Un poco de Toulouse-Lautrec

A los 17 años, antes de llegar a París, Henri de Toulouse-Lautrec escribió una carta a un amigo desde Lamalou-les-Bains en la que explicaba su preocupación por transmitir lo verdadero, no lo ideal. Decía que tal vez era un defecto, pero que no le tenía ninguna compasión a las verrugas.1 A lo largo de su vida (1864-1901) conservó esa mirada franca. Su obra es un referente casi involuntario a la Belle Époque, un registro propio de la vida parisina bohemia, sobre todo aquella que se desarrollaba de noche. Del 11 de agosto al 27 de noviembre, en el Museo del Palacio de Bellas Artes, se presenta El París de Toulouse-Lautrec. Impresos y carteles del MoMA, muestra curada por Sarah Suzuki2 para el museo en Nueva York el año pasado. Es una exposición pequeña dispuesta en las salas laterales de la planta baja del museo. Permite apreciar con detenimiento carteles que seguramente hemos visto en toda clase de lugares. Al mismo tiempo que recrean una época, verlos uno tras otro, junto con las demás ilustraciones, brinda una idea mucho más clara de la destreza gráfica y la capacidad de síntesis de su trazo. Al terminar el recorrido resulta imposible no valorar la técnica y la versatilidad de la litografía en manos de este artista.

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La litografía se basa en el principio de que el agua y el aceite no se mezclan. El agua no se acerca a la sustancia grasosa con la que se dibuja, pero la tinta sí y la prensa se asegura de registrar esa interacción en el papel. Toulouse-Lautrec es un pionero del cartel moderno y supo aprovechar la difusión que hacer varias impresiones podía implicar. Experimentó ampliamente con los colores tanto en bloques como en el efecto de salpicado llamado crachis que él mismo inventó. Creaba esta bruma de color al saturar de tinta las cerdas de un cepillo de dientes. En los carteles y las ilustraciones hechas para revistas, periódicos, programas de teatro, libros, partituras se despliega su talento. Reconocerlos implica afilar la mirada y familiarizarse con la suya.

Su mirada le pertenece a un hombre de baja estatura, alrededor de 1.54 que, a pesar de su origen aristocrático, frecuentaba circos, teatros y salones de baile de la vida parisina decadente.  Ser hijo de primos hermanos derivó en una salud precaria, aunada a una fractura sufrida en las dos piernas durante su adolescencia. El aspecto físico, el bastón que lo acompañaba, su alcoholismo y la sífilis que consolidaron una reputación de vicio y transgresión.  La calidad de sus líneas va más allá de este personaje, demuestra una mirada inteligente y muy selectiva en cuanto a qué representar. Se percibe la influencia de la estampa japonesa ukiyo-e, tan admirada por los impresionistas. Sus dibujos son eficaces y directos, muy evocativos. Es un trazo despreocupado por los problemas de proporción, que inclina los cuerpos sin detenerse en ninguna lógica anatómica y que articula la composición pensando en el efecto de movimiento.3

Más que con el volumen, Toulouse-Lautrec juega con los planos, y con los contornos negros y contundentes enfatiza las siluetas. Debió ser un observador insólito para lograr esa síntesis visual. Caracteriza personas, animales y escenas con una especie de taquigrafía ilustrada que, con pocas líneas, comunica una cantidad estrepitosa de información visual. Uno se pregunta si los dibujos los hacía en el sitio con la persona en frente o toda esa maestría surgía de la memoria. A pesar de la carencia de perspectiva, sus carteles consiguen transmitir verosimilitud. El de Jane Avril de 1893, por ejemplo, captura la expresión ligeramente ausente de la cara de la bailarina, la pierna vivaz que se agita y levanta por completo de la falda. El escenario y su figura cargada hacia una esquina están enmarcados por el contrabajo que toca un músico en una perspectiva imposible, pero es una composición capaz de evocar incluso el sonido del cancán y la vitalidad del espectáculo.

Casi todas las ilustraciones son una prueba de la profunda fascinación que Toulouse-Lautrec sentía por el movimiento. Esto se nota en pormenores como los zapatos, los patines de hielo y los guantes, y se manifiesta con mayor vehemencia en carteles como La Troupe de Mademoiselle Églantineen el cual se muestra a cuatro bailarinas a la mitad de su número, o en el cartel del jinete montando su caballo visto desde atrás. En el caso de los bailes, las representaciones en la exposición se acompañan de videos tomados en la época. Este es un complemento importante sobre todo para entender la abstracción implicada en la litografía de Miss Loïe Fullery su innovadora danza serpentina.

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Hay que recordar que la intención original de cada uno de estos carteles no era estar expuestos en conjunto en una galería, sino detener al observador y muchas veces convocarlo a asistir a un evento posterior, a verificar, en cierto modo, si el evento le hacía justicia al cartel. Con esto en mente, Toulouse-Lautrec estaba muy consciente del efecto que causaría en la mirada del otro. Podía ser sumamente macabro como es en el del hombre que se encuentra a su hijo ahorcado en Le pendu. Por su parte, el trazo mucho más suave del portafolio Elles genera una reflexión pausada e imaginativa sobre la vida privada de las prostitutas. La intención de su mirada es distinta, no está la inmediatez o la familiaridad que casi se traduce en una caricatura, en cambio hay comprensión y un recorrido lento que incluso se podría interpretar como confianza o cariño. El impacto no es violento, no hay atisbo ni de sarcasmo, ni de lo grotesco. Junto con Lautrec miramos una vulnerabilidad que pertenece más que nada a la soledad y su tranquilidad. Mi favorita es la portada del portafolio en blanco y negro, la mujer volteada que se levanta el pelo con una mano para descubrirse la nuca. El sombrero, los vestidos, las telas tiradas y el camisón que lleva puesto destacan el gesto y la piel descubierta de las manos y el cuello. Evoca una visión bastante humana del burdel que no censura, ni condesciende.

Toulouse-Lautrec firma con un monograma, es un trazo rotundo cuya sencillez connota cierta complejidad escondida. En ocasiones, envuelve el monograma con un elefantito. Incluso detalles como este provocan curiosidad en el que ve los carteles. Dan ganas de saber más sobre los personajes que retratan, las personas que los pidieron, la época en la vivieron y su sentir frente a cambios tan radicales en la percepción del mundo, como que la fotografía ya tenía un buen rato de existir. Son impresos y carteles hechos a través de una mirada que devuelve particularidad. Además de ser una crónica visual de cómo era la vida nocturna en París a finales del siglo XIX, hay algo en sus trazos que nos recuerda que, a pesar de la uniformidad de tantos aspectos de la vida, esto no mitiga la intensidad con la cual cada uno la vive y la mira.


1 Huyghe, Rene. “Introduction.” Toulouse-Lautrec, Paintings, Drawings, Posters: Loan Exhibition for the Benefit of the Musée d’Albi, France, November 15 to December 4, 1937, at the galleries of M. Knoedler and Company. Ed. Louis Carré. Nueva York: Spiral, 1937. 7-10. Internet Archive. Metropolitan New York Library Council, 2012. Web. 5 sept. 2016. http://bit.ly/2chr8tA

2 Entrevista con la curadora: http://bit.ly/2ccVgos

3 Johnson, Lincoln F. “Time and Motion in Toulouse-Lautrec.” College Art Journal 16.1 (1956): 13-22. JSTOR. Web. 31 agosto 2016.

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Publicado en: Curadero