Católico de origen irlandés, el escritor y músico Anthony Burgess (Manchester, 1917-Londres, 1993) es recordado por esa famosa novela que se llevó al cine, La naranja mecánica. Si el relato de las fechorías y castigos de Alex le dio en vida alguna celebridad (o cierta “nombradía”, en sus palabras) sería una injusticia encerrar ahí su prolífica obra. Autor de innumerables musicales, traducciones, guiones, adaptaciones y una treintena de novelas, Burgess domina el latín, el griego, el alemán, el ruso, el italiano, el español y hasta el malayo. A pesar de su clara erudición, encarna al escritor profesional que se debate por salir adelante. Las reseñas, conferencias, cursos, charlas, programas en televisión y documentales le permiten subsistir desordenadamente con ciertas riquezas y poco efectivo, y aun así, cultivar una doble pasión: escribir novelas y componer versiones musicales de obras y episodios clásicos (por ejemplo el UlyssesCyrano, pasajes bíblicos o la vida de Shakespeare). En 1959, médicos muy atinados le diagnostican un tumor cerebral fulminante. Le queda un año de vida, señor Burgess. Entonces decide sentarse a inventar tramas —entre ellas La naranja mecánica— para dejarle algún dinero en herencia a su esposa Lynne, quien para colmo ha intentado varias veces quitarse la vida. A esa etapa borrascosa corresponde el inicio de sus memorias —Ya viviste lo tuyo (You’ve had your time, 1990)—, en las que se devela a Burgess en todo su esplendor: apasionado incansable de la literatura, irónico y escandaloso en su vida pública, paradójico conservador y creyente tan blasfemo y heterodoxo como cualquier ateo. Defensor incondicional del libre albedrío (al modo de San Agustín), su talante crítico y socarrón lo sitúan muy por encima del bien y el mal. Ya viviste lo tuyo, que se mueve como un péndulo del comentario al diario, del borrador de novela o partitura a la crónica de viaje, es una oda a la picardía y al verdadero oficio más antiguo del mundo, el de contar historias.

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Culpabilidad de artista

“Una novela es sobre todo diversión y al primero que tiene que divertir es a su autor. Todas las mañanas me sentía culpable después del desayuno, cuando subía las escaleras de mi estudio, para divertirme. Iba a juguetear con palabras, mientras en la parte de abajo de la casa seguía adelante un padecimiento que no alcanzaba a comprender del todo. Los alemanes, especialmente Thomas Mann, utilizan el término Künstlershuld —culpabilidad de artista— para designar la desazón del escritor ante su propia frivolidad en un mundo que se aburre y que se siente desdichado en el desempeño de su cometido. […] Lynne y yo nos instalamos con cautela en una vida campestre animada, más que por ninguna otra cosa, por las borracheras y las amenazas de suicidio [de ella].”

Desesperación

“Llevado por la desesperación tecleé un nuevo título, La naranja mecánica [A Clockwork Orange], y me puse a darle vueltas a ver si encontraba un argumento que le encajase bien. Siempre me había gustado esa locución cockney, y pensaba que tenía que haber en ella un significado más profundo que el de servir de expresión metafórica, aunque no necesariamente sexual, del afeminamiento. Un relato empezaba a agitarse en mi interior. […] Al principio pensé en escribir una novela histórica, centrándola en un levantamiento juvenil concreto que se produjo en el último decenio del siglo XVI, cuando jóvenes facinerosos se dedicaron a apalear a las mujeres que vendían huevos y mantequilla a precios considerados excesivos, con lo cual tal vez dieran lugar a que William Shakespeare resbalase en la mezcla de sangre y yema de huevo y se partiese la cadera al caer. Pero al final decidí ser profético, postulando un futuro próximo —pongamos 1970— en que la violencia juvenil llegaría a un punto tan espantoso, que el gobierno trataría de reducirla mediante técnicas pavlovianas de refuerzo negativo.”

