confucio

Es imposible hablar de China tradicional sin hablar del confucianismo. El confucianismo no es una religión en cuanto no es un conjunto de creencias con una teleología demarcada ni tampoco un sistema que culmina con el reconocimiento de entidades sobrenaturales. El confucianismo fue formulado primero en el siglo VI A.C. como una enseñanza filosófica basada en un sistema moral. Varios siglos más tarde (en el s. II A.C.) se le declaró “culto de estado”: oficialmente fue sancionado como la base ideológica de todo un sistema político y social que prevaleció en China hasta nuestro siglo. La continuidad de la doctrina confuciana estuvo garantizada por un sistema familiar patriarcal en el cual la piedad filial era considerada la virtud máxima, por un sistema político que exigía lealtad incondicional y por la vigilancia de una clase gobernante de burócratas letrados, educados en la tradición confuciana, y que fueron los transmisores y guardianes de las enseñanzas del maestro.

El confucianismo no sufrió modificaciones a través de su larga historia. Sin embargo, las bases de la doctrina fueron adecuándose a circunstancias históricas diversas pero que nunca se desviaron tanto de las enseñanzas originales de Confucio como para ser irreconocibles. Es más, las versiones posteriores del confucianismo siempre pretendieron ser meras interpretaciones de los textos originales y no innovaciones. De todos los textos atribuidos a Confucio, el único que más garantiza contener las palabras del maestro tal y como fueron recogidas por sus discípulos, es el libro de Las Analectas, dividido en veinte capítulos y 497 versículos. Las Analectas son un conjunto de dichos, anécdotas, aforismos y enseñanzas, cuya recopilación posiblemente no fue hecha en la época de Confucio sino un par de siglos más tarde. Su contenido a veces presenta contradicciones, lo que hace sospechar que no todo el texto pertenece a una sola persona ni a una sola época.

Una vida autodidacta

De todas las biografías que aparecieron en épocas posteriores, de todas las versiones sobre la vida de Confucio que se iban forjando según la posición que se le atribuía de maestro o casi de ser divino, sabemos algunas cosas del personaje histórico. Confucio1 nació en 551 A.C. en el estado de Lu, actual provincia de Shandong. Entre los estados de esa época, el de Lu destacaba no tanto por su tamaño o su poderío militar sino por el alto nivel cultural de sus súbditos. Confucio era de ascendencia noble aunque venida a menos. No se le conocen maestros y es probable que haya sido un autodidacta quien, sin embargo, adquirió la cultura más vasta de sus tiempos. Comenzó su carrera de maestro a los veinte o treinta años de edad y es el primer ejemplo que tenemos en la historia china de una persona dedicada a la enseñanza de tiempo completo. A Confucio se le considera como el primero en la tradición china de los letrados.2 El carácter laico de esos letrados hace que China, en contraste con otras sociedades asiáticas, tenga una élite letrada pero no sacerdotal en las altas esferas del poder.

A pesar de leyendas que le confieren grandes puestos y honores, Confucio sirvió en puestos menores en su propio estado y viajó a otras partes de China buscando a un soberano ilustrado que le permitiera aplicar sus ideas sobre gobierno y moral: “Si un príncipe me empleara, aún en un año, mucho se podría hacer y en tres años, todo se podría lograr”. (13:10). Su carrera política no tuvo el éxito esperado y por eso dedicó el resto de su vida a la enseñanza. A su alrededor reunió a jóvenes a quienes impartía sus enseñanzas con la esperanza de que, algún día,  pudieran encontrar formas más prácticas de aplicarlas. Se dice que tuvo hasta tres mil discípulos. A ciencia cierta, se sabe únicamente de unos setenta que, junto a él, aprendieron a dominar las seis artes (ceremonial, músical, tiro de arco, manejo de carruajes, escritura y matemática, o según otras interpretaciones, el estudio de los seis clásicos: los libros de Historia, de Poesía, de Cambios (Yijing), de Ritos, de Música y los Anales de Primavera y de Otoño. El libro de Música se ha perdido, por lo cual los otros cinco constituyen los Cinco Clásicos que son la base de la tradición confuciana y por ende de toda la tradición china). Confucio murió a los setenta y tres años sin haber logrado más honores que el reconocimiento de sus discípulos. Ellos difundieron sus enseñanzas.

