El pasado 16 de junio se celebró el centenario del natalicio de Irving Penn, un fotógrafo estadunidense excepcional.

A comienzos de noviembre de 1941, un joven y medianamente exitoso diseñador gráfico, fotógrafo en ciernes, renunció a su trabajo en la revista femenina Junior League Magazine, a la que había ingresado como director artístico en agosto de 1938, cuando apenas tenía 21 años de edad.

¿La razón?

“Tenía muchas ganas de cambiar de trabajo. Llevaba ya tiempo haciendo bocetos de cuadros que quería pintar y deseaba recorrer lugares desconocidos sin la disciplina que exigía el trabajo profesional. Europa estaba en guerra. México se antojaba como alternativa posible, accesible dentro de mis limitados recursos económicos”.

Irving Penn, nacido en Nueva Jersey el 16 de junio de 1917, quería convertirse en pintor. Veneraba a Picasso. Admiraba a Philip Guston.

Él y su esposa, Nonny Gardner —una muchacha inglesa que había sido su condiscípula en el Museo Escuela de Artes Industriales de Pennsylvania, y con la que se casó en 1940— decidieron probar suerte y vivir un tiempo en México echando mano de sus ahorros. A mediados de noviembre salieron de Nueva York rumbo a Virginia en tren, con la intención de seguir en ese mismo medio de transporte hasta Nueva Orleans, pero haciendo una serie de escalas en diversas ciudades del sur de los Estados Unidos.

Penn llevaba consigo como pieza fundamental de su equipaje la Rolleiflex que se había comprado en julio de 1938, al terminar sus estudios. La utilizó con alguna frecuencia en su recorrido. Usaría esa cámara durante casi toda su vida.

El 6 de diciembre los Penn se embarcaron en Nueva Orleans con destino a Veracruz. El 7 de diciembre Japón bombardeó la base naval de Pearl Harbor y los Estados Unidos se involucraron de lleno en la Segunda Guerra Mundial.

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La pareja llegó a la Ciudad de México el 23 de diciembre, y en los primeros días de enero de 1942 rentó una casa en Coyoacán. Hay un par de fotografías de Irving Penn tomadas por Nonny Gardner en esa casa, y una foto que Irving le toma a ella en su jardín.

¿Qué tanto sabría Penn de los ilustres fotógrafos norteamericanos y europeos que lo habían precedido como viajeros y residentes en México? Edward Weston y Tina Modotti habían estado aquí en los años 20, y Tina —ausente del país durante una década tras haber sido expulsada en 1930— murió en la Ciudad de México el 5 de enero de 1942, justo en los días en que los Penn se instalaban. De 1932 a 1934 Paul Strand vive en México, y en este último año Henri Cartier-Bresson también pasó un tiempo aquí. En 1940 Strand imprimió en Nueva York 250 ejemplares de su “Portafolios Mexicano”, algo que Penn, por su solo ámbito de trabajo, no pudo haber ignorado. En 1941también estuvo en México Helen Levitt, pero su visita no tuvo mucha difusión en esa época.

Penn estaba lejos de ser un simple fotógrafo aficionado. Conocía y admiraba las imágenes que Walker Evans captó en los primeros años de la Depresión y varias de las fotografías que tomó en el sur de los Estados Unidos justo antes de llegar a México hacen patente la influencia que Evans tuvo sobre él.

Es poco lo que se sabe de la extensa estadía de los Penn en la capital mexicana. No parecen haber trabado amistad con persona alguna perteneciente al medio artístico y cultural, aunque se antoja imposible que ignorasen que en Coyoacán vivían Diego Rivera y Frida Kahlo.

La ausencia de datos hace pensar que Penn, un hombre silencioso y reservado, no vino a “descubrir México” sino a averiguar si tenía o no talento para dedicar el resto de su vida a la pintura. Al cabo de un año destruyó la mayor parte del trabajo plástico que había hecho. Salvo por unos cuantos dibujos que lo emparientan hasta cierto punto con el arte abstracto, es difícil hacerse una idea de lo que buscaba.

De las fotografías que tomó en México también son pocas las que se conocen. En el catálogo que acompaña la exposición que actualmente presenta el Museo Metropolitano de Nueva York Jeff L. Rosenheim dice que, al igual que a Weston y a Levitt, a Penn le fascinaron las decoraciones murales de las pulquerías, y al parecer debe haber por lo menos media docena de imágenes con ese tema. Una es muy conocida y circula ampliamente en la red electrónica. Muestra a un militar que parece estar a punto de montar su caballo, aunque el dibujo es tan ingenuo en su trazo que parecería que ha puesto el pie equivocado en el estribo.

La mayor parte de las “imágenes mexicanas” de Penn que se conocen tienen como tema rótulos y escaparates, algo que le interesará fotografiar durante mucho tiempo. Pero también hay imágenes que tienen una evidente resonancia surrealista como la de la polilla atravesada por un alfiler, o la de un par de pollos y un par de huevos dentro de un frasco de vidrio. Penn debe haber sido sensible al influjo que el surrealismo produjo en Nueva York con la llegada de André Breton y otros artistas.

La Fundación Penn sabe ya del interés que existe en un museo mexicano por presentar una muestra acerca de la estadía de Irving Penn en nuestro país en el marco de las diversas actividades por el centenario de su nacimiento. Esperemos que prosperen y que nos sea dado conocer más de la obra de este fotógrafo excepcional.

 

Rafael Vargas