Buscar la Verdad en un Oxxo

La exposición de Gabriel Orozco que presenta la galería kurimanzutto ha sido ampliamente comentada. Sin embargo, críticas y ensayos han olvidado hablar de la cita que abre la muestra. La autora sugiere detenerse en ese breve texto para entender mejor la propuesta de Orozco.

Con 14 mil tiendas y una clientela diaria de más de 10 millones de usuarios, virtualmente todos los mexicanos conocemos un Oxxo. Se trata de un fenómeno cultural muy específico con el que podemos relacionarnos y que trasciende estratos sociales y geografías. La exposición en la galería kurimanzutto no sería el mismo ejercicio si Gabriel Orozco hubiera transformado una tienda de autopartes o una librería. Al ver un Oxxo deconstruido el impacto es más contundente. Con más de 6 mil visitas al día de hoy, su exposición ha tenido un impacto que nadie alcanza a dimensionar aún. La muestra ha sido sujeto de numerosas críticas, reseñas y ensayos de opinión, además de seminarios en universidades y videos virales. Todos en un intento por aprehender la obra de Orozco de diferentes maneras: ya sea desde el interés intelectual y artístico o por el morbo que rodea al artista y los precios de su producción.

Nacido en Veracruz en 1962, Orozco estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas durante los años ochenta y más tarde en el Círculo de Bellas Artes en Madrid. Alcanzó la fama internacional con una pieza controversial, Caja vacía de zapatos, presentada en la Bienal de Venecia de 1993. Sin embargo, muchas de las piezas que lo dieron a conocer a principios de los noventa fueron fotografías, pues pasaba la mayor parte de su tiempo viajando, sin un estudio o un taller fijo.

La primera vez que Orozco utilizó el módulo de círculos de colores primarios que se ha vuelto su marca más reconocible fue en 1995 con la pieza Light Signs para la Bienal de Gwangju en Coreaaunque él siempre ha recalcado que su interés se remonta a cuando era niño y dibujaba planetas. Según la curadora Briony Fer, los círculos funcionan como instrumentos en su obra, que activan y propician que algo suceda; entablan un diálogo con el constructivismo utópico del siglo pasado y con el arte abstracto, pero contraria a la búsqueda de la pureza casi mitológica de las formas, Orozco aterriza los círculos en la vida real, en lo ordinario de las piedras, huesos, imágenes de deportes, billetes y jardines, entre otros.1

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Gabriel Orozco
Atomistas: Asprilla/Atomists: Asprilla, 1996
Cortesía del artista y de Marian Goodman Gallery, Nueva York.

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Gabriel Orozco
Hacha doble (Double axe), 2013
Cortesía del artista y de la Galería kurimanzutto, Ciudad de México.
Foto: Estudio Michel Zabé, 2013.

En esta ocasión, los círculos de colores primarios aterrizan en artículos tan variados como latas de refresco, cajas de medicamentos y envolturas de dulces y helados. Éstos se encuentran tras la fachada de un Oxxo ubicado en la entrada de la nave de la galería. Tal cual existe tan sólo a unas cuadras, y como existe también en el imaginario colectivo mexicano, la caja de luz de colores blanco, rojo y amarillo brilla con la misma intensidad y, al entrar, uno es recibido por el olor a café muy recalentado. Al llegar a la galería, a cada persona se le entrega un billete de papel que sirve para adquirir casi cualquier producto dentro del Oxxo, salvo alcohol y cigarros. Creado a partir de la mitad de un dólar y la mitad de un peso antiguo, este objeto introduce a expertos y primerizos a la exposición, pero sobre todo al conjunto de círculos de colores primarios de Orozco.

Los colores que obedecen al movimiento de la pieza del caballo en el ajedrez se trasladan a cartones de leche, cervezas, latas de atún y cigarros. Cada tanto uno se encuentra con un objeto con calcomanías pero, salvo ese eventual destello, todo en la tienda obedece a la normalidad. De los 3 mil productos que puede ofrecer una sucursal de Oxxo (los hay mejor surtidos que otros) Orozco seleccionó 300 para ser intervenidos, y son estos mismos los que, al salir por el otro lado de la tienda, se encuentran exhibidos sobre una repisa blanca y están a la venta.

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Gabriel Orozco,
Vista de instalación, Galería kurimanzutto, Ciudad de México, 2017
Foto: María Emilia Fernández, 2017.

La muestra tiene muchas lecturas posibles. Puede ser entendida como un comentario al mercado del arte y a la relación que desarrollamos con una obra cuando existe la posibilidad de adquirirla. Este pensamiento, que jamás ocurre frente a una obra en un museo, se vuelve el protagonista de la exhibición en donde las entidades intervenidas por Orozco —marcadas con estampas en forma de círculos rojos, azules y dorados— se venden en 15,000 dólares cada una. El artista señala cómo las piezas muchas veces son compradas simplemente como inversiones, lo mismo que una propiedad en el negocio de bienes raíces o una acción en la bolsa de valores.