Enseñanzas de la tradición

Confucio no fue un innovador total. Muchas de sus enseñanzas vienen de una tradición más antigua. Sin embargo, él pudo sistematizar esas ideas, ordenarlas y, en muchos casos, profundizar en su contenido humanista. Para remediar el desorden político y moral de su época, lo primero que predicó fue un retorno al pasado. Retorno al pasado y a la tradición antigua que no era meramente una idea romántica y sentimental de tiempos pasados a los que se anhela volver.  Proponía, más bien, examinar y estudiar el pasado para ver qué formulas ofrece para el presente partiendo del principio de que las épocas de oro fueron las épocas en las cuales prevalecía la virtud del gobernante. Confucio eligió así entre las antiguas leyendas y la historia los personajes de los reyes-sabios (Yao, Shun, Wen, Wu, el duque de Zhou etc.) y los convirtió en ideales, en ejemplos de conducta. Estos soberanos, parangones de todas las virtudes que Confucio valoraba, reinaron en la paz y la prosperidad mereciendo el amor y el respeto de su pueblo. Además, crearon instituciones, establecieron ritos y ceremonias acompañadas de música que ordenaban la vida del pueblo. Esta parte del ceremonial tan importante para Confucio, había sido descuidado. Del mismo modo en que la observancia del ceremonial correcto refleja y garantiza un orden social perfecto, el descuido o la ejecución incorrecta del mismo significa un caos moral que se refleja en todos los niveles.

Por eso, Confucio insiste también en “la rectificación de los nombres”, es decir, en crear un orden social en donde las jerarquías estén bien establecidas, en donde títulos y rangos correspondan exactamente a los derechos y deberes que conlleva su nombre. Al exigirle al soberano que justifique su nombre como tal, Confucio le pide que vele por el bienestar y la seguridad de su pueblo pero, sobre todo, que se haga merecedor de su confianza. Cuando le pregunta su discípulo Zigong en qué consiste un buen gobierno, Confucio contesta: “tener suficiente comida, suficientes armas y suficiente confianza del pueblo”. Cuando Zigong le pregunta cuál de los tres podría sacrificar, Confucio contesta que primero serían las armas, luego la comida, ya que “desde tiempos remotos ha habido muertes pero nunca ha podido un estado existir sin la confianza del pueblo” (12:7).  El gobierno por la virtud es suficiente garantía para que los súbditos obedezcan. “Confucio dijo: si un soberano es recto, todo estará correcto sin siquiera dar órdenes. Pero si no es recto, aunque dé órdenes no serán obedecidas” (13:6). Igual que las órdenes son inútiles las leyes. No es el miedo al castigo el que debe ser el regulador de la conducta sino la virtud y el conocimiento de cuál es la conducta correcta.  “Confucio dijo: dirige al pueblo con leyes y ordénalo con castigos y el pueblo tratará de permanecer fuera de la cárcel pero no tendrá pudor. Dirige al pueblo con la virtud y contrólalo con las reglas de comportamiento decoroso, y el pueblo tendrá pudor y además será bueno” (2:3). El comportamiento correcto del soberano, su observancia estricta de los ritos y su virtud le garantizan el derecho de gobernar. Si falla en estas condiciones puede perder el poder.

Culto al Cielo y junzis

Desde épocas antiguas existía, en China, el culto al Cielo, connotado como deidad suprema o  antepasado máximo. Este culto dio lugar a la elaboración de una teoría de tipo político: el Mandato del Cielo que explicaba el movimiento de las dinastías y las causas del mal gobierno. El monarca gobernaba por investidura de la autoridad suprema del Cielo. Este mandato no se ejercía según el placer del monarca sino para perpetuar la armonía cósmica establecida tanto en el mundo humano como en el de la naturaleza. En el momento en el que aparecían signos de falta de armonía y acaecían desastres sociales y calamidades físicas, era señal de que el Mandato del Cielo había sido retirado y la dinastía estaba en peligro. Confucio no habla explícitamente de eso en Las Analectas pero insiste mucho en el gobierno por la virtud y en la voluntad del Cielo. En épocas posteriores, el Mandato del Cielo será una doctrina confuciana con la cual se justifica la rebelión y la sustitución del monarca.

