de novedades y datos curiosos sobre la literatura en otras latitudes, principalmente la que provenía de Europa y de los Estados Unidos. Eran notas breves, curiosas, algunas ocasiones inverosímiles y otras veces podía tratarse de aportes valiosos que el autor tenía el cuidado de acompañar con sus obsesiones literarias. Le gustaba hablar de viajes, parecía tener una predilección especial por la literatura de expediciones y diarios.

La aventura y los viajes son dos asuntos que se volvieron esenciales para él. Disfrutaba conocer leyendas que tarde o temprano llegarían a sus cuentos cortos o largos, muchos de ellos dotados de precisión, astucia y fuerza narrativa. En ocasiones, parecía que quería confundir al lector, pero luego mostraba una ruta o salida de esa aparente complicación. Si cruzaba esa delgada línea en donde se borra la ficción de la no ficción, estaba complacido.

La suerte de ser un diestro confabulador, aún estaba de su lado. Habría que recordar su particular manera de envolver al lector en una trama que parece interminable, y que resuelve de una manera atinada, como lo es La gruta del toscano (2006); un homenaje a Conrad inscrito en la mejor tradición de los viajeros ilustrados, clan al que pertenecen Adarbert von Chamisso en su Viaje alrededor del mundo, Jules Michelet con El mar y Chateaubriand en De París a Jesusalén. La gruta del toscano recuerda que el romanticismo y la ciencia propiciaron grandes viajes en el siglo XIX, y de ese mundo proceden notables frutos literarios hasta las primeras décadas del siglo XX, encabezados por Julio Verne, seguidos por Melville, Stenveson y London.

Última escala en ninguna parte es una novela de sobre un viajero frecuente y el mundo que se construye alrededor de su fascinación por emprender travesías. El protagonista de esta historia, Abilio Agundis tiene claro lo que afirma Descartes: “Los viajes sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera que uno está acostumbrado”.

Abilio es un profesional en materia de acumular millas. Recorre el mundo con su peculiar manera de observar la vida desde los aeropuertos, los aviones y las principales capitales del planeta. Sabe cómo distinguir cuando está frente a otro de sus colegas, asiduo trotamundos  —no turista de ocasión— que acude a los sitios más visitados por los paseantes y se toma fotografías o bien, solicita la ayuda de cualquier persona para que luzca con su mejor pose en el sitio que ahora lo alberga, como si fuera una especie de cazador de tierras inhóspitas.

Con la misma facilidad que un jugador de monopoly lanza los datos, avanza rumbo a su nuevo sitio y resuelve si adquiere o no la casilla en donde cayó su ficha, así decide Abilio a donde viajará. Tiene, incluso, amigos en terminales áreas como es el caso del hombre que trabaja en los baños de la terminal B del aeropuerto de Nueva York, quien gentilmente bloquea con su carrito de limpieza el acceso a los servicios para que Abilio pueda bañarse a gusto y refrescarse después de varias horas de vuelo.

Inscrita en el género de literatura juvenil, Padilla contagia el entusiasmo tanto por los viajes como por la lectura. Los personajes que aparecen en la historia gozan de características muy peculiares que casi rayan en lo absurdo. Abilio tiene un tío Maclovio —un hombre pintoresco—, a Anacoluta —su eterna novia que lo espera para cuando regrese de viaje y se case con ella—, al Gordo Pelosi —su rival en millas—, Liborio Lara Osorio —otro viajero frecuente— y al Sombrerero Loco —encargado de premiar a los viajeros ya sea con el Gran Premio de Verano o el Primer Premio Alas Azules y, claro está, con la cascada de confeti correspondiente, fanfarrias y chicas guapas a su lado—.

Se trata de una divertida novela que puede leerse también como historias independientes, ya que el autor supo colocar los elementos necesarios para que funcionaran de igual forma. El libro cumple su cometido, puede ser una invitación a que los preadolescentes y adolescentes frecuenten el hábito de la lectura.

Libros como Última escala en ninguna parte se vuelven necesarios para un país que, entre sus ejes rectores de políticas culturales, tiene claro el fomento a la lectura y la difusión de obras de autores nacionales. Sin devaluar las propuestas narrativas de los autores españoles, los lectores de novelas juveniles se ven más reflejados en un lenguaje cercano a ellos, en donde se privilegia al español neutro, sin jilipollas y localismos propios de la península ibérica.

El absurdo es parte de la historia, elemento que hace inevitable que se escape la risa. Retrata los defectos y manías de esos viajeros que, a toda costa, deben lanzar una moneda en cada fuente importante que visitan. La escena es cómica, sobre todo si se piensa que tanto Abilio como una joven hacen lo mismo en cada fuente representativa. “Sin darme cuenta agoté mi dinero en esa extraña actividad. Dejé de interesarme en los museos y los grandes monumentos, y acabé por escoger sólo ciudades que tuvieran fuentes famosas, o no tanto, para echar en ellas mis últimas monedas. Creo que llegué incluso a olvidar para qué se arrojaban monedas en las fuentes”.

Ignacio Padilla era un autor que apreciaba los libros de viajes, acaso porque su propuesta literaria era una invitación a iniciar un periplo, una aventura. Siempre tuvo muy claro cuál era su objetivo: contagiar el asombro.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, articulista y editora independiente.