En 2016 varios libros de Carlo Ginzburg cumplen años de haber sido publicados. A continuación, un repaso de los principios que aportó el historiador italiano a la microhistoria.

A Rafael Torres Sánchez que me descubrió al gran turinés en aquel remoto 1986 tapatío.

Domenico Scandella tomó la palabra en aquella comunidad rural de fines del siglo XVI animado por el rumor poderoso del luteranismo e interpelando la absoluta rigidez de la contrarreforma, pero también lo hizo bajo el influjo de la lectura inspiradora, entre otros libros, de los cuentos del Decamerón y su postulación profana del hombre, del amor, de la fortuna, de la vida. He ahí la microhistoria, he ahí el cambio de escala, he ahí la reacción frente a la historiografía estructuralista dominante en la academia hasta, por lo menos, la tercera generación de la Escuela de Annales.

A propósito, no deberíamos sólo recordar un aniversario redondo y lirondo de la obra más conocida del historiador italiano que iluminó a aquel Menocchio. Deberíamos estar celebrando tres números redondos en la historiografía ginzburgiana: los 50 años de la publicación de Los benandanti (I Benandanti. Stregoneria e culti agrari tra Cinquecento e Sicento, Turín Einaudi, 1966; Los benandanti. Brujería y cultos agrarios entre los siglos XVI y XVII, traducción de Dulce María Zúñiga, México, Universidad de Guadalajara, 2005), los 40 años de El queso y los gusanos (Il formaggio e il vermi. Il cosmo di un mugnaio del ‘500, Turín, Einaudi, 1976; El queso y los gusanos. El cosmos de un molinero italiano del siglo XVI, traducción de Francisco Martín, Barcelona Muchnik, 1986) y los 30 de la aparición de Historia nocturna (Storia notturna: una decifrazione del sabba, Turín, Einaudi, 1986; Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre, traducción de Alberto Clavería Ibáñez, Barcelona, Muchnik, 1991), ésta última considerada por el propio Carlo Ginzburg como su Opus Magnum.

Hay en estas obras, lo mismo que en la historiografía completa de Ginzburg, un desideratum conductor: escribir una historia desde abajo, desde la creencia, la concepción que de sí mismos y del mundo tuvieron sus protagonistas siempre anónimos e invisibilizados por la gran historia de estructuras y principios explicativos de la realidad (secularización, racionalización, larga duración, estructuras geográficas, económicas o de mentalidades, entre otras). Los benandanti, autoasumidos luchadores de Cristo contra la brujería, herederos de un culto agrario popular; Menocchio, el molinero italiano interpelador de los tribunales de la Inquisición; y, en tercer lugar, la creencia y las prácticas rituales del aquelarre en los siglos XVI y XVII en Francia (con el antecedente terrible, pero explicable cronológicamente en la perspectiva de conformación del Estado nacional moderno, de la conspiración “judío-leprosa-sarracena” de principios del siglo XIV).

Debe decirse, entonces, que la obra de Ginzburg, su planteamiento historiográfico (que es a la vez teórico, metodológico, narrativo, político y de una cierta inspiración ética benjamiana), está formulado ya con claridad desde la investigación que condujo a la publicación de Los Benandanti, en quienes habita una tradición popular precristiana de culto a la fertilidad, cuyas declaraciones causan estupor en sus juzgadores y que son condenados como brujos en los mismos tiempos y la misma región de Italia en que vivió Domenico Scandella.

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Carlo Ginzburg.
Fotografía de Claude TRUONG-NGOC bajo licencia de Creative Commons.

Como en el resto de su obra, en El queso y los gusanos Ginzburg pone la imaginación histórica al servicio de los olvidados del pasado. Y lo hace reelaborando creativamente la teoría en la investigación misma de la realidad. Sólo la imaginación bien documentada y responsable (y esta es también, aquí Benjamin, una responsabilidad ética) permitirá atar estos cabos sueltos, estos erizamientos rebeldes a cualquier aplanamiento teórico o político de la historia. Su tesis principal se puede resumir en unas cuantas palabras, a saber: mostrar la existencia de un corredor oculto, de raíz popular, que atraviesa la historia de la modernidad desde sus comienzos hasta el día de hoy. Para este fin propone una metodología que, recurriendo únicamente a fuentes documentales, permita reconocer (y re-conocer, volver a conocer) con nuevas preguntas el ambiente de una época mediante la reconstrucción de una parte de la vida de un individuo (una suerte de “biografía intelectual”, ha dicho él mismo). Menocchio ilustra uno de esos casos —nada esporádicos al parecer— en los que la confluencia de la cultura oral con la cultura escrita señala el acceso de las clases subalternas a la política. Y decir subalternidad es, como lo quería Gramsci, lo que es subordinado pero se presenta como alteridad, como lo alternativo, lo otro que viene, lo que no sólo es pasible de redención (otra vez Benjamin), lo que contiene futuro.

