Presentamos algunos fragmentos del último poemario de Fernando Trejo, Base Atenas, de Mantis Editores y Coneculta, que ganó el Premio Centroamericano de Poesía Rodulfo Figueroa en 2015. Indagación sobre la memoria familiar y homenaje a la trascendencia generacional, sus páginas reavivan recuerdos construidos o derruidos, emulan las voces de un transmisor de radio que ronda sin cesar la muerte.

baseatenas


MÉXICO Vs. HONDURAS

En el panteón de Arriaga,
frente a las vías del ferrocarril,
conocí la tumba de mi abuelo.

La masa espesa del monte
esconde lápidas,
ojos,
huesos,
voces a ras
de tierra desprendidas.

Esa tarde, papá,
la selección mexicana de fútbol establecía
un 4 – 4 – 2
ante un tatuado Honduras.

La señal de televisión
era un mosco zumbándonos
sobre las vías
y nos daba un rumor de Enrique Bermúdez de la Serna:
¡Tuya, mía, te la presto!

Atravesamos el cementerio a medio día.
Un campesino desenvainó su machete
y rebanó el aire horizontal
como si dibujara el mar.

Hablamos con él, y con su boca desdentada:
Las cosas por aquí están muy jodidas, muertas ya,
dijo, como si en él se edificara
una estructura de huesos.

Era la muerte con su abrazo de monte,
estoy seguro.

El aire de los cementerios
silba como un tren,
como una campanada
a mitad del parque
donde la hierba ha dibujado
para siempre
su costra de abandono.

Yo quería ver el México-Honduras
y en cambio íbamos ya driblando ruta:
tu mano al volante,
tu pie sobre el pedal
acelerando en curvas.
Sorteabas tráileres fantasma, lo sé.
Cruzamos el puerto:
La tráquea de La Bestia,
dijo tu boca
que masticaba un palillo.

Aquí está enterrado mi padre,
dijo tu boca al descansar las cubetas de agua
de tus hombros.

Una loseta de mármol carcomida
por los gritos del tiempo
dejó entrever el nombre de mi abuelo.
La fecha de su muerte.

Trajo entonces un gol el zumbido del aire,
ráfaga al ángulo.
La izquierda poderosa de García Aspe,
desde un tiro libre, no alcanzaba
a remontar siquiera.

La tierra, nomás de tanto grito,
se nos desmoronó en la garganta.

El tren
y sus silbidos;
el tren
y su machaca de rieles,
el tren
como columna vertebral de Centroamérica.

Entre las tumbas,
desde las ramas,
sombras
comenzaron a encenderse
hasta volverse una estampa de luciérnagas.

De súbito
un cuerpo de camisa catracha a la cintura
(“Tyson Nuñez”, decía en los dorsales)
se le acercó a papá, con un tatuado nueve
en el omóplato,
y le ofreció un bote de agua al tiempo.

El Perro Bermúdez,
desde los bolsillos de aquel mara,
narró:
Donde las arañas tejen su nido.

Para la buena suerte,
dijo el tatuado de alacranes en la nuca.
Un poco de agua para la buena suerte.

Y se echó a andar al tren
como un hombre
que ofrece la vida
para ya no perder.

 

BOX

La barba le ceñía las comisuras
desde su ronca voz.

De niño arreó la suerte del campo
y hurgó en los vagones de un tren
los primeros ecos del amor.

Soltó los puños
en los cuadriláteros del pueblo
y su rostro
se maquilló en
los treinta y tres postes de luz
de la avenida principal.

La abuela se enteró de aquellos desfiguros.
Y no le permitió subir más a las cuerdas
y arrancó de su cabeza y de los postes
todo cartel que modelara en guardia,
que detonara un jab
para acabar de súbito
cualquier indicio del amor
hacia los guantes.

 

LA CALLE CERRADA CON UN TRONCO

A mitad del camino
reparó papá en la noticia:
el abuelo había muerto.

A mitad del camino,
papá se entumeció para entender
en qué moléculas se escapa la vida,
cómo,
a dónde
vuela el pájaro
del corazón.

Papá había despertado por la mañana
en la Ciudad de México
y una silente ráfaga de viento
le rebanó de golpe los telares de su infancia.

Su padre había muerto
—le avisó una voz por el teléfono—
y él y su cordura
a cientos de kilómetros de la verdad.
A mitad de camino reparó papá.
Y sus ojos al fondo de la noche,
indiferentes
en la rabia,
enmudecieron
de toda lágrima viva
hasta no ver al hombre
que le ahuyentó los mares del horror.

Papá tropezó varias veces,
muchas veces
en el camino pedregoso al pueblo.
Piedra tras piedra
le acicalaba el tormento.

Adentro la explosión no parecía detonar.

En su camino
tomó de la ventana el frío
y se untó de monte la tristeza.

No creía,
no era posible,
capaz de perdonarse.
Entrada la mañana,
la Cristóbal Colón
dio vuelta en la calle equivocada.

Alguien dijo:
Ah, un muertito, mirá.

Y papá agarró de la ventana
otro poco de monte
y se talló los ojos
para mirar
a mitad de calle,
un sepelio con llanto y tronco atravesado.

Papá entonces,
supo cómo
desde joven
se puede morir dentro
hasta volverse
artero,
un cuerpo de metal.

 

CANCIÓN DESDE EL PANTEÓN MUNICIPAL

Que viene la grande muerte
con su sonrisa de póker,
con su botella de trago.

Dicen que viene la muerte
en su grandeza de niebla,
con sus cadenas al aire,
con sus cabellos de agua,
haciendo grande el escándalo.

Viene muy grande la muerte
con su palabra tan muerta
y su vestido de yute.

Viene que viene la muerte
con su sonrisa de trago,
con su cintura inefable.
Dicen que viene y se hinca
y tiende ya
sobre el aire
de flores una alfombra
para ti.

 

Fernando Trejo
Poeta. Es autor de Cuaderno invertebrado (Viento al hombro, 2002), Travelling (Literal, 2011), Solana (FETA, 2014) y Ciervos (Atrasalante, 2015).