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Alejandro Toledo se ha dedicado exhaustivamente a estudiar y recopilar la obra de Francisco Tario, escritor único entre nosotros. “Quizá por su misma vocación de fantasma, Francisco Tario (nombre de pluma de Francisco Peláez Vega, 1911-1977) es uno de esos autores que aun después de su muerte (o sobre todo después de su muerte) inquieta a los lectores”, explica Toledo, antologador de Francisco Tario. Antología (Cal y arena, colección Esenciales del XX, prólogo de Esther Seligson). En esta conversación sobre Tario los motivos son lo insólito, el misterio, lo nocturnal.


Alejandro García Abreu: En 1988 se publicó Entre tus dedos helados y otros cuentos, antología que, aseguras, inauguró una época de rescates de la obra de Francisco Tario. La antología de Cal y arena es distinta por su amplitud a la de 1988 y diferente, por lo mismo, a la española de Atalanta de 2012. ¿Cuáles fueron los criterios de selección de los textos que integran Francisco Tario. Antología, perteneciente a la colección Esenciales del XX?

Alejandro Toledo: Aquella antología de 1988 no distinguía entre los cuentos de Tario, género en el que era un maestro, y otros registros, como La puerta en el muroYo de amores qué sabía o Breve diario de un amor perdido, que son incursiones en la novela breve de tono existencial o la prosa romántica. Venía todo junto y confundido. Eso se prestó a que algunos críticos calificaran como cuentos malos de Tario los que no lo eran. En la antología de Cal y arena esto se resuelve con una selección estricta de sus mejores cuentos, que abre el tomo, a la que le sigue una sección de escritura fragmentaria que incluye los textos que ya cité más Equinoccio, libro heterodoxo que aun ahora no tiene igual en la literatura mexicana. Después aparecen los cuentos para los hijos, una obra de teatro y fragmentos de sus dos novelas. Creo que la nueva antología cubre efectivamente, como dice el título de la colección en que aparece, lo esencial de Tario. El que quiera profundizar puede ir, claro, a las Obras completas.

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Francisco Tario en Europa.

AGA: La antología publicada por Cal y arena fue “armada prácticamente al final del camino, cuando la perspectiva de lo que escribió Tario parece completa (porque se agotó la revisión de sus papeles personales), y se podrá navegar en ella como por un mar no apacible pero del que se saben ya, con cierta precisión, sus contornos, sus orillas”, aseveras en la introducción. ¿Cómo has navegado por el “mar no apacible” que constituye la obra de Tario, misma que te fue presentada tres décadas atrás en un taller de creación literaria?

AT: Pienso ahora que fuimos varios los que escuchamos los textos de Tario en el taller de creación literaria de Humberto Rivas en la ENEP Acatlán. Seguro estaba ahí Cristina Rivera Garza, por ejemplo. Mas fui el único de los asistentes que se aficionó a Tario. Eso me llevó a buscar, con Daniel González Dueñas, a los amigos del escritor, a sus parientes, armar esa primera antología y estar cerca de las ediciones que se hicieron entonces de las obras de teatro o la novela inédita, Jardín secreto. Luego me distraje en la crónica deportiva… hasta que apareció Julio, el hijo menor de Tario, que trajo de España los papeles de su padre y quien terminó siendo mi vecino en la Narvarte. Eso creó un segundo impulso. Me di cuenta de que para los Cuentos completos de Lectorum a nadie se le había ocurrido revisar la “cómoda mágica”, el mueble en el que estaba el archivo del escritor, y consideré que era el momento de hacerlo. Tenía la experiencia de haber editado las Obras completas de Efrén Hernández y pensé que podía hacerse un rescate similar.

AGA: Esther Seligson afirmó en el prólogo de la antología publicada por Cal y arena: “Tario es, sin duda, un romántico, desengañado y escéptico, sí, pero irremediablemente subyugado por la música, por el ritmo misterioso que aglutina a las cosas y los seres de este mundo”. ¿Cómo percibes el vínculo con Seligson?

