Presentamos una selección de aforismos incluidos en Es el decir el que decide, libro del poeta y ensayista Armando González Torres, que Editorial Cuadrivio pondrá a circular en estos días.

Mundo animal
Los animales parecen seguir su instinto, pero no: andan olfateando cosas sagradas.
Una bestia, exclamó, despechada: “Las obras que llenan de orgullo a una civilización son aullidos robados”.
Nuestras mejores páginas están hechas de restos humanos, instintos animales e ilusiones irreconocibles.
Un pueblo piadoso es aquel donde, antes de sacrificar a un animal, se le emborracha y se le hace firmar un falso consentimiento con su pezuña.
Consejo para vivir en la ciudad: recorrerla como si fuera una isla desierta y buscar frutos comestibles y animales mansos.
Más del arte de la escritura
Un maestro me dijo: “la literatura moderna padece un mal, se deja a los autores hablar demasiado de sí mismos”.
Habiendo tantos seres reales, viles, intensos, desvalidos, extraviados ¿no es un pecado inventar más personajes?
Cuando lees de verdad sientes que te has sustraído de una trampa, que has burlado algún poder.
Muchos autores no quieren personajes, quieren ideas, a las cuales someterse.
¿Quién es más libre, el escritor o el personaje? ¿y quién es más poderoso? ¿y quién le debe más a quién?
Dos miedos que limitan al artista (y al hombre): el miedo a desilusionarse y el miedo a hacer el ridículo.
Dos reglas de oro para el joven narrador: evitar la descripción de lugares que no conoce y resistir la simpatía hacia sí mismo.
Anuncio sentimental: oídos predispuestos a las frases hechas buscan labios rebosantes de lugares comunes.
Teología para principiantes
Nuestras inteligencias son cada vez más pesadas, henchidas de fanatismo y libros sagrados, pero faltas de compasión.
La única religión que le parecía atractiva era ese dogma mareado, vuelto fiesta y vértigo por los místicos.
Una buena religión: aquella en la que no es mal visto ignorar, dudar, pecar y blasfemar.
Tuvimos un santito soberbio, nos hacía menos porque tomábamos sotol. Una tarde de mucho calor, lo volteamos de espaldas, azotamos su efigie y ¡se hizo el milagro!,: sus nalgas de yeso enrojecieron.
Un murmullo de alivio y alegría entre los hombres al enterarse de que sus dioses existen, sí, pero no se ocupan demasiado de ellos.
Del mí a lo demás
Solo me tengo a mí, que en mí está ausente, pues desde que intento ser “alguien”, tiendo a alejarme de mí.
Aspirar a extinguirse en uno mismo hasta que del “mí” no quede nada. Ese “mí” que se hace pleno a medida que se preña de paisaje o de vacío.
No pensar en mí, ni referirse al “mí”, solo entender que en ese viejo y anticuado pronombre hay algo en vilo.
A veces, cuando alardeo en la cantina, me quedo afuera de mí mismo, viendo compungido, desde un rincón, mi grotesco festejo.
Y pienso en lo que dije al calor de no sé qué y digo ¿por qué digo lo que digo? ¿por qué no hago lo que digo y me desdigo en la acción? ¿qué me da valor?
La hora de las noticias
Las noticias son humanas, Dios no tiene opiniones.
Ya es de noche, se aproxima la hora del resumen de noticias: el aire se enrarece, las espinas brotan de los muebles.
Ciertas noches, después de ciertas noticias, la palabra “civilización” se pone pestañas postizas, maquillaje en exceso y vestidos muy cortos.
Dijo: “una noche de estas te van a quitar una a una tus palabras más queridas, las vestirán de oropel y las consagrarán al entretenimiento masculino”.
Cada noche el mundo es más invivible, la especie involuciona, las noticias son más amargas y uno cena con más apetito.
Dijo: “Con esta noticia espero que te despiertes, aunque ya no tengo la esperanza de que te conmuevas”.
Es el decir el que decide
Uno nunca sabe si tiene algo que decir, es el decir quien lo decide.
No podemos recorrer la distancia que separa el decir de la cosa porque somos esa distancia.
La abstinencia seca los poemas, el alcohol los ensaliva en demasía.
Decía: precisamente porque estás perdido y no eres nada, tienes oportunidad de ser hallado y pronunciado.
No afirmar nada, dejarse llevar por el querer decir de la palabra.
Nada está escrito, aunque todo esté tapizado de ecos.
A la hora de leer rejuvenecen en otros ojos palabras perpetradas en la misma noche.
La poesía y la lucidez a menudo aparecen por distracción o descuido: prendas milagrosas colgadas de un rayo de luz.
Tengo la cadencia de lo que quiero decirte, pero aún ignoro lo que te voy a decir.
“No sé cómo definir lo que busco”, le dije. “Sólo lo hallado puede darle nombre a lo buscado”, contestó.
Armando González Torres
Poeta y ensayista. Autor de Salvar al buitre y Las guerras culturales de Octavio Paz, entre otros libros.