Malas costumbres

“Aún me llegan libros para firmar desde las islas Fidji o las Caimán. O me llegan solicitudes de autógrafo sin libro, muchas veces confundiéndome con algún otro autor. Incluso recibo perentorias demandas de fotos autografiadas. Pero, según he llegado a saber, los ejemplares firmados tienen un precio de venta; hay incluso oscuras agencias que se dedican a comprar autógrafos. Y se me ha endurecido el corazón. Si, como a veces ocurre, el envío viene con cupones internacionales de respuesta, me los quedo para mi propio uso. Los libros los tiro o, si se trata de primeras ediciones, los vendo. Sé que mi comportamiento es delictivo, pero ya desde el principio me indujeron a considerar que la práctica de la literatura forma parte de las malas costumbres.”

Vivir con lo necesario

“A finales de 1961 había publicado siete novelas y una historia de la literatura inglesa. No tenía la sensación de haber logrado nada: a tal respecto sólo quedaría convencido cuando las liquidaciones de mi banco me confirmasen que estaba viviendo del oficio de escritor. Casi todos nuestros ingresos eran pequeños dividendos de las inversiones de Lynne o pagos por mis críticas y traducciones. Pero nunca faltaba dinero para comprar bebida.”

Siempre nos quedará Brunei

“En otras presentaciones, más literarias, Lynne tendía a comportarse en gran medida como lo había hecho en Brunei, en el garden party del duque de Edimburgo. Ponía truculencia por ella y por mí. El mundo editorial tenía mucho en común con la administración de Brunei, porque también nos reducía a la frustración y a la mugre, añadiéndose ahora la indigencia. Lynne aceptaba los canapés y las copas gratis que no podíamos sufragarnos con los derechos de autor.”

Santo remedio

“Había entre los libros de mi propiedad uno titulado Sinopsis de la medicina […], y por él supe que probablemente padecía thromboangiitis obliterans, o enfermedad de Buerger, que se daba sobre todo entre grandes fumadores de raza judía y en edad madura. Puede que los católicos en edad madura también entraran, pero no desde luego los protestantes en edad madura. Dejé mis ochenta cigarrillos diarios, aproximadamente, y me pasé a un número excesivo de puritos, pero siguieron los dolores.”

Uno de mis reseñistas, Julian Jebb

“Aquellos jóvenes [que se reían de mí en el tren], al parecer, habían leído una reseña de Honey for the Bears firmada por Julian Jebb. Éste pertenecía a un género de plumíferos existente en lo que ahora llamamos los medios y que eran como tábanos para quienes los aventajaban en edad y en talento. […] Julian Jebb flagelaba mi novela, pero no sin alguna condescendencia. Venía a decir que, si no exigía que abandonase inmediatamente el cultivo de la narración, por manifiesta falta de talento, era —¡ay!— porque también los malos escritores tienen que ganarse la vida de algún modo. […] Desde Tánger le mandé a Julian Jebb una tarjeta postal donde había unos camellos cagando, con el mensaje: ‘Pensando en ti, desde estas tierras.’”

Los inolvidables sesenta

“Los sesenta hallaron buen principio en tres cosas: en la licencia para imprimir la palabra fuck, en una nueva traducción del Nuevo Testamento que hacía más claros los evangelios asesinándoles la magia, y en el culto a la juventud.”

La vida es sueño

“Pertenezco a una generación que quedó fascinada en los años treinta por el libro, de J. W Dunne, An Experiment with Time, experimento con el tiempo. […] Éste fue demasiado lejos al suponer que era posible, en estado de vigilia, sobrevolar el paisaje temporal y trasladarse libremente del pasado al futuro, ida y vuelta. No obstante, sí que tenía razón, al parecer, en su defensa del estado paracrónico de la mente que sueña, demostrando que los materiales de los sueños pueden proceder tanto del futuro como del pasado. Hay pocos sueños míos que se me antojen freudianos. De hecho, a veces sueño con un Freud que trata de desentrañar el significado de un sueño en que él mismo toma parte. Cuando un sueño me obsesiona, pero negándose a revelarme su significado, suele darse el caso de que esperando un poco, a veces unos meses, se revele la fuente de las imágenes a tiempo futuro.”