AT: Abro con ese prólogo de la antología de 1988, más un texto posterior, por la cercanía de Esther Seligson con el personaje y porque da una muy buena lectura de la obra. A ella la conocí en casa de Antonio Peláez, el hermano pintor de Tario, y nos habló varias veces, en esa cena o en otros encuentros, de un puente que tendió entre París y Madrid, entre Cioran y Tario, a los que frecuentaba en sus viajes por Europa, figuras que se hermanan en Equinoccio y Breviario de podredumbre, ambos publicados en los años cuarenta. A Esther le sorprende, como a muchos, el tono rudo de Tario; pero encuentra, además, una especie de río subterráneo, un flujo poético que parece estar en la base, o el fondo, de lo que escribe. Un romanticismo surrealista, creo que le llama ella. Me parece que dos buenos lectores de Tario fueron José Luis Martínez y Esther Seligson… Sólo que Martínez, nuestro gran crítico, a pesar de conocer muy bien la obra y haberlo seguido desde sus comienzos, en su nota necrológica, publicada en la revista Vuelta, lo pone a un lado de las corrientes literarias principales al definirlo como escritor amateur. ¿Por qué lo separa? Es algo que no entiendo. Finalmente, siento a Esther más cercana a Tario.

AGA: Narras —en la antología de Cal y arena— que el hijo menor de Tario, Julio Peláez Farell (que como pintor prescinde del apellido Peláez), regresó a México y trajo con él la “cómoda mágica” —el mueble antiguo que su padre compró en los saldos de una iglesia—, de donde surgieron textos que Tario escribió para sus hijos, un par de relatos publicados en el suplemento México en la Cultura del diario Novedades, algunos otros borradores, cartas, cientos de fotografías, filmaciones, discos de manufactura casera, una partitura inacabada y una serie de dibujos eróticos. ¿De qué manera contrastas la “cómoda mágica” de Tario con el “baúl lleno de gente” de Fernando Pessoa, contenedor de una multiplicidad de vidas?

AT: A Julio le sorprendió encontrar esos dibujos eróticos. No tenía idea de que su padre se hubiera dedicado a eso. Quizá lo mismo pasó con Jardín secreto, que fue algo trabajado en esa década última de Tario, luego de la muerte de Carmen Farell, sin preocuparle si se publicaría o no. Hay varios misterios aún en torno al personaje. ¿Cómo es que se convirtió en ese ser extraño, escritor grotesco lo llamaría acaso Wolfgang Kayser, que publica en 1943 La noche? Si uno lee las cartas a Carmen, se dará cuenta de que hay cierta inocencia en el joven de los años treinta. ¿Qué ocurre entre 1935 y 1943 para que varíe su temperamento? Otra duda: ¿por qué se va tan abruptamente de Acapulco y México para exiliarse en España, cuando lo común era el camino inverso? La “cómoda mágica” también nos relevó a un Tario fotógrafo, obsesionado con Llanes, el pueblo de sus padres y de su infancia… No son transformaciones a lo Pessoa, pero sí las hay.

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Carmen Farell, mágico fantasma.

AGA: En Universo Francisco Tario —publicado por La Cabra Ediciones/Conaculta— escribiste: “Yo tengo al fantasma de Francisco Tario alojado en mi casa […]”. La imagen espectral resulta maravillosa.

AT: Aunque la sensación es real, de pronto es como si anduviera por el departamento. Mi mujer también lo percibe. Tengo sus papeles en unas cajas negras y en un librerito con cien libros que le pertenecieron… La otra noche soñé que viajaba a Acapulco para entrevistar a Tario. Me recibió Julio, el hijo, y Tario fue amable. Por razones que tienen que ver con la lógica del sueño, supongo, entre una cosa y otra nunca pudimos sentarnos a conversar. También pasa que llevo a las editoriales proyectos que no tienen que ver con Tario y termino por proponer algo suyo o me proponen algo que tiene que ver con él. Lo de Tario casi siempre avanza con una energía que parece venir directamente de su espectro. En muchos sentidos sigue entre nosotros.

AGA: En el prólogo de La noche —de la colección Ars brevis de Atalanta— ratificas que la escritura de Tario tendió a lo nocturnal. ¿A qué le atribuyes esa tendencia?

AT: Sí, todo tiende a la noche: es el título y el tema de su primera colección de cuentos; le gustaba interpretar los nocturnos de Chopin; organizaba tertulias, que suelen ser al atardecer o por la noche; en los discos recita aquel poema sobre la noche de José Asunción Silva o adapta, como radioteatro, Drácula, de Bram Stocker, novela sobre un ser nocturno… Es su ámbito natural. No sé de dónde vino esto. En las cartas a Carmen habla mucho de las alucinaciones que tenía al dormir con fiebre, cuando se sentía enfermo, confundiéndose el abrazo amoroso con la aparición amenazante de la muerte, algo que desarrollará en uno de sus relatos más conocidos, “Entre tus dedos helados”.