La exhibición también presenta un comentario sobre el fenómeno del artista como marca, que cotiza en subastas no necesariamente por la calidad de su obra sino por la garantía que representa su nombre y apellido. Esta situación a su vez responde a la revolución en las ventas del siglo XX que se dio con el cambio al autoservicio. Cuando dejó de haber vendedores que fueran de puerta en puerta se transitó a mecanismos de venta silenciosos: las vitrinas de las tiendas y supermercados y los empaques de los productos ahora debían venderse prácticamente solos. El Oroxxo, como ha sido bautizada la muestra, propone reflexionar sobre la producción y el consumo de imágenes que nos ha permitido desarrollar la habilidad para digerir el branding y la marca del artista como una estrategia clave en la significación de una pieza.

El Oroxxo es un microcosmos, un lugar más allá de los precios en pesos devaluados donde todo vale lo mismo: un chicle, una pizza, la comida de tu perro y el papel aluminio alcanzan un plano igualador. Entre los visitantes se encuentran quienes buscan hacer rendir al máximo su billete intercambiable, adquiriendo refrescos de dos litros, papitas tamaño familiar o galones de agua. Pero también están los que escogen guardar su billete, como suvenir o a la espera de que éste eventualmente encuentre un valor en el mercado. El billete permite a todos ser partícipes del evento y relacionarse con las piezas desde un lugar en donde no hay ignorantes ni expertos en arte.

Con este mecanismo, Orozco reflexiona sobre la sociedad del consumo: sobre lo que queda al descubierto cuando se elimina el precio o la urgencia de comprar algo específico. Como escribió Max Hollein en 2003: “comprar es más que satisfacer las necesidades cotidianas: es el importante ritual de la vida pública y comunal, a través del cual la identidad se crea y se cambia”.2 El consumo, y el sistema social que fomenta, sobreviven como lenguaje que los consumidores escogen usar para entablar sus conversaciones, perpetuándolo en el acto. El Oroxxo examina este tema a la vez que responde a una serie de antecedentes en la historia del arte.

En 1968, por ejemplo, la Bianchi Gallery en el Lower East Side de Nueva York se vio convertida en un típico supermercado, en donde todos los productos —huevos, carne, latas, frutas y verduras— habían sido recreados por los artistas pop más prominentes del momento, incluyendo a Andy Warhol, quien tuvo a bien firmar latas Campbells por seis dólares. Claes Oldenburg, poco tiempo antes, presentó su proyecto The Store (1961), en el que instaló un pequeño escaparate donde vendía pastelitos y tartas hechas de yeso y acrílico. Otra referencia es Damien Hirst, quien en 1992 hizo algo similar transformando el interior de una galería en una farmacia y vendiendo estantes de medicamentos como piezas. El espacio de la galería permite cuestionar las preferencias que conforman una parte de nuestra identidad, pero también los encuentros cotidianos como los que ocurren en el Oxxo —relaciones accidentales y momentáneas en las que jamás reparamos— y observarlos con mayor detenimiento.

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Gabriel Orozco,
Vista de instalación, Galería kurimanzutto, Ciudad de México, 2017
Foto: María Emilia Fernández, 2017.

Sin embargo, hay una interpretación de la polémica muestra que ha sido poco comentada en los medios y es aquella que sugiere la cita de la entrada a la exposición, una frase tomada del libro El poema de Parménides publicado por el filósofo y ensayista Juan David García Bacca en 1943. Juan Villoro la menciona brevemente al final de su artículo sobre la muestra como “la posible clave de este singular proyecto”, pero no ahonda en detalles. La redacción de la cita presenta un reto, pero también descubre un enfoque más poético a través del cual leer al Oroxxo.

Nacido en Elea, Parménides fue un filósofo presocrático de quien sólo se conoce un poema. “Sobre la naturaleza” postula la identidad inmutable de todas las cosas. La búsqueda de la esencia más allá de las formas lo lleva a concluir que lo que es no se genera, no es efímero ni perecedero —como son los productos que se venden en envolturas de plástico—, no cambia, es perfecto, es uno y continuo. Sólo es posible conocer lo que es, ya que el no-ser resulta insondable, impensable. “Lo que cae fuera de la esfera del Ser es no-ser; es indefinido, falso, oculto, puro símbolo, alusión, señal, opinión, palabrería”, dice García Bacca en su comentario al poema.

Al inicio del texto, Parménides es llevado a los cielos en un carruaje y depositado frente a la diosa Verdad, quien resguarda el umbral de la Realidad, lo Eterno, en donde las cosas aparecen como realmente son, no como existen en la tierra para los seres finitos. Al entrar: “experimenta mentalmente la misma impresión que el dormido que abre de repente los ojos a la plena luz del mediodía: percibe un bulto de luz, una inmensa esfera luminosa, radiante, tan deslumbrante que ningún objeto particular resulta, en el primer momento, visible y perceptible en sí y aparte”.

