Ventana al relato latinoamericano reciente.
Declaraciones de cuentistas

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara es, entre otras cosas, un espacio de encuentro entre escritores y lectores, “remanso, fuga, oasis” —Woldenberg dixit—, al que asisten cuentistas de diversas latitudes. Conversé con seis de ellos —Andrés Neuman, Liliana Colanzi, Edmundo Paz Soldán, Alejandra Costamagna, Magela Baudoin y Guillermo Fadanelli— a partir de un breve cuestionario:

1. ¿Por qué has elegido el cuento como vehículo narrativo?

2. ¿Quiénes son tus cuentistas predilectos?

3. ¿Cómo percibes la tradición del cuento latinoamericano?

4. El cuento goza de buena salud en nuestro continente. ¿Cómo brindarías por él, en función de la lectura y la escritura?

5. ¿Cómo es tu proceso de escritura en las formas breves?

6.  ¿Qué significa el cuento para ti?

A continuación, sus respuestas.

lectura


Andrés Neuman

1. Porque hay observaciones, personajes, pequeñas epifanías, sucesos reales o imaginarios, que parecieran reclamar un cuento con misteriosa exactitud. Quizá también porque, en mi caso, el cuento breve me ofrece una frontera perfecta entre la narrativa y la poesía, dos lenguajes que venero por igual. 

2. ¡Depende del día! Hoy digamos por ejemplo Felisberto Hernández, Julio Ramón Ribeyro, John Cheever, Alice Munro, Juan José Arreola y Hebe Uhart. Mañana mencionaría a otra media docena de maestros completamente distinta. 

3. Heterogénea hasta el mareo, inabarcable, saludablemente contradictoria: como el propio continente que lo escribe.

4. [Sin respuesta.] 

5. Se me ocurre una idea mínima, tengo una visión minúscula, me sucede algo nimio, imagino o conozco fugazmente a un personaje, y entonces procedo a intentar que esa esquinita de la realidad se convierta en todo un mundo. De ahí sale un primer borrador que es, naturalmente, irrelevante: lo que importa es esa mezcla de paciencia, tozudez y perfeccionismo que llamamos reescritura. 

6. Una especie de hogar de infancia. Sólo que nuestras infancias literarias duran toda la vida. 

Liliana Colanzi

1. No sé si una realmente elige la forma en la que escribe: yo empecé escribiendo poesía y novela, por ejemplo, pero irremediablemente abandonaba las novelas que escribía a medio camino y mis poemas eran muy malos. El cuento me permitió la intensidad de la poesía y al mismo tiempo la posibilidad de sostener una historia. 

2. Guimarães Rosa, Flannery O’Connor, Fogwill, Denis Johnson.

3. Estamos parados sobre hombros de gigantes como Borges, Rulfo o Felisberto Hernández. ¿Qué más podemos hacer sino intentar ver un poco más lejos desde sus hombros?

4. Pues leyendo a cuentistas jóvenes y talentosas como Paulina Flores, Romina Reyes  y Camila Fabbri. 

5. Lento y trabajoso. Rara vez me sale un cuento de un tirón. Me muevo por intuición, pero mis intuiciones no son relámpagos, son lucecitas parpadeantes en medio de la oscuridad.

6. El cuento es solamente la forma en que se expresa una intuición literaria. La literatura, para mí, es como la ouija, un medio para llamar a fuerzas desconocidas y para hablar con los muertos.

Edmundo Paz Soldán

1. Escribo novelas con la esperanza de que tengan de principio a fin la tensión de un buen cuento. Escribo cuentos con la esperanza de que en sus pocas páginas  pueda construir un mundo tan completo como el de una novela.  

2. Con seis cuentistas esperaría el apocalipsis zombi: Borges, Flannery O’Connor, Rulfo, Kafka, Cortázar, Ribeyro.

3. Es tan sólida, imaginativa en sus formas y lenguaje e incisiva en sus temas, que nos damos el lujo de considerar “menores” a autores como Francisco Tario o Julio Torri. Si esos son autores menores de una tradición, estamos demasiado bien. Tenemos modelos para armar que provienen tanto del realismo como de lo fantástico; los que escribimos hoy partimos con ventaja, porque tenemos un gran margen de maniobra gracias a cómo han explorado nuestra tradición generaciones anteriores.

4. Leyendo a los nuevos, aunque no sean muy nuevos. Leyendo a Alberto Chimal, a Valeria Correa, a Ricardo Sumalavia, a Paulina Flores. 

5. Jamás me siento a escribir un cuento mientras no tenga el final. Eso no significa que vaya a quedar en la última versión, sólo que necesito tener un destino antes de comenzar el viaje. Y generalmente tiendo a escribir el cuento de una sentada, buscando capturar la intensidad que quisiera transmitir al lector. Luego, claro, hay que corregir mucho, pero es más fácil si ese primer envión captura la tensión que para mí es fundamental en un cuento.