Padecimientos iguales

“Con los cofrades literarios que entonces empezaba a tratar me encontraba, solo o en compañía de Lynne, en los pubs. Me hacía falta conocer escritores para quienes el hecho de escribir constituyera, igual que para mí, un padecimiento mitigado por el alcohol. […] Estaba, sobre todo, Martin Bell, esclavo de la Inner London Education Authority durante el día y bebedor poeta por las noches. […] Había en él algo goliárdico: mísero, con unos dientes horribles, siempre con un volumen de Empson o de Wallace Stevens en el bolsillo, alcohólico auténtico que de vez en cuando tenía que someterse a un proceso de desecación, condenado a morir por la bebida y a no ser atendido por la posteridad. […] Era una alegría, estando con él, ir desparramando palabras al calor creciente del alcohol. Arrancarse de la memoria los versos de Volpone o The Vanity of Human Wishes, al duodécimo vaso, es la más verdadera experiencia literaria. Lo digo en serio. El verso es para aprendérselo de memoria, y en eso es en lo que principalmente debe consistir la educación literaria.”

En familia

“La madre de mi [segunda] mujer era una hermosa anciana con los pies y los tobillos muy finos. Hablaba el italiano con un deje eslavo; decía Evropa avtomobili. Se había mostrado más bien necia que valiente durante la ocupación nazi. Hubo un oficial de las SS que se consideró autorizado a entrar en su casa, y ella lo echó a escobazos como habría hecho con una cabra o con un ganso. Los de las SS arrebataron un cerdo a sus campesinos dueños, lo mataron a garrotazos y luego pretendieron que ella se lo destripara. Se negó. Salieron a relucir las pistolas. Liana [mi mujer] —una simple colegiala que leía a Heinrich Heine y Henry James sin molestarse en ocultarlo— dio un paso adelante con un cuchillo en la mano. Los de las SS enfundaron las pistolas.”

De Roma a Sicilia

“Como dijo Clough en uno de sus poemas, Roma es un ‘desatino’. Sus mayores virtudes son los crepúsculos milagrosos y el agua mineral que libremente fluye de sus fontanas. El Barroco fue una tomadura de pelo, una exageración de musculaturas. Los romanos eran gente grosera, con un inmenso vocabulario peyorativo. De ellos aprendió [mi hijo] Andrea lo de cazzo vafnculo. Pusimos proa a Nápoles. […] En la bahía, una grúa izó la Bedmobile a bordo del barco con destino a Palermo. La operación se llevó a cabo con una prosopopeya operística, y a carcajada limpia. Los napolitanos son gente alegre, a pesar de la opresión de los ladrones y de la Camorra, de la corrupción del gobierno local. Tras haber pasado la noche durmiendo en el puente, con el alba atracamos en la costa norte de Sicilia. Allí topamos con el temperamento opuesto al de los napolitanos: los rostros, las maneras lúgubres, por no decir trágicas, de los descargadores de Palermo […]. Estábamos en una tierra brutal, el país de la Mafia. Tomando un café en una calle lateral, oímos a un joven que parecía un árabe, por lo atezado de la piel, hablando con sus amigos de su inminente matrimonio. Dijo que pensaba pintarse el pene de púrpura y que, si su novia manifestaba alguna sorpresa, le rebanaría el gañote.”

Novela gaudiana

“En Barcelona padecí una conmoción artística del tipo de las que ya había experimentado en Italia, pero sin la intensidad suficiente como tomarme en serio ni la pintura, ni la escultura, ni la arquitectura. […] Fue la arquitectura de Gaudí, vista en una Barcelona fría y lluviosa, recién vomitada la fritura de pezuñas de vaca de Los Caracoles, la que aportó la conmoción reveladora. Gaudí había empezado su catedral dedicada a la Sagrada Familia en 1884, y aún la tenía en construcción cuando murió atropellado por un tranvía en 1926. En 1968, la obra estaba muy lejos de su conclusión. Nunca hubo proyecto. Gaudí trabajaba en la estructura como lo hace un novelista, dejando que le brotaran las ideas al hilo de la construcción. Las torres de la Sagrada Familia eran algo más que una novela inacabada: eran algo comestible, barquillos perforados, crujientes, pináculos de azúcar crespa. Se me indicó que pensara en art nouveau a escala fantástica mientras miraba la casa Batlló, con sus balcones como máscaras de carnaval, sus tejas de lagartos, sus paredes rugosas con incrustación de monedas para hadas, sus columnas como brazos o piernas, su piedra goteando como en estalactitas. Más bien pensé en una extravagante negación de lo rectangular, auténtica música petrificada, de tipo rapsódico, y, de modo oscuro, vi en todo ello un reflejo de mi propia mente. Gaudí —catalán antinómico— había seguido su propio camino, mofándose de los críticos de cuatro esquinas: era un estímulo para cualquier artista. Me moría por terminar el guión y ponerme a trabajar en una novela gaudiana.”

Sin Kubrick

“Stanley Kubrick me tenía preparada una cita para comer juntos en Trader Vic’s, concesionario de una cadena polinesia […]. Liana y yo, avezados bebedores de mai-tai, eso bebimos. Kubrick brilló por su ausencia, a pesar los telegramas urgentes que me había hecho llegar por la International Date Line. Luego supe que su preocupación era por los derechos de dos versos que hago canturrear a un borracho en La naranja mecánica:

O dear dear land I fought for thee

And brought thee peace and victory
. 

¿Eran míos? Pues sí, eran míos.” 

Mientras Kubrick se arregla las uñas

“Antes de embarcarme junto con Malcolm [el actor principal] en un programa de publicidad que, dada la persistencia de Kubrick en seguir arreglándose las uñas en Borehamwood, vendría a ser como ensalzar a un dios invisible, fui a un cine donde ponían La naranja mecánicapara ver cómo respondía la gente. El público era todo joven, y al principio no me dejaban pasar, por demasiado viejo, papi. Lo violento de la acción los alteró profundamente, especialmente a los negros, que se ponían en pie gritando: ‘Muy bien, tío’; pero el aspecto teológico de la cuestión les pasaba por encima del peinado, sin rozarlos. […] No había pasado mucho tiempo cuando se dio la información de que cuatro chavales, vestidos al estilo de la película, habían violado a una monja de Poughkeespie. La couture se negó más adelante (resultó que los chicos aún no habían visto la película), pero la violación fue real, y nos echaron la culpa a Malcolm McDowell y a mí. Kubrick siguió arreglándose las uñas, incluso cuando se hizo público que la película iba a recibir dos premios de la crítica neoyorkina.”

Las mejores películas

“Las mejores películas, se dijo, proceden todas de materiales literarios mediocres. Hubo quien llegó a afirmar que yo no existía, que era una invención de Stanley Kubrick. En las reseñas de prensa se dijo que la mesa redonda había estado presidida por Joseph Keller y Stanley Kubrick. En Nueva Orleans me abordó un señor por la calle:

—Oiga, ¿no es usted Stanley Kubrick?”

Los estudiantes de Nueva York

“No tenía sentido tomarse en serio los ejercicios críticos de los alumnos. Para empezar, su número era excesivo; pero es que además había que darles aprobado general, de todas formas. Los textos eran muy directos cuando tendían a la jerga callejera, y totalmente evasivos cuando empleaban la académica. Había que elegir entre ‘Lady M. dijo que se iba a quitar al niño de la teta y estamparlo contra el suelo’ y ‘Lady M. patentiza su síndrome de sobrerreacción al urdir el infanticidio hipotético’. […] Los verdaderos alumnos, de los cuales se me excluía, eran los posgraduados de barriga y barba que iban a tomar copas al bar/grill de la Biblioteca, en el Broadway Alto […]. Una noche, ya tarde, volvía a casa después de una fiesta cuando noté que me seguía los pasos una feroz pandilla de atracadores; pero resultó ser un grupo de muy personudos posgraduados, ansiosos de discutir sobre lo que verdaderamente ocurre en las dos últimas páginas de The Wings of the Dove. Los merodeadores negros de la madrugada no suelen mostrar el menor interés en Henry James. Más bien me habrían apuñalado, si hubiesen sabido lo de mis improperios magistrales a la cola del subsidio.”

Elevación, seguridad, dignidad

“[A finales de 1972] acababan de ofrecerme la ocasión de fijar mi residencia en Nueva York mediante una de las ofertas académicas más apreciables que la ciudad puede hacer a nadie. Podía ocupar la cátedra que quedaba libre en Columbia por jubilación de Lionel Trilling, elevarme por encima del mundo del espectáculo y del mester novelístico, y convertirme en observador profesional de la literatura, en honrado árbitro de sus valores, libre de todo compromiso. Fue una tentación terrible, que aún no tengo superada. Seguridad para los restos, elevada posición social, dignidad académica. Creo no obstante, que acerté al declinar el honor. No cuadraba bien en una persona proclive, pro masoquismo, a los duros golpes de la pobreza literaria, en una persona nada inclinada a desdeñar la vulgaridad —en según qué momentos—, en una persona nada contraria al escándalo. Por propia inclinación, más tendía yo a mofarme de los eruditos que a practicar su oficio. Para bien o para mal (para lo último, habrían dicho casi todos los críticos británicos), era novelista […].”

Música verbal

“Todo novelista educado en la música lamenta que el lenguaje verbal no tolere el contrapunto, que tan bien vendría para reflejar el carácter múltiple de la existencia. Poesía y prosa son ambas monódicas, aunque no tanto la primera: William Empson, en su Seven Types of Ambiguity, nos enseña que las palabras, cuando las usa un poeta, pueden arrastrar más de un significado (incluidos, en el séptimo de los tipos de ambigüedad a que hace alusión el título, los significados opuestos, como ocurre con la palabra buckle en el “Windhover”). Bucklesignifica ‘doblarse’ como se dobla una rueda de bicicleta, pero también ‘abrocharse’ para entrar en acción, como el cinto de un militar. Con ello se trueca la palabra en acorde, pero no se consigue que un pasaje de palabras funcione en contrapunto. La técnica está llevada al límite en Finnegans Wake, donde los chistes verbales funcionan como acordes. Shaun es mielodorous, entendiendo por tal que es melodioso, maloliente y que huele a miel.”

Fluido eléctrico

“¿Estoy satisfecho? Seguro que no. Ya he rebasado el límite de edad prescrito por la Biblia, tengo que pensar en la muerte, y no me gusta nada pensar en la muerte. Hay en mí vestigios del miedo al infierno, incluso al purgatorio, y no se me quitan por más autores racionalistas que me empeño en leer. Si tras la muerte hay sólo oscuridad, ésta sería la realidad postrera, y el amor a la vida que de vez en cuando siento no es buena preparación a semejante fin. Ante la proximidad de la negrura, que Churchill jocosamente denominaba terciopelo negro, parece una frivolidad preocuparse por un mundo que va a desaparecer de pronto, como desaparece la imagen de la pantalla del televisor cuando se corta el fluido eléctrico.”

 

Pasajes de: Anthony Burgess, Ya viviste lo tuyo, traducción y notas de Ramón Buenaventura, Grijalbo Mondadori, 1993. Traducido de la edición inglesa de William Heinemann Ltd., Londres, 1990.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de nexos en línea.