Kandinsky:
El dominio del color

Un día como hoy, 16 de diciembre, nació Vasily Kandinsky, al que se atribuye la primera pintura abstracta. Mago de las melodías del color, encendió el poder evocador de esas partículas como notas musicales, como una sinfonía para entrelazar los sentidos. Presentamos aquí una mirada completa a su obra y a sus repuntes estéticos vibrantes.

En el color se encuentran la armonía, la melodía y el contrapunto.
Baudelaire

El color es la vida misma, lo aniquila todo con sus rayos.
Rodolphe Bresdin

 

La grandeza de Kandinsky ha sido reconocida, pero no entendida del todo. El placer puramente sensual —o primeramente sensual— que nos produce el vigor de los colores en sus pinturas no siempre ayuda a pensar en su obra con la seriedad que amerita. Los últimos años de su vida vieron un clima de incertidumbre ideológica y pesimismo generalizado, a pesar del cual él continuaba su búsqueda por la abstracción y la armonía de colores. “Cuando la religión, la ciencia y la moral son sacudidas… y cuando el resto de los soportes amenazan con colapsar, el ser humano voltea a su interior en búsqueda de respuestas. La literatura, la música y el arte son las primeras esferas, y las más sensibles, en las que la revolución espiritual se abre camino”. Eso era lo que pensaba Kandinsky, y lo que proclamó en su primer tratado publicado en 1911, Sobre lo espiritual en el arte. Escrito en el periodo entre la Revolución Industrial y el furor de la “era del progreso”, este libro celebraba el poder de una obra arte para conmover al espectador hasta purificar su esencia o su naturaleza más profunda. Dentro del esquema de Kandinsky, el arte forma parte clave de la vida espiritual del ser humano, y siempre está en movimiento: se dirige hacia el futuro y con dirección al cielo.

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Vasily Kandinsky, Landscape near Murnau with Locomotive ( Landschaft bei Murnau mit Lokomotive ), 1909, Solomon R. Guggenheim Museum, New York.

 

Las composiciones del artista ruso son una celebración de la libertad del espíritu, que nos incitan a una reacción visceral y emotiva. A sus pinturas las ilumina un sol inagotable, inmunes a esos rayos aniquiladores contra los que advertía el grabador francés Rodolphe Bresdin. Al contrario, en ellas el color se descubre como el reflejo de una época y una forma de sentir tales que no podemos sino compararlas con cuánto hemos aprendido a gozarlo hoy en día, de manera más intensa que en siglos pasados.

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Vasily Kandinsky, Improvisation 28 (Second Version), 1912, Solomon R. Guggenheim Museum, New York Solomon R. Guggenheim Founding Collection, By gift.

 

Nacido en Rusia el 16 de diciembre de1866, Kandinsky tomó la vía larga para llegar a su vocación; primero estudió leyes y economía en Moscú y no fue sino hasta que cumplió los treinta años que empezó a formarse como artista. En 1896 se mudó a Alemania para estudiar con Anton Azbe y después en la Academia de Bellas Artes de Múnich. Uno de sus logros más grandes fue reconciliar la forma y el color en una coreografía que da potencia y claridad a sus cuadros. El dibujo invita a entrar en el marco pero tiene suficiente personalidad y carisma para seguirle el ritmo a su paleta. En sus pinturas confecciona escenarios donde el ojo puede navegar libremente entre figuras y colores, en el que las formas nacen de diversas geometrías en el interior de la geometría misma. Los diferentes elementos que las componen apenas logran contener su agitación; círculos, triángulos y diagonales se entrelazan apasionadamente y obedecen una lógica parecida a la de una orquesta afinando antes de un concierto.

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Vasily Kandinsky, Striped, 1934, Solomon R. Guggenheim Museum, New York Solomon R. Guggenheim Founding Collection.

 

A Kandinsky se le atribuye la primera pintura abstracta —título que se disputa con otros grandes como Kasemir Malevich, Piet Mondrian, y más recientemente con la artista sueca Hilma af Klint. Entre los mitos que lo rodean está el de su condición sinestética, gracias a la que supuestamente era capaz de ver sonidos o escuchar colores; de ahí que buscara incitar con sus cuadros una respuesta intuitiva y primordial como la que despierta una pieza de música. Al igual que Baudelaire, el artista pensaba la pintura en términos musicales, en los que la armonía era la base de la teoría del color, y la melodía su unidad. “El color tiene el poder de influenciar el alma”, afirmaba quien también era un cellista destacado, “el color son las teclas, los ojos los martillos y el alma un piano con muchas cuerdas. Y el artista es la mano que toca, acariciando una tecla u otra, para desencadenar las vibraciones del espíritu”. A partir de 1910 empezó a titular muchas de sus obras con referencias musicales, como Fuga, Acordes opuestos o Marcha fúnebre y concibió tres obrasen las que combinaba pintura, música, teatro y danza en producciones de escala Wagneriana, diseñadas para unificar todos los sentidos.

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Vasily Kandinsky, Three Sounds (Drei Klänge), Solomon R. Guggenheim Museum, New York Solomon R. Guggenheim Founding Collection, By gift.

 

Entre 1914 y 1921 regresó a Rusia, donde se vio en desacuerdo con las políticas y la visión totalizadora del arte que planteaba el gobierno. Así que en 1922 aceptó la invitación de Walter Gropius para enseñar en la Bauhaus, primero en Weimar y después en Dessau, hasta su clausura en manos Nazis en 1933. Pasó los últimos años de su vida en Francia, primero en París y luego en Neuilly-sur-Seine, donde murió en 1944. Buscó adivinar y reproducir el color más íntimo, más raro, más nuevo y más penetrante, que hiciera vibrar el espíritu del espectador. Ahora, al revisar el trabajo de toda una vida, uno puede ver el desarrollo claro hacia esa meta, y cómo las obras de los últimos diez años se acercaban más que nunca a ese ideal. Son pinturas de partículas inquietas, que se asemejan al interior de un microscopio en el que un desordenado dictador ha proclamado hacer sonar los timbales con el efecto de una canción de cuna.

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Vasily Kandinsky, Around the Circle, 1940, Solomon R. Guggenheim Museum, New York Solomon R. Guggenheim Founding Collection.

 

Kandinsky mantuvo durante toda su vida una especie de ingenuidad que le permitía maravillarse y ver un valor espiritual en sus composiciones geométricas. Él creía que “en cada obra se encuentra encapsulada toda una vida; años de miedos, dudas, esperanzas y alegrías. ¿Hacia dónde se inclina esta existencia? ¿Cuál es le mensaje de artista competente?… Armonizar el todo es la labor del arte”. Si bien sus pinturas pueden parecer el refugio de quien no quiere afrontar la realidad, el caos y las guerras, de su visión también puede destilarse una experiencia más profunda y humana.

 

Maria Emilia Fernández
Historiadora del arte. Es asistente de Comunicación en la galería kurimanzutto y colabora como voluntaria en el Museo Jumex.

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Publicado en: Curadero