Si alguna lección debe quedar después de lo sucedido en el ámbito político durante los últimos meses es que —como bien sugiere Juan Villoro— los medios son fuentes engañosas. Brexit, Trump y el NO al acuerdo de paz en Colombia son dolorosos ejemplos de que la prensa dice una cosa pero la gente hace otra. Quizás la segunda gran lección es que el rencor y la indignación son armas políticas más poderosas que la esperanza y la reconciliación. Esto no quiere decir que el poder mediático deba menospreciarse. Todo lo contrario. Pero en nuestra época digital el mensaje carece, cada vez más, de importancia. Lo que cuenta no es lo que se dice sino lo que se muestra. En otras palabras, el simple hecho de aparecer en una portada, en la TV o por un canal de YouTube ya implica, por sí mismo, un mensaje dirigido al espectador.

El panorama actual expele una atmósfera de confusión e incertidumbre. Resulta difícil juzgar a aquellos que prefirieron no votar para manifestar su descontento. Alguna vez Jorge Luis Borges declaró con amargura que “[…] la democracia es un abuso de la estadística. […] ¿Para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política?”. Para quienes preferimos participar de la democracia a pesar de todo, nos queda la esperanza desesperada de creer en los cambios a mediano y largo plazo. En Colombia, un país en donde casi todo es provisional, se ha decretado una nueva prórroga hasta final de año para que el gobierno y las FARC lleguen a un acuerdo de paz definitivo.
A Colombia no le queda más que aceptar con calma. El país está lo suficientemente maltrecho y cansado como para “esperar lo menos si ya se esperó lo más”. Después de haber recibido un controvertido Premio Nobel de la Paz, el presidente Juan Manuel Santos pidió paciencia y exaltó el lado positivo del triunfo del NO, asegurando que esto permitirá una paz “completa” y un acuerdo “más legítimo” para Colombia. El cinismo es una cualidad indispensable para gobernar, según Nicolás de Maquiavelo. La célebre amistad entre los Bush y los Bin Laden, entre Nicolas Sarkozy y Muamar el Gadafi, en el fondo, no difieren mucho de la relación amor-odio entre Álvaro Uribe Vélez —expresidente, senador y líder de la oposición de derecha en Colombia—, y Juan Manuel Santos —actual presidente y exministro de defensa del gobierno de Uribe. Una lucha de poder —diría Foucault— cuya causa y consecuencia es siempre una guerra (real o ficticia).
En este ambiente de oportunismo, varios grupos políticos integraron los diálogos con las FARC y han enviado a sus representantes para agregar y corregir ciertos puntos en el acuerdo de paz. Entre ellos, destacan los delegados de la derecha y particularmente la comunidad Cristiana, que se ha convertido en una nueva fuerza política no solo en Colombia sino en gran parte del mundo. Así lo muestra la desatendida importancia de la comunidad evangélica en las elecciones de los Estados unidos. Noam Chomsky confesaba su preocupación respecto al fundamentalismo de gran parte del evangelismo en EEUU:
"Uno de los problemas para concienciar a la gente sobre el riesgo del cambio climático es que el 40% no cree que sea un problema. Y no lo cree porque está convencida de que Jesús va a volver en unos pocos años. También creen que el mundo se creó hace unos pocos miles de años. Y esto son franjas de la población que antes no eran una fuerza política y que ahora sí lo son".
Desde luego, lo que sucede con el cristianismo colombiano dista un poco de la fe realmente exacerbada en esta mitología judeo-cristiana. Sin embargo, la reforma de educación propuesta por la exministra Gina Parodi despertó mucho recelo. La reforma buscaba sensibilizar a los niños y adolescentes acerca de las familias homoparentales a través de unas cartillas que se impartían en las primarias y secundarias de varias escuelas y colegios. Como era de esperarse, la respuesta por parte de la Iglesia Cristiana fue inmediata y la indignación se hizo sentir. Tras la victoria del NO en el plebiscito, la ministra Parodi —quien ya era fuertemente atacada por su lesbianismo— decidió presentar su renuncia, pues se sentía responsable del resultado. Inmediatamente, el exprocurador Alejandro Ordoñez, uno de los mayores exponentes del conservadurismo ortodoxo y de extrema derecha, aprovechó la discordia para enfatizar el problema del “concepto de género” en los acuerdos con las FARC. A pesar de la insignificancia que dicho punto tenía en el documento, los ejecutores de la campaña contra los acuerdos de paz le hicieron creer a la población que los valores de la familia iban a verse seriamente afectados si estos eran aceptados.
En cualquier caso, el mundo se está transformando y cada vez hay más grupos que toman parte en el juego del poder. Por esta razón, las viejas instituciones políticas, sociales y religiosas se han tenido que adaptar a las nuevas épocas, al mejor estilo del neoliberalismo y su apertura de mercados. Siguiendo este modelo, la cúpula gubernamental colombiana y los altos mandos de las FARC tuvieron que escuchar las peticiones de diversos sectores tanto de derecha como de izquierda para, finalmente, presentar un nuevo acuerdo de 310 páginas el pasado 12 de noviembre. Después de muchos ajustes y precisiones, el nuevo acuerdo queda intacto en varios puntos clave como la posibilidad para las FARC de entrar en la vida política. No obstante, se corrigió el criticado “enfoque de género” y se aceptaron bastantes señalamientos de la oposición.
Lejos de ser perfecto, este acuerdo aún espera la aprobación del pueblo colombiano y de todos sus sectores políticos. En términos jurídicos, el presidente puede jugar varias cartas: en primer lugar, podría imponer el nuevo acuerdo de paz, lo cual no sería muy astuto, pues su autoridad ya está bastante cuestionada como para recurrir a dicha maniobra. En segundo lugar, podría proponer otro plebiscito, resolución que tampoco se perfila como la más indicada, en vista de la gran abstención y del gasto que supone organizarla. La segunda opción sería dictar una asamblea constituyente especial, un proceso democrático en el que aproximadamente 30 líderes del SÍ y del NO decidirían si aprobar (o no) las correcciones a los acuerdos de paz. Esta última sería una solución sana en la medida en que aparecería como un remedio al conflicto sin dictaminar ganadores o perdedores. Además, supondría la inclusión de minorías en el proceso.
De todas formas, la expectativa de los colombianos es que el nuevo acuerdo comience a aplicarse rápidamente sea cual sea la vía decidida por los mandatarios. El país ha vivido un mes y medio de tensión, división y bipolarización. En mitad de este desgaste, la mayor esperanza se centra en que, a pesar de todo, el proceso continúe su rumbo pacíficamente y que los colombianos puedan entrar en una nueva etapa.
Camilo Rodríguez
Reportero y editor.