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Carmen Farell y Francisco Tario.

AGA: En Tario “el motor de su narrativa es un diálogo incesante entre el presente y la memoria, la vigilia y el sueño, lo romántico y lo grotesco, el mundo de los vivos y el mundo de los muertos”, afirmas en el prólogo mencionado. ¿Cómo distingues “esa forma personal de interpretar lo fantástico”?

AT: Decía Calvino, a propósito de Felisberto Hernández, que era un escritor original, que no se parecía a nadie. Hemos descubierto que en mucho se parece a Francisco Tario: ambos practicantes del piano y humanizadores de los objetos y los animales… Y siendo parecidos son a la vez originales. Hay una personalidad literaria, un temperamento singular, que se crea no sabemos cómo, pero que está desde la primera hasta la última línea, tanto en Felisberto Hernández como en Francisco Tario.

AGA: En una entrevista con José Luis Chiverto publicada en 1971 y recuperada en La noche —de Atalanta— el escritor dijo: “Bien visto, la vida es la mejor obra literaria que ha caído en mis manos”. ¿Suscribes el planteamiento de Tario?

AT: Aprendió piano de niño, jugó futbol, viajó con su familia por Europa, estuvo casado con una mujer que era verdaderamente muy hermosa y que pareció entenderlo… Desde que se conocieron, él le planteó la relación como un reto intelectual, un diálogo que exigía la participación de ambos. Por ello la llama “mágico fantasma” al dedicarle Una violeta de más, publicado a un año de la muerte de Carmen. Se podría escribir una novela de su vida; su relación con el cine no se ha explorado. Podría contarse la historia de ese hombre que llevó el espectáculo cinematográfico a Acapulco y que trajo, según dice Jorge F. Hernández, las palomitas a México. O podríamos detenernos en su etapa como futbolista, arquero del Club Asturias, al que llamaban El Elegante Peláez. La vida de Tario es tan interesante como su escritura.

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El Llanes de Tario.

AGA: Según él mismo, “Tario” significa “lugar de ídolos” en purépecha. “Lo de Tario no tiene otra significación que la grata resonancia que produce esa voz metálica al unirla con el común Francisco”, le dijo, no obstante, a José Luis Chiverto. ¿Qué piensas de la elección de su seudónimo?

AT: Evitó el Peláez, que le sonaba a tienda de abarrotes, pues el negocio del padre se llamaba así, Casa Peláez, ubicado en la calle de Mesones, en el centro de la ahora llamada oficialmente Ciudad de México. José Luis Martínez acepta que “Tario” es una voz purépecha… Hay quien dice “Tarío”, con acento en la i; o quien cree, cuando se habla de Tario, que nos referimos a alguno de los Taibo. Cuando fui a Etla 24, donde vivió Tario en los años cuarenta y cincuenta, hablé con los nuevos inquilinos, que sabían que un escritor Taibo había vivido ahí. Pensé que era un error… Luego le pregunté a Paco Ignacio Taibo II y me confirmó que así fue, que unos años vivió en esa casa, no recuerdo si en los años sesenta o setenta.

AGA: “Mis personajes forman una compleja y nutrida familia cuyos miembros oscilan entre la locura, el candor, el espanto, la fatalidad y lo puramente ridículo. Seres que, por una u otra razón, nos ponen en comunicación con lo insólito”, confesó Tario a Chiverto. ¿Qué significado tiene para ti lo insólito en la obra de Tario?

AT: Fue insólito el arranque, al dar voz y vida a los objetos, como el féretro o el traje gris; y lo siguió siendo en sus permutaciones. Lo es en un cuento como “El mico”, en donde un hombre experimenta la maternidad; o en “Ragú de ternera”, juego macabro con el canibalismo… Lo curioso es que aun ahora los cuentos de Tario nos sigan sorprendiendo, y eso que han sido leídos y releídos, y que pase todavía, como me ocurrió a mí a los veinte años, que un joven escuche en un taller de creación literaria un relato tariano y eso sea un gancho que acaso lo marcará de por vida. Hay obras que se pierden, que envejecen prematuramente y que alguna vez tuvieron cierta relevancia social; y otras que se afantasman, lo que marca no un desvanecimiento sino una presencia constante. Como diría Molière, hay muertos que gozan de buena salud y Tario es uno de ellos.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.