En el verano de 1988, la fotógrafa Nan Goldin regresaba a Nueva York, tras enfrentar sus problemas de adicción, con la idea de hacer una exposición que quería dedicarle a quienes habían inspirado su trabajo. Sin embargo, Witnesses, como se tituló la exposición, acabó siendo el retrato de una comunidad arrasada por el SIDA. Goldin se puso el reto de hablar de la sexualidad como una fuerza positiva, en un momento en que ésta se empezaba a ver como todo lo contario. Para la artista el imperativo era:
“probar que la estética gay sigue floreciendo. Probar que sexo=muerte es una ecuación falsa. Probar que el homoerotismo no puede ser desaparecido. Probar que las líneas marcadas estrictamente entre las culturas homosexuales y heterosexuales pueden cruzarse sin interrupción. Que las manifestaciones públicas y privadas de todas las formas de sexualidad pueden seguir siendo positivas y liberadoras. Que el movimiento por la liberación sexual no puede extinguirse, sino que necesita de una nueva responsabilidad”.
Ese agosto, el coreógrafo experimental y bailarín John Bernd murió de SIDA en el hospital de la Universidad de Nueva York a los 35 años. Bernd goza de la triste distinción de haber sido el primer coreógrafo que hizo de su enfermedad un objeto de su trabajo, dice Judy Hussie-Taylor, la directora de Dancespace Project, un espacio ubicado en la icónica St. Mark’s Church, del East Village, en donde el coreógrafo dio a conocer buena parte de su trabajo. “Insistía en presentarse aún estando enfermo. En alguna ocasión escapó de la cama de hospital para ir a St. Mark’s Church a interpretar su última obra”.
Estas son las palabras que abren el catálogo que produjo Platform 2016: Lost and Found, un proyecto de Dancespace Project que, durante más de un mes, promovió distintos eventos para repensar la llamada plaga del SIDA en Nueva York. Inspirada en el recuerdo de Ishmael Houston-Jones, curador de la misma, ésta se basó en una obra característicamente semi-autobiográfica de John Bernd: Lost and found: scenes from a life.
Junto con la vida de este personaje muchas otras se perdieron en los años de crisis que van de 1981 a 1996. Sin embargo, pronto se estableció una narrativa específica sobre quiénes fueron los afectados. “John fue la primera persona que muchos de nosotros conocimos en la comunidad que contrajo la enfermedad que estaba atacando homosexuales, hemofílicos y haitianos”, dice Houston-Jones. Y “era el clásico retrato de las víctimas del SIDA: hombre, gay, blanco y de clase media o artística”. Una de las ideas de la plataforma de Dancespace projects fue, pues, cuestionar al estereotipo de los afectados, aunque a la luz de la historia del virus, inspirándose en particular en el trabajo de bailarines y coreógrafos de entonces. Esto, mediante una serie de discusiones, conferencias y presentaciones de artistas y activistas que trabajaban en ese momento y otros tantos jóvenes que han hecho de los temas alrededor del VIH/SIDA una inspiración para su trabajo actual.

Drawings by John Bernd. Courtesy of the estate of John Bernd.
Recuperado de Dancespace Projects http://www.danspaceproject.org.
Dos eventos en particular se centraron en la labor de articular, historiar y problematizar la continuidad de algunos temas de la comunidad identificada con el virus. La mesa de discusión “A Matter of Urgency and Agency: HIV/AIDS Now” (Una cuestión de urgencia y agencia: VIH/SIDA hoy) que tuvo lugar en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, buscaba concentrarse en el trabajo de activistas contemporáneos, y tratar algunos de los problemas actuales a los que se enfrentan los individuos contagiados. Más lejos de la teoría, la función “An evening with Brother(hood) Dance!m Antonio Ramos and DANCENOISE”, presentó los trabajos de tres generaciones de coreógrafos y “performanceros” en relación con el SIDA.
A dos días de los resultados de las elecciones en Estados Unidos, la mesa que reunió a los representantes de grupos de activismo, escritores, académicos y artistas inevitablemente se volvió hacia la discusión sobre las amenazas que representa un “gobierno de extrema derecha” a la comunidad del VIH/SIDA. Y no son pocas las cosas que temen los panelistas. Kenyon Farrow, el director de Treatment Action Group, señaló los problemas estructurales que afectan a los individuos seropositivos y en los que las desigualdades económicas se manifiestan claramente: el acceso a la información, a la vivienda y a la seguridad médica, entre otras cosas que puede exacerbar las políticas que ha anunciado Trump. Jawanza Williams, de VOCAL NY que promueve la organización comunitaria y la educación política entre comunidades marginadas afectadas por el VIH/SIDA, y quien padece del virus, recordó su propia experiencia con Medicare para sustentar lo anterior. En Texas, su estado natal, notoriamente más conservador que Nueva York, no calificó para el seguro de salud Medicare, mientras que sí lo hizo en el segundo. Esto debido a que cada estado establece sus propias normas de elegibilidad y cobertura que resultan en diferencias así de extremas, aun cuando haya parámetros federales generales.
Cuestiones directamente relacionadas con los prejuicios tan asociados al SIDA también podrían reproducir otro tipo de problemas estructurales. Por ejemplo, que el financiamiento del programa federal de vivienda para gente que tiene VIH/SIDA, HOPWA (Housing Opportunities for Persons with AIDS) sea reducido. O el recorte ya anunciado múltiples veces para Planned Parenthood, que no sólo afecta los derechos reproductivos de las mujeres, sino al resto del espectro de la salud sexual. Hoy en día esta organización provee de servicios básicos a millones de personas, incluida la prueba del VIH. Y lo hace sin costo y permitiendo que uno elija el pronombre con el que ha de ser reconocido por los médicos que lo atienden: she, he, they...