El soberano, quien, según Confucio, debe gobernar con virtud, debe también rodearse de personas con méritos que prueben sus conocimientos y su conducta intachable. Personas que, además, le ayudarán a gobernar y constituirán un ejemplo para el pueblo. El nombre que Confucio emplea para describir a estos hombres de bien es el de junzi, o sea, caballero según la aceptación dentro del vocabulario feudal. Mientras el junzi tradicional era el caballero cuyos méritos radicaban en haber nacido en una familia de abolengo y haber probado su capacidad en el manejo de las armas, el junzi de Confucio es un hombre de bien en un sentido mucho más amplio de la palabra. Es un hombre moralmente superior cuyos méritos no son determinados por lazos sanguíneos sino por su personalidad. El junzi contrasta siempre con el hombre “pequeño”, o inferior, cuya meta no es la virtud sino el provecho personal. “El caballero entiende lo que es justo, el hombre inferior entiende lo que le produce provecho” (4:16).  Y también: “el caballero exige mucho de sí mismo, el hombre inferior les exige a los demás” (15:20).  Y lo más importante: “el caballero primero practica lo que predica y luego predica lo que practica” (2:13).

 

Educación sin distinciones

Puesto que ser caballero no depende de ser “bien nacido”, depende de la educación. Confucio creía que la educación era la clave de la virtud y que todo hombre podía ser educado. “En cuanto a la educación, no existen distinciones de clase” (15:38), dijo Confucio, y “los hombres por naturaleza son iguales, es el conocimiento y la práctica lo que los hace diferentes.” (17:2).  Esta aseveración, retomada por los discípulos de Confucio, se considera una gloria del pensamiento chino.  Recordemos que, en la Grecia de Aristóteles, no se les concedía la misma alma a hombres libres y a esclavos y que, en la Europa cristiana, hubo un sinfín de discusiones para determinar si los pueblos indígenas eran o no seres humanos. Cuando, en el siglo XVIII, los filósofos de la ilustración se enteraron, por los misioneros jesuitas, de la doctrina del Mandato del Cielo, del gobierno por la virtud y el conocimiento y el énfasis en la necesidad de formar una élite educada, consideraron enseguida a la monarquía china un “despotismo ilustrado” como el que hubieran querido ver establecido en Europa, en donde el monarca fuera responsable del bienestar de sus súbditos y los funcionarios fueran laicos, tuvieran educación y ascendieran por sus méritos y no por su pertenencia a una clase noble.

Para esta educación, Confucio consideraba algunos conocimientos indispensables. No se trataba ciertamente de conocimientos librescos sino de conocer los ritos y las ceremonias y aprender a conducirse de manera correcta tanto en el comportamiento exterior como en el interior, el “auto perfeccionamiento” como aparece en toda la literatura confuciana. A la manera de Sócrates, Confucio subordinaba la conducta al conocimiento, y también del mismo modo se consideraba un maestro de comportamiento más que de información. “Confucio dijo: “El cultivo personal comienza con la poesía, se afirma con las leyes de la conducta decorosa (li) y se perfecciona con la música” (8:8).

Esta educación moral producirá a un individuo que merecerá la apelación de junzi, porque poseerá varias virtudes indispensables. En primer lugar está el ren, traducido generalmente como amor, humanidad, virtud en general. Para Confucio, ren es amar a los demás.  Dijo Confucio “Solamente el hombre que tiene humanidad sabe como amar a la gente y odiar a la gente” (4:3). O bien “Si te concentras sobre la humanidad, estarás libre de maldad” (4:4).  El altruismo (shu) es otra virtud importante.  Cuando su discípulo Zigong le preguntó “¿existe una palabra que pueda servir como un principio que nos ayude a comportarnos en la vida?”, Confucio le contesta: “es la palabra altruismo.  No hagas a los demás lo que no quieres que ellos te hagan a ti” (15:23).

Un legado de largo aliento

La influencia del confucianismo en China durante dos mil años fue enorme. Dominó completamente el campo de la educación imponiendo en las escuelas y academias sus textos como única materia de estudio, controló el manejo del Estado con una burocracia educada dentro de sus preceptos, mantuvo su influencia en el orden familiar y social haciendo hincapié en virtudes de obediencia como la piedad filial y de comportamiento siguiendo reglas establecidas como el li.  El humanismo de Confucio consiste sobre todo en darle un importante papel al hombre como forjador de su propio destino ya que de él depende estudiar, autoperfeccionarse y encontrar el camino de la virtud y como consecuencia del éxito.  Sin embargo, a pesar de que la virtud trae el éxito, el resultado de una conducta virtuosa no debe de ser la recompensa material ni aquí ni en el más allá, es únicamente la satisfacción de estar en paz consigo mismo.