Bajo la investigación ginzburgiana yace un supuesto básico: sobre la consideración de ciertos indicios (a los que hay que volver significativos, a los que hay que convertir en “datos”), proyectar el comportamiento de una parte de la realidad para descubrir, por lo menos, una de sus vertientes constitutivas. En esto, sobre poco más o menos, consiste el paradigma indiciario sugerentemente elaborado por el mismo Ginzburg poco después.1 El propósito es hacer la historia de la cultura de las clases subalternas desde las clases subalternas mismas,2 siguiendo las pistas de un caso individual y poniendo al descubierto los insumos de toda índole (desde el contexto social y la tradición oral hasta las lecturas) que informaron esta vida y, con ella como con muchas más, una concepción del mundo que se fue abriendo, poco a poco, paso en la historia.

Una historia en la Historia

Domenico Scandella, mejor conocido como Menocchio, nació en Motereale, un pequeño pueblo en la región del Friuli en Italia. Acusado de herejía por el Santo Oficio, después de la vista de dos procesos fue muerto en la hoguera en 1599.3 A nuestro Domenico le toca vivir una situación de rápidos cambios e inestabilidad económica y política.4 La reforma protestante, la invención de la imprenta y la contrarreforma son acontecimientos, aunque él jamás llegará a percatarse cabalmente de ello, determinantes en su existencia. La nueva actitud ante la vida y la concepción moderna del mundo, ya en ciernes en la personalidad de Menocchio, no son explicables si no se consideran sobre todo los dos primeros hechos: “para que esta cultura distinta pudiese salir a la luz, tuvieron que producirse la Reforma protestante y la invención de la imprenta. Gracias a la primera, un sencillo molinero había podido pensar en tomar la palabra y decir sus propias opiniones sobre la Iglesia y sobre el mundo. Gracias a la segunda, dispuso de palabras para expresar la oscura e inarticulada visión del mudo que bullía en su fuero interno”.5 El tercer acontecimiento, por otra parte, fue vivido en un sentido más que literal por Scandella. Las llamas en que se consumió su respiración brotaron de la rigidez y represividad que caracterizaron a la contrarreforma.

Pero, ¿qué significa Menocchio? En este modesto y anónimo molinero italiano, Ginzburg encuentra encarnado a uno de los sujetos históricos portador de un reclamo transformador en la Europa preindustrial. “Materialismo popular” le llama a esta visión del mundo que se organiza alrededor de tres fundamentales nociones: tolerancia, participación e igualitarismo.

Tolerancia: “…ya que hay tantas —dice Menocchio frente al inquisidor— y tan distintas suertes de naciones que creen de una manera o de otra”; y, más allá: “Dios padre tiene varios hijos que ama, es decir los cristianos, los turcos y los hebreos, y a todos ha dado la voluntad de vivir en su ley, y no se sabe cuál es la buena”. 

Participación: “escuchadme por gracia, señor…”, “Yo soy de la opinión que hablar latín es un desacato a los pobres, ya que en los litigios los hombres pobres no entienden lo que se dice y se hallan aplastados”; y luego, comentando con un amigo, “¿Qué crees?, los inquisidores no quieren que sepamos lo que ellos saben (…) quisiera decir cuatro palabras del Pater noster ante el padre inquisidor y ver qué es lo que dice y responde”.

Igualitarismo: “deseaba que hubiese un mundo nuevo y otro modo de vivir, pues la Iglesia no andaba bien, y que se hiciera algo para que no hubiese tanta pompa”.

Estas tres características no riñen con una cuarta: un cierto dejo de aspiración individualista de un cuño racionalista sui  generis que se puede percibir en su obstinada afirmación, al negar su pertenencia a alguna secta o grupo organizado, de que “estas opiniones que yo tengo las he sacado de mi cerebro”. Tras estas nociones se advierte, en la otra cara de la moneda, una siempre renovada religiosidad popular que avanza subterráneamente a lo largo del tiempo. Advirtámoslo a través de su cosmogonía: “De la más perfecta sustancia del mundo los ángeles fueron producidos por la natura, a semejanza de un queso en el que se producen gusanos, pero al crearse reciben de Dios que los bendice la voluntad, el intelecto y la memoria”.6 Materia preexistente, como Averroes en el siglo XII, el molinero-campesino Menocchio considera que no hay creación ex nihilo: “Yo creo que no se puede hacer ninguna cosa sin materia, y tampoco Dios habría podido hacer cosa alguna sin materia”. Todavía más, la metáfora del queso y los gusanos, analogía tomada de la experiencia cotidiana, exhibe la génesis de un nuevo espíritu religioso, más intramundano, menos transido por los misterios y temores del hombre medieval. Sin forzar mucho la lectura, me parece que podemos encontrar aquí dos niveles de razonamiento. El lógico-conceptual (”De la más perfecta sustancia…”) y el operatorio-instrumental (“a semejanza de un queso…”, “no se puede hacer cosa alguna…”). De esta terrenalización de la idea de la divinidad —un Dios de natura, no impositivo y al cual se le honre acatando un núcleo central compuesto por unas cuantas reglas de vida práctica— se desprende la aspiración de Menocchio.