En la mesa incluso se manifestó el temor de que vuelva el HIV Travel Ban, que impedía a personas con VIH viajar a los Estados Unidos y que Obama quitó en 2009. Se trata de temores que se exacerban con las predicciones de individuos abiertamente anti-LGBT como parte del gabinete del nuevo presidente.
Aunque parezca paranoico, no es ocioso imaginar todos los posibles panoramas, dijo Williams recordando la ignominia silenciosa de los años ochenta. “Si Reagan hubiera hablado del problema antes, quizás yo no me hubiera contagiado. 22 mil personas murieron antes de que el presidente dijera siquiera el nombre del padecimiento”. Este fue el caso de Bernd, por ejemplo, y si algo se puede concluir de las interpretaciones coreográficas de St. Marks Church de un par de días después que sea común a la mesa de discusión, es esta misma insistencia en ser explícitos. Empezando por los cuerpos desnudos tanto en la obra de Antonio Ramos como de DANCENOISE, pero también en la recurrencia de motivos del Nueva York de los ochenta y noventa y del movimiento homosexual, el panorama presente del VIH/SIDA parecería decir que lidia con la posibilidad de que su historia sea olvidada.
Sin embargo, algo que notar en la comparación de ambos eventos es que, curiosamente, los preguntas más interesantes al respecto –por nuevas y críticas–, se hicieron en el panel de discusión y no en el escenario. Mientras que las coreografías de las tres compañías/colectivos no pudieron evitar ciertos lugares comunes de la estética queer e incluso de la historia del VIH (desde pestañas postizas hasta alusiones a África con elementos como faldas hechas con listones), los participantes de la mesa de “A matter of agency and urgency…” insistieron en todas las voces que se han olvidado en la larga reflexión sobre el virus, si bien reconocen la labor de artistas y activistas de ese momento.
Según iele paloumpis (sic) del colectivo de arte Time is not a Line, lo urgente en la batalla es redefinir conceptos para crear movimientos que sean sustentables a largo plazo y frente a los retos señalados. Atendiendo a esto, Robert Sember, del colegio Eugene Lamber de The New School, propuso “desaprender cosas”, como el que la reflexión sobre el VIH/SIDA forzosamente tenga que estar relacionada con la pregunta sobre con quién te estás acostando. Otras propuestas fueron fortalecer la red que ya existe entre las víctimas del VIH/SIDA, sobre todo en Nueva York, reconsiderar el tema de las pruebas para saber si se es portador del virus y sus consecuencias en la individualización de quienes sufren de la enfermedad, o sencillamente evitar usar metáforas de guerra: no pensar en que se trata de una batalla contra el VIH o el SIDA, sino una cuestión de sanación en los más variados niveles.
Por otro lado, no sólo es el VIH/SIDA, como recordó paloumpis: esta enfermedad es una más en la lista de las discapacidades reconocidas. ¿Qué futuro les depara a todos los individuos con alguna discapacidad la presidencia de Trump? Y por otro lado, ¿qué posibilidades tienen para manifestar su descontento, cuando la acción política más común, las marchas, implica cuerpos saludables? Habló de los movimientos que buscan la justicia para las discapacidades y entienden a estos padecimientos a través del lente de las injusticias enraizadas en la raza y las desigualdades económicas y de género, como sin duda es el caso del SIDA.
La intervención de una participante del público no permitió que se idealizara a la lucha por los derechos de los individuos identificados con el VIH/SIDA. “Como mujer negra queer, no me he sentido libre un solo día de mi vida”, interpeló, desatando la conversación sobre lo que recicla la aparentemente nueva realidad estadounidense. “Ésta es devastadora, pero no es necesariamente nueva”. Sin embargo, ciertamente hay algo que atender cuando en las últimas semanas el número de llamadas de la comunidad trans a líneas de suicidio estadounidense haya incrementado.
Por su parte, las obras coreográficas contribuyeron al recuerdo suspicaz de la narrativa sobre las víctimas del SIDA solamente con un momento de audio en el que se hablaba de la historia de una mujer en Nigeria que fue parte de un protocolo de medicinas para el virus que, sin embargo, fue dejada a su suerte una vez que éste acabó. Como tantos.
En el intrincado relato de la epidemia del VIH/SIDA hay multiples historias de ignorancia, anonimato y sacrificio como la anterior. También como Bernd y toda esa generación de artistas que Nan Goldin quiso retratar, individuos se enfrentaron a la terrible enfermedad, viendo su cuerpo cada vez menos capaz y potente, trabajando con éste o a pesar del mismo sin saber qué era lo que les sucedía y cuáles eran los pronósticos. La reflexión sobre el panorama actual del VIH/SIDA y su posible devenir demuestra que estas historias ni se han acabado, ni se restringen a las personas contagiadas con este virus.
En esta edición, Danceprojects quiso empujar a las voces de las personas de color y reconocer el activismo con respecto al género y la sexualidad que ya había tenido lugar antes de la llamada crisis del SIDA. Pero la mayor conclusión de este par de eventos, es que quizás podamos revisitar la historia cuantas veces queramos, pero hay una realidad urgente y muy parecida a la de finales de los ochenta y principios de los noventa que nuevamente corre el riesgo de pasar desapercibida. Las comunidades sobrevivirán, se dijo en la mesa, pero habrá individuos que no.