Frente a este bloque de luz su reacción es parpadear, “dejarse invadir por partes, tragar a pequeños sorbos el mar inmenso y unitario de la luz”, como si estuviera viendo el mundo por primera vez. Lo mismo sucede en el Oxxo, cuando en la trastienda aparecen los 300 productos intervenidos por Orozco, aislados y flotando en un horizonte circular. Las veladoras, huevos y botellas de alcohol que hasta hace sólo un momento estaban ordenados en los pasillos de la tienda aquí se pueden ver enmarcados por un par de franjas amarillas y rojas, un eco del logo de la compañía. Las formas de los empaques y el color de las envolturas se pueden distinguir perfectamente y, si se mira más de cerca, aparecen los logos de cada marca, semiocultos por los círculos de Orozco. Como un parpadeo, el logo circular deja entrever los signos de cada empresa, los símbolos que hacen reconocible un producto de otro, y se puede apreciar la materialidad de cada artículo como nunca se había presentado en la alacena.

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Gabriel Orozco,
Vista de instalación, Galería kurimanzutto, Ciudad de México, 2017
Foto: María Emilia Fernández, 2017.

En su análisis del poema, García Bacca menciona la etimología que comparten las palabras mito y miope —el que ve algo de lejos y lo percibe como una mancha borrosa de luz—, y llega a la poética conclusión de que mito tiene a su vez una modulación visual: los mitos son un esfuerzo por ver y entender la Verdad por partes, de a poco; un intento por enfocar la mancha de luz y volverla una entidad nítida. La exposición propone ese mismo esfuerzo, una oportunidad de ver con ojos renovados la marea de productos que se venden y que compramos diariamente. En palabras de García Bacca, “sólo para los miopes (y miopes somos todos los finitos), el mundo aparece como mundo, como transunidad global; sólo para el Infinito cada cosa aparece como cada cosa, como tal y no otra; sin fundirse y confundirse con la transfinitud vaga de Ente, Verdad, Mundo”.

Probablemente nunca nos hayamos preguntado por qué un Oxxo distribuye ciertos productos y no otros, o por qué algunos cuestan lo que cuestan. “No siempre el conocer es ‘pensar’ o gravitar hacia el ser y el existir; a veces el conocer es opinar, irse hacia lo aparencial, hacia lo eidético”, nos recuerda en su análisis García Bacca. En efecto, no es lo mismo caminar por un bosque que preguntarse acerca de la naturaleza de los árboles o reflexionar sobre su estructura molecular, como tampoco es lo mismo saber contar, multiplicar y restar que cuestionarse sobre la razón de ser de los números ni el por qué de los fractales. Orozco busca abrir ese paréntesis en el Oroxxo: un lugar en donde se pueda cuestionar lo cotidiano, desde la disposición de la mercancía en los estantes y la marca que compramos en lugar de otra idéntica, hasta la razón de ser de los supermercados.

Hacia el final del poema, Parménides intuye que a su regreso nada se verá igual a como lo dejó.

Al haber visto la Verdad, el universo anterior a su viaje celestial —sus categorías, definiciones, estructuras, principios y causas— se presentarán de forma distinta; ese mundo ha sido reabsorbido por su conciencia, cuestionado y vuelto a armar por una nueva forma de percibir la realidad. Eso es lo que Orozco propone con esta intervención. Al menos la posibilidad de ver algo por primera vez y que esa mirada nítida quizás acompañe al espectador en su siguiente visita a un Oxxo.

Pero no todo es seriedad y debate intelectual. Y a Orozco no le falta sentido del humor. El Oroxxo también es un juego y el artista sabe que no todos saldrán reflexionando sobre la naturaleza del intercambio monetario, la esencia del sistema globalizado capitalista o el consumismo a través del cual construimos nuestra identidad. Pero la puerta queda abierta y al salir uno se despide de la misma cita del doctor Juan David García Bacca, quien nos recuerda que “este ciclo es repetible cuantas veces queramos respecto de cada cosa, sean cuantas fueren” y que “siempre será posible enraizar (así en activo reabsorbente) el conocer en el pensar, el pensar en el ser y el ser en el Existir”.

Gabriel Orozco (1962), vista de instalación, Galería kurimanzutto, Ciudad de México, 2017 Photo: María Emilia Fernández.

Gabriel Orozco, vista de instalación, Galería kurimanzutto, Ciudad de México, 2017
Photo: María Emilia Fernández.

María Emilia Fernández
Historiadora del arte. Asistente de comunicación en la galería kurimanzutto.


Nota: las citas provienen de García Bacca, Juan David, El poema de Parménides, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1943.

La autora agradece a Malik Al-Mahrouky por sus notas sobre el consumismo, los antecedentes del supermercado en la historia del arte y la revolución de las ventas en el siglo XX.


1 Fer, Briony, Gabriel Orozco: thinking in circles, Fruitmarket Gallery, Edimburgo, 2013.

2 Hollein, Max, “Shopping”, en Shopping: A Century of Art and Consumer Culture, Tate, Londres, 2003.

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Publicado en: Curadero