Las enseñanzas de Confucio tuvieron una gran influencia no solamente en China sino también en Japón, Corea y Vietnam y dominaron todo el Este de Asia por varios siglos y según algunos estudiosos esta influencia aún se hace sentir.  A partir de fines del siglo XIX y principios del XX, cuando China estaba asediada y en peligro de desaparecer por presiones externas, muchos pensadores chinos comenzaron a cuestionar la dominación de la ideología confuciana y la consideraron como un lastre que impedía la modernización del país y su posibilidad de surgir como una nación viable que pudiera enfrentar los peligros que le acechaban.  El confucianismo al cual se atacaba era diferente en algunos aspectos  a las enseñanzas originales del maestro, y padecía de un endurecimiento que a través de los siglos hizo a las ideas más rígidas y las prácticas menos espontáneas y sinceras.

En primer lugar, se cuestionó el tradicionalismo confuciano que tuvo como consecuencia la oposición constante del confucianismo a aceptar reformas y cambios.  El sistema educativo de China reposaba exclusivamente sobre el estudio acrítico de los clásicos confucianos y los aspirantes a puestos públicos debían pasar toda una vida en un aprendizaje estéril que no les daba ninguna habilidad especial para el puesto que luego ocuparían. Además, años de estudio memorizando textos y comentarios, dejaban poco margen para la creatividad. La igualdad entre los hombres también se volvió una mera ilusión. Los caballeros, los junzi, a pesar de no ser aristócratas de nacimiento no podían más que pertenecer a familias poderosas y adineradas que tenían la posibilidad de sufragar los gastos de una educación esmerada aunque inútil para fines prácticos.  Sus motivos eran una realidad poco altruista y estudiaban para poder aspirar a puestos, honores y riqueza.

La sociedad china se mantuvo estratificada porque a la aristocracia de mérito la determinaba el dedicarse a cierto tipo de ocupaciones y despreciar otras que en un mundo moderno eran necesarias para el avance económico de China.  Tampoco pudo desarrollarse el comercio en China porque el confucianismo tenía poca estima por los comerciantes a quienes consideraba parásitos.  Si bien hubo comercio en varias instancias de la historia de China, los comerciantes estaban sujetos a toda clase de restricciones y exigencias burocráticas. Apenas se enriquecían, compraban tierras y puestos públicos para ascender en la escala social. La resistencia al cambio y el desprecio a lo práctico le valieron a China perder una guerra con Japón y dejarse humillar por las potencias occidentales. En cuanto al gobierno que Confucio quiso sin leyes y únicamente regido por la coerción que ejerce la exigencia de una conducta virtuosa y el oprobio que acarrea una conducta incorrecta, rigió únicamente para las clases privilegiadas que podían eludir la ley, misma que existió y era bastante estricta para las masas.

Una de las mayores taras de la sociedad china que identificaron los pensadores chinos modernos, es la organización familiar que insiste en la obediencia ciega a los padres. Cuando Mengzi le preguntó a Confucio sobre la piedad filial, “Confucio dijo: Nunca desobedezcas” (2:5).  Y también en Las Analectas se dice: “Pocos de los que son hijos filiales y hermanos respetuosos mostrarán una falta de respeto hacia sus superiores, y nunca se ha dado el caso de alguien que no le falta al respeto hacia sus superiores y a la vez cree desorden” (1:2).  Es clara la correlación que hace Confucio entre la obediencia dentro de la familia y la obediencia a la autoridad estatal.  La obediencia ciega y obligada crea súbditos poco contestatarios y fáciles de dominar.  El énfasis sobre la piedad filial y la lealtad hacia la familia hacía que los intereses se limitaran al ámbito estricto de la familia y del clan y era un grave impedimento para el desarrollo del sentimiento nacionalista.

