(En el recuerdo de Hannah Arendt en el 110 aniversario de su nacimiento)

Esta es la historia de una ciudad, no como las dos ciudades de Dickens, sí como la ciudad-región global que el escritor inglés simplemente no pudo vislumbrar en su, literario por atroz, siglo XIX. Una historia que ya nos debíamos y que Guillermo Ibarra nos obsequia con Culiacán, ciudad del miedo. Urbanización, economía, violencia (México, UAS, Jorale editores, 2015).

Desde una construcción teórica impecable, que habla de la madurez de uno de los mejores investigadores universitarios del noroeste de México, Ibarra propone una lectura distinta de Culiacán y su devenir. La recuperación de autores relativamente olvidados y poco frecuentados por nuestra academia, como Henri Lefebvre y sus tesis precursoras acerca del advenir de la ciudad como lugar de producción social del espacio, la puesta en valor de autores contemporáneos como Edward Soja con su postulación de la posmetrópolis y su tipología de la ciudad como flexópolis, cosmópolis, exópolis y fractal, combinadas con los planteamientos ya clásicos de Hannah Arendt sobre la violencia y la condición humana, más el apunte de los desarrollos de las neurociencias, entre otros, el autor diseña un marco de abordaje original, novedoso y óptimamente estructurado.

sinaloa

Su planteamiento metodológico es también de lo mejor que he conocido en los últimos tiempos en ciencias sociales. Un muy bien ensamblado cruce de técnicas de investigación documental, bibliográfica y documental, de archivo, estadística, entrevista y encuesta, ofrece al lector interesado (no solamente al estudioso especializado) un panorama completísimo de la información sobre el tema, así como de su procesamiento y pertinente exposición.

Esta es, ya lo dije, la historia de una ciudad. Pero no es cualquier historia. Es la historia de Culiacán recorrida desde los miradores del urbanismo, de la economía, la demografía y la hermenéutica sociológica y antropológica. En cada uno de sus tres grandes momentos (la ciudad antigua, la ciudad del desarrollo modernista y la ciudad de la urbanización neoliberal), se trata a nuestra semitropical polis, en la lectura de Lefebvre, como productora social de espacio, como geografía, como arquitectura, como ámbito económico y como lugar en que se erigen y despliegan imaginarios, prácticas y sujetos sociales.

Cuando uno llega a sus últimas páginas es imposible no pensar en la obra clásica de Jean Delumeau, El miedo en Occidente. Así como Delumeau desmonta una estructura del miedo poniendo al descubierto los resortes mentales activados por la peste, la guerra y las luchas religiosas en la Europa del siglo XIV al XVIII, Ibarra procede a su propio desmontaje sincrónico y diacrónico del miedo y sus ecologías urbanas en Culiacán a lo largo de los siglos.

Y así topamos con dos cristalizaciones de la ecología del miedo en ese curioso híbrido posmetropolitano en que se ha convertido Culiacán en nuestros días: uno, las comunidades cerradas, la “bunkerización” de cada vez más zonas residenciales como respuesta a la inseguridad, pero también, diría el viejo Gino Germani, como “efecto de demostración”, aspiración de estatus,  mojonera física y simbólica, frontera citadina; y dos, los espacios de impunidad, como los llama el propio autor, en los que la exclusión, el literal florecimiento de una marginalidad curiosamente protagónica, el temor, la informalidad y el crimen han sentado sus reales.

Son quizá las rupturas entre los tres episodios revisados por Ibarra, las que explican lo difuso de los contornos de la memoria colectiva en ciudades como Culiacán. Hubo una ruptura drástica en el paso de la ciudad decimonónica, pequeño villorio de clubes y redes de sociabilidad básicas, a la ciudad del modernismo desarrollista y su economía agroexportadora y de servicios, con sus flujos de inmigrantes, su espectacular estallido demográfico y su desfigurante crecimiento urbano; y hubo una ruptura en el paso de la ciudad desarrollista a la sui generis posmetrópolis  neoliberal en los años setenta con la insurgencia de los movimientos de pagadores de impuestos, universitarios y colonos, así como, desde luego, con el asentamiento del narcotráfico, su impacto en una economía que, desde entonces, observará un crecimiento necesariamente deformado, y sus secuelas en la dimensión cultural, pública y hasta física de la ciudad y sus habitantes: ¿cuántos cenotafios marcan la fisonomía de nuestras calles, banquetas y bulevares? Recientemente, Adrián López Ortiz contabilizaba, creo, 2,800 cruces de metal, madera o cantera que son el memorial visible de nuestro drama cotidiano.

A lo largo de su recorrido, Ibarra insiste en un tema: la gobernanza. ¿Quiénes, cómo, con qué intereses, con cuál proyecto, con qué criterios de alianza o de convocatoria social han tomado decisiones en la ciudad, sobre la ciudad, sobre su economía, su cultura y, sobre todo, su planeación? En todo momento han sido los “notables”, como se conoce en la historiografía regional a los grupos de interés que han detentado el poder en la región: los comerciantes (tan dados al contrabando y a la evasión de impuestos) en la ciudad tradicional, la oligarquía agrícola en la ciudad desarrollista y los nuevos grupos empresariales de apellidos tan familiares a nuestros oídos en la ciudad neoliberal de nuestros días.

Y hay, por lo mismo, una convocatoria final a los actores de la sociedad civil para que promuevan otras formas de participación ciudadana y negociación social que desplace al modelo de la alianza de élites operante hasta ahora. Hay acá fortalezas en la academia: este libro es un extraordinario ejemplo de ello. Hay acá fortalezas en la sociedad civil: Culiacán tiene más Instituciones de Asistencia Privada que ciudades de dimensiones similares como Hermosillo, San Luis o Aguascalientes (cada vez es más percibible, y hablo por lo que me toca, la acción civil en empresas culturales, educativas y de filantropía). Todavía muy escasamente, pero tenemos ya asomos de responsabilidad en las tareas civilizatorias de algunos corporativos empresariales con su involucramiento en iniciativas como el Jardín Botánico, la Sociedad Artística Sinaloense, Parques Alegres, Jóvenes Emprendedores, entre otras.

Estas fortalezas, sin embargo, no podrán ponerse en acto si no existe comunicación para el ejercicio de una nueva gobernanza. Desafortunadamente, como en todo el país, esto está todavía lejos de ocurrir en Culiacán y en Sinaloa: la función pública está absolutamente desvinculada de la academia (el político habla retóricamente de políticas públicas, pero cuando intentas explicarle una propuesta concreta te interrumpe abruptamente para que le hables de cosas que dejen acreditación, renta inmediata); los propios organismos de la sociedad civil viven en una suerte de autismo que los hace concentrarse y reconcentrarse en sus objetivos particulares y de corto plazo; nuestras élites empresariales apuestan más al mainstream beisbolero y al espectáculo artístico que a la sinergia para activar programas de auténtica regeneración del tejido social.

Estando así las cosas, no nos queda, por lo pronto, más que celebrar la aparición de este libro que, espero, sea precursor de un hecho colectivo de conciencia necesarísimo para repensar a la ciudad, a Culiacán, a nuestra ciudad.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.