6. La revelación de un universo a través de un microscopio.

Alejandra Costamagna

1. Creo que los textos buscan solitos el ropaje que los abrigue. Y el cuento, que tiende a priorizar lo silenciado por sobre lo explícito, muchas veces surge como el dispositivo más adecuado para narrar historias que a primera vista parecen sólo las esquirlas de algo mayor.

2. Muchos y de registros diversos, pero me voy a quedar con seis muertos: Anton Chéjov, Juan Rulfo, Felisberto Hernández, Antonio Di Benedetto, Clarice Lispector y Grace Paley.

3. Con variaciones y múltiples senderos que se bifurcan.

4. Brindaría con la holgura de una novela larguísima.

5. Igual que en las formas extensas: amparada en la obsesión.

6. No soy muy partidaria de las fronteras rígidas entre los géneros. Tal vez por eso me gusta el cuento: porque es un pariente tan cercano de la novela como de la poesía.

Magela Baudoin

1. Porque el cuento es un condensador social poderoso. En él siempre hay fisuras por las que se filtra una sociedad, un tiempo, un espacio mayores. En ese sentido, me gusta lo de crisálida que hay en él, esa cualidad de volverse otra cosa, más terrible o más bella, no importa, pero que siempre se transforma. 

2. Soy hija de Chéjov, una adicta a los detalles, al territorio de las cosas no importantes. En consecuencia en mi árbol genealógico están Rulfo y Felisberto, Silvina y Hebe Uhart. Dinesen y Joyce. Borges, siempre. Y muchísimos más.

3. Frondosa. El cuento está en el origen, en nuestro ADN, en ese humor antibalas, que nos ayuda a vivir y que nos salva de la solemnidad y de otras cosas mucho peores.

4. Ya que estamos en Guadalajara, con un buen tequila.

5. Usualmente trabajo sobre una imagen que me atrapa o que yo atrapo y que primero desentraño o rastreo hasta encontrar sus orígenes y su devenir.

6. Un artefacto de juego, que por supuesto no es inocuo. Algunas veces puede explotarte en la cara.

Guillermo Fadanelli

1. Diría que no lo elegí, sino que se impuso a lo largo de la vida. En realidad es tan poco lo que uno puede elegir. Creo que escribir relatos se ha debido también a que soy distraído y sólo puedo concentrarme durante breves lapsos de tiempo. En general divago dentro de un ascensor. Y al escaparme de allí no dedico más de un día, o acaso unas horas, a la escritura de un relato. La historia, por llamarla de algún modo, vaga durante semanas o meses en mi mente, pero su escritura me lleva muy poco tiempo. Y hacerlo me da alegría, al contrario de la novela en donde se sufre para escribirla. He adquirido, en palabras de Saul Bellow, “el gusto por la distracción”.

 2. Gogol, Chéjov, Bukowski, Roberto Arlt, Jorge Ibargüengoitia, Rubem Fonseca, Enrique Vila-Matas, Raymon Carver, Truman Capote, Patricia Highsmith y cien más. 

3. Es una tradición sólida si se acude a ella, mas en Latinoamérica la inclinación por la novela es mayor; el deseo por la gran obra. En referencia al cuento creo que Borges, Carlos Fuentes, Roberto Arlt e Inés Arredondo no son palabras menores y su influencia es generosa para la sensibilidad humana. En el México actual he leído con gusto a José Agustín, Ana García Bergua, Javier García-Galiano, Enrique Serna y muchos otros tan diversos entre sí. Nombrar a los escritores vivos resulta ser hoy un pecado capital; se ama lo que está muerto, se le venera y exalta a grados extremos. 

 4. Leería los relatos de un escritor joven cada determinado tiempo. Como lector, no como escritor arrogante o conocedor, le daría una oportunidad e intentaría reconocer en la lectura de su obra una voz legítima, una imaginación inédita o un gesto inesperado.

5. Puesto que no poseo un momento exacto para morirme tampoco lo tengo para escribir. En el momento más inesperado me siento a darle forma a un relato y no me levanto de la silla hasta concluirlo. Una vez que la imaginación y la escritura entran en contacto uno se vuelve mero espectador. Yo no podría escribir de manera tan minuciosa, profunda y delicada como, por ejemplo Saul Bellow o Joseph Conrad. Perdería el sentido de mi propia experiencia. Si quiero leer un relato de Conrad debo ir antes al gimnasio y ponerme en forma.

6. Ascetismo y profundidad. Brevedad e iluminación pasajera. Olvido del deber ser y de la gran obra. Presencia constante de la muerte. Y también la ilusión de experimentar una felicidad momentánea. Un relato sin principio ni conclusión definitivos: un incidente.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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Publicado en: Ciudad de libros