yakarta

El trayecto del narrador de Yakarta (Sexto Piso) delinea una demarcación desde el subsuelo hasta la superficie y en el recorrido nos guía por sus derivas. Publicamos tres fragmentos de la primera novela de Rodrigo Márquez Tizano. “Pocas novelas son, como Yakarta, lo que deben ser: relatos culturales, alientos de civilización desquiciada”, escribió Sergio Chejfec.


39.

Nuestro trabajo era cómplice del azar. Intervenían en él muchos factores: la tecnología de los tóxicos, el clima, los sonidos, el espacio delimitado por la central para realizar nuestras indagaciones, el discernimiento trabajoso y basado en las coincidencias y series de datos que, a pesar de su inconsistencia, llegaban de pronto a repetirse en pares o al menos esa impresión quedaba, y encontrábamos en esas duplicaciones o semejanzas cierto sentido, real o no, sentido al fin, porque allá abajo la suerte y sus manifestaciones, por decirlo de algún modo, primaban sobre la lógica, por lo que asirse de algún lado más o menos firme era necesario: de modo que al sabernos postrados ante el pantano, en la parte menos honda, es cierto, pero no por ello menos turbia, poníamos especial empeño en afinar el sentido de la improvisación, sobre todo en caso de que la suerte, como suele suceder, escaseara. En un principio imitábamos el comportamiento de los fumigadores convencionales. Untábamos veneno y leche en rebanadas de pan de caja. Así pasábamos las horas, molcajeteando nata con arsénico. Se trata de un brote menor, peladitos. Las evidencias son insignificantes. No bastan para construir un patrón. Ustedes a los suyo: a untar, cabrones. A untar y a recoger muertos. Eso decían. Nada por qué preocuparse: las hemos visto peores. Acuérdense del 58. Y nos acordábamos, cómo no, aunque muchos de nosotros no habíamos ni nacido. Nuestro bicho era capaz de ingerir ciertos venenos suaves sin que el daño resultara fatal, pero no sabíamos, no había cómo. Sintetizaban la sustancia y la cepa se agitaba. Mantuvimos la confianza en el método hasta que resultó demasiado obvio que nos enfrentábamos a una situación un tanto más compleja. En casos comunes, digamos una infestación de rutina, el veneno toma tiempo pero se consigue un trabajo limpio. Carbonato de bario: nueve centigramos bastan. Hay que ser pacientes con el bario. Pueden olerlo y hay que matarlas de hambre para matarlas de verdad. Las crías son inexpertas, acostumbradas a que la madre suministre el alimento. Entonces se descuidan, comen cualquier cosa. Por puro grosor la madre tarda más en quebrarse. Sus crías hambrientas se atragantan de veneno cuando ella ya agoniza, sin saberlo. No es complicado pero hay que tener paciencia. A veces, cuando la luz rosada me asedia las retinas y no queda más opción que apartarse de las imágenes por un segundo, o Clara suspira o tose o atraviesa una mosca la habitación hasta hospedarse sobre la tela licrosa, el corpiño o la forma que vaya tomando el material según el caer de la tarde, y a la transmisión le salen estrías, pienso de pronto, nomás por sacarme la luz de la mente un momento, que fueron ellas las que tuvieron paciencia con nosotros y no al revés. Ratas buenas, al fin. O al menos pacientes, que a estas alturas debe bastarnos como sustituto lícito de la bondad. Háganse héroes, chicos, habrán dicho. Bauticen las calles con sus apellidos: de todas maneras el fondo es nuestro. La paciencia, sin embargo, y tanto en hombre como en roedor, termina siempre por vaciarse. Tiene fondo. Un día cualquiera, no sabría decir cuándo, la lógica sanguínea quedó anulada. Kovac tenía razón. Dejaron de obedecer el sencillo encadenamiento de acciones y números al que toda plaga puede reducirse. No hubo más madres, hijos o camadas, tampoco nidos ni colonias, sólo pequeñas furias sin filiación, sueltas bajo tierra.

40.

Las aspas no giran. Hace calor y no giran: está parado el ventilador, descompuesto tal vez, detenido del todo, a pesar del calor, detenido de un modo tan terrible que el polvo pegado a las aspas se ha transformado en costra y esa misma costra va camino a convertirse en pared. La piedra transmite una antigua publicidad de pulseras Mirasol, un eslogan pegadizo que sobrevivió a generaciones de espectadores hasta que la nostalgia terminó en culto: una pareja joven en sus treinta, hombre y mujer, atractivos, ropa esport, casa grande con jardín al fondo y recibidor con hamaca, coche sano, hijos sanos, perro sano, colores brillantes y pastel. Las pulseras que nos hacen felices, las pulseras que nos hacen vibrar. Pulseras Mirasol. Todo un caudal de buenaventura: manumisión y serenidad en diversas presentaciones: colguije, pendientes, extralarge, ultraconfort, piel orgánica, extensible intercambiable de goma o en su forma más tradicional, diminutas piedras magnéticas unidas por una cinta de hule con rebaba. El fabricante, Mirasol S.A. de C.V., cerró hace décadas acusado de publicidad fraudulenta. Decía así: salud y equilibrio por medio de hologramas imantados: a través de frecuencias halladas en su propio cuerpo y entorno: posean la capacidad de desarrollar el equilibrio propio y de sus seres queridos, la flexibilidaaaaad, la fortalezaaaaa y el bienestar generaaaaal: y se expandía la consigna con ese retintín metálico que inundaba el malecón cuando los vendedores se hicieron de aquellos bocinones rodantes para endilgarle a la gente honrada sus miserias. Desconozco cuándo fue que el producto milagro se asumió de forma literal y la gente comenzó a creer que las pulseras eran fragmentos de dios. ¿Cuándo cambió el fondo de la súplica y en lugar de pedir porque el bicho desapareciera o se anularan sus efectos, la gente comenzó a suplicar un mal mayor, fulminante, el bicho que de una vez por todas nos dejara descansar tranquilos? Todos los que fuimos niños en esos tiempos las portamos, sin excepción. Nuestras pulseras fueron regalo de la Pájara porque su padre trabajaba para Mirasol. Si alguna vez obró milagro en nosotros, si atraíamos metales con un giro de muñeca, no lo recuerdo.

41.

Lo dicho: un exterminador no elimina a las ratas en cuanto las atrapa. Los chillidos atraen a las demás. Hay que ser paciente y apaciguar el cuerpo. ¿Escuchas cómo chillan? No te adelantes. Aguarda a que se reúnan y luego actúa. Eso me lo enseñó Morgan.

 

Rodrigo Márquez Tizano
Es autor de los libros de relatos Caballos de fuerza Todas las argentinas de mi calle.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos