No estamos equivocados al adoptar este gesto fúnebre. Cayó la guillotina que envejecía en nuestra frontera norte y hoy corre peligro el mundo entero, pero antes que cualquier lugar del mundo, nuestro país. Incluso antes que los nuestros que viven allá. En condiciones más propicias no hemos sido capaces de lograr estabilidad política y económica, de mantener el poder adquisitivo, de fortalecer la raquítica producción industrial, de reactivar el campo; no hemos sido capaces de construir paz social alguna, nos han desbordado el crimen organizado y los criminales comunes; no hemos garantizado salud, educación ni empleo. En tiempos de bonanza hemos pasado hambre y sufrido miedo. Nuestra gente se ha ido y las familias divididas viven del esfuerzo animal de los que no volverán nunca, como no sea deportados, vejados y empobrecidos. Mejores condiciones mamando de la comodidad geográfica e histórica, con políticos corruptos de todos los sellos, una apertura democrática que institucionalizó la rebelión y un pueblo que hace un siglo se embarcó en una masacre de la que sólo obtuvo caudillos, chacales y hartazgo.

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Los que no estuvimos de acuerdo con la firma del acuerdo entre el FMI y el gobierno de Miguel de la Madrid, los que no estuvimos de acuerdo con la firma del NAFTA, lo hacíamos desde un México que aún tenía en sus manos algunas cuantas cosas que permitían ensoñaciones de autosuficiencia. De aquello —un campo activo, industria nacional, turismo sin balaceras— no queda nada. El amor a las utopías no puede caer en la estupidez de cegarse ante el hecho brutal y catastrófico: dependemos de ellos. Por más que nos digan que ellos se benefician de nosotros, ellos pueden prescindir de tal beneficio, nosotros no, parece que no. Desde el día en que el ser al que no pienso nombrar ganó las elecciones de su país, la crisis ha ido creciendo y hoy, pocos meses después, la situación hace disparar todas las alarmas. No queríamos llegar a esto, tal vez en eso teníamos razón hace 20 años, pero ya no importa: esto es lo que hay, esto es lo que nos asfixiaría si se rompe; y se va a romper y nos va a asfixiar, y no podemos hacer nada más que asistir a nuestro funeral. Eso es lo que pienso, porque no soy guadalupano ni creo en líderes de ningún color.

Si algún optimismo cupo en algún momento, lo mató el petimetre que vive en los Pinos con un solo acto de abyección e indignidad que basta para saber lo que podemos esperar de la clase política que nunca, nunca en México, nunca en serio, se juega nada que en verdad le importe.

Ese hombre ha autorizado dos oleoductos que en su propio país son atentados contra la ecología y una cultura ancestral. Ese hombre ha retado al mundo entero, a Japón, a Alemania y Europa toda. "No hace nada que no haya prometido", dicen, y eso es lo terrible: hace lo que quiere un poco menos de la mitad de los votantes que lo llevaron al poder. Está decidido a arrasar Medio Oriente. No tiene idea de lo que significa disparar un misil. ¿Exagero al decir que puede provocar la Tercera Guerra Mundial? No lo creo. Hay otros dementes con poder en este pobre planeta. No sé, tal vez son excesos de un escritor que no sólo se siente con derecho a opinar de cosas en las que no es experto, sino que se siente en la obligación de hacerlo, porque esa es de todos.

Este escritor ha leído que algunos creen en la fortaleza y valentía del mexicano, en que ya hemos pasado por aquí y salimos indemnes, que todo se arregla trabajando cada cual en los suyo, responsable y esmeradamente. No sé de qué hablan, quizá antes, como ahora, no entendieron o no quisieron ver. En mi opinión, toda forma de optimismo es irresponsable y cursi. Hiede a institucionalidad, a sistema, a música pop y literatura para todos, para los asnos y para los sabios, a filosofía de psicoterapia. Este escritor les dice a los optimistas que peor será para ellos cuando despierten del onanismo en que reposan, porque a menos que pase algo muy extraño, rayano en el milagro, viene la época más negra que mi generación y muchas anteriores hayan conocido, tanto a nivel mundial como para México; sobre todo y antes para México.

Es tiempo de que los artistas inventemos un mundo alternativo, a toda marcha, uno que nos permita vivir sin el corazón en un puño, pero que tampoco se desentienda de la bestia. La Bestia. No hay misticismo en lo que digo, son meras referencias, lamentablemente no creo en un dios o un Dios que vaya a salvarnos.

Sé que en mis palabras no hay un ápice de esperanza, que parecen histéricas, que llenas de la bilis negra —la melancolía que expulsó Platón— del poeta resultan nauseabundas. Por eso es que cada palabra que me rebata seriamente será tomada por mí con una gratitud inmensa, amaré cada idea que pueda convencerme de que mis hijos cumplirán esos sueños de los que me hablan, que dentro de algunos años escribiré nuevamente sobre esto y diré con la augusta serenidad del pensador honrado: Me equivoqué entonces, por fortuna.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.