Ginzburg despliega su trama deductiva de tres maneras: considerando las posibles influencias sociales del momento (los luteranos, las sectas religiosas, etcétera), pero también descubriendo cuáles fueron las lecturas de Menocchio y, lo que resulta muy relevante, reconstruyendo su clave de lectura, su código: “Como trasfondo de los libros de estudio de Menocchio hemos dilucidado un código de lectura, y tras ese código, un sólido estrato de cultura oral que, al menos en el caso de la cosmogonía, constatamos se evidencia sin trabas”.7 Efectivamente, todo indica que Menocchio leía armado de un conjunto de creencias, convicciones y razonamientos que le aportaban la tradición oral transmitida de generación en generación y su diaria experiencia práctica.8 Fue esa reunión de elementos de cultura oral con otros de cultura escrita lo que permitió a alguien como Menocchio discutir en los tribunales eclesiásticos con los hombres doctos de su tiempo.

He aquí una de las conclusiones más interesantes del libro: Menocchio representa una verdadera espiral del entendimiento, una rearticulación de culturas diversas que confluyen en un todo complejo. Escalando en el corolario, diríamos que las sociedades aprenden como lo hacen los individuos, el saber tiende, cíclicamente a reequilibrarse. Y en este constante reorganizarse no hay un único sujeto protagónico. Antes lo contrario, el cambio social se va procesando lentamente en muy variados ámbitos, en una multiplicidad de estratos; la idea aspiracional de una transformación va cobrando forma subrepticiamente y de una manera inaprehensible desde la exclusiva perspectiva macrohistórica.

Los menocchios que alcanza a ver ya Ginzburg inmediatamente después de la muerte del suyo, son depositarios, transmisores y reelaboradores de una tradición cultural que se comunica a través de canales sinuosos, anónimos, pero eficaces, seguros.9 Y en la historiografía vendrán enseguida las discusiones que, junto con Giovanni Levi, le permitirán al autor turinés reconocerse en lo que desde hace rato se conoce como microhistoria.

Números redondos de la obra de Carlo Ginzburg. Buena ocasión para felicitar a El queso y los gusanos, buena ocasión para desear feliz cumpleaños al entrañable molinero italiano.

 

Ronaldo González Valdés 
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.


1 “Señales. Raíces de un paradigma indiciario”, en Gargani, A. (compilador), Crisis de la razón, México, Siglo XXI, 1983.

2 De aquí su desacuerdo, justo o injusto, con Foucault, hay que hacer la historia de los excluidos desde los excluidos mismos: “Lo que fundamentalmente interesa a Foucault son los gestos y los criterios de la exclusión; los excluidos menos” (El queso y los gusanos, cit., p. 18).

3 Las fuentes de que se vale Ginzburg son todas documentales, provenientes de archivos públicos y bibliotecas. La información detallada sobre el particular se encuentra en la última parte del texto (pp. 190-257).

4 Para una descripción de la situación social y política de la Italia de la época, ver pp. 47-53.

5 Ibid., p. 103.

6 Hago, por razones de carácter expositivo, omisión de las contradicciones en la concepción del mundo que Menocchio tenía. Señalo sus características, por así decirlo, de manera lineal. Como sea, tales contradicciones van siendo reorganizadas sucesivamente hasta hallar una aceptable coherencia en el discurso del molinero italiano.

7 P. 102

8 Los libros que con toda seguridad leyó Menocchio se comentan en las páginas 67-68. Entre ellos, Florilegio de la Biblia, Lucidario de la Madonna (Rosario de la Virgen), poesía religiosa, Los viajes de Sir John Mandeville y hasta el Decamerón de Bocaccio.

9 Inmediatamente antes un tal Pighino, e inmediatamente después un Marcato, sostuvieron en otras poblaciones opiniones muy parecidas (apoyados en razonamientos similares) a las de Menocchio.