muda

Ernesto Hernández Busto
Muda
Práctica Mortal / Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura, 2016.


muda
1. f. Acción de mudar algo.
2. f. Conjunto de ropa, especialmente la interior, que se muda de una vez.
3. f. Tiempo de mudar las aves sus plumas.
4. f. Acto de mudar la pluma o la piel ciertos animales.
5. f. Cámara o cuarto en que se ponen las aves de caza para que muden sus plumas.
6. f. Nido para las aves de caza.
7. f. Tránsito o paso de un timbre de voz a otro que experimentan los muchachos regularmente cuando entran en la pubertad. Estar de muda.
8. f. Ur. Planta que se retira del almácigo para el trasplante.
9. f. p. us. Cierto afeite para el rostro.

 

En Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano George Steiner sostiene que el “acto de hablar, que define al hombre, ¿no lo constituye también en rival de Dios?”. En el ensayo “El silencio y el poeta”, este crítico y teórico nos recuerda que “la voz humana que suscita el eco donde no había antes sino silencio, es tanto milagro como escándalo, sacramento como blasfemia” y que en los poetas esa “ambigüedad está más acentuada todavía” porque proceden “inquietantemente a semejanza de los dioses”. Roberto Juarroz lo aprehendió:

Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Sin embargo, la lectura del silencio es la única durable,
tal vez más que el lector.

Y Ernesto Hernández Bustos (La Habana, Cuba, 1968) también. Su primer libro es una exaltación que puede parecer paradójica. El profundo (acaso impasible) silencio convive con ciertos movimientos drásticos (el cambio, el reordenar, el olvido, el mudar) como en “Ocaso”:

Caducaron las leyes del paisaje.
las formas mudan,
vuelven enrarecidas.
Aun desconfiado, insistes,
acariciando el lomo
de la bestia del tiempo.
O “Pájaros de Montclair”:
En esa época tenía pensamientos ordenados,
conocía mi tribu de palabras,
creía ser feliz en el desistimiento.
ahora me interesan más la lógica suicida
de la ingratitud.

Este punto de partida tiene un significado doble. En la primera sección, “Mundo Flotante”, atestiguamos la reflexión acerca de la importancia del oído para el poeta. El primer poema, titulado “Oír voces”, es un reconocimiento entre lo escuchado y no escuchado:

“Tiene algo esta ciudad, una energía”
—es el viento, pensé,
que arrastra los cadáveres
de un millón de fracasos,
así también la cúpula redime
los cascajos revueltos.

De entrada, la lectura se mueve —a manera de un péndulo— entre la permanencia y la ida, entre las ataduras personales y las ambiciones colectivas. El poeta quiere hacerse a un lado pero no por completo porque debe ser “todo oídos”. ¿Qué es lo que filtra? Está consciente de que la audición (como el resto de los sentidos) es una herramienta imperfecta, a veces es cómplice, otrora es enemiga.

Escribe como un combate frontal a esa escucha activa:

esa noche viniste, sin embargo,
a reprocharme todas mis reservas,
el constante abandono que marcaba
cualquier proyecto nuestro,
la amistad inconclusa,
la boda que no fue,
aquel hijo nonato que bien pudo salvarnos.

Y:

era feliz, supongo, pero un día
me dio miedo la vida, aquel hastío,
todo liso, brillante, emulsionado,
un lustre de infinito en cada cosa
para evitar imaginar qué sigue.

La mudez que defiende, de una manera líricamente acérrima, no es gratuita. El dominio de un poeta “mudo” sobre la palabra no es un arranque de soberbia. Más que encontrar un recelo al lenguaje, hay un acercamiento puntual. El silencio será un punto de partida para los poemas contenidos en esta colección. Su canto es humilde y su canto es homenaje también.

La segunda sección, “Ley del paisaje”, así lo demuestra al ser un continuo tránsito de lecturas y relecturas (“Sobre una estrofa de Gerard Manley Hopkins”); apropiaciones y reapropiaciones (“Kitesurfing (a la manera de Tíbulo)” o la “Variación del ‘Soneto de la esperanza perdida’, de Carlos Drummond de Andrade” que no es “precisamente un soneto”); versiones y reversiones (el también traductor nos obsequia una versión de un poema priápico de Cayo Valerio Catulo). Estudioso de la poesía tradicional japonesa, no duda en mostrarnos un logrado despliegue de técnicas relacionadas con la poesía tradicional japonesa que resaltan por su frescura como en “Dos tankas” o “La vergüenza del viaje (rensaku)”:

Ciprés: antena
de los dioses que habitan
del otro lado

También encontramos una serie de adagios en “Excursiones” (“Crisantemos abiertos el mismo día que toca partir”) y “Supersticiones” (“renací en el mercurio, como alguien razonable. Y morí al día siguiente, de muerte natural”). Aforismos, fragmentos, paráfrasis: ese el ritmo propio de los legados.

En medio de esta erudición palpable, Hernández Bustos sopesa el habla y el silencio en magníficos poemas como “Hancock”:

Formas pensadas para armonizar
un mundo cercenado por la bisectriz:
lado a, lado B,
hombre, mujer,
un ala de la casa para cada género,
el simple sueño de lo complementario,
austero mecanismo donde el agua
de alegres lavanderas se usa para mover
máquinas masculinas en el cuarto de al lado.

Al final, aparecen unas “Notas”. Son aclaraciones y pertinencias. Obsesiones y distancias. Son también una  Artes poeticae, que sustituye las instrucciones prácticas con generosas reflexiones sobre la escritura de poesía.

Ernesto Hernández Busto indaga en esos espacios vacíos. Nos muestra su belleza y su horror desde un punto equidistante. Muda me remite a estos versos de “La alegría de escribir” de Wisława Szymborska:

Silencio, esta palabra también susurra
sobre el papel
y retira
las ramas causadas por la palabra
“bosque”.

En “Oda a una urna griega” de John Keats hay una renuncia implícita a la elocución personalísima de la voz poética en aras de la tan codiciada universalidad. A lo largo de este poema, prevalece una reivindicación al silencio. Uno de los fragmentos de la segunda stanza muestra a un vate resignado (“Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas; / sonad por eso, tiernas zampoñas, / no para los sentidos, sino más exquisitas, / tocad para el espíritu canciones silenciosas”). Este poemario es también el diario de un lector. Es un camino entre revelar el misterio o esconderlo. Esa es la cuestión en el único poema sin título de este libro, inspirado en una lectura del poema “Foto” de Ernesto Cardenal (“Sólo este mar está lo mismo.”):

Han pasado los años, perseguimos
una idea fantasmal de las cosas,
caducaron saberes, sacrificios,
ni siquiera lo incierto fue refugio
ante el oleaje de lo sucesivo.

Han pasado los años, pero el mar es el mismo.

Muda es, de una y otra forma, una postura ante los velos de misterios y las visiones inocuas que sustentan la tan defendida superioridad de sentidos como el oído. Esta es una declaración de asombro eterno porque, “de cualquier manera, uno siempre acaba por obedecer a la belleza.”

estar en muda
loc. verb. coloq. Callar demasiado en una conversación.

 

Karen Villeda
Escritora. Ha publicado: Pelambres y los poemarios Dodo, Constantinopla y Babia, entre otros.