Los volcanes que cuelgan sobre el escenario del Palacio de Bellas Artes fueron testigos de un encuentro entre diferentes voces indígenas que han hecho de la poesía un lenguaje del alma. En un mismo escenario se escucharon versos en sami, maorí, zapoteco, nahuatl, mazateco, wayú y quechua: voces de todo el mundo que han sido silenciadas en el pasado y que tienen un presente común de dominación cultural.

voces

“Son estas voces las que guardan en gran medida la memoria ancestral de nuestra existencia humana en el mundo”, leyó el poeta y escritor nahua Natalio Hernández esa noche de octubre, presidente de la Asociación Civil Fundación Macuilxochitl, cuando inauguró bajo los volcanes del teatro el  Primer Encuentro Mundial de Poesía de los Pueblos Indígenas: Voces de Colores para la Madre Tierra. Cada poeta compartió algunos poemas en su lengua originaria y  su traducción al español, los versos de los poetas sami de Finlandia y maorí de Nueva Zelanda fueron leídos en español por la poeta zapoteca Natalia Toledo y el poeta mazateco Juan Gregorio Regino. Poemas que se convirtieron en diálogo al encontrar a un público con la disposición a escuchar.

“Las lenguas se componen de palabras que se hablan y que se escuchan. Si no se habla no escuchamos nada. Y si, en cambio, se habla y no escuchamos, las palabras se dirigen al aire”, dice Carlos Lenkersdrof, lingüista de origen alemán, quien aprendió entre comunidades tojolabales de Chiapas que la lengua no sólo se habla, también se escucha: dos realidades complementarias olvidadas entre las lenguas occidentales.

El problema, dice Lenkersdorf, inicia con el término “lengua” que, tanto en el griego antiguo como en el latín, se refiere al órgano que produce el sonido: glossa en griego y lingua en latín; también en alemán la lengua es sparche y deriva de sperchen, que quiere decir “hablar”. ¿En dónde queda la dimensión complementaria de la lengua? ¿Se puede estudiar el escuchar? El tojolabal, una de las lenguas mayas del sureste mexicano, tiene dos conceptos para el término de “lengua” o “palabra” y por lo tanto, una concepción particular de la comunicación humana: ´ab´al que corresponde a la lengua o palabra escuchada y k´umal que se refiere a la lengua o palabra hablada. Tanto escuchar como hablar tienen la misma importancia. En lugar de decir “yo te dije”, entre tojolabales dicen “yo te dije, tu escuchaste”.

Lenkersdorf aprendió a escuchar a los tojolabales y encontró, además del énfasis en escuchar, que una de las palabras más utilizadas es ke´ntik o “nosotros”, palabra que se escucha repetidamente en la cotidianidad de las comunidades y que incluso rige su sistema político. ´ab´al  y ke´ntik son dos particularidades estrechamente relacionadas: el no querer escuchar es el rechazo del nosotros. Escuchar es la puerta del diálogo y la capacidad de recibir, “son los otros cuyas palabras no las hacemos, no son producto de nuestro actuar, sino que vienen de fuera y nos sacan del centro donde nuestro yo prefiere estar para mandar, dirigir y estar arriba. Al sacarnos del centro no nos marginan, sino que se integra nuestro yo en el nosotros”. Escuchar es la puerta al diálogo a nivel social, pero también natural, se escucha a la naturaleza y es parte del nosotros.

Los tojolabales reconocen la complementariedad de los que participan en el habla y la escucha, el diálogo como intercambio necesario en un mundo nosótrico donde se dice “uno de nosotros tenemos hambre” y no “yo tengo hambre”, como se diría en otras lenguas dominantes como el español. El tojolobal es una de tantas lenguas que componen la diversidad cultural del mundo y transmite una de todas las cosmovisiones —o cosmoaudiciones, como sugiere nombrar el autor— que hay que escuchar para cuestionarnos el “yo” que predomina en la sociedad occidental. Cuando permitimos que la escucha trascienda más allá del oído comenzamos a preguntarnos: “¿Por qué no nos hicimos las preguntas que nos hacen desde la otra cultura?”.

Es difícil entender una sociedad nosótrica desde un contexto diferente al tojolabal, así como es difícil imaginar una ciudad de 25 millones de habitantes en un diálogo permanente, un Estado mexicano que escucha a los pueblos indígenas, políticos en un diálogo horizontal con la ciudadanía, o empresas transnacionales que dejen de silenciar al calentamiento global y se dispongan a escuchar a los glaciares derritiéndose y a la tierra que se derrumba entre minas y oleoductos. También resulta difícil imaginar que el “yo” ceda el paso al “nosotros” en una sociedad en la que se nos ha enseñado lo contrario. Pero partir de otra realidad nos permite conocer diversas formas de ver el mundo, cuestionar nuestra propia mirada y ampliar el paradigma de posibilidades como alternativas a este sistema descompuesto en el que no nos escuchamos.

Escuchar al pueblo tojolabal, mixe, triqui, yaqui, tzotzil, maya, sioux, inuit, aymara, mapuche, sami, maorí y a la diversidad cultural que habita este mundo, no sólo nos permite reconocernos como una humanidad nosótrica, sino que también se convierte en un encuentro con aquel “otro” que vive, observa y escucha diferente. La buena disposición hacia otro ser humano, dice Ryszard Kapuscinski, es la única manera de hacer vibrar la cuerda de la humanidad común. Que se escuche la palabra, como se escuchó al poeta mazateco Gregorio Regino:

Que se abra la palabra // que se escuche la voz de la tierra // Aquí está su mensaje// Aquí está su plegaria // Aquí está el destino de sus manos y sus pies // Aquí está su corazón// Que hablen los que no tienen rostro// Que el sufrimiento tome la palabra // Que el silencio grite y se rebele la noche // Que hable nuestra madre, nuestra madre de un solo rostro, nuestra Madre Tierra // Ahora sí, que se abra la ley // que hable por sí misma // que busque su verdad// Que hable el corazón // Que hable el pensamiento// Que no pida permiso la palabra // que fluya aquí, ahora.

 

Bibliografía
Lenkersdorf, Carlos (2008) Aprender a escuchar: Enseñanzas maya-tojolabales. México: Plaza y Valdés.