Otra influencia nefasta del Confucianismo ha sido el desprecio hacia las mujeres.  Dice Confucio: “Las mujeres y los sirvientes son difíciles de tratar” (17:25).  Durante siglos la mujer en China fue considerada inferior y tratada como un bien enajenable y sin ningún derecho.  La insistencia confuciana sobre el decoro y el comportamiento moral, a través de los años se volvió un formalismo en el cual se hacía hincapié, sobre todo en el comportamiento de la mujer, la castidad femenina, la fidelidad absoluta de la mujer hacia su marido o prometido, vivo o muerto.  Al mismo tiempo se permitía a los hombres tener concubinas y frecuentar prostitutas sin que eso afectara las exigencias de moralidad.  El decoro también exigía una estricta separación entre los dos sexos a la vez que el poder patriarcal le daba al jefe de familia el derecho absoluto de decidir en todos los aspectos del destino de los jóvenes, quienes no tenían la posibilidad de elegir a su propio cónyuge ni tampoco, en el caso de los hijos varones, la carrera que más les agradaba. El derecho de rebelarse y de reemplazar a un soberano malo que hubiera perdido el Mandato del Cielo, no benefició al pueblo. Si bien es cierto que en la historia de China hay muchas instancias de rebeliones que terminaban con la caída de una dinastía y el ascenso de otra, los que se beneficiaban eran los miembros de las clases dominantes, quienes utilizaban al pueblo como instrumento que provocaba el cambio, pero ellos lo aprovechaban para su propio beneficio.

Todas estas críticas fueron formuladas a partir del advenimiento de la república China en 1911.  Las instituciones sociales y políticas en las que estaba anclado el confucianismo se debilitaron y este último fue perdiendo poco a poco importancia. La desintegración gradual del sistema familiar tradicional, el surgimiento del individualismo, la emancipación de la mujer y la creación de nuevas ocupaciones y profesiones tan respetables como las de ser burócrata o terrateniente letrado, fueron golpes para el confucianismo. Al mismo tiempo, jóvenes intelectuales educados en occidente iniciaron campañas para acabar con éste.

La crítica a Confucio a partir del establecimiento de la República Popular siguió, en ciertas ocasiones, las mismas líneas y, en otras tuvo matices de crítica marxista. Mao, al comentar sobre la idea confuciana de que existe la igualdad entre los hombres puesto que tienen la misma naturaleza, argumenta que, en realidad, Confucio hablaba de la igualdad entre los hombres de cierta clase social, que la naturaleza a la cual aludía era definitivamente clasista, que no abarcaba a todos los seres humanos y ciertamente no a las mujeres. Antes de la Revolución Cultural, a pesar de las críticas, se estudiaron los textos confucianos y se les dio una nueva interpretación. Sin embargo, en la Revolución Cultural, se hizo una campaña en contra del confucianismo: se le acusaba de ser el villano de la tradición china. Por su insistencia de volver al pasado y estudiarlo, Confucio impidió que se diera el paso natural de la etapa del esclavismo al feudalismo, tergiversando así el curso natural de la evolución histórica.  Durante ese período se destruyeron los templos de Confucio y se criticaron duramente todos los escritos de la escuela confuciana.

En los últimos años, se ha rehabilitado a Confucio. Se le ha vuelto a considerar como un gran maestro; sus templos han sido restaurados y, en 1978, en su pueblo natal, Qifu, tuvo lugar un Congreso gigantesco que reunió expertos sobre el confucianismo de todo el mundo.  En 1984 se  fundó la Asociación de Estudios de Confucio y, en 1986, la revista Investigación sobre confucianismo.  En los discursos oficiales se hicieron presentes conceptos confucianos para señalar actitudes deseables como la armonía y la concordia. El regreso de Confucio fue marcado con la proliferación de Institutos que llevan su nombre en todo el mundo.  Su legado aún no muere. Seguirá siendo motivo de alabanzas y de críticas según se interprete y evalúe su influencia.

 

Flora Botton Beja
Es investigadora y profesora del Centro de Estudios de Asia y África del COLMEX.


1 Su apellido era Kong y su nombre de pila Qiu. Se le conoce por el título honorífico de Gran Maestro Kong, en chino Kongfuzi que, latinizado, da el nombre Confucio.

2 Se trata de personas educadas que se ponían al servicio del Estado ya sea como consejeros, administradores o bien maestros.