Rendimos homenaje a Georges Perec el día de su cumpleaños.

Me acuerdo de que Georges Perec murió tan sólo cuatro días antes de cumplir los cuarenta y seis el 7 de marzo de 1982.
Me acuerdo de que la primera vez que lo leí me cautivó su inefable alegría hacia las listas. Para él todo razonamiento es una categorización: pensar es clasificar.
Me acuerdo de que me causaba conflicto hacer un homenaje que siguiera tan de cerca al homenajeado. Luego recordé que Perec era un entusiasta de la reinvención de los trabajos de los otros. Él mismo lo hizo en La vida instrucciones de uso siguiendo muy de cerca a Flaubert.
Me acuerdo de que quería hablar sobre el Taller de Literatura Potencial, Oulipo, por sus siglas en francés, fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais en 1960, y al que Perec se unió desde 1967.
Me acuerdo de que me declaré seguidora suya cuando encontré Especies de espacios. Me fascinó su diagrama en el que jugaba con la hoja impresa para hablar de los espacios entre los que se mueven nuestras vidas: el vital, el celeste, el literario, el sonoro…, pero sobre todo su idea según la cual vivir no es sino pasar entre estos espacios intentando no golpearnos.
Me acuerdo de que comprendí algunas de sus obras cuando leí los manifiestos del Oulipo. Se hablaba de la necesidad de forzar al lenguaje a salir de su funcionamiento convencional a través de reglas similares a las utilizadas por las matemáticas.
Me acuerdo de que pensé que todo homenaje es una apropiación del homenajeado.
Me acuerdo de que para el Oulipo una restricción no es únicamente un recurso formal, sino también una ventana abierta para la invención de nuevas estructuras literarias.
Me acuerdo de ver la huella de Derrida en Perec. ¿O la de Perec en Derrida?
Me acuerdo de sus anagramas, aforismos, inventarios, palíndromos y tautogramas.
Me acuerdo de que en el Oulipo no puede haber dos personas con las mismas iniciales, ni siquiera tras su fallecimiento. Un autor oulipiano nunca deja de serlo.
Me acuerdo de que con Tentativa de agotamiento de un lugar parisino entendí que era posible perderse en la reflexión sobre lo que ocurre cuando no ocurre nada. Perec lo hizo durante tres días en la plaza Saint-Suplice de París, anotando todo lo que veía. Yo lo intenté en el cruce del Eje Central y Avenida Juárez. A los dos cambios de semáforos me di por vencida.
Me acuerdo de que me faltó su paciencia.
Me acuerdo de decirle a más de una persona que Perec es mi autor favorito. También a más de una le he prestado libros suyos que nunca he vuelto a ver.
Me acuerdo de que Perec compartía las sesiones del Oulipo con Italo Calvino y Marcel Duchamp.
Me acuerdo de que devoré en dos días Las cosas. Me aterraba la obsesión por acumular cosas, casi todas ellas innecesarias, porque no era un problema tan ajeno a mí.
Me acuerdo de que de los oulipianos me atraía la necesidad de desbancar a la tan venerada inspiración para pensar metódica y sistemáticamente en desafíos formales que llevaran a la literatura a nuevos parajes.
Me acuerdo de haber escuchado maravillas sobre La vida instrucciones de uso.
Me acuerdo de dejar olvidada La vida instrucciones de uso. No entendía el desarrollo. La retomé cuando supe que la historia se desenvolvía siguiendo el movimiento que hace un caballo en un tablero de ajedrez cuando pasa por los cuatro bordes del cuadrado durante una partida. Mis ojos, a diferencia del caballo, no se movían entre casillas sino entre departamentos de un edificio parisino.
Me acuerdo de leer sobre el lipograma, el recurso en el que en un texto nunca usa una letra en particular. Entendí La disaparition, donde Perec elimina por completo la letra e, la vocal más usada en el alfabeto francés.
Me acuerdo de que en “Un cuento a su gusto” quien lee determina la dirección de la trama siguiendo un juego de la oca. En esa misma época me topé con las “Notas sobre los objetos que ocupan mi mesa de trabajo”. Pensé en el tablero de Rayuela y las “Instrucciones sobre cómo subir una escalera” de Cortázar.
Me acuerdo de un juego de los oulipianos en el que cada una de las palabras importantes de un texto (sustantivo, verbo, adjetivo) es reemplazada por sus antónimos posibles. El resultado final nunca es completamente antagónico.
Me acuerdo de que uno de los últimos libros de Perec es una instantánea autobiográfica contada en cuatrocientas y pico entradas, todas ellas iniciadas con las palabras “me acuerdo”. Ése también es el título de la obra.
Me acuerdo de la invitación de Perec a hacer memoria.
Me acuerdo es una radiografía de la vida de Perec, este homenaje es una radiografía de mi vida con él.
Ainhoa Suárez Gómez
Maestra en filosofía por Kingston University London.