
En Al final del periférico (Random House) Guillermo Fadanelli regresa a una etapa juvenil de libertad y aprendizaje. El autor advierte: “La biografía es un mito. Escribí esta novela convencido de que las señales que nos da la memoria sobre nuestro pasado son más emocionales que precisas. […] Nadie, excepto yo mismo, se encuentra representado en los hechos de esta novela”. Publicamos un fragmento del cuarto capítulo.
Esta mañana de marzo me he incorporado de la cama cuando todavía los vecinos duermen y se sueñan a sí mismos siendo otros, mientras toman distintas posiciones corporales: fetales, erectas, horizontales. Es un alivio para el alma saber que los que se hallan más cerca de ti permanecen aún tirados e inconscientes. Como si habitara la morgue, yo, y supiera que los cadáveres mienten, susurran majaderías y abrirán los ojos en cualquier momento próximo. Mientras tanto disfruto de la atmósfera y del silencio derramado. El susurro que proviene de la ciudad antes de despertar, apenas si comienza a manifestarse. Husmeo por la ventana y escucho el latido en potencia, tenue y soterrado, de las bestias mecánicas y humanas que han sido lanzadas a las calles para convivir entre sí. El culo de las máquinas produce un ruido que acallaría al más grande, sonoro, estruendoso y vanidoso culo humano. Hace más o menos dos meses que terminé de escribir el bosquejo de un guión que me solicitó una productora relacionada con la editorial en la que trabajo. El personaje tenía que ser un idiota que, además de ser idiota, cumpliera un papel misterioso y excitante. Fue bastante sencillo porque estoy habituado a escribir libros cuyos personajes idiotas van de un lado a otro complicando el mundo. Y además simulan ser misteriosos y excitantes. Vaya cretinos. Vaya escoria de mierda. De pronto, en el transcurso de la historia, alguno de estos idiotas deja de serlo durante un instante y resuelve las cosas que el resto de los idiotas complicó. No hay mucho más que eso en los dramas humanos, según mi experiencia. Hasta las ardillas llegan a ser más creativas y simpáticas que los hombres cuando se persiguen en las ramas de los árboles y se hablan entre sí moviendo la cola o chillando, histéricas. No escribiré un libro acerca de automóviles deportivos, lo he dicho ya. Además de obtener dinero trabajando para la editorial, cuento con algunos amigos en el cine que me solicitan historias o guiones que muchas veces no se filman. En el cine hay carretadas de dinero para desperdiciar y casi ningún proyecto se filma. Hay directores y productores que no han leído una novela en toda su vida, sólo guiones y síntesis de historias. Yo los veo como si hubieran nacido amputados o no desarrollaran uno de sus sentidos. ¿Qué diría una bailarina acerca de mí? “Es un muñón cuando baila; un trozo de salami…”
Algunos de mis amigos todavía me llaman “Willy”. En el cine se dan el lujo de tirar a la basura cientos de historias. A mí me pagan algunos miles de pesos y ello es suficiente. Las letras no son el papel, no tienen cuerpo y son como voces que se encienden y apagan cada segundo. Quizás por eso valen tan poco.
Hoy me levanté temprano, tomé unos sorbos de café colombiano y, en seguida, le pegué a un costal que cuelga en medio del pasillo que corre de la recámara al comedor. Los primeros golpes que doy son fuertes y los últimos, débiles; así es en todo: al revés de lo que debería ser. Por esta razón del todo al revés me dedicaré ahora a escribir la historia que se desarrolló al final del periférico hace ya cuatro décadas. Nadie pagará con dinero mi esfuerzo porque nadie me ha pedido narrar este relato. Aprovecho, además, que los rostros genuinos de mis amigos de la infancia se mantienen intactos: o no, pero, ¿qué importa? Los rostros son óvalos, círculos, triángulos o cuadrados con pelo encima; allí están y su realidad no puede ser puesta en duda, ni siquiera por el golpe directo de una fotografía. No los he vuelto a ver ni sé dónde están. No es verdad: sé perfectamente dónde están, siguen allí, al final del periférico, y yo tengo que ponerme a teclear y ver cómo me asomo de nuevo a las calles que formaban el perímetro de nuestra aldea. Si hubiera tenido hijos sabría quizá dibujar con mayor precisión el alma adolescente, pero es posible que no hubiera logrado escribir nada real o emotivo; la escritura no me hubiera bastado para mantener a mis personajes con vida y tampoco habría logrado recordar quién era yo mismo. Es probable que la borrosa imagen de los hijos que me resistí a criar se fundiera con la de aquellos niños arrejuntados al final del periférico, y mi memoria pereciera a la hora de darme el material necesario para bosquejar el carácter de los adolescentes con cierta fidelidad.
Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.